(IAR Noticias) 02-Abril-08
EEUU solo ofrece la alternativa "nosotros o el caos" a las fuerzas que se oponen
o cuestionan sus intereses
Por Axel Brot (*) - Asia Times
Traducido del inglés para Rebelión por Germán Leyens
La clase política estadounidense parece haber sacado todas las conclusiones
falsas del fin de la Guerra Fría y del desmembramiento de la Unión Soviética. Su
cómodo paseo hacia la hegemonía global permanente simplemente no tuvo lugar. Por
lo tanto, la frustración y el ansia de venganza se han convertido en los
principales impulsos de las políticas de EE.UU. Los eventos del 11-S pusieron en
la mira su disfuncionalidad común, pero no constituyen su causa de fondo.
Desde esta posición estratégica surge la expectativa resignada y patética de que
EE.UU. no permitirá ni una Rusia estable ni una acomodación no-cataclísmica del
ascenso de China. La política estadounidense tiene ahora sólo suficiente
flexibilidad para negociar las prioridades a corto plazo para decidir a quien se
va a presionar con exigencias de cambio de régimen; pero el sistema está amañado
para no ofrecer recompensas por persuasión o por acomodación sino por una
creciente confrontación, diplomacia de fechas límite, y actuaciones hechas para
impresionar sobre la base de principios cargados de una credibilidad destrozada.
A pesar de los dignos esfuerzos del Grupo de Estudio Irak o del Proyecto de
Princeton sobre la Seguridad Nacional para volver a introducir una cierta
racionalidad a los métodos en la política, ésta es afectada por la falta de
disciplina y de prudencia que acompaña el refuerzo de la mentalidad imperial del
Washington oficial por parte de los medios y de los think-tanks.
Por desgracia, esta mentalidad no sólo es el atributo definidor del actual
gobierno sino de ambos partidos - y en abundancia cuando se trata de los
principales candidatos a la próxima presidencia de EE.UU. Ya compiten en la
quema de puentes hacia un enfoque algo más paciente de las políticas imperiales,
mientras recriminan al actual gobierno por su debilidad. El menú de los
principales candidatos incluye diferentes combinaciones para bombardear Irán,
destruir a Hizbolá, enfrentar a los rusos, sancionar a los chinos, coaccionar a
saudíes y paquistaníes, presionar a los indios hacia una relación subordinada,
instalar una dictadura "responsable" en Irak (y / o despedazarlo) - eliminando
aún más de restricciones al "poder blando" de EE.UU. y atando aún más
efectivamente a los aliados a cualquier carga que haya que soportar.
Por ello, es excesivamente fácil ver los esfuerzos por adaptarse a la
alternativa implícita ofrecida por EE.UU. de "nosotros o el caos" en las
actuales tribulaciones de la diplomacia global. Pero las lecciones no se limitan
a Irak y Afganistán, sino a los intentos fracasados de Serbia (1999), Irán
(2003) y Siria (en curso), por inclinarse ante las exigencias de EE.UU./Occidente
manteniendo una cierta independencia y dignidad. De hecho, contemplando los
últimos 16 años o algo así, la suerte de la antigua Unión Soviética en los años
noventa, de la antigua Yugoslavia, y de Iraq o Afganistán, se podría llegar a la
conclusión de que no queda nada que perder incluso en una confrontación militar.
Y ya que la marcha del imperio está sincronizada con la superioridad racial -
alias "civilizacional" (de la "anglosfera") las elites no-occidentales podrían
interpretar esta alternativa como "EE.UU. y caos". Si su ambición es sólo
saquear sus países y luego establecerse en uno de los paraísos occidentales
libres de impuestos o convertirse en aparceros de los recursos de sus países, la
alternativa es buena. Si son algo despabilados, razonablemente patriotas, y les
queda un poco de orgullo, no pueden hacer otra cosa que resistir.
Es también, en último análisis, una cuestión de autoestima y un sentido de
responsabilidad histórica. ¿Pueden elites en su sano juicio tolerar que se les
coloque en la parte trasera de ocurrencias sardónicas como la que circula entre
responsables anglosajones sobre la combinación saudí de inmensa corrupción y el
pago de inmensas sumas por chantaje: los saudíes "prefieren sofocarse sobre sus
rodillas que morir de pie?"
Pero el desprecio y la sed de caos ("destrucción creativa") se han convertido en
la moneda corriente del reino. Son estimulados por fantasías de una sociedad de
castas global en la que "El escudo de Aquiles", "Imperial Grunts", "Left Behind",
y "La edad del diamante" cruz polinizan la imaginación imperial. Se podría
agregar que un estudio del Pentágono (Oficina de Evaluación Neta) sobre las
consecuencias del cambio climático provee una ventana hacia el rincón más
oscuro, survivalista, de esta mentalidad e implica, además, una respuesta a las
preguntas "¿Quién es Occidente? y "¿Quién es superfluo?"
El retorno con ganas del "enfoque de operaciones clandestinas" de las
políticas internacionales de EE.UU., por ello, tiene mucho más que ver con esta
siniestra autoficcionalización que con la naturaleza de amenazas o la simple
disponibilidad de los instrumentos. Mientras en la mayor parte de los períodos
de la Guerra Fría, las preocupaciones por la exposición, el contragolpe, y la
provocación de una guerra con los soviéticos la mantuvo en algo bajo control,
ahora se ha librado de la trailla. Todo el que se lo puede permitir se ha metido
en el negocio. No sólo la Casa Blanca es excesivamente liberal en su uso de
agentes privados, frecuentemente funcionarios reciclados del espionaje y de las
fuerzas armadas de los se debieran haber deshecho para ponerse a salvo.
Existe una evolución de una inmensa zona gris de empresas privadas de
"consultoría" de antiguos funcionarios gubernamentales que aprovechan sus
contactos internacionales con actores estatales y subestatales, con insurgencias
en busca de patrocinios de primera, y grupos de cabildeo político, así como de
sus contactos para negocios e influencia de negocios internacionales - en
particular con las industrias energética, financiera, de armamentos y de
seguridad. Al volver al servicio del gobierno, sus proyectos, políticas y
filones de beneficios preferidos no sólo entran en hibernación, sino son
continuados como políticas gubernamentales. Uno de la nueva cosecha de
funcionarios temporales, advenedizos, demostró su actitud interesada con la
pregunta medular: "¿Para qué sirve el imperio si no podemos usarlo para ganar
dinero?"
En el ámbito político, la preocupación por el contragolpe y la exposición ha
prácticamente desaparecido, excepto como un arma de sangría cuando comienza la
caza del chivo expiatorio. Sólo puede funcionar como restricción si se puede
imponer un sentido de moderación y si sus consecuencias tienen un efecto
disuasivo. Nada de esto es apropiado. En su lugar, las políticas de EE.UU., se
gestan en el mundo del tan citado Diálogo Meliano en el que un sentido de
impunidad y omnipotencia destruye toda consideración por la prudencia. Desde los
días de neófito del general de división de la Fuerza Aérea, Richard Secord,
codeándose con la mafia de la cocaína a fin de financiar a los Contras
nicaragüenses, esta situación ha otorgado un significado completamente nuevo al
"desencadenamiento de operaciones clandestinas," la "negación plausible," y, por
cierto, a la famosa mentalidad de "muchachos serán muchachos" de Reagan.
