Si es por abundar podríamos
incorporar aquí la debacle histórica del Partido Comunista Francés o la
irrelevancia de este tipo de formaciones en casi todos los países europeos.
Por Pedro Chaves(*) - Revista Sin Permiso
Todos los días, la gente sigue señales
que apuntan a algún sitio que no es su hogar, sino un destino al que decidió ir.
(…) Al llegar, terminan por darse cuenta que no están en el sitio indicado por
las señales que siguieron.- John Berger
Los resultados de la Izquierda Arcoiris en Italia junto a los cosechados por IU
en España dan muestra del empequeñecimiento del espacio electoral a la izquierda
de la socialdemocracia en Europa y de las negras perspectivas que,
aparentemente, parecieran tener estas opciones para un próximo futuro. Si es por
abundar podríamos incorporar aquí la debacle histórica del Partido Comunista
Francés o la irrelevancia de este tipo de formaciones en casi todos los países
europeos.
No obstante, otras experiencias advierten contra la tendencia a sacar
conclusiones precipitadas y cuya generalización, por más de elegante, pudiera
ser rotundamente falsa. En Holanda, Alemania, Grecia o Portugal la izquierda no
socialdemócrata mantiene o ha mejorado posiciones y parecería así cuestionar la
tesis principal: la izquierda alternativa está desapareciendo en toda Europa.
Podría adicionalmente añadirse a la lista anterior Chipre o la República Checa,
pero en un caso por razones históricas y en otro por razones de contexto no
tiene mucho sentido su inclusión.
Pero bien mirado habría que consentir en que las experiencias antes referidas
más que marcar un camino de recuperación parecen ubicarse en el espacio de la
resistencia. Y en ninguno de los casos parecen ofrecerse como alternativas de
poder ni a corto ni a medio plazo (a largo plazo todos calvos). Dicho en
términos más clásicos: el fin de las expectativas de cambio sistémico radical
han acabado con las posibilidades de los partidos de la izquierda no
socialdemócrata como alternativas de poder. Todo lo más estos partidos parecen
entregados a la ingente tarea de reinventarse permanentemente en busca de un
espacio político en vías de agotamiento.
Las razones de este desfondamiento de los partidos tradicionalmente
revolucionarios tiene que ver con la conjunción de varios cambios iniciados en
la época del welfare state y rematados por las consecuencias sociales y
políticas de los procesos de globalización en curso.
La lógica económica y las consecuencias sociales y culturales de los estados
sociales y democráticos de derecho quebró la perspectiva de cambio sistémico
entre otras razones, porque la mejora del bienestar en Europa y los procesos de
movilidad social ascendente alejaron a una parte sustancial de la base social de
estos partidos de sus referentes políticos.
El sistema político y de representación cambió –del partido "atrapalotodo" a los
procesos de cartelización- y los intentos de algunas de estas organizaciones (el
eurocomunismo entre otras) por adaptarse a los nuevos tiempos se saldaron con
meritorios fracasos. La prueba del nueve de que la evolución del sistema
político iba en la dirección de constreñir este espacio se reconoce en el hecho
de que todos los intentos de ruptura con estos empeños de adaptación realizados
desde "la izquierda" han terminado en el extraparlamentarismo sin excepción.
Y sin embargo…
La permanencia de estas opciones se hizo, en primer lugar, sobre la base de
reconstruir su naturaleza y ampliar su espacio de representación. En este punto
el legado cultural y organizativo de mayo del 68 abrió nuevas expectativas y
posibilidades. Bien es cierto que, inicialmente, las fuerzas tradicionalmente
comunistas reaccionaron con estupor y perplejidad a la irrupción de nuevos
actores y nuevas agendas, pero en su seno se fue construyendo un argumentario y
unas prácticas que permitieron, en última instancia, la integración organizativa
y política provenientes de esas experiencias.
