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Angela Merkel y George W. Bush, durante la cumbre del G8 en junio 2007 |
Hasta no hace muchos años, muchos esperaban que Europa podría surgir como
contrapeso para las políticas imperiales de EE.UU. Esas esperanzas se
concentraban sobre todo en Alemania – no sólo como la principal potencia
europea, sino como una conocida fuerza moderadora, no-militar, en la política
internacional.
Por Axel Brot (*) - Asia Times
Traducido del inglés para Rebelión
por Germán Leyens
Esas esperanzas parecieron recibir sustancia por la
vituperación estadounidense de la conocida preferencia europea por la
diplomacia y la resolución pacífica de conflictos, así como cuando la Gran
Bretaña oficial, en la persona de Richard Cooper, el gurú de relaciones
internacional del antiguo primer ministro Tony Blair, consideró necesario
sermonear a la “Europa post-industrial” sobre la necesidad de “dobles raseros”
y de inclemencia colonial para derribar a no-occidentales sumidos en la
oscuridad.
Bueno, Alemania y la Unión Europea surgieron – pero de un modo bastante
diferente de lo esperado. Y el escenario no fue preparado por un retortijón
electoral para justificar que “más vale estar equivocado con EE.UU. que tener
razón en su contra.” Desde la visita de Angela Merkel a Washington (como líder
de la oposición conservadora) antes de la invasión de Irak, para atacar la
decisión de oponerse a la guerra del canciller de aquel entonces, Gerhard
Schroeder, el retorno a las buenas gracias de EE.UU. constituyó no sólo el
principal proyecto de política exterior de los conservadores; se convirtió
rápidamente en el proyecto supremo de la clase política alemana – incluyendo a
los socialdemócratas.
Merkel se convirtió en el canciller con el que había que hablar, en el
interlocutor europeo de más confianza para la clase política de EE.UU., con
quien trabajar conjunta y decididamente para fortalecer la hegemonía global de
EE.UU. contra las consecuencias de la debilidad de EE.UU. infligida por Irak –
esto no sólo en Oriente Próximo en general, sino también, y especialmente,
respecto a Rusia y China, el enemigo preferido original del gobierno de Bush
antes de que los “dolores de parto de un nuevo Oriente Próximo” consumieran
una parte tan importante de su capital político.
La superación de las limitaciones internas de su capacidad para utilizar al
ejército alemán de modo más amplio para “intervenciones humanitarias,” en
defensa de la “civilización occidental” contra el terrorismo islamista, es una
parte importante, aunque no la más importante, de la política de “Occidente
unido detrás de EE.UU.”. A pesar de la ausencia de debate público sobre sus
implicaciones estratégicas – es decir de la doctrina de EE.UU. (e israelí) de
guerra preventiva, la abolición de las restricciones geográficas de la OTAN,
la misión de “asegurar el acceso a las materias primas” – (aún) no ha superado
el rechazo de los principios generales de un papel militar más activista por
parte de una mayoría de los alemanes.
Esto tiene consecuencias trascendentales – ha reiniciado de modo
significativo, las actitudes y expectativas de la elite alemana hacia la UE, y
hacia la relación de Alemania con Francia.
El discurso público sobre la política exterior así como la actitud
subyacente de la elite está pasando – de “responsablemente conservador” al
encauzamiento de los demonios que estudió Hannah Arendt en su busca de los
orígenes del desorden del Siglo XX: el imperialismo (británico), el
militarismo occidental y el racismo. Y ya que la mayoría de los alemanes está
(de nuevo) muy lejos de la curva de la opinión de la elite, los esfuerzos por
“reeducarlos” (como Der Spiegel volvió a exigir recientemente) son tan
consistentemente estridentes como son mitologizantes.
Pero también existe toda una serie de altos funcionarios y políticos,
todavía en servicio o retirados, que observan con consternación o preocupación
la evolución de las políticas alemanas como reacción a la crisis de las
relaciones entre EE.UU. y Alemania. Sus preocupaciones públicamente expresadas
se concentran en la expansión de los compromisos militares alemanes – del tipo
en los que es fácil involucrarse, pero casi imposible salir – y el rápido
deterioro de las relaciones con Rusia.
Además, una mayoría de los pocos expertos sobresalientes en economía
internacional considera con profunda preocupación la creciente inestabilidad
del sistema financiero internacional. La ven impulsada por los inmensos
desequilibrios comerciales de EE.UU. y la creciente amenaza de apalancarlos en
las naciones acreedoras – en particular en China, Rusia, y los miembros de la
OPEC que mantienen grandes superávit.
Las sanciones financieras decididas por el Congreso de EE.UU. contra países
como Irán, Siria, Cuba y Norcorea son consideradas, además, como indicadores
de que EE.UU. está a punto de destruir la confianza en la que se basa el
sistema financiero internacional. Las consecuencias de su eventual
desintegración – más pronto que tarde –serán dramáticas e incontrolables.
Esas voces de advertencias están, sin embargo, entre bastidores en el
debate alemán. La escena está controlada por la narrativa de la amenaza
terrorista. Pero hay muy pocos expertos serios que crean sinceramente que el
terrorismo islamista sea motivado por su odio a las “libertades y valores
occidentales.” El odio y el deseo de venganza son ciertamente elementos
cruciales; pero esto no tiene mucho que ver con la cultura occidental o con la
supuesta idea humillante de la inferioridad musulmana.