El lado más depravado del problema, sin embargo, pone al descubierto la
destrucción de los cortafuegos entre los poderes del gobierno, entre el poder
ejecutivo y el Congreso, en lo público y lo privado, entre los negocios y el
gobierno - en un brebaje de proyectos e intereses. Y ninguna agencia
gubernamental tiene el poder o la voluntad de desconectar alguno de esos
proyectos entrelazados de política y cabildeo, de espionaje y operaciones
clandestinas que adquirieron padrinos en el gobierno, en el Congreso, o con uno
de los poderosos aparatos de cabildeo.
Podrán hundirse, tal vez, bajo el umbral de percepción de las primeras figuras,
pero se moverán infatigablemente, metamorfoseándose, mutando y desovando
vástagos en el fétido pantano de los subcontratistas, aparatos públicos-privados
de espionaje, mercenarios, organizaciones misioneras fundamentalistas, firmas de
seguridad, para reaparecer algún día como "operación establecida," renovando así
el ciclo. Los problemas sudaneses constituyen un ejemplo de primer orden de cómo
este ecosistema itinerante produce y reproduce un caos creciente en Estados
débiles, malditos por su importancia estratégica.
Pero todo esto ni siquiera comienza a encarar los efectos destructivos de su
frecuente conexión con el hampa, del comercio ilícito en armas, materias primas,
etc., o con los sindicatos del crimen que operan globalmente, y su
infraestructura económica.
Es sólo lógico que la selección de personal determinante para las decisiones
políticas parece seguir ahora el modelo israelí, italiano, y japonés, penetrando
cada vez más profundo en el mundo de las lealtades de clan (los neoconservadores
son sólo el clan más consciente de su propia identidad "de orientación
familiar") en la que la distinción entre la lealtad al actividad y la lealtad al
clan desaparece por entero al nivel de vice-secretario adjunto.
Y comienza a infectar a Alemania. No sólo porque muchos sectores del aparato de
inteligencia exterior alemán están concertados, por intención y tradición, con
el espionaje estadounidense e israelí, y sus mecanismos de control político son
lábiles incluso según estándares occidentales. Es la osmosis entre los malos
hábitos a través de las exigencias de la solidaridad occidental.
En un momento de candor desprevenido, el corresponsal en Berlín del periódico
conservador suizo Neue Zürcher Zeitung deploró el reclutamiento irrestricto de
periodistas y representantes de ONGs por el espionaje alemán como mucho peor que
el espionaje de periodistas para impedir filtraciones. Este comentario iluminó
brevemente uno de los recovecos en el subsótano de la política exterior alemana.
De aún mayor prominencia para lo que nos espera es la introducción a Alemania
del vínculo entre el espionaje y los negocios, y de ambos con operaciones
clandestinas. En los medios internacionales corre la voz de que el ex jefe del
espionaje alemán y actual miembro del parlamento, Bernd Schmidbauer, es el
presunto facilitador para un agente de los servicios de inteligencia israelíes
convertido en empresario que está profundamente involucrado en proyectos
israelíes en el Kurdistán iraquí. Utilizando los contactos de Schmidbauer en la
dirigencia de los kurdos iraquíes, se dice que el agente israelí obtuvo
contratos por muchos millones de dólares para dar a los kurdos una mayor
participación en los miles de millones (desaparecidos) de la cuenta de petróleo
por alimentos.
Es probablemente sólo una historia interesante de primera plana, aunque sea algo
falsa. Pero sean cuales sean los detalles, es un hecho que Schmidbauer utiliza
su antigua posición para ese tipo de propósito, y ése es el mensaje. Y es
difícil juzgar qué es peor: Schmidbauer involucrado en travesuras israelíes que
conectan operaciones clandestinas con beneficios empresariales; o una empresa
privada que hace lo mismo.
El descontento con la participación militar alemana
Más inmediatas, sin embargo, son las preocupaciones de que soldados alemanes ya
sean enviados a misiones de duración indefinida en entornos de intervenciones
potencialmente ricas en bajas en las que las políticas estadounidenses
(británicas e israelíes) han corrompido en público, desdeñosa e
irreversiblemente, 100 años de derecho internacional que pretendía regular el
uso de la violencia militar. Los aliados de Alemania están realizando una
especie de experimento de selección social-darviniana en sus fuerzas armadas,
para extirpar a los influenciados por sus conciencias, a los susceptibles, y a
los denunciantes, y para volver a cultivar la mentalidad de la guerra colonial
contra "poblaciones enemigas," con todas las repercusiones que conlleva para la
sociedad civil.
Los hábitos mercenarios y la "ética guerrera" resultantes - la restricción de
las inhibiciones morales a favor del desdén racial como parte de la afirmación
de la unidad - no puede sino infectar y luego corroer la cautela en la que han
sido entrenados los "ciudadanos-soldados" de un ejército parlamentario. Mientras
más son comprometidos en operaciones de la "guerra contra el terror," más
enfrentarán el odio desesperado de los que han sido expuestos a las formas
estadounidenses de pacificación, y mayor será el peligro de contaminación.
En otras palabras: existe temor de que las fuerzas alemanas absorberán esta
mentalidad, participando en esas operaciones destructoras de la sociedad cuyos
resultados ya pueden ser vistos en Iraq, Afganistán y Palestina - y en futuras
campañas que tienen el potencial de degenerar hacia una guerra de
aniquilamiento. El temor no es exagerado: se podría considerar la evolución
doctrinaria respecto a la guerra en los "guetos globales" o, como ejemplo,
analizar las estrategias examinadas y el fervor a favor de una guerra contra
Irán.
Los que han recibido una formación legal y una cierta percepción histórica no
pueden dejar de ver paralelos entre lo que está sucediendo y los preparativos
judiciales y propagandísticos durante la preparación del ataque alemán contra
Rusia soviética: grabando en las mentes de los soldados que van a enfrentar a un
enemigo subhumano, maligno, cruel y astuto; para luego negar a categorías
enteras de combatientes enemigos todo estatus legal, privando a otros de la
protección de las Convenciones de La Haya, y limitando la protección de civiles
por el código de justicia militar a lo más elemental del mantenimiento de la
disciplina de combate y de la prevención de que el ejército llegue a convertirse
en una turba violadora, saqueadora, asesina (lo que hizo a pesar de todo, las
más veces, especialmente después de que el breve viaje que esperaba se
convirtiera en un largo y arduo camino hacia la derrota).
Por lo tanto, la clasificación de alguien como un terrorista que combate, o como
un partidario del terrorismo quien podría albergar intenciones hostiles contra
intervenciones e intereses, recintos y dependientes occidentales, o apoyara a
organizaciones juzgadas hostiles, simplemente amplía de la Rusia soviética a
todo el globo la experiencia alemana de cómo crear un derecho en la guerra
pervertido. Apunta, desde luego, a matar a los terroristas, deslegitimando toda
resistencia armada (y cada vez más desarmada) contra las expediciones y
ocupación militares occidentales, tratando incluso de lograr que el derecho
internacional la proscriba porque hay una población de por medio ("escudos
humanos"). Menos se preocupa por encontrar un modo de soslayar las Convenciones
de Ginebra o la jurisdicción de Nuremberg el innovador concepto israelí de
"población terrorista". Simplemente coloca un título nuevo sobre el antiguo
dictamen: "Exterminad con prejuicio extremo."
