a pregunta del qué hacer con los equipos bélicos fabricados en la URSS se
plantea desde hace tiempo, casi desde el momento de la reunificación alemana.
Los alemanes han usado ambos planteamientos posibles: han mantenido por un
tiempo en su dotación el material relativamente moderno, por ejemplo, los ya
citados MiG-29, y a la vez se han deshecho en poco tiempo de sistemas más
anticuados, vendiéndolos a Turquía o a algunos países del África.
La situación se complicó cuando ingresaron en la OTAN los países de la
Europa del Este, antiguos miembros del Pacto de Varsovia. Los Ejércitos de
Polonia, República Checa, Eslovaquia, Hungría y otros países tenían enormes
cantidades de material soviético que amenazaban con destruir la de por sí
bastante diluida estructura de armas dentro de la Alianza.
La solución más obvia - sustituir las armas soviéticas con los sistemas
desarrollados en Occidente - no servía en este caso: las flamantes armas
occidentales costaban tanto que habrían sido una soga en el cuello de las
incipientes democracias del Este, y en cuanto a los modelos desconservados de
producción anterior, habría sido necesario gastar sumas notables en su
modernización, aparte de que sus características eran a menudo inferiores a
las del armamento fabricado en la URSS en los años 60-80.
Entonces se optó por modernizar el material soviético y homologarlo a los
estándares occidentales. Podríamos pasar horas hablando de la renovación a que
se sometieron diversos modelos de equipos terrestres, navales y aéreos, pero
vale mencionar aquí dos proyectos: el MiG-21 Lancer para Rumania y el MiG-29SD
para Eslovaquia.
La modernización del MiG-21 Lancer se llevó a cabo con la ayuda de
ingenieros israelíes, reputados expertos en lo que atañe a la tarea de
actualizar aparatos aéreos de diversa edad y tipología. La empresa IAI puso en
los antiguos MiG rumanos nueva aviónica, incluidas las pantallas LCD de
funciones múltiples, designador de blancos de casco y ordenador de a bordo,
así como pilones universales que permiten usar las armas y los contenedores de
equipos tanto de producción soviética o rusa como los de fabricación
occidental.
Un proyecto que tenía que ser exitoso se tradujo de hecho en una serie de
grandes problemas. La empresa productora no participó en el proceso de la
modernización y, encima, se usaron durante la reparación capital algunos
repuestos de procedencia dudosa. Como resultado, hubo varios accidentes que
acabaron con la reputación del MiG-21, considerado un avión fiable y
prácticamente infalible desde el momento de su creación en la década del 50. A
partir de ahí, las demás naciones cuyas Fuerzas Aéreas están dotadas de
máquinas soviéticas procuraron tener más cuidado a la hora de escoger a la
contraparte para la modernización.
Bulgaria y Eslovaquia, dos países que siguen usando los cazas MiG-29,
decidieron contratar para ello a las empresas del país de origen.
Los MiG-29SD hechos para Eslovaquia son, tal vez, el caso más acertado de
la adaptación de aviones de guerra soviéticos a los requisitos de la OTAN. La
dotación de estas máquinas incluye un radar modernizado de producción rusa, un
sistema de reavituallamiento en el aire, así como dispositivos occidentales de
comunicación, identificación nacional y radionavegación. La cabina de pilotos
tiene pantallas LCD de funciones múltiples. En cuanto a las armas, se
mantienen las de siempre: los misiles rusos R-27 y R-73 tienen características
técnicas y operacionales que convienen perfectamente a los militares
eslovacos.
Además de modernizarse, estos MiG pasaron por una reparación capital que
les permite continuar en servicio hasta la década del 30. En el tiempo que
falta, podrán someterse a más de una renovación con el uso de los equipos
modernos para preservar suficiente potencial combativo.
La exitosa ejecución del contrato eslovaco demuestra que la industria rusa
de defensa puede competir con la occidental lo que se dice "en casa",
equipando aviones militares para países que forman parte de la OTAN. Y no sólo
aviones. También es bastante elocuente el ejemplo de Grecia que compra a Rusia
los buques y los sistemas de defensa aérea. Los contratos implementados hasta
la fecha y los que están en proceso de ejecución inducen a pensar que los
armeros rusos van regresando al mercado europeo.