Cuando Nicolas Sarkozy ganó la elección presidencial, nueve meses atrás, no
sólo prometió "trabajar más para ganar más". La rehabilitación del devaluado
poder de compra de los franceses fue su promesa principal para imponerse a
la candidata socialista Ségolène Royal, que hablaba de lo mismo pero buscando
proteger a los más débiles. Un alza del 5 al 48 por ciento en 60 días de
los precios de los productos alimentarios de primera necesidad, como el yogur,
los spaghettis, los quesos y la leche, más una inflación proyectada de 2,8 por
ciento para los próximos 12 meses, está liquidando la capacidad de compra de los
franceses y sumergiendo al gobierno en la incertidumbre económica y la protesta
social, especialmente entre los empleados del disciplinado sector privado.
Una "lista negra de precios que suben" será publicada hoy por la revista 60
millones de consumidores. La misma que enumeró el Instituto Nacional del
Consumo, que estableció que esta monumental alza de precios se produjo entre fin
de noviembre de 2007 y mediados de enero del 2008.
Los 1.055 precios relevados por ellos entre los grandes distribuidores
alimentarios franceses -Auchan Carrefour, Intermarche, Hyper-U y Leclerc-
demuestran estas subas. En la lista de 60 millones de consumidores, que
comparó los precios de los alimentos de la cuarta potencia del mundo con los del
26 de noviembre de 2007, la leche para bebés subió un 48 por ciento; los
spaghettis, 45 por ciento; el jamón, 44 por ciento; el yogur, 40 por ciento; el
tradicional queso camembert, 32 por ciento; la manteca, 26 por ciento; los panes
de hamburguesas, 22 por ciento, y el arroz, 18 por ciento. Los distribuidores
apuntan el dedo de "responsables" a los agricultores, que dicen que "la leche
sólo aumentó el 7,1 por ciento y no el 30 o 48 por ciento", como se constata en
las góndolas.
Sarkozy admitió después de su asunción: "Las cajas del Estado están vacías",
cuando aún su popularidad no estaba en caída libre y los franceses esperaban que
iniciara las prometidas reformas. Hoy, el presidente sólo tiene el 36 por
ciento de popularidad y las reformas son cada día más difíciles de
implementar en medio de una ola de desobediencia social. El confiaba en que la
economía crecería por un relanzamiento del consumo, sin atacar la débil
competitividad de la economía francesa frente a la brutalidad de la
globalización.
Desde los peluqueros a los heladeros, desde las cajeras de los supermercados a
los fotógrafos, desde los empleados de L'Oreal a los de Michelin, todos se han
lanzado a la protesta en medio de un ambiente de decepción e inmensa
preocupación por el futuro de sus empleos, de su posible calidad de vida y de
las deslocalizaciones de empresas hacia terceros países ante los costos
franceses y la rigidez de su mercado laboral.
Los trabajadores de Michelin llegaron al extremo: secuestraron a dos de sus
managers y sólo los liberaron de su encierro tres días después, cuando el
gobierno envió un mediador para discutir una solución el cierre de una de sus
plantas en Toul, en el este de Francia.
Al menos 500.000 puestos de trabajo han desaparecido en Francia desde 2001,
especialmente en el sector industrial y con las 35 horas semanales en vigencia
pero ahora optativas.
"¿Con un salario de 920 euros y estos precios, cómo podemos sobrevivir? No llego
ni a las dos primeras semanas del mes: si como, no pago el transporte. Llevo 4
años sin comprarme ropa", se quejó Amelie, una cajera en las cercanías de la
Plaza de la República.
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