Mientras tanto, el soslayo de las Convenciones de Ginebra fue un reto para los
abogados del gobierno de Bush. Decidieron que los talibanes eran "combatientes
ilegales" - aunque fueran soldados de un país que el gobierno de Clinton
presionó enérgicamente a Alemania para que reconociera - porque Afganistán era
un "Estado fracasado." Incluso si Afganistán bajo los talibanes justificara el
término de "Estado fracasado," es útil recordar que Occidente tiene una pesada
responsabilidad en que así fuera. Basta con mirar los libros de texto y el
material de instrucción suministrados a los muyahidín por EE.UU. y sus
colaboradores en los años ochenta.
Sin embargo, es particularmente inquietante la hipocresía deliberadamente
transparente que no cubre sino ostenta un tipo de violencia que el sentido común
más elemental (para no mencionar un sentido de la vergüenza) mantendría
esporádica y aislada. Pero ahora hay decenas de miles de víctimas del
archipiélago global institucionalizado de prisiones y campos clandestinos de
tortura. Han sido sometidos por una fuerza seleccionada y entrenada al resultado
de décadas de investigación en técnicas de tortura y humillación sexual, como un
medio, nos llevan a creer, de "marcar la derrota en sus mentes," de difundir el
mensaje de que no hay salida, no hay compensación, no hay defensa; de que toda
resistencia sólo acelerará la transición a la disolución violenta de la
sociedad, de fundamentos para un Estado funcional.
Además, el derecho a matar a voluntad fuera del sistema, en zonas secretas de
libre fuego, de mantener aparatos subcontratados de aparatos de seguridad de
Estados dependientes listos para torturar y asesinar, no puede sino anunciar la
voluntariosa abdicación de toda pretensión verosímil de esos gobiernos a la
legitimidad o a la capacidad de crear orden. EE.UU. y sus aliados están
preparando la escena para el tipo de violencia masiva que se vio por última vez
en las campañas de "pacificación" en África y Asia coloniales. Esta vez, sin
embargo, están a la vista de todo el mundo - y para una cantidad apreciable de
sus estrategas, parecen formar parte del propósito.
La clase política alemana y los medios hacen todos los esfuerzos por mantener lo
más lejos posible del debate público y de sí mismos la escala y las
ramificaciones de este sistema; cuando lo encaran de alguna manera, lo presentan
como las inevitables, aunque desagradables, cicatrices de la guerra en la cara
de los valores occidentales. Las contorsiones involucradas en la negativa de su
conexión con los compromisos militares alemanes y las medidas de seguridad
interconectadas, cada vez más drásticas, no dejan de ser notables.
Existe, sin embargo, un hilo clandestino que conecta a Alemania con la explosión
del terrorismo fundamentalista, enterrado en archivos y memorias que llegan a
fines de los años setenta. En esos días, Alemania trataba de asegurar el dominio
de organizaciones islamistas derechistas sobre su gran comunidad musulmana para
neutralizar la influencia de organizaciones de izquierda. Las consecuencias de
este tipo de ingeniería social siguen siendo evidentes en la actualidad, y son
muy lamentadas por la clase política.
Alemania también albergó a una comunidad sustancial exiliada de fundamentalistas
de países árabes seculares - especialmente de Siria. Como el espionaje israelí
actuaba según su albedrío en Alemania, y partes de los servicios de inteligencia
alemanes (así como sus padrinos bávaros) estaban a la entera disposición del
Mossad, podría haberse dicho que el reclutamiento entre los Hermanos Musulmanes
sirios en Alemania para una campaña terrorista contra el gobierno del presidente
sirio Hafez al-Assad fue una operación conjunta. Cofinanciados por dinero saudí,
Israel y sus mercenarios del sur del Líbano los entrenaron en campos en el sur
del Líbano, lo publicitaron en la época como una escuela de post-graduado de
primera que ofrecía instrucción en todas esas interesantes técnicas que ahora
hacen que la vida occidental sea tan excitante.
Esa operación llevó, por cierto, a serios derramamientos de sangre en Siria. Los
supervivientes volvieron a Alemania, posiblemente como reclutadores para la
yihád antisoviética en Afganistán, o transfirieron sus talentos directamente a
ese nuevo teatro de los esfuerzos occidentales.
El reclutamiento para la subversión y el terrorismo requiere investigación de
antecedentes, interrogatorios de las manzanas podridas y de los casos dudosos, y
retenerlos para su uso futuro. Los alemanes ayudaron en la investigación, pero
evitaron los demás procedimientos (por lo menos, es lo que se debería poder
esperar). La prisión Khiam en el sur del Líbano fue utilizada para esos
propósitos - para la tortura y para el quebrantamiento de prisioneros más allá
de las reglas vigentes en Israel (secuestrados de alto valor, sin embargo,
siguen en las "alas secretas" de las prisiones israelíes, también diseñadas para
que estén más allá del alcance de las reglas, en sí ya excesivamente
permisivas).
La conexión alemana con las operaciones de Israel llegó a ser conocida por
algunos altos burócratas alemanes y les reveló el significado de "prisión
secreta" a través de la prisión de Khiam - que puede ser considerada como uno de
los modelos para el sistema estadounidense. El horror y la revulsión de los
susceptibles tuvo por lo menos el efecto de dificultar la vida del antiguo
ministro de exteriores alemán Joschka Fischer cuando tuvo que afirmar
inocentemente que no hubo "violadores de los derechos humanos" entre los 300
artistas libaneses de la tortura y la violación que Alemania aceptó de Israel.
La voluntad de ignorar que domina el debate alemán facilita en extremo que se
dejen de lado preocupaciones sobre la miríada de formas como este sistema ha
comenzado a infestar a Alemania: a través de sus fuerzas especiales, entrenadas
en EE.UU., Israel, y Gran Bretaña; o el programa de intercambio de oficiales con
el colegio del estado mayor del Ejército de EE.UU. (donde se enseñan sus
fundamentos ideológicos en los escritos del arabista israelí Rafael Patai); a
través de la ajetreada red de especialistas itinerantes de la tortura,
psicólogos y médicos corruptos, entrenadores en interrogatorios, y antropólogos.
Los mandantes políticos se coluden con ella detrás de las espaldas de los
miembros menos controlables del parlamento, y frecuentemente a pesar de que los
altos funcionarios de carrera saben que se trata de un error.
Lo que comenzó en 2002 como una manera de mostrar solidaridad con los
estadounidenses se aceleró en 2003 para reconstruir las relaciones con EE.UU.,
transformó el entusiasmo del antiguo secretario del interior socialdemócrata
Otto Schily ("si quieren muerte, se la damos"), la cobardía del ex ministro de
exteriores Joschka Fischer, y las impecables credenciales "pro-estadounidenses"
de Merkel en un programa ideológico para hacer que Alemania (y la UE) se
prepararan para la guerra eterna contra los enemigos de Occidente.