Y en segundo lugar, en su capacidad de representar el descontento desde "lo
alternativo". Esto es, sus incrementos o descensos eran directamente
proporcionales a la percepción del electorado de izquierda de la acción de
gobierno/oposición del partido socialdemócrata/reformista de referencia. Esto es
importante porque dice de una relación perversa pero constatable entre los
partidos reformistas/socialdemócratas y los partidos revolucionarios o
altersistémicos: hay vasos comunicantes sociales y electorales que interactúan
en función de las coyunturas políticas, sistemas electorales etc…
No por nada, los mejores momentos de Izquierda Unida en España se corresponden
con los momentos del agotamiento del proyecto modernizador liderado por Felipe
González. Los mejores resultados de IU se corresponden con la crisis terminal de
un modo de gobierno que había modernizado radicalmente el país, pero había dado
lugar a los GAL o a la cutre corrupción o a la moral del "enriqueceos", tan
paradójica para sectores de la izquierda (no solo de la ilustrada). Y no solo
eso, en términos de representación IU aparece como una organización de nuevo
tipo, con nuevos perfiles sociales y culturales. Es la opción preferida, por
ejemplo, de sectores urbanos, de elevada cualificación, niveles medios/altos de
renta y público fundamentalmente joven. Es decir, un electorado nuevo y dinámico
para una opción política donde dominaba el intento de novedad sobre las
hipotecas del pasado. Pero también un público exigente que guardaría lealtad
electoral a la nueva formación solo en el supuesto de que esta satisficiese sus
expectativas complejas.
El mundo reconstruido
Los procesos de globalización han "reconstruido el mundo" en sentido material,
pero también han modificado sustancialmente el escenario de oportunidades
político. En buena medida han agudizado, en el plano de la representación
política, tendencias ya manifiestas en el anterior modelo.
Para lo que nos importa quiero destacar tres de ellas. En primer lugar, una
modificación sustancial de la estratificación social vinculada a la crisis del
estado del bienestar y al nuevo modelo de acumulación capitalista. Los procesos
de liberalización, flexibilización, precarización y multiculturalización de los
trabajadores han creado un nuevo espacio social que, sin embargo, no han dado
lugar a una nueva conciencia emancipatoria en condiciones de ser representada
por estas organizaciones. Más bien la fragmentación salarial y productiva se ha
acompañado de una fragmentación cultural y de conciencia. Películas como
Recursos humanos cuentan bien esa ruptura de las tradiciones sindicales clásicas
y el alejamiento de los jóvenes de los modelos tradicionales de reivindicación y
representación.
La consecuencia mayor de este proceso es que se ha subvalorado por las
tradiciones que representaban a la izquierda alternativa, el hecho de que el
nuevo mapa de conflictos emergente, requería de nuevos modos de articulación y
representación. Responder a los nuevos desafíos con los viejos moldes (identitarios,
entre otros) ha precipitado la marginalización de este espacio, que se ha
encontrado incómodo en casi todos los nichos electorales que, más inconsciente
que racionalmente, iba ocupando.
En segundo lugar, los cambios tectónicos producidos por los procesos de
globalización no encontraron buenas respuestas en esta parte de la izquierda,
tampoco en la izquierda socialdemócrata, por cierto. En este punto, conviene
estudiar con detenimiento el modo en el que las fuerzas políticas conservadoras
a través de la propuesta neoliberal en primera instancia (una propuesta de
ruptura radical con el consenso socialdemócrata), y del programa neoconservador
después (una nueva agenda y un nuevo consenso) han hegemonizado la explicación
del nuevo mundo. Su capacidad ha consistido en construir un marco de referencia
cultural-político que ha hecho inteligible para las mayorías -en clave
conservadora- los nuevos problemas y los nuevos desafíos.
Conviene recordar que la resistencia cultural y política de los partidos
reformistas tradicionales ha sido más bien escasa y, de hecho, ha contribuido a
la extensión de un ideario que, a la postre, se vuelve contra sus propios
intereses políticos. La impugnación del modelo vino desde una combinación de lo
social y lo extrapolítico: el movimiento alterglobalizador. Su éxito mayor fue
abrir una grieta en la, aparentemente, amurallada lógica explicativa del modelo
y crear un instrumento político y social que podría haber sido una plataforma de
reconstrucción programática de la izquierda social y política alternativa. Pero
a fecha de hoy el Foro Social Mundial está en proceso de desaparición y la
acción colectiva del movimiento ha, prácticamente, desaparecido.
