Pero el problema de Kosovo independiente es el de todo organismo vivo: nacer es
apenas el primer paso: de allí en más la tarea es conservar la vida. Y sobre
esto hay dudas razonables, en especial porque el nuevo estatus de Kosovo es
el producto de un conjunto de naciones poderosas -Estados Unidos,
Inglaterra, Francia y Alemania- que han apostado a un país producto del diseño
de gabinete como modo de detener lo que en los últimos meses se insinuaba como
un regreso a una etapa de violencia como la que la aquejó a fines de los 90.
No hay seguridad de que este sea un camino apropiado, ni que vaya a resolver el
contencioso entre la mayoría de la población de origen étnico albanés y la
minoría serbia. Es difícil entenderlo a la distancia, pero los serbios
identifican a Kosovo como parte central de su identidad y no parece que este
rasgo vaya a cambiar en las próximas generaciones de modo sustancial.
De hecho, con lo hecho hasta ahora -la declaración de independencia y el
reconocimiento parcial del nuevo Estado por parte de la comunidad internacional-
Kosovo es otro ejemplo extraño como en el Cáucaso lo es la República de Nagorno-Karabaj
disputada por armenios y azeríes, que subsiste en condiciones precarias en
materia de derecho internacional, esa categoría especial definida por Jeremy
Bentham.
No es algo nuevo tampoco en la historia de los kosovares. Sus poco más de dos
millones de habitantes y su territorio de 11.000 kilómetros cuadrados conocieron
en 1974, cuando todavía eran parte de Yugoslavia, una autonomía muy parecida a
la de un Estado independiente concedida por lo que entonces fue una nueva
Constitución federal. Eso no evitó la llegada, más de dos décadas después, del
intento de limpieza étnica ensayado por el régimen que en Belgrado
lideraba Slobodan Milosevic y que resultó detenido por la acción de la OTAN.
Una nación es mucho más que los símbolos -bandera, himno, consignas- que la
representan y lo que hoy pasa por la alegría independentista de los kosovares
puede transformarse rápidamente en resaca de conflicto. ¿Es posible creer que
Albania y Serbia no insistirán en apurar acciones, abiertas o encubiertas, que
los ayuden a modificar la situación? Habría que ser optimista hasta el delirio
para creerlo. ¿Y qué mensaje se ha enviado a los separatismos en Georgia (Abjasia
y Osetia), en Chipre (turcos del norte) y en Francia y España? Uno que no es
demasiado bueno, ni tranquilizador.
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