Si uno buscara las causas, las décadas de violencia que Occidente impuso a
esos países, directamente o a través de sus regímenes dependientes, forman una
parte necesaria de la explicación. La otra parte, por cierto, tendría que
encarar el hecho de que fue Occidente el que transformó a células
fundamentalistas débiles y aisladas en su Golem terrorista. Las alimentó,
entrenó, financió, organizó y utilizó durante decenios en campañas de terror
contra regímenes y movimientos seculares nacionalistas y socialistas hasta que
estos fueron derrotados o aislados, dejando que sus residuos comprometidos
hicieran lo que se le antojara a Occidente.
Aunque Alemania no estaba en la vanguardia de la interferencia en Oriente
Próximo, estuvo plenamente comprometida en la creación y empoderamiento de una
coalición wahabí-salafista para combatir a los soviéticos y al régimen
comunista en Afganistán – el frente central en la ofensiva global
anticomunista que pareció convertir el terrorismo en tres continentes en el
arma preferida de Occidente.
Y en Oriente Próximo parece seguir siendo así. Se refleja en el uso
occidental de grupos terroristas suníes (y de los oponentes al gobierno iraní,
los Muyahidín-e-Khalq, y la organización gemela iraní del Partido de los
Trabajadores de Kurdistán) contra Irán, y contra los chiíes en ascenso en el
Líbano.
Pero la mitologización de al Qaeda y del “choque de civilizaciones” sirve
para legitimar la preparación para la guerra sin fin. En las palabras de un
responsable alemán en retiro: “Hemos estado llevando al mundo al borde del
abismo, y vamos cayendo en un mar de sangre.”
Todo esto no sólo involucra una reestructuración ideológica. A la siga de
EE.UU., Alemania está izando la bandera de la guerra permanente. Lo que sigue
servirá para dar una idea de parte de sus detalles.
El tándem alemán-francés
Desde 1966, cuando Francia abandonó la integración militar de la OTAN,
Alemania ha sido el socio primordial de Francia, y el tándem francés-alemán
fue el núcleo activo que condujo a la Comunidad Económica Europea hacia la
Unión Europea. Alemania manejó la tensión entre su estrecha relación con EE.UU.
y la que tenía con Francia mediante la división en compartimientos: con
Francia, Europa; con EE.UU., la OTAN y la seguridad.
Pero a pesar de los esfuerzos por impedir que se desarrollaran conflictos
entre estos dos polos de la política exterior alemana, siempre existió una
fuerte tendencia dentro de la clase política alemana de considerar el proceso
de la integración europea como tendiente hacia una creciente autonomía de los
intereses y políticas europeos de aquellos de EE.UU. EE.UU. no lo veía de otro
modo – particularmente desde el fin de la Guerra Fría. Los gobiernos de Bill
Clinton y de George H W Bush invirtieron, por lo tanto, mucho capital y
astucia políticos para impedir que eso ocurriera. Ambos gobiernos consideraron
la relación europea con Rusia como la clave de un proyecto como los nuevos
miembros europeos orientales en la UE y en la OTAN, como palanca para asegurar
su aborto.
Pero con la crisis de la alianza de 2002-03 – también dependiendo de la
perspectiva, del apogeo o el nadir del dúo franco-alemán – EE.UU. logró
movilizar no sólo a las elites políticas de los nuevos miembros de la OTAN – y
de la UE – de Europa oriental, así como a las de Dinamarca, Holanda y España,
contra el espectro de un camino europeo independiente. Fue la revuelta de las
elites orientadas hacia EE.UU. de Francia y Alemania – que se expresaron
públicamente en una incesante y exhaustiva campaña mediática – lo que selló su
suerte. De repente, la relación especial alemana-francesa había perdido gran
parte de su prominencia. El horizonte del tipo de integración europea que
EE.UU. consideraba una amenaza a su propio rol internacional reveló ser mucho
más un espejismo que lo que parecía antes de que fuera puesto a prueba.
La canciller Merkel es la encarnación alemana de esa revuelta. Y Nicolas
Sarkozy, el célebre campeón de la derecha colectiva europea, los
estadounidenses, y los israelíes, es el presidente francés ideal para
convertir el gran proyecto de política exterior de Merkel en una empresa
conjunta, que suelda la UE a EE.UU., haciendo que la integración europea sirva
al orden internacional occidental dominado por EE.UU. – cueste lo que cueste.
Esto no quiere decir que el anterior presidente francés, Jacques Chirac y
sus burocracias exterior y militar hubieran sido capaces de frenar a Merkel.
Después de confrontar a EE.UU. sobre el tema de Irak en 2002-2003, junto con
el canciller de aquel entonces, Schroeder, y de haber maniobrado al presidente
ruso Vladimir Putin para que adoptara la misma posición, la voluntad política
de Chirac se había agotado y habían desaparecido las perspectivas para un
camino europeo más independiente en la política internacional. La capacidad de
Schroeder para actuar en tándem con Chirac estaba crecientemente circunscrita
por su debilidad interna; y EE.UU. recordó enérgicamente al gobierno lo que
pasa cuando se trata implacablemente a los intereses franceses. Chirac fue
bloqueado, como Schroeder, por la mayoría neoconservadora/neoliberal de las
elites, orientada hacia EE.UU.