Durante décadas, Alemania, como Holanda, Suecia y Noruega, se las arregló para
ser considerada más bien como un trabajador social global que como uno de los
aliados más cercanos de EE.UU. Su papel se justificaba al mantenerse distante de
intervenciones militares, al ajustarse escrupulosamente a sus compromisos, al
esforzarse por co-optar a las elites modernizadoras de los países en desarrollo
al sistema occidental, incluso al precio de que la alta política se mantuviera
ignorante de sus actividades en los bajos fondos, y de que a veces divergiera de
las políticas de EE.UU. La buena reputación de Alemania era un proveedor neto de
legitimidad para Occidente.
Pero, bajo la nueva dispensación en la que los bajos fondos se han convertido en
la función principal y la retórica compensatoria de derechos humanos en un
ejercicio cada vez más estridente en hipocresía, la legitimidad parece provenir
de la impunidad. Y la clase política estadounidense ya no muestra paciencia con
intereses divergentes, reivindicaciones de juicio independiente, o un "respeto
decente por la opinión de la humanidad."
Los descontentos con la cooperación total alemano-israelí
El año pasado, Alemania realizó su inserción militar en los problemas de Oriente
Próximo con un escuadrón naval frente a la costa libanesa. Su misión: impedir el
reabastecimiento de armamento de Hizbolá desde el océano. Ha tomado partido
abiertamente, a pesar de su alianza sub rosa con Israel durante decenios,
convirtiéndose así en parte de un problema sin una solución. No sólo se niega,
una mayoría de la población, a apoyar la participación alemana; también va
acompañada por la desconfianza de una cantidad considerable de profesionales -
por buenos motivos.
Uno de ellos se arraiga en la convicción de que el vapuleo que EE.UU. e Israel
infligen a Oriente Próximo está trabando a Occidente en un ciclo sin fin de
violencia. Lo impulsa la incapacidad de Israel de considerar que la paz es más
deseable que conservar sus conquistas. Aunque sería un verdadero asesino de
carreras admitir los temores de que Israel podría utilizar, o encender por sí
mismo, otra conflagración en Oriente Próximo para resolver su problema palestino
de una vez por todas - y, al mismo tiempo, destruir todos los cuestionamientos a
su hegemonía - es imposible no darse cuenta de esta perspectiva. Informa
preocupaciones sobre el impacto de la retórica de la "guerra de civilizaciones"
que dirigentes de la opinión alemana (y europea) difunden en los medios; una
retórica que puede convertirse en todo momento en licencia para hacer en serio
lo que Israel ha preparado a aliados para que esperen y que es exigido por la
mayoría de su población.
En los hechos, los indicadores de que los israelíes podrían limitar su ambición
a establecer un sistema parecido a los bantustanes, dirigido por los escuadrones
de matones de Fatah de Dahlan-Balusha, parecen haber sido considerados por
Alemania oficial como testimonio de una atemperación israelí admirable y de
amplias miras - que debe ser alentada, legitimada, y financiada para evitar que
los israelíes cometan "actos de desesperación."
El uso del término "bantustán" en este contexto no tiene nada que ver con una
calumnia antisemita; cuando el antiguo primer ministro sudafricano y
simpatizante nazi John Vorster visitó Israel en 1976, Shimon Peres, Menachem
Begin, Yitzhak Rabin, Yitzhak Shamir, et al, alabaron el sistema sudafricano de
separación racial como un modelo para encarar a "sus kushims" ("negros"). Y la
parte conservadora de la clase política alemana, (especialmente en Bavaria,
donde una relación bastante incestuosa entre los servicios de inteligencia
alemana y la Unión Socialcristiana había engendrado sus propias prioridades en
política exterior) estaba profundamente involucrada en la cooperación
estratégica entre Israel y Sudáfrica. Los ejemplos incluyen el apoyo para la
Resistencia Nacional Mozambicana (Renamo) - también apodada "Khmer negros" para
iniciar la plaga africana de reclutar a niños pequeños mediante la
traumatización - a la investigación de armas de destrucción masiva, a la
transferencia ilegal de planos de una nueva clase de submarinos capaces de
portar misiles crucero. En los años noventa, a propósito, Alemania donó varios
de esos submarinos a Israel.
Durante los años setenta y ochenta, Israel y Sudáfrica estuvieron unidos
íntimamente en su lucha común contra los kushims (y contra los aún numerosos
comunistas judíos, odiados por la clase política israelí más que el resto de los
alemanes nazis). Y siempre hubo facilitación, apoyo científico y co-financiamiento
disponible de parte de algunos recovecos conservadores alemanes.
Pero el abierto apoyo alemán para Israel también tiene - especialmente desde los
años setenta - una tradición de incondicionalidad en el co-financiamiento de la
forma israelí de ocupación y al no exigir que Israel se atenga a sus
obligaciones bajo las Convenciones de Ginebra. Durante los gobiernos de Schmidt
y Kohl fue temperada, sin embargo, por su compromiso "con la facilitación del
diálogo." Gran parte de los informes de la embajada alemana sirvieron para
evaluar dónde y cuándo una discreta ayuda alemana podría jugar un papel en el
aliento de contactos entre el Israel oficial e interlocutores palestinos
seleccionados.
Bajo el ministro de exteriores neoconservador verde, Fischer, sin embargo, no
sólo había cambiado el contexto. Tiró por la ventana el principio de la
diferenciación. Se escogió como el principal propagandista de las afirmaciones
israelíes de que la violencia palestina no tenía nada que ver con la ocupación,
sino con el fracaso de la dirigencia y las instituciones palestinas, con
instigación extranjera (dirigida por Irán y Siria) y que Israel está bajo
"amenaza existencial" por una ola de antisemitismo arraigado en el retraso
cultural y político. Como dicen los rumores, incluso prohibió toda discusión
interna que fuera contraria a su visión del mundo, valorando la instrucción
israelí (o estadounidense) mucho más que las informaciones de sus responsables
de sectores.
En todo caso, "el apoyo incondicional" llegó a significar el fin de toda
disonancia interna en el análisis o la evaluación de la interpretación
"solitaria" de las políticas, motivaciones israelíes y sus consecuencias. El
gobierno de Merkel reafirmó la actitud proactiva hacia la incondicionalidad - no
sólo en el apoyo en forma audible y enérgica para los esfuerzos del año pasado
por destruir a Hizbolá, sino con el trabajo hacia la participación militar del
lado de Israel; su significado preciso se hará mucho más claro con la próxima
guerra.
La dirección de la participación de Alemania, sin embargo, es inequívoca:
Alemania se coludió ávidamente en la obstaculización de un fin temprano de la
campaña israelí (durante la Conferencia de Roma) y no dejó dudas sobre su apoyo
al derecho israelí de matar y secuestrar a su gusto en el Líbano. Además, en un
torpe esfuerzo por obtener apoyo para la intervención al lado israelí, Merkel
bautizó el destacamento naval en aguas libanesas (así como la presencia en el
Líbano de la Fuerza Interina expandida de Naciones Unidas) como "Fuerza de
Protección de Israel." Sobra decir que la ayuda de Alemania para las operaciones
israelíes en el Líbano, Kurdistán iraquí, e Irán (en todos los tres sitios los
servicios de inteligencia alemanes mantienen una fuerte presencia) ha aumentado
en su alcance y riesgo.
