a medida del éxito de la nueva “estrategia afgana” del presidente electo Barack Obama, será directamente proporcional a su capacidad de desvincular la
guerra de su agenda geopolítica heredada del gobierno de George W Bush.Es
obvio que la cooperación de Rusia y de Irán no es menos crítica para el éxito
de la guerra que lo que EE.UU. arranca concienzudamente de los generales
paquistaníes. Apenas cabe duda de que Obama estará en una posición incluso más
fuerte para negociar frente a los duros generales en Rawalpindi si Moscú y
Teherán comparten su estrategia afgana.
Pero por otro lado, Moscú e Irán esperarán que Obama se muestre dispuesto a
deshacerse de la estrategia de contención de EE.UU. en su contra. Las señales
no son buenas. No sólo por el aspecto del equipo de seguridad nacional de
Obama y por la prolongación de Robert Gates como Secretario de Defensa.
Al contrario, en las semanas postreras del gobierno de Bush, EE.UU.
presiona fuertemente por una mayor presencia militar en el patio trasero ruso
(y chino) en Asia Central sobre la base de que las exigencias de un esfuerzo
bélico reforzado en Afganistán necesitan precisamente una semejante presencia
militar expandida de EE.UU.
De nuevo, la insistencia del gobierno de Bush en introducir a Arabia Saudí
al problema afgano con el capcioso argumento de que un socio wahabí será útil
para amansar a los talibanes no convence a Irán. El Supremo Líder de Irán, Ali
Jamenei, subrayó intencionalmente el miércoles la necesidad de mantenerse
vigilante frente a “las conspiraciones de la arrogancia mundial para crear
desunión” entre suníes y chiíes.
Proximidad ruso-iraní
Parece casi inevitable que Moscú y Teherán aúnen sus esfuerzos. Muy
probablemente, ya han comenzado a hacerlo. Los países centroasiáticos y China
e India también observarán cuidadosamente la dinámica de esta sombría lucha
por el poder. Son partes interesadas en la medida en que pueden tener que
sufrir los daños colaterales de este gran juego en Afganistán. La “guerra
contra el terror” de EE.UU. en Afganistán ya ha desestabilizado a Pakistán.
Los despojos también amenazan con caer en India.
Sin duda alguna, el ataque terrorista en Mumbai del pasado mes no puede ser
visto en aislamiento de la militancia irradiada por la guerra afgana. Mientras
el Grupo de Trabajo Ruso-Indio de alto nivel sobre terrorismo se reunía en
Delhi el martes y miércoles, otro alto diplomático relacionado con el problema
afgano llegó a la capital india para consultas – el Ministro de Exteriores
Adjunto iraní, Mohammad Mahdi Akhounjadeh.
Hablando el martes en Moscú, el jefe del Estado Mayor General de las
fuerzas armadas rusas, general Nikolai Makarov, casi descorrió el velo sobre
la geopolítica de la guerra afgana para hacer saber al mundo que el gobierno
de Bush se estaba echando una última cana al aire en el gran juego en Asia
Central. Makarov no puede haber hablado sin aprobación del Kremlin. Moscú
parece estar señalando su frustración al campo de Obama. Makarov reveló que
Moscú tiene información de que EE.UU. presiona para obtener nuevas bases
militares en Kazajstán y Uzbekistán.
Por coincidencia o no, una oleada de informes ha comenzado a aparecer en el
sentido de que Rusia está a punto de transferir el sistema de defensa de
misiles S-300 a Irán. S-300 es uno de los sistemas más avanzados de
tierra-aire, capaz de interceptar 100 misiles balísticos o aviones al mismo
tiempo, a alturas bajas y altas dentro de un alcance de más de 150 kilómetros.
Como lo describiera el antiguo asesor del Pentágono, Dan Gourse: “Si Teherán
obtuviera el S-300, cambiarían las reglas del juego militar para afrontar a
Irán. Es un sistema que amedrenta a toda fuerza aérea occidental.”
Es difícil decir exactamente lo que sucede, pero Rusia e Irán parecen
estarse preparando para una reacción contraria en caso de que un gobierno de
Obama siga adelante con la actual política de aislarlos y excluirlos de sus
“cercanos en el extranjero.”