Después de 2003, las políticas francesas siguieron a Alemania de un modo
algo lánguido, en su apoyo a aquellas de EE.UU., en particular en el Oriente
Próximo en general – aunque seguían tratando de hacer su propio juego en el
Líbano, mientras incitaban a estadounidenses e israelíes contra Siria e Irán.
Sin embargo, mientras concedían la partida en Oriente Próximo, Chirac y
Schroeder siguieron tratando de crear un marco estable de relaciones con Rusia
y China, como base para algo como una región económica común eurasiática. Esta
noción ya se ha sumado a las cosas que podrían haber ocurrido, pero no lo
hicieron, en la historia.
La elección de la competidora de Sarkozy, Segolene Royal, tampoco habría
llevado a una concepción muy diferente de la política exterior francesa. Royal
fue formada por Francois Mitterrand, el presidente socialista que había
perfeccionado el arte de decorar con gestos izquierdistas un enfoque
excesivamente duro, más bien cruel, propio de operaciones clandestinas, en su
política extranjera.
De hecho, las diferentes versiones del Partido Socialista francés después
de la Segunda Guerra Mundial nunca fueron conocidas por políticas
particularmente salubres: de su alianza con la alianza corsa de la heroína en
Marsella a su apoyo a las guerras coloniales francesas; de los atentados
contra barcos de Greenpeace a la participación en el genocidio ruandés. No hay
nada sorprendente, por lo tanto, en que tanto Royal como Sarkozy sean cercanos
a una versión francesa particularmente estridente del “intervencionismo
humanitario,” basada en la misma especie de guerreros civilizacionistas que
dominan el discurso público francés.
La elección como ministro de exteriores de Sarkozy, de Bernard Kouchner, es
por lo menos una ofrenda de paz a los socialistas que un indicador de
compromisos ideológicos. Kouchner no es sólo uno de los padrinos ideológicos
del “intervencionismo antitotalitario, humanitario,” sino también alguien bajo
cuyos ojos benevolentes – en su función como administrador de Naciones Unidas
– Kosovo adquirió los ingredientes para convertirse en el primer Estado
mafioso europeo, casi puro étnicamente. Durante los años ochenta, algunos de
sus Médicos del Mundo (que fundó después de separarse de Médicos sin
Fronteras) ayudaron en la retaguardia a los muyahidín afganos con algo más que
servicios exclusivamente médicos.
Aunque puedan no estar tan mancillados por su ayuda a los estadounidenses
(como algunos sospecharon), como otras organizaciones no-gubernamentales, al
convertir los campos de refugiados camboyanos en Tailandia en bases para la
reconstitución de los khmer rojos como testaferros estadounidenses, su
historial, sin embargo, justifica anticipadamente el famoso dictamen de Colin
Powell sobre las ONG como “multiplicadores de fuerza” de EE.UU.: los servicios
de derechos humanos y médicos para amigos y clientes de EE.UU., ninguno para
el lado contrario.
El equipaje ideológico de Sarkozy también incluye al abogado empresarial
franco-israelí Arno Klarsfeld, un paladín bastante histérico por los derechos
de Israel y la defensa de la civilización occidental, así como a los conocidos
cazadores de nazis Serge y Beate Klarsfeld. Se presentó como voluntario en
2002 para servir en el ejército israelí y acompañó como miembro a los
guardafronteras israelíes en su violenta conducta en los territorios
palestinos. Klarsfeld fue el principal candidato de Sarkozy para dirigir el
controvertido nuevo Ministerio para Inmigración e Identidad Nacional – una
acción comparable con una propuesta de Bush del líder político derechista
israelí, Avigdor Liebermann como jefe del nuevo departamento para hispanos,
musulmanes y afro-estadounidenses. Por el momento, sin embargo, Sarkozy parece
haber reconsiderado este nombramiento excesivamente provocador.
El filósofo André Glucksmann es ampliamente citado como mentor e inspirador
del punto de vista “antitotalitario” de Sarkozy: una de las numerosas
encarnaciones menores de la visión de Hannah Arendt sobre la infatuación
romántica de la alta burguesía francesa con la grandilocuencia de pillastres
ideológicos y las titilaciones de la violencia. Durante los años ochenta
mercadeó la guerra nuclear como un antídoto contra la adicción europea a la
paz, y para salvar la humanidad – y la civilización occidental – del
comunismo. Después del colapso soviético, agitó para que Europa se uniera a
toda guerra estadounidense o israelí a su alcance contra los “nuevos Hitler”
(Milošević, Sadam Husein, Arafat, Assad, etc.) y los “islamofascistas”, así
como por su tipo de políticas morales contra China “totalitaria” y la
“recientemente totalitaria” Rusia.
Estas atracciones, sin embargo, no se limitaron a los salones y medios
parisinos: Como interlocutor francés preferido en la crítica de la ausencia de
fibra marcial en Alemania, mientras se encontraba en ese país, Glucksmann
reemplazó brevemente en la televisión “culta” al muy respetado, aunque liberal
y moderado, especialista en relaciones alemano-francesas, profesor Alfred
Grosser. En 2002, Grosser había cometido el error bastante mortal de criticar,
en lugar de defender, el derecho de Israel de hacer lo que le diera la gana en
los territorios palestinos. Desapareció de las pantallas alemanas, como
sucedió con muchos de los corresponsales alemanes de los medios públicos que
no habían calificado a los palestinos de nuevos nazis.