Este punto quiere advertir contra la opinión de aquellos que creen que un
empeoramiento del ciclo económico más una estrategia de resistencia conseguirá
reposicionar a la izquierda alternativa y recuperar espacios electorales. Todos
los automatismos en la representación vinculados a otro tiempo han saltado por
los aires. Precisamente, los efectos más reseñables de estos nuevos tiempos son
la despolitización de lo social, la individualización de los conflictos y la
banalización del espacio público, justo aquello que "siega la hierba bajo los
pies" no solo de las opciones transformadoras sino de todas aquellas que beben
de la más amplia (y compleja) tradición republicana.
Por último, estos procesos siguen interpretándose de acuerdo a claves
estatal-nacionales. Es decir, la mirada que permite comprender el alcance y las
consecuencias de estos cambios está contextualizada no en un espacio global sino
en el nacional. Siendo así, las agendas propias son las que tramitan estos
conflictos. En el caso español, podríamos destacar al menos dos factores: en
primer lugar, los efectos acumulados del sistema electoral y su irresistible
tendencia al bipartidismo junto a la configuración de sistemas políticos
autonómicos. Esto implica en lo que hace al caso español una ampliación de las
zonas blancas de voto descendente a IU desde el año 2000. El comienzo de la
polarización fue también el comienzo del trasvase de votos regular y sistemático
de IU al PSOE. La consolidación estratégica del voto útil quiere decir que haga
lo que haga IU y mientras no haya una percepción negativa o descenso electoral
del PSOE, un castigo previo al momento del voto por mor de este perverso
mecanismo del voto útil. Subvalorar esto es un pecado de lesa ignorancia con
lamentables consecuencias políticas. Fíjense que no hablamos de las
consecuencias posteriores al momento del recuento, esto es de la ausencia de
proporcionalidad y el castigo brutal en términos de representación para una
fuerza como IU.
En segundo lugar, la incomprensible estrategia de las dos orillas por parte de
IU le enajenó una buena parte de las simpatías conseguidas por IU con tanto
esfuerzo y es el comienzo de su espectacular caída. Es difícil imaginar el daño
producido con una propuesta que en primer lugar, ignoraba que lo sustancial de
su legitimidad y de su utilidad como fuerza política descansaba en estar
posicionado en el eje izquierda-derecha, claramente en la izquierda. En segundo
lugar, porque despreciaba a los votantes provenientes de las filas socialistas
que habían, coyunturalmente, apoyado las siglas de Izquierda Unida para enviar
un mensaje de corrección "por la izquierda" al partido socialista. Y en tercer
lugar, ignoraba su propia condición de partido de nuevo tipo que se constituía
como referente de nuevas contradicciones y con nuevos sujetos sociales y
políticos en el centro de su proyecto. Con la estrategia de las dos orillas, IU
renunció a su vocación de "alternativa" y de proyecto autonomizado respecto al
PSOE y el peso negativo de esa herencia ha condicionado la realidad de la
posición política de IU desde el año 2000.
Estos argumentos, de ser verosímiles, darían cuenta de las dificultades de este
tipo de izquierda en el actual contexto, pero no deben leerse como un acta de
defunción por razones "estructurales". La idea sería defender que las
posibilidades de rearticulación en este espacio pasan por el reconocimiento del
mundo en que vivimos y por la interiorización de los profundos cambios sociales
y políticos que lo han conmovido.
En segundo lugar, las viejas identidades pueden seguir jugando un importante
papel en la creación y mantenimiento de "comunidades de resistencia" pero ya no
son funcionales como instrumentos de cambio. Han perdido su vitalidad
emancipadora no por la voluntad de los actores que las siguen tomando como
referencia sino por el hecho de que el contexto que las hacia inteligibles
primero y útiles después, simplemente ya no existe y no es previsible que
vuelva.
