(IAR
Noticias)
16-Diciembre-08
Si hay un lugar exacto que marque los fracasos de Occidente en Afganistán,
es el modesto punto de control policial ubicado en la carretera principal a 20
minutos al sur de Kabul. El puesto indica el borde de la capital, una ciudad
en una tensión espectacular, con muros de protección contra explosiones, y
tráfico paralizado. Más allá de ese punto, los edificios polvorientos, bajos,
y las estrechas calles de Kabul ceden el paso a una vasta planicie de serenas
tierras agrícolas enmarcadas por arenosas montañas. En este valle en la
provincia Logar, el gobierno de Afganistán respaldado por los estadounidenses
ha dejado de existir.
Por
Anand Gopal -
TomDispatch/The Nation
Traducido del inglés para Rebelión por Germán
Leyens.
Extractado por La Haine
I ntroducción del editor de TomDispatch, Tom Engelhardt.
Precisamente cuando la presidencia futura de Obama aceleraba para
presentar su nuevo “equipo” de seguridad nacional y reformular la política
de EE.UU. en Afganistán y las regiones fronterizas paquistaníes, la Guerra
Afgana aumentó de intensidad – y no porque haya habido otro ataque con
misiles de un avión teledirigido estadounidense en las tierras tribales
fronterizas de Pakistán, o porque hayan muerto aún más civiles en
operaciones militares de EE.UU., o incluso porque ataques de “los talibanes”
hayan vuelto a llegar a nuevos extremos.
No, la agudización ocurrió en Bombay [Mumbai], India, donde los
planificadores de la orgía asesina de un grupo de combatientes cachemiríes
decidieron que sería ventajoso provocar un buen enfrentamiento a la antigua
entre las dos nerviosas potencias nucleares del subcontinente. Una operación
de precisión que se las arregló para masacrar a casi todo el que estaba a la
vista (incluyendo a musulmanes indios) amenaza ahora con cambiar la
naturaleza de la Guerra Afgana, aumentar la presión del conflicto en
Cachemira, y enredar a la región en una catástrofe aún más amplia,
terminando con un período de alivio de tensiones entre India y Pakistán.
Pakistán ya amenaza con transferir hasta 100.000 soldados de las tierras
fronterizas con Afganistán a la frontera india.
Como escribió Paul Woodward del sitio en internet War in Context:
“Lo que vimos fue una jugada importante en el tablero de ajedrez de la
política exterior del presidente electo Obama, incluso antes de que este
haya tenido la oportunidad de tocar alguna de las piezas.” Tony Karon
capturó la esencia del momento político general de esta manera: “Provocar a
India no sólo realinearía los intereses de los militares paquistaníes y de
los islamistas; amenazaría los esfuerzos de EE.UU. para reorientar a los
militares paquistaníes hacia la contrainsurgencia interior, y para mediar un
acercamiento más profundo con India – algo que analistas de EE.UU.
consideran crucial para resolver el conflicto en Afganistán.”
En otras palabras, la guerra en Afganistán que ya estaba en expansión
–las rutas de suministro estadounidenses a través del Paso Khyber, por
ejemplo, han sido puestas en peligro recientemente–, se acaba de expandir un
poco (o tal vez mucho) más. Es un recuerdo aleccionador de un mundo que
puede estar fuera del control de cualquier equipo nacional de seguridad. E
incluso mientras esto ocurre, lo que aquí sabemos sobre “el otro lado” en
Afganistán, conocidos generalmente como “los talibanes,” es ciertamente
poco. Por suerte, Anand Gopal, corresponsal del Christian Science Monitor,
presenta su segundo vívido reportaje para TomDispatch, una mirada en
el terreno sobre quienes son realmente los talibanes – “un movimiento
escurridizo que se transforma de distrito a distrito.”
S i hay un lugar exacto que marque los fracasos de Occidente en Afganistán,
es el modesto punto de control policial ubicado en la carretera principal a 20
minutos al sur de Kabul. El puesto indica el borde de la capital, una ciudad
en una tensión espectacular, con muros de protección contra explosiones, y
tráfico paralizado. Más allá de ese punto, los edificios polvorientos, bajos,
y las estrechas calles de Kabul ceden el paso a una vasta planicie de serenas
tierras agrícolas enmarcadas por arenosas montañas. En este valle en la
provincia Logar, el gobierno de Afganistán respaldado por los estadounidenses
ha dejado de existir.