Ya que la mayoría de los principales partidos conservadores europeos (e
incluso algunas corrientes socialdemócratas) hacen cada vez más propaganda
sobre el tema de la inmigración en términos del “choque de civilizaciones” y
el “nuevo antisemitismo,” han estimulado un interesante cambio de orientación
en la extrema derecha con todo el potencial para alianzas abiertas (como en
Dinamarca e Italia) o tácitas (como en España).
La extrema derecha (Frente Nacional, Vlaams Belang, Liga Norte, Alianza
Nacional, Parti van de Vrijheit, etc.) y su nebulosa de escuadras de matones
también han estado activas construyendo puentes con Israel, y la derecha
sionista inclinada a la violencia, pero controlada, (Likud Europa, Betar, Liga
de Defensa Judía, etc.) en la lucha contra “Eurabia.” Uno podría, por lo
tanto, preguntarse si Sarkozy no ha ido algo demasiado lejos en su compromiso
de luchar contra el “nuevo antisemitismo” y de defender la “identidad
nacional” francesa. En vista de los miles de víctimas inmigrantes árabes,
asiáticas y africanas mutiladas o muertas de la violencia racial en Europa
Occidental durante los últimos 15 años, - casos poco investigados, sobre los
que se informa poco, y que llevan a pocos procesos de los culpables en
Alemania, así como en Francia – incluso se podría preguntar si el llamado a
las armas contra el aumento del antisemitismo no está mal orientado y si
Sarkozy y su círculo no hacen doble trabajo como incendiarios y bomberos.
Pero Sarkozy no es sólo un guerrero civilizacional. Él y sus consejeros –
los presidentes de los mayores conglomerados mediáticos y del negocio de los
seguros – están comprometidos con una reestructuración radical de la
distribución del poder entre el patronato y los sindicatos, entre el Estado y
la sociedad, entre los trabajadores y la alta burguesía.
Sarkozy se ha mercadeado como el ejecutor enérgico de un consenso que ha
buscado un ejecutor durante algo como los últimos 20 años. La deslegitimación
de todo un sistema de protecciones sociales con sus fundamentos
institucionales ha estado al centro del equivalente de una campaña de guerra
psicológica contra la idea de que existe una reivindicación legítima de
justicia social. Después de varias falsas partidas, este programa parece haber
encontrado en su persona el eco de “patria, familia, trabajo” de la profunda
derecha anterior a la Segunda Guerra Mundial, en lugar de “libertad,
fraternidad, igualdad.”
Incluso la dirigencia socialista, no consternada de modo alguno por la
derrota de Royal – como lo testimonia su bien publicitado suspiro de alivio –
se ajusta al espíritu de la situación. La frase del político del Partido
Socialista francés, Dominique Strauss-Kahn, “la bandera roja está en el lodo
para siempre” hace que no sorprenda que no hayan sido pocos los votantes que
hayan sopesado las ventajas de recibir lo inevitable directamente en lugar de
que sea a través de arrebatos, sobresaltos y desorientación.
Ni las elites francesas, ni la canciller alemana, ni EE.UU., están de humor
para encarar escrúpulos y vacilaciones à la Royal. Sarkozy, al contrario,
tiene la intención, la voluntad, la energía, el apoyo de la clase política,
así como la concepción de sí mismo como el hombre adecuado para la tarea, para
arrastrar a Francia hacia el buen lado estadounidense. Incluso podrá estarse
conformando una “noble competencia” entre Merkel y Sarkozy sobre quién va a
trabajar más estrechamente con EE.UU., especialmente ya que Merkel está en
desventaja. Carga con un socio social demócrata en la coalición que trata de
salvar los residuos de la política rusa de Schroeder, bajo presión de la
izquierda pacifista, y lo que es más importante, de un nuevo partido
izquierdista no sectario que está penetrando su electorado y la membresía del
partido.
Dado el hecho de que la mayoría de la clase política y los medios alemanes
están produciendo nuevamente una alta fiebre rusófoba, no hay mucha
probabilidad de que esos residuos sean rescatables. En cambio, es posible que
Alemania se sume si un acontecimiento catalizador suficientemente fuerte
inclina las relaciones con Rusia hacia un esfuerzo de lucha libre para
terminar con el “problema ruso.” Mientras tanto, los rusos continuarán como si
tuvieran un “socio estratégico” en la persona de Merkel, y Merkel seguirá
mostrando su descontento con la reacción de Rusia ante las demandas
occidentales – y dejará que los dirigentes socialdemócratas se las arreglen
con su nostalgia.
Reajuste de Turquía a su papel adecuado
Una de las iniciativas políticas más interesantes del nuevo tándem
alemán-francés podría parecer algo secundario pero es, en los hechos,
emblemática, al mostrar lo que vendrá: el reemplazo del horizonte de la UE
para Turquía por otro más adecuado para un activo estratégico oriental.
