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El presidente de Rusia, Dimitri Medvedev, sometió a análisis en el Foro Económico Internacional de San
Petersburgo las causas de las crisis financiera y alimentaria que desde hace un año azotan a la economía
mundial, criticó a Estados Unidos y llamó a los países industrializados y en desarrollo a sumar los
esfuerzos para estabilizar la situación. |
Nos encontramos ante una crisis global multidimensional que empezó con la
grave crisis financiera de Estados Unidos (EU), que ha gestado las crisis
energética y alimentaria, las cuales, en el contexto del cambio climático, se
nutren mutuamente.
Por
Alfredo Jalife-Rahme
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La Jornada, México
El flamante presidente ruso Dimitri Medvedev, en su discurso en el
decimosegundo Foro Internacional Económico de San Petersburgo, ante la crema y
nata de las trasnacionales petroleras y alimentarias anglosajonas, reforzó la
cosmogonía del mundo multipolar de su antecesor y tutor: el hoy primer ministro
Vlady Putin, quien resucitó a Rusia del sepulcro, gracias a su
magistral tratamiento de la “carta de los hidrocarburos”, que permitió, en el
lapso de ocho años, un crecimiento de cinco veces su PIB. ¡Al revés de la
clepto-kakistocracia calderonista!
El discurso de Medvedev, un socialdemócrata del libre mercado regulado,
constituye su nuevo programa económico en el que los hidrocarburos, de los que
Rusia ostenta el primer lugar mundial, jugarán un papel determinante para
requilibrar la armonía planetaria perdida, de la que culpa al “egoísmo
económico” estadounidense: “Una de las principales razones de la presente crisis
es precisamente la brecha entre el papel formal de EU en la economía mundial y
sus capacidades reales” (Al Jazeera, 6/6/08).
Medvedev desea que Rusia participe en las “nuevas reglas” de la economía
global y formuló que su estrategia de invertir en el extranjero no se basaba en
“ambiciones imperiales”, sino en sus recursos energéticos: “Rusia es un jugador
global y entiende su responsabilidad en el destino del mundo”.
Consideró que la “globalización era inevitable (sic)” y que el “mundo carecía
de activos para invertir debido a la decepción con el dólar (…) el mundo es
global por naturaleza. Los errores de países individuales afectarán a la
economía en forma profunda”. Puso el dedo en la llaga respecto de la
sobrextensión de EU: “no importa lo grande que sea el mercado estadounidense ni
lo fuerte (sic) de su sistema financiero, ya que es incapaz de sustituir los
mercados financieros y las materias primas globales”.
Su crítica al dólar y al “egoísmo económico” de EU es irrefutable, pero, con
el debido respeto, confunde el modelo pernicioso de la globalización financiera
desregulada y neofeudal con el universalismo que anhela el
género humano. Su definición de globalización colisiona con la que aplican los
especuladores de Wall Street y la City.
Mientras Rusia –mejor dicho, el BRIC (Brasil, Rusia, India y China)– juega a
la geoeconomía y a la geoenergía, EU –mejor dicho, el G-7– apuesta
antagónicamente a las geofinanzas. Esto lo entiende Medvedev, pero no lo sabe
explicar cuando reclama cándidamente la creación de un centro financiero en
Moscú, la instauración del rublo como divisa de convertibilidad global y la
aceptación de las inversiones foráneas por las principales trasnacionales
emergentes de Rusia.
Si durante la bipolaridad nuclear, ya no se diga la unipolaridad de EU, reinó
el otrora omnímodo dólar, ahora asistimos a la eclosión de la multipolaridad de
las divisas (euro, yen, libra esterlina, franco suizo y rublo; en espera de la
convertibilidad de la rupia india y el yuan chino, y las futuras divisas de la
anglósfera, del Unasur y del Consejo de Cooperación del Golfo de las
seis petromonarquías árabes), en imagen y semejanza al incipiente nuevo orden
mundial. Por cierto, a final de este año empezará a funcionar la nueva bolsa de
intercambio de materias primas de San Petersburgo.
Neil Buckley y Catherine Belton, del Financial Times (7/6/08),
reseñan que Medvedev culpó “a EU y a sus bancos por haber provocado en gran
medida la presente crisis financiera”, cuyo “creciente egoísmo económico había
contribuido a los problemas globales, incluyendo el alza en los precios de los
alimentos”. Ponen de relieve su crítica financiera exageradamente diplomática:
“no tomar en cuenta adecuadamente los riesgos de las principales compañías
financieras, en combinación con una política financiera agresiva por la economía
más grande del mundo, desembocó no solamente en pérdidas de las trasnacionales”,
sino también “en la mayor pobreza de los habitantes del planeta, lo que es
notorio en las economías de los países subdesarrollados y en la de los más
avanzados”.
Fustigó el manejo financiero de EU: “las turbulencias provocadas por la
crisis de los bonos hipotecarios de baja calidad (sub prime) expusieron
lo inadecuado de las instituciones financieras internacionales dominadas por EU
para regular con propiedad los complejos mercados financieros de hoy”.
Después de sentenciar que “constituye una ilusión que un solo país, aun el
más poderoso, pueda actuar como un gobierno global”, reclamó “la reforma de las
instituciones globales que reflejen adecuadamente el peso de los poderosos
mercados emergentes” (léase: el BRIC).
Medvedev suena iluso, para no decir ingenuo, cuando convoca a una conferencia
internacional en Rusia de los “jerarcas de las trasnacionales financieras y a
líderes (sic) analistas financieros para lidiar con los problemas de los
mercados globales”, por cierto, feudo que la banca israelí-anglosajona considera
inexpugnable.
Bloomberg (7/6/08) agrega una frase relevante que no fue sopesada por Al
Jazeera ni The Financial Times, en la que Medvedev considera que
el mundo vive la “peor contracción económica desde la depresión de 1930”, de la
que culpó, con justa razón, a EU. También criticó a las “instituciones globales
responsables (sic) de la regulación financiera carente de palancas para
contrarrestar el nacionalismo económico, cuando los intereses pragmáticos de los
países dan lugar a preocupaciones políticas”, por lo que abogó por una “mejor
coordinación entre las agencias reguladoras, un papel reformado para los
servicios de calificación, parámetros de contabilidad más transparente y un
sistema efectivo para promover la conducta racional (¡súper sic!)”.
Medvedev, el gran estratega en geoenergía, no entiende nada del manejo de las
geofinanzas anglosajonas consustancialmente especulativas. Se nota que no
asimiló la obra El Jugador, del genial Dostoievski, que debería tener
como libro de cabecera para comprender la adicción especulativa incurable de las
finanzas anglosajonas desde que las inventó el apostador escocés John Law en el
siglo XVII.