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Demandas insatisfechas: Una larga fila para recibir raciones de arroz en
Islamabad |
La cumbre mundial de la FAO que se reúne el martes en Roma para tratar
la crisis alimentaria se enfrenta a un panorama pesimista, con señales de alarma
y conflictos en ciernes.
Por Marcelo Cantelmi - Clarín
Una noción central del realismo es que el mundo se transforma desde la
economía en un proceso que no siempre es gradual y que, al contrario, suele
alcanzar niveles tectónicos en ciertas etapas de la historia. La doble disparada
de los precios de los alimentos y el petróleo, con el impacto de hambrunas que
confronta gran parte de la humanidad en este presente, tiene mucho de lo peor de
aquel presupuesto.
Es de tal envergadura este desafío que ha obrado el curioso milagro de colocar
en una misma vereda al Banco Mundial, el FMI y el G8 junto al comunista
cubano Fidel Castro en la demanda para limitar los biocombustibles, apenas
uno de los factores, no el menor por cierto, de esta distorsión de destino
imprevisible.
La cumbre de la FAO, el organismo de la alimentación de la ONU, del próximo
martes en Roma, agregará más luces pero no soluciones a un problema anarquizado
que, donde se extienda la mirada, verifica una visión de catástrofe.
Las metas de reducir a la mitad para 2015 la proporción de personas, respecto a
1990, que sufren hambre, propuesta clave de esta organización, se encamina a un
sonoro fracaso. Los datos más inmediatos indican que en los últimos 7 años la
población mundial con hambre lejos de disminuir aumentó desde 800 a 854
millones de personas. El académico suizo Jean Ziegler repudia como meros
juegos estadísticos los datos que enarbola la secretaria general de la ONU sobre
una baja de la pobreza extrema que calcula al cruzar los datos con el aumento
del número de habitantes en el planeta.
La realidad marcha muy lejos de esta polémica sin sentido: "Cerca de 860
millones de personas sufren hoy hambre", lanzó el secretario general de la FAO,
Jaques Diouf. Y cerca de él, el responsable de la Organización para la
Cooperación y el Desarrollo Económico, Angel Gurria, describió sin vueltas esta
calamidad global: "A corto plazo hay una necesidad urgente e inmediata de
comida". Punto.
Esa urgencia se advierte no sólo por cuestiones humanitarias. Las revueltas
por el hambre se han multiplicado en todo el planeta. En Haití, el país más
pobre de las Américas, fue destituido el premier; también hubo reacciones de
violencia en puntos tan distantes como las Filipinas, México o Egipto. Y es sólo
el comienzo. El Banco Mundial cifra en 33 la primera tanda de países en
Africa, Latinoamérica y Asia donde esta contradicción puede alcanzar el
estallido. A este cuadro ominoso deben agregarse las migraciones que crecen
de modo exponencial, ahora además por los efectos del cambio climático. Cerca de
24 millones de personas ya se han desplazado según datos del Alto Comisionado de
la ONU para los Refugiados y se estima que la cifra alcanzará los 200 millones
en 2050.
Este páramo derrota todas las miradas banales que se extienden en las capitales
de Occidente. El panorama no hace más que confirmar la profecía de Robert Kaplan,
formulada cuando este académico norteamericano aún no era un bushista acérrimo,
sobre un mundo dividido entre una parte bendecida por la sanidad, los alimentos
y el conocimiento y otra, gigante, condenada a las banquinas planetarias,
negada de todos esos beneficios.
Hay un racimo de factores que explican la rotunda presencia hoy de este
problema: el cambio climático, que ha generado una caída en la producción,
agravado en Europa por las políticas de cuotas para mantener los precios; la
demanda de China e India; el aumento incesante del costo del petróleo alimentado
por el crecimiento de esos gigantes y la crisis bélica y el fenómeno de los
biocombustibles que devoran cosechas destinadas a alimentos.
La descripción es también la de una sociedad planetaria con escasas
regulaciones, instalada en la coyuntura y marcada por intereses concentrados.
Pero de un modo u otro este desafío impactará en toda la agenda debido a que
diseña un nuevo mapa geopolítico y lo hace del único modo posible, desde la
economía. La irrupción del realismo diplomático en EE.UU. anticipa un giro
radical en las políticas en Irak para cesar el conflicto o para apagar de
cualquier modo el incendio de Oriente Medio y aliviar los picos en el costo
petrolero. Es previsible que la contradicción reproduzca la irrupción de
gobiernos "populistas", según el mote ligero que les añade el culto liberal, por
las demandas insatisfechas de las sociedades encerradas en este laberinto.
El Banco Mundial y el G8, atentos al espectro social que se está despertando,
han sugerido un freno a la política de combustibles alternativos hasta imponer
las producciones de "segunda generación" que no utilicen alimentos para
fabricar carburantes. Pero la meta del 2015 para reducir la pobreza es una
carrera con obstáculos. Según estadísticas oficiales, la elaboración de
biocombustibles, que se triplicó entre 2000 y 2007 en el caso del etanol y se
multiplicó por once en igual período para el biodiésel, va a más que duplicarse
de aquí a 2017 lo que anticipa el nivel de presiones que se producirán sobre los
alimentos. En menos de diez años "40% de los cultivos de maíz podrían ser
destinados a la producción de energía", alerta el informe de la FAO que será
discutido este martes en Roma. Carne, azúcar y leche treparán entre 30% y 60%.
Los aceites vegetales, cerca de 80% y todo ello en el recorrido mínimo de los
próximos diez años.
El costo lo pagarán los habitantes de aquel mundo maldecido convertidos, además
de su desgracia, en una amenaza si no hay un cambio en la brújula antes que las
tensiones sean literalmente incontroladas. Son múltiples las razones para ser
pesimistas.
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