Merkel y Sarkozy dirigen ahora en conjunto una coalición al nivel de la UE
orientada contra el cumplimiento de la promesa decenal de integrar a Turquía a
la UE en cuanto pueda implementar el acquis communautaire (el cuerpo completo
del derecho de la UE). Con la elección de Sarkozy las negociaciones de acceso
sin limitación no tienen ninguna probabilidad de seguir siendo ilimitadas y
con su ayuda Merkel podrá mostrarse más hábil que su lastre socialdemócrata
mientras sigue insistiendo en que negocia de buena fe con Turquía.
Para Merkel, Sarkozy y sus guerreros civilizacionales, Turquía no posee una
“vocación” europea, por motivos culturales, cristianos, y occidentales. Merkel
promete, en su lugar, una “relación especial” y Sarkozy propone auspiciar una
“comunidad mediterránea,” anclada en Turquía, Israel y Marruecos, como barrera
geopolítica contra inmigrantes africanos, fundamentalistas islámicos, y como
una sede adicional para las ambiciones israelíes.
La cuestión, sin embargo, es cómo hacer que Turquía renuncie a sus
aspiraciones en la UE y se ajuste a cualesquiera planes que se hagan para su
país. Y el problema principal es, de hecho, que los europeanistas más
comprometidos de Turquía se encuentran en el partido Justicia y Desarrollo (AKP)
moderadamente conservador y moderadamente religioso de centro-derecha, el
primer partido gobernante desde la Segunda Guerra Mundial que es relativamente
limpio, bastante competente económicamente, que golpea tenazmente al “Estado
profundo” inmensamente corrupto y criminal: el conglomerado de políticos,
inteligencia militar, escuadros especiales de la policía, y sus legiones de
aprovechadores, asesinos y mentecatos, la mafia turca, los Lobos Grises (es
decir terroristas de derecha), terratenientes feudales, y empresas asociadas.
Este gobierno trata de secar un pantano en el que los servicios de
inteligencia alemanes estuvieron sumidos hasta las rodillas desde los días en
los que estaban encargados de servir de chaperones de la coordinación de
espionaje “Trident” entre los servicios de inteligencia turco, iraní e
israelí.
El “Estado profundo” de Turquía ha sido (y, hasta cierto punto, sigue
siendo) el entorno que hizo posible, y con Israel, el centro en el
Mediterráneo oriental – para la endogamia del espionaje, del negocio de la
seguridad, de grupos terroristas de alquiler, y de operaciones mafiosas. Ha
producido los híbridos más fuertes, bastante inquietantes, y más lucrativos,
entre los tinglados de operaciones ocultas, subversión, asesinatos y
secuestros selectivos, y toda la panoplia de la droga, de la protección, de la
cosecha de órganos, de investigación y farmacología clandestinas, la
emigración, el trabajo esclavo, las armas y la tecnología, la falsificación de
dinero, del lavado de dinero. Unidos con el mundo clandestino de Israel, su
alcance llega de los países árabes a África, de Rusia y la Confederación de
Estados Independientes a Asia occidental y central y, desde luego, a Europa.
Es lo que el gobierno turco – con un fuerte mandato popular – trata de
reformar a fin de ajustarse a los requerimientos de membresía en la UE. El AKP
está, por buenos motivos, profundamente comprometido con la UE: por sí mismo
sería bastante incapaz de hacer funcionar su mandato de saneamiento, no
importa la fuerza de su base electoral. Sólo a través de la UE puede incluso
llegar a aproximarse a lo más sagrado de lo sagrado: la prerrogativa
pretoriana de los militares turcos. Sus defensores – los partidos de los
seculares “turcos blancos” (es decir las elites urbanas) – que consideran que
las reformas que impone el proceso de acceso a la UE ponen en peligro su
propiedad del Estado – son precisamente aquellos en los que Sarkozy y Merkel
se basan para descarrilar las perspectivas de Turquía en la UE.
El “Estado profundo” de los turcos blancos ya entra en acción: de una racha
de asesinatos prominentes con un manifiesto trasfondo “fundamentalista”, a la
amenaza de un golpe de Estado militar, de las manifestaciones con la consigna
maliciosa “ni Sharia, ni golpe de estado” (tratando de amancillar al AKP con
la brocha fundamentalista), a la colusión entre el presidente en funciones
Ahmet Necdet Sezer y la Corte Constitucional (juramentada para mantener la
prerrogativas militares) en la provocación de una crisis constitucional para
bloquear la elección del popular Ministro de Exteriores Abdullah Gul a la
presidencia.
Ya que los principales aliados occidentales de Turquía están decididamente
descontentos con los éxitos de la reforma y la creciente seguridad en sí mismo
del gobierno del primer ministro turco Recep Tayyip Erdogan, Merkel y sus
cómplices están empeñados en un juego bastante malicioso de deslegitimar las
aspiraciones turcas mediante amenazas veladas y humillaciones. No se trata
sólo del juego de cambiar los parámetros del objetivo que Turquía tiene que
negociar.
Es el tipo de discusión europea coordinada, orientada a coercer al AKP a
que pierda las esperanzas, que dice en efecto: “Nos aseguraremos de que se
impida la membresía en la UE de Turquía” (sean cuales sean las repercusiones
interiores en la comunidad turca de varios millones en Alemania). También hay
que considerar la deslegitimización interna del AKP y el reempoderamiento del
Estado profundo, representado ahora por el partido Movimiento Nacionalista (MHP)
y el partido político más antiguo de Turquía, el Partido Republicano Turco (CHP)
que ha servido tan bien la geopolítica occidental.