En lugar de funcionarios gubernamentales, hombres con enlodados turbantes
negros y rifles de asalto en bandolera patrullan la carretera, buscando
ladrones y “espías”. La carcasa carbonizada de un camión cisterna, que debía
entregar combustible a las fuerzas internacionales más al sur, yace boca
arriba al borde de la ruta.
La policía dice que no se atreve a entrar a esos distritos, especialmente
de noche cuando los guerrilleros dominan las carreteras. En algunas partes del
sur y del este del país, los insurgentes incluso han establecido su propio
gobierno, que llaman el Emirato Islámico de Afganistán (nombre del antiguo
gobierno talibán). Imparten justicia en improvisados tribunales sharia.
Resuelven disputas por tierras entre aldeanos. Dictan los planes de estudio en
las escuelas.
Hace sólo tres años, el gobierno central todavía controlaba las provincias
cercanas a Kabul. Pero años de mala administración, criminalidad rampante, y
crecientes víctimas civiles han llevado a una espectacular resurrección de los
talibanes, y de otros grupos relacionados. Hoy en día, el Emirato Islámico
tiene el control de facto de grandes partes del sur y del este del país. Según
ACBAR, organización que representa a más de 100 agencias de ayuda, los ataques
de los insurgentes han aumentado en un 50% en el pasado año. Soldados
extranjeros mueren ahora a un ritmo mayor que en Iraq.
El incipiente desastre lleva al gobierno afgano del presidente Hamid Karzai
y a protagonistas internacionales a hablar abiertamente de negociaciones con
sectores de la insurgencia.
Los nuevos talibanes nacionalistas
¿Quiénes son exactamente los insurgentes afganos? Todo ataque suicida y
secuestro es usualmente atribuido a “los talibanes.” En realidad, sin embargo,
la insurgencia está lejos de ser monolítica. Por cierto, existen los mullahs
de ojos sombríos e intensos, y los estudiantes de religión meneando sus
cabezas. Pero también están los estudiantes universitarios eruditos, pobre
campesinos analfabetos, y veteranos comandantes antisoviéticos. El movimiento
es una mezcla de nacionalistas, islamistas, y bandidos que se reparten
incómodamente en tres o cuatro facciones principales. Las facciones en sí
están compuestas de comandantes en competencia, con diferentes ideologías y
estrategias, quienes sin embargo están de acuerdo en un objetivo esencial:
expulsar a los extranjeros.
No fue siempre así. Cuando las fuerzas dirigidas por EE.UU. derribaron el
gobierno talibán en noviembre de 2001, los afganos celebraron la caída de un
régimen vilipendiado y desacreditado. “Teníamos ganas de bailar en las
calles,” me dijo un kabulí. Cuando las fuerzas respaldadas por EE.UU. entraron
en Kabul, la capital afgana, los restos del viejo régimen talibán se
dividieron en tres grupos. El primero, incluidos numerosos burócratas y
funcionarios basados en Kabul, simplemente se rindieron a los estadounidenses;
algunos incluso se sumaron al gobierno de Karzai. El segundo, formado por la
dirigencia superior del movimiento, incluyendo a su líder Mullah Omar, huyó a
través de la frontera hacia Pakistán, donde permanecen hasta la fecha. El
tercer y mayor grupo – los soldados de a pie, comandantes locales, y
funcionarios provinciales –desaparecieron silenciosamente en el paisaje,
volviendo a sus granjas y aldeas para esperar y ver hacia dónde soplaba el
viento.
Mientras tanto, el país era repartido entre señores de la guerra y
criminales [con la anuencia de los invasores]. En la completamente nueva
carretera que une Kabul con Kandahar y Herat, construida con millones de
dólares de Washington, grupos bien organizados de bandidos aterrorizaban
regularmente a los viajantes. “[Una vez] 30, tal vez 50 criminales, algunos en
uniformes de la policía, detuvieron nuestro autobús y rompieron a tiros
nuestras ventanillas,” me dijo Muhammadullah, propietario de una compañía de
autobuses que utiliza regularmente la ruta. “Registraron nuestro vehículo y a
cada uno le robaron todo.” Sindicatos criminales, a menudo con conexiones en
el gobierno, organizaban olas de secuestros en centros urbanos como el antiguo
baluarte talibán de la ciudad de Kandahar. A menudo, los pocos que eran
capturados eran simplemente liberados después de untar a quienes corresponde.