La revista Aviation Week citó recientemente a funcionarios de EE.UU.
que afirmaban que Moscú está utilizando a Belarus como un conducto para vender
sistemas de misiles SA-20 a Irán. “Los iraníes tienen un contrato para el
SA-20,” dijo uno de los funcionarios estadounidenses. “Enfrentamos un inmenso
conjunto de desafíos en el futuro que nunca hemos tenido [antes]. Hemos sido
adormecidos por un falso sentido de seguridad porque nuestras operaciones
durante los últimos 20 años incluyeron el dominio aéreo total y hemos podido
operar libremente en todos los terrenos.”
El funcionario estadounidense dijo que el despliegue de SA-20 alrededor de
instalaciones nucleares iraníes constituiría una amenaza directa para la flota
israelí de F-15I y F-16I avanzados, pero “no furtivos”. El periódico Ha'aretz
informó el martes que el jefe de actividad político-militar en el Ministerio
de Defensa israelí, general Amos Gilad, viaja a Moscú con una diligencia para
que Rusia no transfiera los S-300 a Irán.
Evidentemente, Moscú mantiene un aire de “ambigüedad constructiva” en
cuanto a lo que sucede en realidad. El Ministro de Exteriores, Sergei Lavrov,
comentó en octubre que Moscú no vendería los S-300 a países en “regiones
volátiles.”
Pero, el miércoles, la agencia noticiosa rusa Novosti citó a fuentes
anónimas en el Kremlin diciendo que Moscú “está actualmente implementando un
contrato para entregar sistemas S-300.” De nuevo el miércoles, el jefe adjunto
del Servicio Federal de Cooperación Militar-Técnica de Rusia, Alexander Fomin,
defendió públicamente la cooperación militar ruso-iraní por tener una
“influencia positiva en la estabilidad en la región.” Fomin comentó
específicamente que sistemas como el S-300 benefician a toda la región al
“impedir nuevos conflictos militares.”
El empuje de EE.UU. hacia el patio trasero ruso en el Cáucaso y Asia
Central tendrá ciertamente influencia sobre el tango ruso-iraní respecto a
S-300. Moscú y Teherán se mantendrán alerta ante la posibilidad de que a pesar
del punto muerto en que se encuentran en la guerra afgana y las crecientes
dificultades que enfrentan las fuerzas de la OTAN, los partidarios de la
guerra fría en Washington continúen su gran juego en el Hindu Kush.
La política de las rutas de tránsito
Esto se hace manifiesto si consideramos la saga de las rutas de suministro.
Los recientes eventos han mostrado que los combatientes son capaces de
presionar a la OTAN interrumpiendo las rutas de suministro a Afganistán a
través del puerto de Karachi. Lógicamente, EE.UU. debería buscar rutas
alternativas de suministro.
Aparte de la ruta de Karachi, hay tres rutas alternativas para suministrar
a las tropas en Afganistán: una, vía el puerto de Shanghai directo a través de
China a Tayikistán y a Afganistán; la segunda, las rutas por tierra
Rusia-Kazajstán-Uzbekistán/Turkmenistán hasta la frontera afgana en el Amu
Daria; la tercera, la más corta y más práctica a través de Irán.
Rusia tiene vínculos por carretera y ferrocarril con la frontera afgana.
China, por otra parte, tiene actualmente sólo una conexión ferroviaria con
Asia Central – la línea de Urumqi en la Provincia Autónoma Xinjiang que
termina en la frontera kazaja. Pero China trabaja actualmente en dos enlaces
adicionales – uno desde Korgas en la frontera kazaja a Almaty y la segunda de
Kashi a Kirguizistán. Estos dos lazos conectan China con la red ferroviaria
centroasiática de la era soviética que lleva a la ciudad portuaria uzbeca del
sur de Tennez en el Amu Daria, que es una puerta tradicional hacia Afganistán.