Ahora, el apoyo para proyectos israelíes no parece limitarse a la coordinación
de políticas e información, o al suministro de pasaportes alemanes para el
trabajo clandestino israelí en Irán (como ha informado Der Spiegel), o a un
conducto para agentes en la Seguridad General Libanesa (rastreando a los
dirigentes de Hizbolá), o, en realidad, encabezando el emponzoñamiento de las
investigaciones iniciales del asesinato del primer ministro libanés Rafik Hariri
(que no fue el inicio, sino un segundo repunte en una serie de asesinatos - el
primero fue el atentado en 2002 contra el antiguo dirigente de milicia libanés y
político sirio Eli Hobeika, quien supuestamente se proponía testificar en
Bruselas contra Ariel Sharon respecto a las masacres en 1982 en Sabra y Chatila).
Alemania parece haberse lanzado por entero al juego de la violencia sectaria, no
(todavía) con ataques, sino trabajando arduamente en diferentes ámbitos de
enfrentamientos locales siguiendo las órdenes de las operaciones israelíes y, en
una dimensión más limitada, de las estadounidenses.
Si el embajador de Israel en Berlín, Shimon Stein, no hubiera tenido en
cuenta las restricciones interiores sobre la solidaridad de Alemania con Israel,
podría haber afirmado sobre Alemania lo que el ministro de justicia, Haim Ramon
y Daniel Ayalon, embajador de Israel en Washington, sostuvieron insípidamente
respecto a EE.UU. el año pasado: "... incluso si nuestro ejército cometiera una
‘matanza masiva', EE.UU. seguiría apoyándonos" (citado en Le Monde Diplomatique).
Efectivamente, en otros tiempos Alemania oficial habría mirado discretamente
hacia otro lado o se hubiera disculpado "extraoficialmente" por la tendencia
israelí a atrocidades como la masacre de Kfar Qana en el sur del Líbano - que
Israel nunca se esforzó realmente por ocultar bajo su peculiar doctrina de
disuasión. Como ya dijera el general Motta Gur en 1978: "... el ejército israelí
siempre ha atacado a poblaciones civiles intencional y conscientemente... el
ejército... nunca ha distinguido objetivos civiles de militares" (citado en
Haaretz). Ahora Israel exige que Alemania oficial demuestre la actitud correcta
contra "poblaciones terroristas" - y lo hace, en nombre de la "lucha contra el
terrorismo" y de prevenir (!) "una guerra de civilizaciones."
Por motivos obvios, el apoyo económico original de Alemania a Israel nunca
podría haber sido considerado como influencia. Pero durante décadas, su
dimensión e impacto agregado contribuyeron decisivamente a que Israel nunca tuvo
que enfrentarse a alternativas difíciles; subvencionó el maximalismo intrínseco
en la actitud de Israel hacia su vecindario y la pretensión de que sus guerras
preferidas eran guerras por la supervivencia.
Aparte de las magras compensaciones individuales, restituciones, etc., como
fueron administradas (pésimamente para los necesitados) por la Conferencia Judía
de Reivindicaciones (Jewish Claims Conference - JCC) o el Estado israelí. Las
transferencias alemanas ascienden hasta ahora a por lo menos 140.000 millones de
euros (193,2 millones de dólares estadounidenses) del gobierno federal en
efectivo, bienes, armas y patentes, otros 20.000 a 30.000 millones de euros en
acuerdos de sociedad pública-privada, más miles de millones más a través de
mecanismos de la UE.
No sorprende, por lo tanto, que exista una inquieta percepción de la
corresponsabilidad alemana en el fomento de la combinación económica, del
militarismo financiado por el extranjero y de la peculiar y excesivamente
corrupta naturaleza del Estado pretoriano israelí. El estado permanente de sitio
y sus corrientes racistas ocultas, cada vez más poderosas, se han convertido en
la fuente de su cohesión y definen su relación con el mundo. Como lo sabe todo
el que conoce el debate israelí, el antiguo mantra de que Israel hará las
"concesiones necesarias para la paz" si se siente suficiente seguro y apoyado,
es bueno para el consumo público y tal vez una autohipnosis, pero para nada más.
Ya que Israel logró persuadir a las clases políticas occidentales (los regímenes
árabes más frágiles y corruptos no requieren que se les convenza) de que las
aspiraciones palestinas - así como sus derechos bajo las Convenciones de Ginebra
- son quiméricas y por lo tanto básicamentte ilegítimas, éstas se han convertido
en algo secundario. Europa especialmente, parece resuelta a estabilizara Israel
en un limbo con declaraciones verbales y muestras esporádicas de activismo -
pero con apoyo concreto, desde luego, para aquellas medidas israelíes tendientes
a destruir los últimos restos de cohesión política y social palestina.
Como lo sabe todo aprendiz en ingeniería social coercitiva, la destrucción de la
infraestructura social y económica de una sociedad, en una medida en la que no
quedan más fuentes de una autoridad social independiente que pueda regenerar una
resistencia organizada, deja el campo libre para los quebrantados, los cínicos,
los corruptos, los que se odian a sí mismos, los fantasistas, y los criminales -
y los inflige a una masa de humanidad deprimida y disponible.
La influencia iraní, al contrario, es presentada como el acto principal. Y fue
Fischer (hábilmente ayudado por Francia y Gran Bretaña) quien tomó la vanguardia
navegando la posición negociadora europea entre el ímpetu estadounidense-israelí
hacia la guerra y la necesidad de evitarla en vista de las repercusiones
interiores esperadas; entre la resolución de negar el derecho iraní a cerrar el
ciclo del combustible nuclear y de ocultar la mala fe de su actitud en la
negociación. Fischer dejó repetidamente en claro el asunto: el programa nuclear
iraní señala su voluntad de lograr "hegemonía regional" en detrimento de la
reivindicación israelí - y para él, la única legítima - a la predominancia
regional.
Cuando el gobierno del entonces presidente iraní Mohammad Jatami ofreciera en
2003, en realidad humildemente, negociar con EE.UU. todos los problemas
bilaterales pendientes - sólo para que ser rechazado, ya que formaba parte del
"eje del mal" - el asunto fue absorbido en una propuesta europea, que ofreció
vagas promesas y ninguna garantía de seguridad, por el desmantelamiento de todo
el complejo nuclear iraní (incluyendo los cursos y el entrenamiento en
ingeniería nuclear avanzada), más la detención de su programa de misiles.
Mediante los subterfugios y las permutaciones de esas negociaciones, el
compromiso alemán con una resolución pacífica fue siempre altamente condicional,
e Israel adquirió algo como un veto entre bastidores sobre los límites de la
posición alemana. Podía (y puede) apreciar que para Alemania (elogiada por el
primer ministro israelí Ehud Olmert como el mejor aliado de Israel) unirse a una
guerra contra Irán podría haber destruido en esos días el Partido Verde de
Fischer así como al gobierno (y aún podría hacerlo ahora); no unirse a ella
habría creado otra desavenencia transatlántica; mucho más profunda que la que
fue causada por la guerra de Iraq. Tales distanciamientos tienen una lógica
propia y el potencial para fracturar profundamente el paisaje político alemán (y
europeo).