Para enredar al gobierno turco, el gobierno de EE.UU. y muchos de los
medios europeos aclaman la vocación constitucional de los militares turcos de
proteger al Estado secular (implicando de nuevo que el AKP desea convertir a
Turquía en un Estado Sharia) mientras, al mismo tiempo, políticos europeos
hablan del espectro de la amenaza de intervención militar en la política turca
como prueba de que Turquía no es adecuada para la UE. Del mismo modo, “altos
responsables europeos” difunden antecedentes sobre cómo una campaña militar
contra el PKK en Irak ejercería presión sobre la OTAN y terminaría las
negociaciones de acceso de Turquía porque demostraría que el gobierno turco –
que se opone a la intervención – no puede controlar a sus militares. Es un
montaje pérfido porque EE.UU. e Israel (con apoyo alemán) hacen todo lo que
pueden por fortalecer y utilizar la red iraní del PKK para su campaña por
encargo contra Teherán.
¿Pero por qué luchan tanto esas fuerzas por terminar con las perspectivas
de Turquía en la UE?
La respuesta no está en la obsesión de los nuevos conservadores y de la
derecha con la política de identidad occidental o con la nostalgia de la
ampliación. A EE.UU. se le negó el uso del territorio turco para atacar a Irak
desde el norte. Además, Turquía insistió en su prerrogativa del Tratado de
Montreux de rechazar un escuadrón naval estadounidense permanente en el Mar
Negro. Mantiene relaciones políticas bastante distendidas, y económicas de
alto crecimiento con sus vecinos, Siria e Irán. Ha sido acusada de dar largas
al tema del gasoducto Nabucco diseñado para llevar gas de Asia Central a
Europa y para soslayar el sistema de conductos ruso.
En los hechos mantiene excelentes relaciones políticas y económicas con
Rusia mientras ha abandonado la actividad de los años ochenta de subvertir las
repúblicas centroasiáticas. Además, disgustó a Israel con sus discretos
contactos con Hamas y al enfriar el alcance político de la relación militar y
de inteligencia (así como sus expectativas de oportunidades de negocios). Y
afectó poderosos intereses con un compromiso más serio con Interpol.
En otras palabras, el gobierno del AKP se esfuerza por disminuir el uso de
Turquía como plataforma estratégica para todo tipo de delitos, concentrándose
con bastante éxito en el comercio regional y en oportunidades de inversión
para mantener el crecimiento económico de Turquía – estabilizando así una
creciente clase media de “turcos negros.” Este enfoque, sin embargo, dificulta
los esfuerzos de EE.UU. por expandir la amenaza estratégica contra Irán. Aún
más importante es que limita el acceso estadounidense al Cáucaso y Asia
Central y entraba sus planes de llevar a Ucrania, Georgia y Azerbaiján a una
relación militar permanente y mucho más amplia.
En suma: aunque es suficientemente prudente como para haberse ajustado al
nivel usual de cooperación de los militares turcos con las operaciones
occidentales (de EE.UU., Israel, y Alemania) contra sus vecinos, hizo caso
omiso a las exigencias de la estrategia global de Occidente. Sus políticos no
hicieron nada por contribuir al “gran juego” de convertir el Cáucaso y Asia
Central en una palanca contra Rusia y China. Tampoco hizo lo suficiente el
gobierno turco por el resultado a corto plazo, es decir, conseguir el control
sobre el petróleo y el gas de Asia Central. Todo esto no produjo amigos del
gobierno turco en los sitios apropiados. En su lugar, lo preparó para una
cierta variante de una operación de cambio de régimen en la que la campaña
contra las aspiraciones turcas en la UE jugará un rol esencial.
Aunque se puede contar con que los militares turcos están siempre
dispuestos a un golpe de estado, podría ser difícil hacerlo esta vez sin un
nivel inoportuno de violencia (chilenización) ya que el AKP ganó las
elecciones de modo resonante. Existen otras opciones que podrían dar lecciones
a las fuerzas de la reforma turca sobre líneas rojas y extralimitación. Un
breve paseo por el mundo de los recuerdos podría ilustrar lo que es posible.
Una de las más exitosas – y más “ocultas” – de las “operaciones negras”
estadounidenses-británicas contra un país occidental, pero neutral, fue
realizada en la primera mitad de los años ochenta. En el año 2000, ningún otro
que el secretario de defensa de Ronald Reagan, Caspar Weinberger, la
desclasificó en una entrevista con la televisión sueca, en el contexto de una
investigación del affaire de los “submarinos soviéticos.”
El primer ministro sueco de aquel entonces, Olaf Palme, era una verdadera
espina en el costado de Occidente. Aparte de su apoyo al Congreso Nacional
Africano y a la Organización por la Liberación de Palestina, era muy vocal en
su crítica a las políticas crecientemente peligrosas de confrontación de EE.UU.
hacia la Unión Soviética. Su posición gozó de amplio apoyo en la población
sueca. Eso cambió de modo bastante dramático con el frenesí a escala mundial
sobre la “agresión soviética contra Suecia neutral”, cuando aguas
territoriales suecas fueron repetidamente “violadas por submarinos soviéticos”
y por desembarcos de “fuerzas especiales soviéticas” en la costa sueca. Esas
“incursiones” se detuvieron con el asesinato aún no resuelto de Palme en 1986,
a pesar de dos intentos fallidos de condenar a un hombre llamado Christer
Pettersson por el crimen.
