Es en extremo curioso pero la visita que inició el martes -y hasta el domingo- el
papa Benedicto XVI a Estados Unidos parece haber sido encarada por el Vaticano
más como una presentación del Pontífice en esa sociedad, un intento por
reintroducir su imagen en esa sociedad, antes que el clásico viaje pastoral.
Parecería que de lo que en verdad se trata es de mostrar una imagen creíble
menos dura y rígida del hombre sobre el que siempre se enfatiza su rigor
doctrinario e intolerancia con el disenso.
Un dato revelador es que las fuentes vaticanas comenzaron tempranamente a
advertir que no debía esperarse que Benedicto XVI fuese a incurrir en juicios
tajantes sobre la Iglesia Católica estadounidense, a la vez que sí debía
aguardarse un tono conciliador aun cuando vaya a recorrer en sus homilías y
mensajes temas como el sacerdocio reservado a los varones, el aborto, la
homosexualidad, el divorcio y otros en los que los católicos estadounidenses
aparecen desde hace tiempo en desacuerdo con el Vaticano.
Falta aún ver, dado el énfasis doctrinario que singulariza a este Pontífice, qué
margen concreto encuentra el Papa para esa conciliación cuando tenga que poner
los problemas en palabras.
La Iglesia Católica estadounidense ofrece a un mismo tiempo una imagen
bidimensional contradictoria. Es una de las comunidades más estables del país
-un 23 por ciento de su población, que se mmantiene en ese nivel hace tiempo- y
una religión que está en innegable crisis.
Esta visita de Benedicto XVI es la primera de un Pontífice desde que los
escándalos de abuso sexual de sacerdotes con niños estallaran en el año
2000.
La revisión de esos pecados institucionales -que adquirieron ese carácter por su
número y por los intentos iniciales de la jerarquía católica de barrerlos bajo
la alfombra- le ha costado muy caro al catolicismo y no sólo económicamente: han
sido unos dos mil millones de dólares en sentencias y acuerdos extrajudiciales
con los damnificados.
No menos de cinco de las grandes diócesis del país quedaron al borde de la
bancarrota y los efectos colaterales han ido desde la disminución marcada de los
aportes de fieles a las arcas de la Iglesia hasta una crisis de vocaciones
religiosas que hace hoy que la edad promedio de los sacerdotes católicos arañe
los 60 años en Estados Unidos.
Hay en marcha grupos de laicos que reivindican, ahora con más fuerza, la
incorporación de mujeres al sacerdocio, pero parece improbable que Benedicto XVI
se encuentre hoy más cerca que antes de considerar seriamente esta opción.
El cierre de parroquias y colegios religiosos es otro de los graves virus que
afecta a la grey, producto de la crisis económica pero también de los cambios
demográficos operados en comunidades como las de origen irlandés e italiano.
A primera vista, al menos un solo sector de los católicos estadounidenses
aparece como receptivo a la clase de doctrinarismo rígido que favorece Benedicto
XVI: la de raíces hispanas. Por cierto que el Papa puede privilegiar a esta
audiencia, pero no parece posible hacerlo sin aumentar el disenso en los
restantes componentes de la grey del país.