La clase política alemana se siente frustrada y, como era de esperar, embarazada
por la falta de espíritu marcial de su población. Pero bajo la bandera de
"cualquier cosa pero no guerra (ahora)", maniobra y espera una constelación
adecuada que libere su mano: un alboroto occidental por un incidente como el del
Golfo de Tonkin, un evento terrorista importante en EE.UU. o en Alemania, que no
tenga nada que ver con Irán pero que pueda crear el estado de ánimo popular
apropiado. Compensa, mientras tanto, con la participación alemana abierta y
clandestina, la disposición israelí de no poner a prueba todavía la política
interior alemana. Sin embargo, después de tantas acciones abortadas hacia la
guerra, el partido de la "guerra ahora" en EE.UU. podrá en todo momento empujar
al límite al gobierno de Bush y encargar a los alemanes de que se ocupen, o
incluso crear una prueba de la capacidad de supervivencia y de la posición
favorable a EE.UU. del gobierno de Merkel.
Descontento con la siembra de futuros conflictos
Paul Wolfowitz señaló con satisfacción en 1999 (en The National Interest) que su
posición de Ranchero Solitario de 1992 se había convertido en el consenso
bipartidario de la grandiosa estrategia de EE.UU.: no permitir jamás que una
potencia, o combinación de potencias, en la masa terrestre eurasiática, vuelva a
lograr la capacidad de actuar como un "retador a la par" contra los intereses de
EE.UU. Y éste es el principio que las elites políticas europeas están también a
punto de suscribir. Sus apólogos son probados en grupos de trabajo y estudio:
los libres mercados sólo pueden establecerse cuando el Estado ruso es privado de
los recursos económicos, sociales y demográficos para su reconstitución como
potencia ("imperial") viable, y China, por los mismos motivos, debe ser dividida
en cinco Estados independientes. Y todo esto, mediante la combinación correcta
de la aplicación del poder duro (abrumadoramente militar) y blando (la
disolución de la cohesión de la elite y del régimen).
Son, por cierto, sólo vanas esperanzas o puntos de atracción. En realidad, es
una receta para décadas de caos y violencia, con un profundo impacto en Europa y
Asia. Pero incluso estas perspectivas - podrían ser llamadas Plan B - pueden
tener mucho atractivo que las recomienden desde la perspectiva estadounidense, e
incluso ofrecer una justificación estratégica absolutamente convincente, aunque
difícil de defender, para el desarrollo de una red balística global de defensa
contra misiles.
Sin embargo, es este consenso el que provee la única guía fiable para el curso
de las políticas de EE.UU. hacia Rusia y China - y una visión de la naturaleza
de las "coberturas" contra el empeoramiento de las relaciones sea con Rusia, sea
con China, o con ambos. Ya que ser más duro en cuanto a la seguridad nacional
que el prójimo o el gobierno presente, es la divisa de los debates de estrategia
nacional entre republicanos y demócratas, así como el árbitro en última
instancia de las perspectivas de carrera para los puestos elegidos, la
"cobertura" no tiene mucho que ver con la toma de un seguro. Tiene, en su lugar,
todo que ver con ser capaz de iniciar confrontaciones.
La "cobertura" respecto a China pone de relieve esta actitud. La masiva
profundización de las disposiciones militares estadounidenses en el Pacífico
Occidental, las presiones sobre Taiwán para que continúe con su programa de
compra de armas por entre 12 y 18 mil millones de dólares, el éxito en la
integración de los taiwaneses, así como la postura cada vez más ofensiva de los
japoneses en los planes de operaciones de EE.UU., la atracción de India hacia
una agudización de su perfil estratégico contra China son vendidos como medidas
para la estabilidad asiática. Esto es, no obstante, todo lo que exigieron los
halcones bélicos del lobby de "confrontación con China", menos que se dañen las
relaciones económicas de EE.UU. con China.
Estas "coberturas" no han sido diseñadas como un mecanismo de seguro sino como
el resbaladero rocoso que cuelga sobre el camino cada vez más estrecho de China
entre el escarpado frente de un acantilado y el abismo. De modo más prosaico,
sin embargo, cada vez que la negociación interna de EE.UU. sale con el as de
picas para China, debiera haberse implementado "la dominación a espectro pleno."
O es lo que se podría pensar. El problema, sin embargo, son las consecuencias
desestabilizadoras del esfuerzo de llegar allí. Los chinos no pueden dejar de
reaccionar ante lo que seguramente deben avaluar como la creación de una camisa
de fuerza estratégica para inmovilizarlos a fin de dividirlos, es decir un
cambio "suave" de régimen.
Consideraciones similares valen en el caso de Rusia. La expansión de la OTAN a
miembros del antiguo Pacto de Varsovia y a los países bálticos, así como la que
se anticipa a Ucrania y Georgia, son vendidas igualmente como un pilar de la
arquitectura de seguridad de Eurasia.
Es suficiente ironía que se utilice la misma justificación para los esfuerzos
dirigidos por Alemania para extraer a las repúblicas centroasiáticas y
caucásicas de la órbita rusa a la occidental - en particular los recursos del
Caspio. En esto, los "genuinos, legítimos, intereses" de Rusia son servidos
porque este proceso alienta la democracia, el gobierno responsable, el respeto a
los derechos humanos, y la resolución no-violenta de los conflictos
territoriales.
El carácter burlesco de esta retórica de la "estabilidad" se revela de un modo
más claro en la hasbará sobre las instalaciones del "escudo de misiles" en
Polonia y la República Checa, que supuestamente van dirigidas contra amenazas
incipientes de Corea del Norte (que está en vías a desnuclearizarse) y de Irán
(cuyo potencial de amenaza contra EE.UU. es tan fantasmagórico como sus
supuestas intenciones son ficticias). Son vendidas a los consumidores de los
medios de masas como un seguro contra los "dementes" familiares; a la audiencia
más exigente como no dirigidas contra Rusia (y las quejas rusas son vendidas
como malas conductas rusas), y a personas informadas europeas occidentales, más
preocupadas, en informaciones confidenciales, como una "cobertura" con potencial
de crecimiento para disuadir la evolución de una amenaza rusa o china mayor de
lo esperada.
En realidad, incluso los observadores más piadosos de las políticas de EE.UU. no
pueden dejar de darse cuenta, se trata de una acción provocadora diseñada para
atrapar a los rusos en gestos de protesta fácilmente denunciables, pero
impotentes, y hacer recaer sobre ellos la culpa por el empeoramiento de la
relación entre la UE y Rusia. Y Rusia no tiene manera de evitar la trampa:
vomite o escupa, tiene que tragársela.
Al mismo tiempo, aumenta el peso político de los principales aliados de EE.UU.
en Europa Oriental. Suministra la sustancia para alinear a Polonia y a la
República Checa (con su séquito báltico) aún más cerca de las políticas de EE.UU.
- una sub-OTAN dependiente de EE.UU. dentrro de una sub-UE. A corto plazo, el
tema tiene que debilitar la voluntad - que ya está en proceso de fragmentación -
de la parte europea occidental de la UE de negociar (de buena fe) un sucesor
para el acuerdo de sociedad y cooperación entre la UE y Rusia.
A largo plazo, la sustancial presencia militar estadounidense que requieren esas
dos instalaciones, apretará la soga estratégica alrededor de la garganta rusa.
Además, si EE.UU. realmente colocara una instalación adicional en Georgia, esa
acción colocaría el detonador para una confrontación de EE.UU. y Rusia en manos
de la imprudente e irresponsable dirigencia georgiana. En este contexto, el
desliz de la Secretaria de Estado de EE.UU., Condoleezza Rice al llamar a Rusia
"la Unión Soviética" no es sólo freudiano sino una declaración de intenciones.
