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Juntos. El favorito Dimitri Medvedev (izq) y Vladimir
Putin, su jefe, en un affiche frente a una plaza. |
Dimitri Medvedev, el delfín político del presidente, es amplio
favorito. Y hay un alto grado de desinterés.
Por
Hinde Pomeraniec - enviada especial, Clarín
El monumental edificio de 180 mil metros cuadrados espera para ser
reestrenado a metros de la Plaza Roja. Está cubierto por telas azules que
señalan que la cadena Four Seasons aún trabaja en su construcción, aunque los 12
millones de moscovitas saben que cuando lo reinauguren volverán a encontrarse
con la excéntrica fachada del viejo Hotel Moskva. Diseñado a pedido de Stalin e
inaugurado en 1935, la leyenda dice que la furiosa contradicción de estilos que
lo caracteriza obedece a que al entonces líder de la URSS le presentaron dos
proyectos diferentes y que él aprobó los dos. Como nadie se animó a
señalarle su error, la mezcla entre soviética y constructivista del edificio se
convirtió en marca de la ciudad hasta 2004, cuando el alcalde decidió que el
decadente Moskva o "Palacio de las cucarachas" no tenía remedio, que había que
tirarlo abajo y hacerlo de nuevo, aunque igual a como era.
Sobre una de sus caras, un fenomenal cartel se despliega de arriba abajo, como
señalando quién manda aquí. "Juntos venceremos", dice la publicidad del
oficialista partido Rusia Unida para las presidenciales del próximo domingo. En
la imagen, vestido con campera corta de cuero marrón claro y piel, un resuelto
Vladimir Putin conversa con su heredero político, Dimitri Medvedev, quien porta
un sobrio, opaco, sobretodo corto y negro. Habla Putin. Sonríen ambos.
Hoy Medvedev (42) es vicepremier del presidente Putin (55), quien por un
impedimento constitucional no puede presentarse a un tercer mandato. Medvedev
-abogado y académico que desde hace 17 añoos sigue los pasos del hombre que
muchos consideran el nuevo zar de Rusia- fue ungido candidato y dos días después
dijo que le ofrecería a Putin el puesto de primer ministro, además de
señalar permanentemente que su gobierno se ocupará de profundizar la acción
política de su antecesor, obligado por su éxito. Todos aquí lo dan como
presidente.
"¿Para qué voy a ir a votar si todo está decidido?", pregunta Yuri, rubio de
pelo corto y lacio, que trabaja en el gobierno de Moscú y salió a fumar un
cigarrillo a la calle en medio de la lluvia y los dos grados bajo cero.
Poca, poquísima gente habla inglés en esta ciudad, que tiene mínimas
indicaciones en esa lengua y que obliga a los visitantes (unos 4 millones al
año) a buscar intérprete, practicar la adivinación o definitivamente aprender el
alfabeto cirílico, que al menos servirá para ubicar las calles y las estaciones
de metro con menos dificultad. A su vez mucha, muchísima gente tiene miedo de
hablar, con la desconfianza de una sociedad que midió sus palabras durante
el comunismo, al borde de la paranoia por una acción de la temible KGB o bajo
riesgo de convertirse en contrarrevolucionario por la venganza personal de
cualquier cretino metido a comisario político.
Una y otra condición, sumadas a la realidad de las estadísticas que muestran que
algo más del 73% de los posibles votantes apoyan a Medvedev, lleva a que la
gente tenga ganas de hablar de cualquier cosa menos de política. Una respuesta
común en la calle es "no me interesa la política; no entiendo nada", o un más
irónico "aquí no es como en otros países: siempre sabemos quién va a ganar".
Dice que le gusta que lo llamen John. Estudiante, 20 años, le sonríe gentilmente
a la intérprete, pero se decide a hablar en inglés. "Yo votaría a los
comunistas, pero no estoy de acuerdo con su candidato. Y téngalo por seguro,
nuestro país va a estar conducido por dos personas", dice el chico de rulitos a
lo Hendrix que se gana su salario como mozo en una popular cadena de cafeterías.
Hay un gran cuestionamiento por los límites "legales" impuestos por el gobierno
para dejar afuera de la contienda a candidatos y ahí radica la duda de John:
algunos analistas sugieren que el comunista Gennady Zuganov fue impuesto como
candidato de ese partido por medio de maniobras políticas por el propio Putin,
en un afán divisionista. Zuganov podría alcanzar un 15% de los votos, mientras
que el extravagante nacionalista Vladimir Zhirinovsky arañaría un 10%.
Por allí el Kremlin, con sus 19 torres emblemáticas construidas en su mayoría
entre 1400 y 1500, más allá San Basilio, un festival de cúpulas y colores que
mandó construir Iván el Terrible para celebrar su triunfo sobre los tártaros y
quien, según se dice, mandó cegar al arquitecto del templo para que nunca más
construyera algo parecido. Levantado en mármol bordó está el estricto mausoleo
de Lenin, cuyo cadáver embalsamado con técnicas secretas sigue en esta capital
pese a su deseo expreso de descansar por siempre en San Petersburgo, junto a su
madre.
La gigantesca explanada de la Plaza Roja tiene lugar para las mayores
contradicciones de esta nación de espíritu imperial que fue cuna de la
más potente revolución proletaria y que, con el mismo énfasis, se volcó 70 años
después al capitalismo más desenfrenado. En medio -literalmente- de tanta
maravilla, donde la historia se cuela en los huesos, una prosaica y desagradable
tienda de plástico azul alberga una temporal pista de patinaje sobre hielo.
Alguien hizo un buen negocio.
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