Pero sorprendentemente, Washington se niega a considerar ninguna de estas
rutas alternativas. Es comprensible que Irán sea un área prohibida (a pesar de
que, en la invasión de Afganistán en 2001 el gobierno de Bush solicitó y
obtuvo apoyo logístico de Irán). Pero EE.UU. también se muestra cauteloso ante
la posibilidad de involucrar a Rusia y China en el esfuerzo bélico. Teme que
mañana esos países podrían exigir la participación en las decisiones sobre la
estrategia de la guerra, que ha sido hasta ahora terreno exclusivo de EE.UU.
Luego, hay otras implicaciones. La estrategia de contención hacia Rusia y
China no puede ser sustentada si existe una dependencia crítica de esos países
para los esfuerzos bélicos de EE.UU. en Afganistán. De nuevo, su participación
congelará efectivamente todo plan de expansión de la OTAN hacia Asia Central –
para no hablar del radio de acción para el establecimiento de nuevas bases
militares de EE.UU. en la región. Con todo, al involucrar a Rusia y China en
las rutas de aprovisionamiento para las tropas de EE.UU. en Afganistán, EE.UU.
se vería obligado a archivar toda su estrategia de “Gran Asia Central”, que
apunta a hacer retroceder la influencia rusa y china en la región.
Por lo tanto, ¿qué hace EE.UU.? Se ha decidido por un enfoque a tres
bandas. Primero, EE.UU. motivará a los recalcitrantes generales paquistaníes
para que no creen problemas para convoyes de la OTAN que pasan por Pakistán.
Por lo tanto, el senador estadounidense John Kerry, que visitó India camino a
Pakistán la semana pasada en una misión de mediación, prometió, entre otras
cosas, que EE.UU. actuará urgentemente ante el pedido de los máximos jefazos
militares de Pakistán para que se actualice su flota de F-16 capaz de portar
armas nucleares, aparte de acelerar un nuevo paquete multimillonario de ayuda
para Pakistán.
Segundo, EE.UU. ha comenzado a trabajar en una ruta de aprovisionamiento
enteramente nueva hacia Afganistán que evita Teherán, Moscú y Beijing y que,
lo que es más importante, no sólo encaja con, sino incluye, la perspectiva de
aumentar e incluso fortalecer la estrategia de contención de EE.UU. hacia
Rusia e Irán.
El empuje caucásico de EE.UU.
Por lo tanto, EE.UU. ha comenzado a desarrollar una ruta terrestre que no
existe actualmente, a través del sur del Cáucaso hacia Afganistán. EE.UU.
desarrolla la idea de embarcar carga para Afganistán a través del Mar Negro
hacia el puerto de Poti en Georgia y luego despacharla por los territorios de
Georgia, Azerbaiyán, Kazajstán y Uzbekistán. Un ramal de ferrocarril podría ir
también de Georgia a través de Azerbaiyán a la frontera turkmena-afgana.
El proyecto, si se materializa, será un golpe geopolítico – el mayor que
Washington pueda haber lanzado alguna vez en Asia Central y el Cáucaso
post-soviéticos. Con un solo golpe, EE.UU. se aseguraría la cooperación
militar a nivel bilateral con Azerbaiyán, Kazajstán, Uzbekistán y
Turkmenistán.
Además, EE.UU. atraerá efectivamente a esos países a acercarse a los
programas de cooperación con la OTAN. Georgia, en particular, obtiene un
estatus privilegiado como el país de tránsito crucial, que contrarrestará la
actual oposición europea a su introducción como país miembro de la OTAN.
Además, EE.UU. habrá dado un golpe virtual a la Organización del Tratado de
Seguridad (CSTO) dirigido por Rusia y a la Organización de Cooperación de
Shanghai (SCO). EE.UU. no sólo habrá tenido éxito al impedir a la CSTO y a la
SCO metan sus narices en el caldero afgano, también habrá hecho que esas
organizaciones sean relativamente irrelevantes para la seguridad regional si
Kazajstán y Uzbekistán, los dos protagonistas cruciales en Asia Central,
simplemente se salen del ámbito de esas organizaciones y tratan directamente
con EE.UU. y la OTAN.
Tercero, el periódico ruso Kommersant informó el 12 de diciembre que
EE.UU. también está estableciendo al mismo tiempo su presencia en Almaty.
