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Por la unidad. Serbios protestan contra la declaración
unilateral de independencia de Kosovo. |
El Estado viene de 9 años de protectorado y sobrevive con una economía
dependiente.
Por Hinde Pomeraniec
- enviada especial, Clarín
¿Cómo se construye un país? Si se dejan de lado los cuestionamientos por
supuesta violación de tratados internacionales y los reclamos políticos y
populares ligados a la emoción, Kosovo puede ser un buen ejercicio para pensar
cómo se levanta una nación de la nada, o peor, partiendo de una tierra arrasada
por el odio y disputada por intereses estratégicos, sin industria y con recursos
naturales, pero que aún no logra dar de comer a sus poco más de dos millones de
habitantes.
Desde el vamos, hubo una voluntad de una mayoría de salir de la categoría de
provincia autónoma de Serbia. Más del 90% de los habitantes de Kosovo son
albaneses musulmanes, contra una minoría de origen serbio. Hubo también un
impulso de las potencias lideradas por EE.UU. y la mayoría de los grandes de la
Unión Europea, que avalaron esa voluntad y dieron el espaldarazo para su
concreción aun a costa de abrir la puerta a los peores demonios secesionistas en
el mundo. Ocurrió el 17 de febrero pasado, y pese al rechazo rotundo de los
serbios, Rusia, China y, en Europa, por ejemplo, España.
La pregunta concreta es qué viene ahora, cuándo se supone que lentamente
los militares de la KFOR (fuerzas de paz de la OTAN en el lugar) deberán
retirarse paulatinamente y cuándo tal vez no alcancen los casi 2.000 civiles que
la UE dispuso en Kosovo para fundar los estamentos jurídicos del nuevo país que
sigue sin ser reconocido por gran parte del mundo, entre otros la Argentina, que
basa su posición en su propia problemática con las Malvinas.
Un asesor italiano del Banco Europeo de Reconstrucción y Desarrollo que pidió
reserva de su identidad aseguró a Clarín que pese a las divisiones
internas Europa va a seguir colaborando económicamente con Kosovo, más allá del
envío de técnicos y expertos para la conformación del Poder Judicial o las
fuerzas de seguridad. No sólo Kosovo, toda la región ofrece un espacio dinámico
para los negocios, con sueldos infinitamente más bajos que los del bloque. "No
lo pueden dejar solo", explicó el ingeniero que monitorea la región y escribe
los informes con los que se determinan las inversiones, en su caso las
italianas. "Le van a dar dinero como se lo dieron en su momento a Serbia,
apoyando planes, financiando empresas, construcción de rutas. Tienen que darlo a
la fuerza; incluso algunos que no reconocen la independencia -y no van a
hacerlo- prefieren dar los fondos".
Los intereses de Washington se basan principalmente en cuestiones
geopolíticas, ya que en su disputa del control regional con Rusia nada puede
ser más beneficioso que la conformación de pequeños Estados débiles, con mínimo
margen de negociación. En este caso, además, es el tiro de gracia a Serbia,
luego de los bombardeos indiscriminados del 99. Pero además, la misma fuente
europea dijo a Clarín que para EE.UU. Kosovo no es sólo un escenario
privilegiado por su ubicación en Europa sino por las grandes reservas de uranio
que yacen bajo esta tierra de los Balcanes, un material precioso para ambiciones
nucleares.
El panorama es muy desalentador: dos millones de personas en 11 mil kilómetros
cuadrados con un 50% de desocupación -80% en los más jóvenes-, un PBI per cápita
de apenas 1.000 euros, mafias de todo tipo, el mayor tráfico de heroína desde
Afganistán a Europa. Una sociedad sin normas ni referentes. Miles de hectáreas
de tierras fértiles sin explotar. Cortes recurrentes de electricidad, cuando
cuentan con recursos potenciales para abastecer a toda la región. "El tráfico y
las mafias son una realidad, inicialmente favorecida por el desmantelamiento
social y político del viejo sistema, la transición de la guerra y las sanciones
contra Serbia", explicó recientemente en una entrevista la experta francesa
Catherine Samary.
Kosovo viene de 9 años de protectorado internacional -con gobierno y parlamento
propio, de mayoría albanesa- y ahora busca caminar solo. No será fácil: la
dependencia económica de los fondos exteriores no parece un buen principio para
la soberanía.
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