Con una risa burlona satisfecha, Weinberger confirmó que no hubo nada
soviético en la violación de las aguas territoriales suecas (los soviéticos
“no tenían la capacidad”). En su lugar hubo, ejercicios de rutina “entre la
marina sueca y las armadas estadounidense y británica y ya que eran de rutina,
el almirante sueco responsable obviamente no vio necesidad de informar a sus
superiores o a sus subordinados sobre la naturaleza del “enemigo,”
No fue, en los hechos, un “cambio de régimen” total, sino una operación
conjunta de EE.UU. y Gran Bretaña junto con los jefazos de la armada sueca y
la inteligencia sueca, conducida contra la política exterior del gobierno
sueco. Ya que Suecia ha sido bastante cuidadosa de no cuestionar las políticas
estadounidenses – tal vez con la excepción de la muy popular ministra de
exteriores Anna Lindh, candidata a ser la siguiente primer ministro. Fue
muerta a puñaladas en 2003 por un joven inmigrante enfermo mental.
En esos días, semejantes operaciones llevaron al mundo al borde de la
guerra nuclear. Los soviéticos lo vieron comprensiblemente como un indicador
crucial de que EE.UU. estaba preparando a sus aliados, y combatiendo a un
poderoso movimiento por la paz, para el ataque nuclear preventivo contra la
“cada vez más agresiva” y “osada” Unión Soviética.
Una variante actual de una operación semejante, aunque es seguro que tendrá
sus propios contragolpes, ciertamente no involucraría ese tipo de riesgo.
También tendría en cuenta que los militares y los servicios de inteligencia
turcos no son tan monolíticos como solían ser: hay una especie de reacción
nacionalista ante el fácil desdén con el que se les daba por seguros. Pero
cambiaría definitivamente el horizonte político de Turquía: una política
sometida a una “estrategia de tensión” permanente, resistiendo a las
aspiraciones democráticas con el poder del Estado profundo. Y desde una cierta
perspectiva, es un resultado eminentemente deseable. Convertiría a Turquía en
el receptor agradecido de la idea de Sarkozy de una comunidad mediterránea y
de la noción de Merkel de una relación especial.
Expertos pesimistas
Podría haber lugar, por supuesto, para un debate de buena fe sobre la
implementación del acervo comunitario por parte de Turquía. Es de lo que
trataba el proceso de negociación. Es emponzoñado, sin embargo, por la mala fe
que caracteriza a la actitud de Merkel y Sarkozy hacia Turquía.
La decadencia de la diplomacia responsable hacia un aliado y el aumento de
la demagogia culturalista son síntomas de algo que se podría calificar de una
“transición proto-totalitaria” que tiene lugar bajo la guisa de la “guerra
contra el terror.” Es dirigida por la decadencia de la responsabilidad y de la
pronosticabilidad de la conducción de la política exterior estadounidense. Por
lo tanto, para más de unos pocos diplomáticos alemanes – aquellos cuya carrera
se inició bajo el antiguo canciller Helmut Schmidt o bajo el ministro de
exteriores Hans-Dietrich Genscher, y aquellos planificadores militares que
siguen recordando la alarma de guerra de la primera mitad de los años ochenta
– no se ve el fin de los problemas.
La incapacidad estadounidense de lograr un entorno internacional más
estable, la combinación de la militancia y de la sobre-extensión, ofrecen los
términos de referencia para la lobreguez de esos expertos. Por cierto no son
corazones que sangran por la paz a todo precio ni son disidentes encerrados en
su closet. Tienen una propensión arraigada de ver el mundo como el escenario
de “ellos contra nosotros.” Vienen de familias de empleados públicos,
académicos, y oficiales militares que son capaces de ver la diferencia entre
los mundos “arriba” y “abajo” de la política internacional. En otras palabras,
son tan sólidamente “occidentales” o “atlánticos” como se pueda desear. Y
también constituyen la primera generación de burócratas alemanes mayores que
se han sentido profundamente cómodos con la ausencia de grandes ambiciones de
poder y con el papel alemán como un poder civil.
Su enfoque y su reflejo de la experiencia colectiva de Alemania los hacen
valorar la estabilidad; por lo menos en la medida de que cualquier contragolpe
resultante del uso de la fuerza debiera ser menor que la amenaza que ha sido
contrarrestada. Esto, desde luego, puede ser interpretado de modo liberal y no
ofrece gran cosa en cuando al manejo de la falta de pronosticabilidad. Pero la
prudencia, el escepticismo, y un sentido de auto-limitación a toda prueba
crearon los hábitos para navegar en la estela de las políticas de EE.UU. e
Israel.
Estos expertos no escriben ensayos, no comparten sus preocupaciones en
reuniones de equipo, incluso podrían ni siquiera comunicarlas en ambientes más
formales. Sin embargo, la desazón es palpable y son los jubilados los que la
expresan, con diferente énfasis y diferentes grados de franqueza. Son hombres
como Schmidt, con su reputación de atlanticista que no se anda con rodeos; el
ex ministro conservador de defensa, Volker Ruhe; el jefe retirado del equipo
de planificación bajo Ruhe, vicealmirante Ulrich Weisser; el ex portavoz de
política exterior del grupo parlamentario conservador, Karl Lamers.