Dijo: “Las conversaciones que funcionarios del gobierno de EE.UU. mantienen en
Asia Central confirman el punto de vista de que existe un nuevo proyecto. La
semana pasada, el parlamento de Kazajstán ratificó memorandos de apoyo para la
Operación Libertad Duradera en Afganistán. Permitirán a EE.UU. el uso de la
sección militar del aeropuerto de Almaty para aterrizajes de emergencia de
aviones militares.”
Por ello, EE.UU. estará haciendo un esfuerzo determinado por incapacitar a
la diplomacia rusa respecto a Afganistán. Es interesante que el mismo tiempo
EE.UU. haya permitido a la OTAN que negocie con Rusia sobre condiciones para
rutas de tránsito, que Moscú tendrá dificultades para rehusar. La semana
pasada, el enviado de la OTAN para Asia Central, Robert Simmons, visitó Moscú.
Si Moscú había calculado que su ayuda a la ruta de suministro de la OTAN la
capacitaría para obtener influencia sobre otros temas de las relaciones
Rusia-Occidente o respecto a Afganistán, eso no tendrá lugar ya que EE.UU. no
aceptaría una dependencia de Rusia como tal y no sentiría la necesidad de
reciprocar.
Es obvio que Washington ha pensado de modo inteligente. Está consiguiendo
lo mejor de ambos mundos – la OTAN obtiene ayuda de Rusia y al mismo tiempo
EE.UU. penetra a través de la CSTO y menoscaba los intereses rusos en el
Cáucaso y en Asia Central.
Lo que más afecta los intereses rusos es que si se materializa la ruta
caucásica, EE.UU. habrá consolidado a largo plazo su presencia militar en el
sur del Cáucaso. Desde el conflicto en el Cáucaso en agosto, EE.UU. ha
mantenido una continua presencia naval en el Mar Negro, con visitas regulares
a los puertos en Georgia. Parece que EE.UU. planifica también una presencia
terrestre cuidadosamente calibrada en Georgia. Las conversaciones para un
Acuerdo de Seguridad y Militar entre EE.UU. y Georgia están en sus últimas
etapas. El Vicesecretario Adjunto de Estado de EE.UU., Matt Bryza, visitó
Tiflis el martes para consultas al respecto.
Existen informes de que Washington está completando un documento que
incluye la ayuda a Georgia para cumplir con los criterios para la
participación como miembro en la OTAN y que promueve “la cooperación en la
seguridad y la asociación estratégica”. Como lo resumiera un experto
estadounidense: “La opción del Sur del Cáucaso es más costosa pero
incomparablemente más segura. También es inmune a la manipulación política
rusa… un mayor flujo de suministros por tierra y aire presupondría una
discreta presencia militar y logística de EE.UU. en el terreno. También
requeriría un control fiable del espacio aéreo georgiano y azerbaijani.”
Otra dramática consecuencia es que la ruta por tierra propuesta que cubre
Georgia, Azerbaiyán, Kazajstán y Turkmenistán también puede ser convertida
fácilmente en un corredor energético y convertirse en un corredor para el
petróleo y gas caspios, dejando a un lado a Rusia. Un tal corredor ha sido un
sueño apreciado desde hace mucho tiempo por Washington. Además, los países
europeos sentirán el imperativo de aprobar la demanda de EE.UU. de que los
países de tránsito del corredor energético obtengan de una u otra manera la
protección de la OTAN. Eso, por su parte, conduce a la expansión de la OTAN
hacia el Cáucaso y Asia Central.
Es seguro que la renovada amenaza talibán en Afganistán y la escalada de
los combates están suministrando un fantástico telón de fondo. Por primera
vez, EE.UU. establecería una presencia militar en el Cáucaso y aparece la
clara posibilidad de un corredor energético caspio conducente al mercado
europeo. Tanto Rusia como Irán se sentirán directamente amenazados por la
presencia militar de EE.UU. virtualmente en sus regiones fronterizas, y los
dos se verían aventajados por Washington en las apuestas por la energía del
Caspio.
