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Dimitri Medvedev, candidato a la
presidencia de Rusia, examina un fusil Kalashnikov. (Foto:
Reuters) |
El presidente Vladimir Putin se apresta a consagrar a su sucesor
Dimitri Medvedev en las urnas y retener el poder como primer ministro. Un cambio
para que todo siga igual.
Por Oscar Raúl Cardoso -
Clarín
La tarea de los políticos es interminable y no conoce respiro y aun cuando
tienen todo para ganar no pueden sentirse realmente seguros. La frase anterior
contiene menos ironía de lo que parece si se toma el caso de Vladimir Putin,
presidente saliente en Rusia, y Dimitri Medvedev, su protegido y su candidato
a la sucesión que --todo indica-- será abrumadoramente confirmado por las
urnas este fin de semana.
Ninguno de los candidatos que competirán con Medvedev --es el consenso
generalizado-- tiene la menor posibilidad de opacarle la victoria. Y Putin el
hombre que lo escogió para el cargo se retira, revelan las encuestas, con
alrededor de un 70% de aprobación popular. Precisamente 70% del voto emitido
es lo que, esos mismos sondeos, anticipan que se llevará Medvedev una vez que
todos los votos sean contados.
Y sin embargo, apenas ayer el diario inglés The Guardian --citando fuentes
rusas y diplomáticas extranjeras-- denunció que el Kremlin tiene preparada la
comisión de un fraude de proporciones porque, y es la marca de los ocho años de
liderazgo de Putin, allí nadie confía en que la democracia pueda ser librada de
la tutela más estricta.
¿Promete una victoria abrumadora para el oficialismo? Putin no tiene necesidad
de creerle y prefiere los triunfos en los que él mismo prevé hasta el menor
detalle. ¿Qué tipo de fraude puede ser necesario? Putin cree que la victoria
de Medvedev no debe ser abrumadora solo en el porcentaje emitido; está
convencido de que la base del voto emitido tiene que ser amplia. Quiere un 80%
de asistencia a las urnas y ha instruido a cada nivel de la administración
pública para que se asegure que los funcionarios se arriaran unos a otros hasta
los lugares de votación.
Sin embargo el resultado de estos comicios es tan predecible y la nómina de
contrincantes tan débiles que no hay mucho incentivo para movilizar
ciudadanos que, por ley, pueden optar si votan o no. Algunas encuestas
prevén la concurrencia de menos del 50% del padrón y las más pesimistas
anticipan apenas un 25%.
Lo que las fuentes le revelaron a The Guardian es que el Kremlin tiene
preparado un sistema por el cual la autoridad electoral se encargará de llenar
las urnas con papeletas no usadas antes de realizar el recuento, aumentando así
artificialmente la base del voto que le dará el triunfo a Medvedev. Lo mínimo
que el Kremlin aceptará --agregaron-- es un 65% de voto emitido e igual porcentaje
de esa base como capital electoral del "caballo del comisario" Putin.
Hay denuncias a organizaciones independientes de monitoreo sobre directores de
hospitales públicos advirtiendo a médicos y enfermeras como pueden perder sus
trabajos si no cumplen con el mandato y en las escuelas advertencias a
padres de los alumnos asegurándole que si no votan sus hijos sufrirán las
consecuencias a la hora de las promociones.
Y nada de esto es en verdad nuevo, apenas repite tácticas que ya fueron usadas
en forma previa a las elecciones legislativas de diciembre pasado.
Es un estado de cosas que parece la demanda básica para asegurar el
continuismo. Putin no se irá a su casa a descansar sobre lo que llama sus
éxitos: el crecimiento económico, la pacificación de Chechenia, la reducción de
los restos del comunismo a despojos políticos --Gennadi Zyuganov que lo desafió
desde esa parcialidad en 1996 es hoy otra vez candidato pero sin que casi nadie
repare en su esfuerzo-- y la paulatina restauración de Rusia a su condición de
potencia global.
Es la versión moderna del zar --una institución que aun sobrevive-- que cambiará
de lugar para seguir siéndolo. Será, según se anuncia, primer ministro, quizá
hasta la próxima elección presidencial en la que estará autorizado por la
Constitución a buscar un tercer mandato presidencial.
Pero ¿y Medvedev? Sólo una cuota de su historia personal ofrece cierto
margen para la incógnita. En lo formal viene acompañando a Putin desde San
Petersburgo y ha seguido su línea de modo fiel y sin la mínima diferencia en
cada lugar en que su mentor lo puso.
Ya fuera como vice primer ministro o como presidente de Gazprom, el conglomerado
empresarial más importante de Rusia, una empresa estatal, cada una de sus
decisiones ha sido atribuida a la voluntad de Putin y Medvedev no ha hecho nada
por desmentirlo.
Y, sin embargo, hay algunos elementos que entusiasman a los críticos de Putin.
Su discurso es el de alguien que desea liberalizar el rígido sistema ruso
--política y económicamente--, no tiene hisstoria personal al servicio del aparato
de seguridad estatal del comunismo, la KGB, de cuyas filas Putin extrajo la
mayoría de sus primeras espadas y, sobre todo, en la cuarta década de su vida
este abogado será el primer presidente de Rusia demasiado joven para haber
prestado un servicio importante en la antigua Unión Soviética.
¿Se limitará a seguir bailando al son de la música de Putin o arriesgará sus
propias ideas, si las tiene, y terminará brindando como dicen que uno de sus
discípulos lo hizo a la hora de la muerte de Sócrates: "Brindo por ti maestro
porque te he de superar".
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