(IAR Noticias) 06-Mayo-08
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Frágil cobijo. El presidente francés, Nicolas Sarkozy, el 1 de mayo en Akisgrán, Alemania, donde asistió a la entrega del
Premio Carlomagno a la canciller alemana, Angela Merkel |
El presidente se convierte en el jefe del Estado más
impopular de la V República.
Los recortes sociales refuerzan la visión de que
las reformas prometidas no son justas.
El "choque de confianza" anunciado con
la reforma fiscal no se ha visto por ninguna parte.
Por Lluís Uría - corresponsal en París, La Vanguardia
V ertiginoso es el adjetivo que mejor califica el primer
año de Nicolas Sarkozy en el Elíseo. Vertiginoso, frenético casi, ha sido el
modo y el ritmo con que el presidente francés ha abordado su plan de reformas.
Vertiginoso, y radical, el cambio que ha impuesto a la forma misma de gobernar
y de ejercer el cargo, de poner en escena su vida privada incluso.
Vertiginosa, en fin, la rapidez con que ha dilapidado también la enorme
confianza que los franceses le brindaron el 6 de mayo del 2007.
Con casi 19 millones de votos y una movilización
histórica -84% de participación-, Sarkozy surgió de la elección presidencial
con una fuerza y una legitimidad política incontestables, reforzadas por la
amplia victoria subsiguiente en las legislativas de junio. Pese a tales cartas
de partida, Sarkozy ha logrado en un año convertirse en el presidente más
impopular de la V República.
Muchos son los indicadores que retratan el descenso a los infiernos de este
moderno Bonaparte. Basten dos. Primero: con una popularidad del 36% -según el
último sondeo de Ifop-, Sarkozy cumple su primer aniversario en el Elíseo con
el peor resultado obtenido jamás por sus predecesores. De Gaulle, Pompidou,
Giscard, Miterrand y Chirac -en su segundo mandato- coronaron esta etapa en
una situación bastante más confortable. Sólo el Chirac de 1996 cosechó un
apoyo similar (37%), pero con una diferencia sustantiva: los insatisfechos
suponían el 47%, frente a un 64% en el caso de Sarkozy.
Segundo: el índice que mide la moral de los hogares franceses, calculado por
el Instituto Nacional de Estadística y Estudios Económicos desde 1987, se
situó inmediatamente después de la elección de Sarkozy en -13, un dato
negativo, pero que experimentó entonces una mejora de siete puntos. Hoy la
moral ha caído a un récord histórico: -37.
No porque sí la UMP, el partido gubernamental, sufrió un severo castigo en las
elecciones municipales del mes de marzo, en las que cedió el gobierno de la
mayoría de las grandes ciudades a la izquierda. Una parte importante de los
votantes de Sarkozy el 6 de mayo, sobre todo de las capas populares, se
abstuvieron esa vez.
¿Qué ha pasado para llegar hasta aquí? De entrada, la economía ha fallado. El
crecimiento económico no sólo no ha logrado despegar, sino que ha embarrancado
(1,9% en el 2007 y una previsión de 1,7% a 2% para el 2008, por debajo de las
expectativas iniciales), mientras el rebrote del déficit público (2,7% el año
pasado) ha reducido el margen de maniobra del Ejecutivo. "¿Qué quieren que
haga, que vacíe las cajas que ya están vacías?", dijo el presidente en enero
en una demostración suicida de impotencia. Mientras los precios se han
disparado, los franceses comprueban que las promesas de recuperación del poder
adquisitivo se han esfumado. Sólo la evolución del paro, que sigue a la baja,
es positiva.
Cierto, la coyuntura internacional no le ha podido ser más esquiva a Sarkozy.
Pero también es verdad que las medidas adoptadas hasta ahora por el Gobierno
no han arrojado grandes frutos. El "choque de confianza" que anunció Sarkozy
con la reforma fiscal aprobada el pasado verano no se ha visto por ninguna
parte. La ministra de Economía, Christine Lagarde, sugirió días atrás que sin
la aprobación del "paquete fiscal" -que inyectó 15.000 millones de euros en el
mercado, reduciendo en la misma medida los ingresos del Estado- probablemente
la situación sería peor. Sea.
Pero los franceses tienen la sensación de que ese regalo fiscal a las
empresas, y a los más ricos, va a ser pagado por los más débiles. Los recortes
que el Gobierno anuncia en las prestaciones sociales y en los servicios
públicos no hacen sino reforzar la visión de que el esfuerzo no está siendo
equitativo y que las reformas prometidas no son del todo justas.
Los propios partidarios del presidente apuntan críticamente que las reformas
-de las que se han impulsado ya unas cincuenta- adolecen de falta de
coherencia y de jerarquización suficiente para ser comprendidas y asumidas. No
pocas iniciativas gubernamentales han chocado con la resistencia, cuando no
hostilidad, de los parlamentarios de la UMP.
Añádase a este cóctel explosivo la ostentación y la facundia con que Sarkozy
se ha conducido personalmente durante la mayor parte de este tiempo y se
comprenderá su caída en los sondeos. Hasta el punto de producir una situación
inédita tratándose de dos figuras del mismo partido: el primer ministro ha
acabado siendo más popular que el presidente. Esta anomalía política ha
deteriorado aún más si cabe las ya de por sí difíciles relaciones políticas y
personales entre Nicolas Sarkozy y François Fillon, a quien nadie augura un
largo futuro en Matignon. Sólo la presidencia semestral de la UE, que Francia
asumirá el 1 de julio, ha evitado su despido anticipado. La corrección de
rumbo realizada por Sarkozy en los dos últimos meses en lo concerniente a su
estilo personal - tomando altura institucional, mostrando una mayor contención
y austeridad- no ha dado, por el momento, un resultado perceptible. En este
estado de debilidad, Sarkozy deberá afrontar en los próximos meses una
situación social enormemente conflictiva. El malestar existente en el sector
de la educación, a causa de la supresión prevista de 11.200 puestos de
enseñantes el próximo curso, amenaza con generar un amplio movimiento de
protesta estudiantil en las calles, tradicional talón de Aquiles de los
gobiernos franceses. La reanudación de las protestas, interrumpidas ahora por
las vacaciones escolares, confluirá además con la movilización que preparan
los sindicatos contra la reforma de las pensiones, un gran caballo de batalla.
Sarkozy empezará su segundo año con una primavera caliente.
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