Los mellizos Kaczynski de Polonia, el presidente Lech y el primer ministro
Jaroslaw, respectivamente, también permiten que todos echen un vistazo a lo que
esconden - encolerizados porque sus socios en la OTAN y la UE podrían desear
permitirse una opinión ante una decisión trascendental, sostuvieron que el
escudo contra misiles no debería preocupar a ningún "país normal."
Pero Rusia, obviamente, no es otra cosa que un país "anormal" para la mayoría de
la clase política derechista polaca: indignada todavía porque Rusia arruinó los
sueños imperiales (Polonia del Báltico al Mar Negro) que condujeron al general
Josef Pilsudski a atacar a Rusia en 1920, sólo para ser derrotado por los
traicioneros rojos; resentida todavía porque la Segunda Guerra Mundial no
comenzó y terminó de otra manera; resentida por no haber conseguido todavía un
sitio en el claustro occidental, esperaba que EE.UU. le consiguiera le
consiguiera, por lo menos, un papel especial dentro de la OTAN (recientemente
chantajeó para que le dieran una posición especial en la UE), y más allá, una
zona de influencia polaca - del Báltico al Mar Negro - y el derecho de
considerar primero cualesquiera trocitos territoriales que puedan estar en
oferta si y cuando Rusia se disolviera aún más (por ejemplo, la región de
Kaliningrado).
Al ver estos esfuerzos en todo su alcance, si se considera el incesante
estrépito de hostilidad mediática contra Rusia (sin olvidar la mezcla
provocadora de operaciones sutiles y burdas de operaciones de inteligencia),
todo esto parece menos una cobertura que el desplazamiento de piezas para la
etapa final. Un informe reciente de la bien conectada agencia privada de
inteligencia, basada en EE.UU. Strategic Forecasting, Inc o Stratfor, sobre "La
nueva lógica para la defensa contra misiles balísticos," lo dice de modo
bastante directo: "... EE.UU. no ha terminado todavía con Moscú desde una
perspectiva estratégica. Washington quiere presionar a Rusia hasta que su
voluntad, así como su capacidad, de representar una amenaza viable se desintegre
por completo." Y los rusos tienen plena conciencia del vector de la política de
EE.UU. El discurso del presidente ruso Vladimir Putin en la conferencia de
seguridad en Munich, incluso las recientes intervenciones de Mikal Gorbachov así
como el sombrío análisis, ampliamente discutido, de Valentin Falin del año
pasado, dicen lo mismo.
Se encuentran contra el muro y no tienen tiempo ni buenas opciones. En cuanto al
alemán Peter Struck, ex secretario de defensa socialdemócrata y actual jefe del
grupo parlamentario, sostuvo con un cierto aire de suficiencia: "Los rusos
perderían otra Guerra Fría." Esto en respuesta a las "galimatías" de la lista de
quejas de Putin en la conferencia de Munich en febrero.
A propósito, un sondeo relámpago mostró que una mayoría de los alemanes parece
haber comprendido su importancia y una mayoría incluso apoyó los sentimientos de
Putin, a pesar del coro excesivamente peyorativo de los medios alemanes.
Existe una cierta preocupación de todo esto podría empujar a los rusos a los
brazos de los chinos. Llega, sin embargo, a los límites extremos de lo que es
considerado como una preocupación legítima. Pero existe la noción reconfortante
de que para una revisión bastante fundamental semejante de su política exterior,
Rusia no es ni suficientemente fuerte ni digna de confianza como para
realizarla, ni están dispuestas las elites rusas a apoyarla. El trabajo hacia
una relación más estrecha entre Rusia y China - sabiendo que China resultará ser
el socio más fuerte (por cuidadosos que se muestren los chinos en el ajuste a
las sensibilidades rusas) - una medida de seguridad e independencia requeriría
no sólo desesperación, sino un océano de cambio en las actividades y en las
actitudes de las nuevas elites rusas corroídas por el saqueo, sus fantasías y su
cinismo. Como dice el bromista en "Influence 101": "Siempre se puede alcanzar a
los rusos de la elite; la mitad de ellos odian a Madre Rusia porque Petersburgo
y Moscú no son París o Londres; la otra mitad la odia porque ella produjo a la
primera mitad."
Ayuda, por cierto, el que los servicios de inteligencia occidentales y las casi-ONGs
mantengan a la dirigencia rusa preocupada por la estabilidad interna. Para
enriquecer sus opciones, Occidente también mantiene influencia sobre la derecha
xenófoba, los liberales antichinos, los combatientes por la independencia
chechenia y otros interesados en juegos de antagonismo étnico. Mientras tanto,
los "nuevos rusos" esperan, contra todas las probabilidades, que Europa pueda
volver en sí para suministrar el tipo de anclaje contra políticas hostiles que
Alemania y Francia parecían poder ofrecer en 2002/2003, y por lo tanto rescatar
sus sueños cosmopolitas financiados con rentas.
Todo esto está suficientemente cercano de la realidad como para fomentar la
ilusión de que los rusos pueden ser dirigidos; sólo requiere menos desdén
evidente e intimidación y un poco más de retórica cooperativa para satisfacer su
ansia de respeto. Es más esperanza que realidad, sin embargo - esperanza que
será defraudada, especialmente ya que la política occidental y los medios
enconadamente rusófobos se asegurarán de que los rusos siempre sean conscientes
de la estaca que será clavada a través de su corazón colectivo.
También existe, por cierto, la perspectiva china. Los analistas occidentales
especializados en China que proveen la base para el trabajo de su sección
alemana, parecen obtener una cierta satisfacción al observar como los expertos
chinos y rusos se preguntan si la dirigencia rusa aún está subyugada por sus
esperanzas occidentales y si no sigue cometiendo un lento suicidio. Estas
preguntas no son desatinadas. Rusia está invirtiendo por doquier mientras ni
siquiera ha restaurado su economía a los niveles de 1989. Sus industrias,
infraestructura, investigación, educación, y salud todavía sufren una inversión
insuficiente catastrófica.
Ya que Occidente organizó y supervisó la licuación de los activos soviéticos y
su hemorragia hacia el exterior de Rusia de unos 800.000 millones de dólares en
dinero, bienes, y patentes (incluyendo el regalo de Boris Yeltsin a EE.UU. de lo
mejor de las tecnologías militares y espaciales soviéticas), así como de decenas
de miles de sus mejores ingenieros y científicos, se podría pensar que Rusia
haría todo por recuperarse de un desastre por lo menos tan terrible como el que
Alemania infligió a la Unión Soviética en la Segunda Guerra Mundial, y formar
una paz peor que la del Tratado de Brest-Litovsk de 1918.
Pero incluso en este caso, las políticas occidentales aseguran que rusos y
chinos no puedan dejar de percibir los comienzos de la movilización para la
guerra económica contra ambos. De repente aparecen en EE.UU. y Europa Occidental
barreras contra las inversiones de capital chino y ruso. Hay sustanciales
esfuerzos dedicados a coordinar el afán por hacer retroceder la intrusión china
en el derecho occidental a las materias primas africanas - en nombre de los
derechos humanos y del buen gobierno (que es como si Barba Azul, mientras sigue
mordisqueando el fémur de su última virgen, se quejara por un campesino que
mancilla su próximo almuerzo con propuestas matrimoniales explotadoras). Y
existe el revuelo creado porque rusos y chinos hacen excesivamente lo mismo que
hace EE.UU.: identificar ciertos sectores industriales como "estratégicos."
