Por Jean-Philippe Ramy - Le Monde
(The New York Times Syndicate)
Durante 15 años, Viktor Bout, el "mercader de la muerte" más célebre del
planeta, pudo burlarlo todo. Fronteras, leyes, policías de varios países
lanzados en su búsqueda, sanciones y órdenes de arresto. Por no hablar de la
moral.
Pero finalmente, el jueves 6 de marzo cayó en una trampa tendida por
agentes de la División Estadounidense Antidrogas (DEA) en Bangkok.
¿Será éste el fin de Viktor Bout? A sus 41 años de edad, y desde hace más de
15 años, él inundaba el mundo de los conflictos, desde África hasta el Asia
central, con armas conseguidas de los arsenales de los países separados del
bloque soviético.
Si bien es demasiado pronto para asegurar que la carrera del extraño Mr. Bout
o Viktor, como lo llaman quienes participaron en su cacería durante años acaba
de llegar a su fin en Bangkok, sí se pueden precisar sus inicios, que coinciden
con el fin de la Unión Soviética.
Nacido quizá en Dushanbe (Tayikistán), según uno de sus pasaportes, Viktor
Bout estudió en el Instituto Militar de Lenguas Extranjeras, vivero del
espionaje soviético, donde aprendió cinco idiomas. Después fue enviado a Angola,
sin duda dentro de los servicios secretos del Ejército Rojo.
Después del sismo histórico que constituyó el derrumbe de la Unión Soviética,
que lo llevaría a entrar en los negocios, Angola sería uno de sus primeros
clientes. La súbita desaparición del bloque soviético dejó tras de sí arsenales
al tope, flotas de aviones ahora inútiles y militares empobrecidos y
desamparados, que vieron muy natural compensar las pérdidas sufridas con la
venta ilegal de los pertrechos bajo su responsabilidad.
Paralelamente, al saltar la tapadera de la guerra fría, se abrió el camino a
los conflictos, especialmente en África.
Viktor Bout conjugó todos esos aspectos gracias a un "plan de negocios" de
una simplicidad temible. Estableció una red para vaciar los arsenales y
alimentar con esas armas los conflictos mortíferos del planeta.
Fusiles Kalashnikov, lanzacohetes, municiones por millones, vehículos
blindados, misiles diversos e incluso helicópteros de combate; todos esos
pertrechos van a estar disponibles en el mercado gracias a la eficacia de "Victor".
Él hacía entregas por todas partes sin rechistar.
Los aviones de carga Antonov e Ilyushin, retirados oficialmente de la
circulación, se reincorporaron al servicio en un opaco sistema de matrículas
cambiantes. Los rústicos "ataúdes volantes" de Bout aterrizaban en las peores
pistas del mundo, mientras se instauraba un nuevo comercio triangular.
Los aviones despegan cargados de armas hacia África o Afganistán y recargan
sus bodegas en los siguientes tramos de su trayectoria con otras mercancías,
algunas recibidas como forma de pago, que van desde diamantes y minerales
diversos hasta alfombras del Asia central o pollos congelados.
En ocasiones, incluso transportaría ayuda humanitaria para Naciones Unidas,
soñando con crear una empresa aérea "al estilo de Virgin Atlantic".
"El problema que planteaba Viktor Bout rebasó el hecho de transportar armas",
afirma Lee Wolovsky, funcionario estadounidense que rastreó al traficante
durante años. "Sobre todo, él tiene una red logística, la mejor del mundo".
Por necesidad de sus negocios, Bout se instaló en Ostende (Bélgica), y
después en Liberia. Después vendrían otros domicilios africanos. Pero su base
logística durante varios años estuvo en Sahrjah, uno de los Emiratos Árabes
Unidos.
En total, la galaxia Bout maneja una cincuentena de aviones, bajo diferentes
nombres. Las empresas se encajan unas en otras, los pabellones y las matrículas
varían, los contratos se multiplican, y el ruso volador se convierte en uno de
los principales abastecedores de armas para los países bajo embargo, como
Liberia.
Al elegir a sus clientes, sin embargo, él da muestras de una imparcialidad
que desafía las leyes de ese mercado tan particular. En Angola, por ejemplo, la
red Bout abasteció al mismo tiempo al Gobierno de Luanda y a los rebeldes de la
Unita. En Afganistán, Bout fue allegado de Ahmed Shah Massoud, el "León del
Panshir", sin que eso le impidiera abastecer también a sus enemigos, los talibán.
Cuando Mobutu Sese Seko, el "rey" de Zaire, huyó de su país ante el avance de
los rebeldes, lo hizo en un Antonov de Bout, aunque fuera éste quien le vendió
las armas a quienes destituyeron al Mariscal-Presidente, con el apoyo de Ruanda.
En el Congo, en sus transacciones con Jean-Pierre Bemba, jefe rebelde
actualmente refugiado en Portugal, se hizo pagar con columbita-tantalita,
mineral muy apreciado para la industria electrónica, así como en diamantes.
Bout siempre lograba escapar de la justicia. En Moscú se daba la gran vida e
insistía en que no era más que "un simple hombre de negocios". Y explicaba que
se le perseguía porque "nadie puede soportar que un ruso tenga éxito". De las
múltiples protecciones de que gozaba en Moscú y en otras partes, ni una palabra.
Era muy útil Viktor Bout. Sus aviones alimentaron con armas a los talibán y a
Al Qaeda en Afganistán, donde Osama bin Laden preparó los atentados del 11 de
septiembre de 2001. Eso no impidió que Estados Unidos echara mano de sus
servicios después de la invasión de Irak, para entregar armas a las tropas
estadounidenses y a sus aliados.
En 2004, los aviones de Viktor Bout
realizaron cientos de vuelos a cuenta del Gobierno de Washington o de alguno de
sus contratistas, con una factura que ascendió a cerca de 60 millones de
dólares. Este contrato se canceló sólo porque sus detalles se filtraron a la
prensa.
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