Conocen bien a la nueva cosecha de sus homólogos estadounidenses que
preparan, controlan o ejecutan con arrogancia las políticas estadounidenses y
con la configuración por defecto propensa a la confrontación de la formación
de la política exterior estadounidense.
Para una buena cantidad de esos expertos, sin embargo, la indicación más
preocupante de que EE.UU. está decidido de arrastrar al mundo a una pesadilla
de continua y caótica violencia, es doble: la huida o despido de
experimentados profesionales conservadores de la rama ejecutiva del gobierno y
la glorificación irrestricta, extrañamente exhibicionista, por parte de
numerosos políticos estadounidenses de la capacidad de infligir una violencia
desenfrenada.
Se podría agregar una tercera indicación, relevante especialmente para
diplomáticos que sirvieron en Oriente Próximo, o para los clasicistas: el
saqueo generalizado y la destrucción de 5.000 años de antigüedades
mesopotámicas, juzgados a la par con la erradicación española de todos los
registros escritos de las civilizaciones mesoamericanas así como del
patrimonio cultural de todas las culturas indias a su alcance; y otra que
también está al mismo nivel con la quemazón británica de 3.000 años de libros,
registros históricos y documentos chinos durante la Segunda Guerra del Opio.
Esta barbárica falta de respeto por uno de los patrimonios más importantes de
la humanidad dice mucho sobre la mentalidad que quedó al descubierto en esta
guerra.
Existe la conciencia de que los obstáculos institucionales han sido
deshabilitados y con ellos su valor para las carreras en cuanto a un sentido
saludable de la necesidad de emplear cuidadosamente el poder de EE.UU. – de
reconocer sus limitaciones ejecutivas, legales y políticas. Pero desde los
años setenta, una paciente construcción de alianzas de aventureros
ideológicos, miembros de los think tanks y periodistas, se ha
desarrollado sigilosamente a través de las instituciones, utilizando y siendo
utilizada, combinando las fantasías de redención, venganza, saqueo, y control
sobre el mundo, en un programa de acción para emplear el poder estadounidense.
El estilo deja traslucir el carácter. Ya que las ambiciones de esos
ideólogos son mucho mayores que su educación, se lisonjean hasta llegar a
creer que son los Nuevos Romanos, que escriben la historia en una escala aún
mayor que Tito Livio, y
su vanidad espera lograr temor reverencial, no razón. Pero están escenificando
la versión grand guignol del imperio cuyos puntos de referencia podrían ser Salustio, Petronio o Procopio, que
criticaron severamente, o ridiculizaron, o se desesperaron ante la corrupción
y las pretensiones de su personal.
Es la notable falta de decoro, la puesta en escena intencional de un
lenguaje de matones, rico en amenazas e insultos, la enconosa hipocresía, la
exhibición ligeramente desquiciada de mala fe en lugar de diplomacia y
persuasión, lo que ha convencido incluso a algunos de los optimistas que
pensaban que podría tratarse “sólo un período de mala suerte,” de que los días
malos han llegado para quedarse.
El temor tras gran parte de la intranquilidad tiene que ver, desde luego,
con recuerdos de lo que sucede cuando los resentimientos y los sueños de
omnipotencia de una clase política son secuestrados por los que prometen
satisfacerlos en una escala histórica.
Durante la Guerra Fría, hubo siempre un sector demente, aunque bien
conectado, que gravitó hacia políticas estratégicas estadounidense: por
ejemplo: Edward Teller con su noción de rescatar la parte “valiosa” muy
pequeña de la humanidad en las profundidades de las minas a fin de volver a
replantar el mundo después de una guerra nuclear; Sidney Hook con su
convicción de que la creencia occidental en lo trascendental le otorgaba la
ventaja crucial de la guerra nuclear por sobre los comunistas que sólo creían
en aquí y ahora; los psicópatas dentro de la CIA, como Sidney Gottlieb quien
dirigió el programa MKULTRA de control de la mente de la agencia, o el jefe de
la contrainteligencia James Jesus Angleton; y los numerosos milenaristas
en la Casa Blanca, los militares, en el Congreso, y en think-tanks, que
se proponían una resolución apocalíptica para las incertidumbres aparentemente
interminables de la Guerra Fría. Pero al fin, mentes más sabias prevalecieron
– aunque apenas.
No duró. La clase política estadounidense parece haber sacado todas las
conclusiones falsas del fin de la Guerra Fría y el desmembramiento de la Unión
Soviética. Su cómodo paseo hacia la hegemonía global permanente simplemente no
sobrevino. Por lo tanto, la frustración y el ansia de venganza se han
convertido en los principales impulsos de las políticas de EE.UU. Los eventos
del 11-S pusieron en la mira su disfuncionalidad común, pero no constituyen su
causa de fondo.
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(*) Axel Brot es el seudónimo de un analista de defensa y ex responsable de los
servicios de inteligencia alemán.
Parte 2: Maquinaria rota: Fuerzas que se oponen o incluso parecen
cuestionar los intereses de EE.UU. enfrentan una simple alternativa: “Nosotros
o el caos.”