a bastado un cambio de estilo personal -más discreción y austeridad
donde antes había incontinencia y ostentación- para que Nicolas Sarkozy haya
frenado su caída en los sondeos y empiece, incluso, a apuntar un modesto
remonte. Corregir la situación económica, sin embargo, va a costarle al
Presidente francés bastante más.
Los datos oficiales del 2007, dados a conocer hace algunas semanas por el
Instituto Nacional de Estadística y Estudios Económicos (Insee), no han
podido ser más descorazonadores: el déficit público, que debía situarse en
el 2,4% del PIB, se descontroló hasta alcanzar el 2,7%, sólo tres décimas
por debajo del nivel autorizado por la UE del 3%; y, consecuentemente, la
deuda, que en el 2006 había empezado a bajar, aumentó de nuevo el año
pasado, de 1,1 a 1,2 billones de euros (del 63,6% al 64,2% del PIB).
A las puertas de la Presidencia francesa de la UE, el próximo 1 de julio,
los datos económicos facilitados por Francia a las autoridades comunitarias
no son la mejor tarjeta de visita.
El Gobierno, por boca del Primer Ministro, François Fillon, ha situado ya
definitivamente en el horizonte del 2012 la consecución del déficit cero. La
promesa de Nicolas Sarkozy de intentar cumplir con la cita del 2010 ha
quedado sepultada por la deriva de las finanzas públicas fundamentalmente
por culpa de la administración local, arguye el Ejecutivo- y por la crisis
económica internacional. “Un bache” para la economía francesa, en palabras
de Fillon.
Nicolas Sarkozy no podía enfrentarse a peor coyuntura. A menos de un mes
de cumplir un año en el poder, el “choque de confianza” que pretendía
propiciar con sus primeras medidas económicas y fiscales se ha diluido como
el azúcar en el marasmo económico en que Francia se mueve desde hace años.
Y el año que ahora empieza no promete ser mejor. De nuevo el Insee fue el
encargado de comunicar la mala nueva: la tasa de crecimiento económico acabó
en el 2007 en el 1,9%, por debajo de las previsiones del Gobierno, que se ha
visto obligado asimismo a revisar fuertemente a la baja las expectativas
para el 2008: entre el 1,7% y el 2%, claramente inferior al 2,25% previsto
en el presupuesto de este año. De entrada, ello va a obligar a moderar
también la previsión de reducción del déficit, que se propone ahora en el
2,5%.
TEMIDOS RECORTES
El Gobierno niega con vehemencia desde hace días que esté preparando un
“plan de rigor” como denuncia con singular persistencia el primer secretario
del Partido Socialista (PS), François Hollande, que parece haber
reencontrado en la economía el terreno para ejercer de oposición.
Pese a las constantes negativas, lo cierto es que el Ejecutivo está
obligado a utilizar las tijeras. Y, para empezar, ha decidido ya dar de baja
del presupuesto la mitad de los 7.200 millones de euros que había consignado
como “reserva de precaución”.
Si las arcas estaban “vacías” a principios de enero, como Sarkozy expresó
gráficamente en su primera conferencia de prensa en el Elíseo, ahora lo van
a estar más. Lo cual puede comprometer algunas de los beneficios sociales
con que el Gobierno pretendía compensar de algún modo otros sacrificios que
deberán hacerse en el altar de las reformas.
La generalización de la nueva renta de solidaridad activa (RSA) promovida
por el alto comisario Martin Hirsch podría ser una de las promesas candidata
a pagar los platos rotos.
Fillon, pese a negar la existencia de un plan de austeridad, ha admitido
que habrá que “hacer ahorros para poder acometer las reformas sociales”.
Mientras, los sueldos están estancados y los precios no paran de subir
(la inflación está en el 2,8%, la más alta desde 1992), lo que ha extendido
el descontento. La moral de las familias francesas no para de bajar: en
marzo alcanzó el nivel más bajo (-36) desde que se instauró este índice hace
veinte años.