Los analistas chinos de Occidente son observadores bastante astutos de lo que se
proponen sus homólogos occidentales. Pero, educados bajo la necesidad general de
ganar tiempo y fuerza para poder sobrevivir un clima geopolítico sombrío, el
debate chino sobre Rusia y Occidente sólo refleja el debate más notable: si son
capaces de influenciar las percepciones y reacciones estadounidenses
(occidentales) ante el ascenso de China, a qué precio, y durante cuánto tiempo.
Y además existen los que, a menudo destacados en talleres occidentales, citan
voces rusas sobre la imposibilidad de una cooperación estratégica ruso-china,
refiriéndose indirectamente y con la debida nostalgia, a la edad de oro de la
cooperación estratégica chino-estadounidense contra los soviéticos, y
preguntándose en voz alta si su resurrección podría prometer un nuevo amanecer
en las relaciones chinas con Occidente.
Pero no precisa examinar cuidadosamente esos debates. Aunque no hay público para
mensajes negativos, no ha escapado a la atención de aprensivos profesionales que
los que toman decisiones en Rusia y China parecen haber concluido que encaran un
futuro similar, geopolíticamente conectado. Podrán esperar que puedan retardar o
embotarlo, pero no pueden evadirlo. Los continuos esfuerzos occidentales por
apoyar el disenso de la elite así como por hacer crecer por la fuerza y preparar
elites alternativas (con su mezcla típica de venalidad e idealismo ciego) en un
entorno de seguridad que empeora cada vez más, han endurecido la convicción de
que se enfrentan a una estrategia para posibilitar repeticiones del colapso
soviético.
Indicadores sobre las previsiones de los dirigentes rusos y chinos se filtran a
través de sus burocracias de política exterior y militares y son detectados: la
eliminación, derrota, o neutralización terminal de uno será el inicio de la
misma suerte para el otro. Y parecen sentir que se les está imponiendo esta
situación; tiene mucho que ver con sus decisiones políticas. Los inicios de una
co-evolución de sus doctrinas estratégicas, por lo tanto, tienen que ser tomados
en serio. No les interesa enfrentar toda la gama del poder militar
estadounidense, pero piensan en cómo obstaculizar y derrotar su despliegue en
las etapas incipientes de las operaciones.
Parece atraer mucha atención el cómo desarrollar una postura capaz de infligir
masivas pérdidas al poder aéreo y a los grupos de portaaviones de EE.UU. sin
necesitar una postura de gatillo fácil. Incluso parece haber un debate sobre la
guerra preventiva. En cuanto al disuasivo nuclear, parecen orientarse hacia un
matrimonio entre la represalia masiva y diferentes opciones de "decapitación
tecnológica" (es decir, la destrucción selectiva de los sistemas informáticos de
comando y control militares así como de sus operaciones de soporte, más
funciones de continuidad del régimen y de la elite).
A fin de lograr un mejor entendimiento de su actual predicamento estratégico,
los militares rusos incluso han comenzado a abordar, de modo muy cauteloso, las
causas de la erosión de la disuasión soviética en los años ochenta,
especialmente las razones por las que no pudo reaccionar aumentando la
preparación de su fuerza ante lo que percibió como indicaciones de las maniobras
anglo-estadounidenses hacia la guerra.
Pero sean cuales sean los escenarios para el futuro o los análisis del pasado,
Rusia, así como China, serán demasiado débiles en el futuro previsible para
competir desde el mundo de vista militar al mismo nivel con Occidente. Ambos
tienen que luchar arduamente sólo para que sus fuerzas armadas sean defensores
verosímiles de la integridad del Estado. Y casi no hay un respaldo militar para
la tarea política de impedir un mayor deterioro de su entorno estratégico. No
pueden pasarse ni en su capacidad de desviar a EE.UU. de los esfuerzos por
controlar ni pueden competir por el control sin hipotecar la supervivencia del
Estado.
La parquedad de sus alternativas militares y políticas los impulsa a juntarse;
pero la necesidad de evitar el gatillo fácil de la confrontación estadounidense
hace que una alianza militar explícita sea poco práctica. Los rusos lo saben,
los chinos lo saben. Y los estadounidenses con mentalidad estratégica cuentan
con el hecho de que un colchón maltrecho arruina a cualquier pareja. Pero
también saben que los políticos estadounidenses no poseen una mentalidad
estratégica; generan sus propios estímulos para la acción.
Después de los años noventa rusos - y los 149 años chinos después de 1840 - no
caben ilusiones sobre la suerte de ninguno de los dos si Occidente vuelve a
lograr el control sobre sus políticas. Esto, sumado a sus debilidades, sin
embargo, debiera contribuir no sólo a la credibilidad de una postura nuclear
defensiva, sino también dar a los europeos o a los japoneses motivos para pensar
en las consecuencias de la desesperación estratégica. Bajo este umbral, sin
embargo, todo es negociación coercitiva - sea bajo la guisa de intereses comunes
o abiertamente: "saltad, porque si no." No existen intereses comunes, sólo
maniobras por posiciones y hostilidad aplazada.
Cuando Henry Kissinger y Yevgeny Primakov establecieron su grupo de trabajo
conjunto de estadistas mayores estadounidenses y rusos para encarar "la amenaza
del terrorismo y la proliferación nucleares" (como lo describiera Kissinger),
existía, por lo tanto, un significado: "Trabajad con nosotros respecto a Irán (o
"para asegurar" las ojivas nucleares paquistaníes) porque el primer caso de
terrorismo nuclear podría tener lugar en Rusia." No es necesario tener una
actitud mental descabelladamente paranoica para ver las posibilidades, por
ejemplo, ante las relaciones estrechísimas que los británicos mantienen con la
resistencia chechenia, y las docenas de toneladas de material soviético para
ojivas que siguen esperando para ser recicladas en barras de combustible
nuclear.
El punto es que ni siquiera se requiere que se implique un mensaje específico.
La conciencia de tantos dedos sobre tantos gatillos operativos basta para la
suposición prudente: "Lo que es imaginable, es posible; lo que es posible
ocurrirá, en algún momento, en algún sitio." Mientras tanto, hay que actuar como
si algún tipo de motivo y previsibilidad pudiera llegar a volver al ejercicio
del poder de EE.UU.
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(*) Axel Brot es el seudónimo de un
analista de defensa y ex responsable de los servicios de inteligencia alemán.
Primera parte: Alemania, el aliado remodelado
Tercera parte: Izando la bandera estadounidense. Las clases medias educadas de
Alemania, que todavía sufren la resaca de su medio siglo de libertinaje
ideológico y del papel de Alemania como un ogro genocida, todavía sienten gran
satisfacción por la reputación de su país como trabajador social global
básicamente inofensivo. Se sienten renuentes a suscribir una ideología de caos
global y una "defensa de los valores occidentales." Pero los medios de
información alemanes trabajan duro para cambiar sus opiniones. |