En ambos casos las expectativas de los últimos meses no corrían en la dirección
en que finalmente terminaron. Mariano Rajoy, principal candidato del PP, tuvo
razones para creer que su intento por derrotar al presidente del gobierno en
ejercicio, el socialista José Luis Rodríguez Zapatero, podría tener mejor
suerte.
El deterioro de la prosperidad económica española -crecimiento estimado de
apenas 2,5% para este año y desempleo en un 8,5% de la fuerza laboral- más el
fracaso de la instancia negociadora ensayada por los socialistas con ETA
apuntalaban esas expectativas y algunos sondeos preelectorales sugirieron que
una victoria del PP era posible.
Rajoy y los suyos esperaban poder obtener una reparación de la derrota en las
urnas sufrida hace cuatro años, una instancia que el PP nunca aceptó por
considerar que había sido privado del triunfo por un acto terrorista. Pocos días
antes de aquella elección se produjo el sangriento atentado de Atocha y el PP,
entonces en el gobierno, quedó atrapado en una red de mentiras que insistía en
responsabilizar a ETA por el ataque y esconder la realidad: un supuesto grupo
radical islámico lo había perpetrado.
José María Aznar, el presidente de gobierno saliente, precisaba disimular el
hecho de que el atentado estaba ligado a la presencia de tropas españolas en
Irak que él había ordenado a pesar de una intensa oposición en la opinión
pública. El asesinato esta misma semana del ex concejal socialista Isaías
Carrasco, esta vez sí por parte de ETA, sugirió que otro "voto del terrorismo"
podía tener un nuevo efecto revulsivo. No lo tuvo: una realidad que destaca el
inédito triunfo del socialismo en el propio País Vasco.
En Francia, las circunstancias fueron distintas. En las encuestas preelectorales
y en las de boca de urna el grueso de los electores mencionó mayoritariamente
problemas locales para su voto. Sin embargo, aun en estos sondeos, alrededor de
un 30% incluyó en esa explicación el deseo de penalizar a Sarkozy.
Tras conquistar el gobierno enancado en una ola de popularidad, Sarkozy está hoy
-a menos de un año de haber asumido- sumiddo en una crisis de aceptación en la
que sólo el 37% de la opinión francesa encuentra que está realizando una tarea
buena o aceptable.
La personalidad, por momentos mercurial, errática en otros, ha debilitado
su posición, que tampoco es ayudada por el persistente malestar por la economía
que Sarkozy prometió modificar con grandes reformas que debían reducir el rol
del Estado. Ese cambio está hoy demorado y aunque las elecciones comunales no
tienen una incidencia directa sobre ese proceso la debilidad que aquejó a
los candidatos de Sarkozy puede hacer que la oposición cobre valentía a la hora
de intentar bloquearle las reformas.
El oficialismo tiene en Francia una oportunidad de mejorar las cosas que no
tendrá Rajoy en España. Habrá en muchos de los distritos en que se votó el
domingo la segunda vuelta que establecen las leyes francesas, pero el camino
político de Sarkozy es, hoy por hoy, cuesta arriba. La esperanza de los
conservadores europeo está dada hoy por la suerte que corra Silvio Berlusconi en
las elecciones de Italia en abril próximo, en las que aparece en buenas
condiciones de regresar al gobierno tras 20 meses de ausencia.
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