Esas maniobras por las rutas de suministro sacan a la luz toda la gama de
la lucha geopolítica librada implacablemente en el Hindu Kush [cordillera que
separa el norte de Afganistán y Pakistán], que en su mayor parte está oculta a
la opinión mundial que sigue concentrada en la suerte de al-Qaeda y los
talibanes. El hecho es que, siete años después de la invasión de Afganistán en
2001, a EE.UU. le ha ido especialmente bien en términos geopolíticos, incluso
si la guerra como tal ha ido bastante mal tanto para los afganos y los
paquistaníes como para los soldados europeos que sirven en Afganistán.
Los triunfos están en manos estadounidenses
EE.UU. ha logrado establecer su presencia militar a largo plazo en
Afganistán. Irónicamente, con el deterioro de la guerra, se está creando ahora
una justificación para establecer nuevas bases militares de EE.UU. en Asia
Central. Aunque la estrecha cooperación de EE.UU. con los militares
paquistaníes sigue intacta, la busca de nuevas rutas de aprovisionamiento se
convierte en el telón de fondo perfecto para la expansión de su influencia en
los patios traseros rusos y chinos (e iraníes) en Asia Central.
La velada amenaza de reabrir el “archivo de Cachemira,” que evidentemente
apunta a mantener a India acorralada, también sirve un propósito útil.
Explícitamente, EE.UU. enfrenta un verdadero desafío geopolítico en Afganistán
si se conforma una coalición de potencias regionales que piensen como Rusia,
China, Irán e India, y esas potencias comienzan seriamente a intercambiar
notas sobre cuál ha sido el motivo de la guerra afgana hasta ahora y hacia
dónde se orienta, y cuáles son los objetivos de la estrategia de EE.UU. Hasta
ahora, EE.UU. ha tenido éxito en el retardo de ese proceso, separando
individualmente a esos poderes regionales. Por cierto, Washington ha sido el
beneficiario neto de las contradicciones en las relaciones mutuas de esas
potencias regionales.
En general, EE.UU. tiene varios triunfos, considerando las contradicciones
en las relaciones chino-indias, las relaciones chino-rusas, la situación
respecto a Irán, las relaciones entre India y Pakistán y entre Irán y Pakistán
y, por supuesto, entre Rusia y Pakistán. El desafío diplomático número uno
para EE.UU. en esta coyuntura será prevenir y dispersar toda especie de
incipiente coordinación que pueda tener lugar entre las potencias regionales
que rodean Afganistán orientado a un proceso de paz iniciado en la región.
EE.UU. ha hecho todo lo posible por asegurar que no se materialice la
propuesta de la SCO para que se realice una conferencia internacional sobre
Afganistán.
Pero, como lo demuestran las consultas ruso-indias e iraníes-indias de esta
semana en Delhi, las potencias regionales pueden estar despertando lentamente
y comprendiendo mejor la geoestrategia de EE.UU. en Afganistán. Puede que no
esté lejos el momento en que comiencen a sentir que la “guerra contra el
terror” provee una rúbrica conveniente bajo la cual EE.UU. se asegura cada vez
más un sitio permanente en las tierras altas del Hindu Kush y de la Pamirs,
las estepas centroasiáticas y el Cáucaso que forman el centro estratégico que
domina Rusia, China, India e Irán.
La pregunta del millón de dólares es la sinceridad de Obama. Si quiere
auténticamente terminar con el derramamiento de sangre y los sufrimientos en
Afganistán, afrontar efectiva y perdurablemente el terrorismo, así como
estabilizar Afganistán y asegurar el Sur de Asia como región estable, tiene
que tomar una decisión definitiva. Todo lo que tiene que hacer es sentir
disgusto ante el “daño colateral” que el gran juego causa a la condición
humana, y buscar un arreglo afgano inclusivo en términos de los imperativos de
la seguridad y la estabilidad regionales.
Una ruptura semejante será consistente con lo que afirma que es su sentido
de los valores. La decisión existencial es si romperá con el pasado por
principio.
Sin duda, Obama enfrenta una decisión difícil, ya que es un “extraño” por
antonomasia en Washington y chocará con los intereses creados del
establishment de la seguridad de EE.UU., el complejo militar-industrial,
las grandes petroleras y el influyente corpus de partidarios de la
guerra fría que quieren seguir adelante. La guerra en el Hindu Kush entra a
una fase decisiva para el proyecto del Nuevo Siglo Estadounidense.