Para buscar una salida: construir una figura con cuatro lados
El desafío es una figura con cuatro lados: uno de ellos estaría constituido por
los elementos culturales (la lucha por la hegemonía) que deben expresarse en
construir un nuevo modo de mirar, organizar un nuevo sentido común que permita
una explicación alternativa a la conservadora sobre los nuevos conflictos. Esto
quiere decir volver a colocar la lucha por la hegemonía en primer lugar, no de
una manera abstracta, pero no conseguiremos mejorar nuestra situación solo desde
"la política". Es imprescindible una articulación con "lo político", recuperar
la voluntad de explicar el mundo para transformarlo. Esto tiene implicaciones
políticas y organizativas importantes. Entre otras aplicarse a convertir en
energía de cambio el inmenso caudal de pensamiento crítico individualizado y
disperso que existe en nuestro país. Conviene dejar claro, aquí, que esto tiene
poco que ver con recuperar, sin más, viejos conceptos y viejos símbolos: hay que
renombrar la emancipación y hacerla visible con nuevos ropajes. Hay que
construir una nueva expresividad para nuevas identidades emancipatorias. Tampoco
es lo más importante apellidar ahora a la organización buscando adjetivos
sonoros y aparentemente antisistémicos. Ganar credibilidad, respeto político y
capacidad de propuesta en las actuales condiciones depende menos de los nombres
de la cosa que de la capacidad de ésta de responder a las expectativas.
Un segundo lado lo formaría el esfuerzo por construir un nuevo molde
organizativo. Hay que aprender de la experiencia: cada cambio en el discurso
debe acompañarse por un cambio en el modelo de organización, no solo en la
dirección política que pretende acompañar los nuevos momentos. Hay que adaptarse
a un mundo en red y con una sobresaturación de información importante. Un mundo,
además, bastante alejado de la ética y la estética del sacrificio tan propio de
otras condiciones. La organización tiene que hacer posible la máxima eficacia
práctica (es decir, política), con la creación de comunidad. No es posible hoy
(tampoco lo fue ayer) ningún grado de compromiso sin la creación de recursos y
prácticas que nos permitan pensarnos en términos de un "nosotros/as" que
justifique los eventuales costes de la acción colectiva. Nadie se involucra en
una organización sólo por un hecho racional. Hay elementos emocionales sin los
cuales no es comprensible la vida asociativa. Así es que preocuparse por pensar
en cómo organizarla vida común de manera que esta sea amable, integradora etc…
es indispensable para llevar a buen puerto los objetivos de la izquierda
transformadora.
Al tercer lado le correspondería reinventar nuevos modos de politización de
los conflictos y una nueva relación entre lo social y lo político. La clave es
entender que hay que reconstruir una nueva relación entre los conflictos
sociales y su representación política. Ya no hay automatismos. En los debates
televisados de las últimas elecciones Mariano Rajoy, el líder del PP, se
presentó como el portavoz de los sectores populares afectados por las subidas
de precios y la carestía de la vida. También de los sectores medios golpeados
por la subida de las hipotecas y unas inciertas expectativas económicas. Lo
más relevante es que la "representación" resultaba creíble. Es decir, no había
ninguna razón para desmerecer el intento de apropiación electoral del PP de
sectores que en otras condiciones hubieran mirado con más convicción a su
izquierda.
Repolitizar lo social es insertarse en los nuevos conflictos, ofrecer recursos
y alternativas. Significa combinar la acción reivindicativa con ese nuevo
sentido común que reclamamos. Significa también entender que este capitalismo
voraz depredador ha generado nuevos espacios de conflicto, nuevas fracturas,
nuevas espacios de confrontación que precisan una explicación, una propuesta
de acción y una representación política. Lo importante aquí es recordar que ya
no hay "representación natural" de los conflictos. En el espacio de lo social
globalizado se han borrado los ejes izquierda-derecha y debemos aplicarnos a
la tarea de construir nuevos puentes para nuevos tiempos.
El último lado debería construirse sobre la idea de un nuevo modelo de
liderazgo en condiciones de poder expresar esta vocación de cambio y de
alternativa. En primer lugar, que a la izquierda alternativa la representen
gentes que tengan algo que ver con su base social y electoral. En segundo
lugar, liderazgos en condiciones de llevar adelante con resolución las tareas
que estas nuevas circunstancias exigen. En tercer lugar, liderazgos que sepan
que, en las actuales circunstancias, la salida está en una mirada hacia fuera.
La mala noticia para la izquierda alternativa es que su situación no invita al
optimismo. La buena noticia es que no tiene nada que perder para reinventarse.