En este panorama de violencia y criminales aparecieron de nuevo los
talibanes, prometiendo ley y orden. La dirigencia exiliada basada en Quetta,
Pakistán, comenzó a reactivar sus redes de combatientes que habían
desaparecido en las aldeas del campo. Resucitaron las relaciones con tribus
pastunes. (Los insurgentes, históricamente un movimiento sobre todo pastún,
todavía tienen poca influencia en otros grupos étnicos minoritarios en
Afganistán, como los tayikos y los hezaras.) Con fondos de acaudalados
donantes árabes y entrenamiento de la Inteligencia Inter-Servicios (ISI), el
aparato de inteligencia paquistaní, pudieron llevar armas y pericia
profesional a las aldeas pastunes.
En una aldea tras la otra, expulsaron a los simpatizantes del gobierno que
quedaban mediante intimidación y ajusticiamientos. Luego conquistaron a la
mayoría con promesas de seguridad y eficiencia. Los guerrilleros implementaron
una versión dura de la ley sharia, cortando las manos de ladrones y fusilando
a adúlteros. Fueron brutales, pero también incorruptibles. La justicia ya no
se vendía al mejor postor. “Ya no hay crímenes, como antes,” dijo Abdul Halim,
quien vive en un distrito bajo control talibán.
Los insurgentes reclutaron a combatientes de las aldeas en las que
operaban. Arbitraron en disputas entre tribus y entre terratenientes. Áreas
bajo control insurgente fueron excluidas a no tener servicios ni de
reconstrucción ni de asistencia social, pero para aldeanos rurales que habían
visto tanta intervención extranjera y tan poco progreso económico bajo el
gobierno Karzai, no fue nada nuevo.
Al mismo tiempo, la ideología talibán comenzó a experimentar una
transformación. “Luchamos por liberar nuestro país de la dominación
extranjera,” me dijo por teléfono el portavoz talibán Qari Yousef Ahmadi. “Los
indios lucharon por su independencia contra los británicos. Incluso los
estadounidenses otrora condujeron una insurgencia para liberar su propio
país.” Esta veta nacionalista emergente atrajo a los aldeanos pastunes que
estaban cada vez más cansados de la presencia de EE.UU. y de la OTAN.
Los insurgentes también combaten para instalar una versión de la ley sharia
en el país. No obstante, los guerrilleros, famosos por su puritanismo, han
moderado algunas de sus doctrinas más extremas. El año pasado, por ejemplo,
Mullah Omar emitió un edicto declarando permisibles la música y las fiestas –
prohibidas en la encarnación previa de los talibanes. Algunos comandantes
talibanes, incluso han comenzado a aceptar la idea de la educación de niñas.
Mientras tanto, una dirigencia más pragmática comenzó a tomar las riendas.
Incluso en el ámbito local, algunos funcionarios provinciales del talibán
están atemperando políticas talibanes al estilo antiguo a fin de conquistar
corazones y mentes locales. Hace tres meses en un distrito en la provincia
Ghazni, por ejemplo, grupos de insurgentes ordenaron que se cerraran todas las
escuelas. Cuando los ancianos tribales apelaron al consejo religioso
gobernante talibán del área, los jueces religiosos revirtieron la decisión y
reabrieron las escuelas.
Sin embargo, no todos los comandantes en el terreno siguen las intimaciones
centrales, lo que apunta a la naturaleza descentralizada del movimiento. Los
comandantes locales fijan a menudo sus propias políticas e inician ataques sin
órdenes directas de la dirigencia talibán.
El resultado es un movimiento escurridizo que se transforma de distrito a
distrito. En algunos distritos controlados por los talibanes en la provincia
Ghazni, si atrapan a un afgano que trabaje para una organización no
gubernamental (ONG) le espera una muerte segura [debido a la conocida conexión
de estas organizaciones con la inteligencia de los invasores]. En partes de la
provincia vecina Wardak, sin embargo, donde dicen que los insurgentes son más
'educados', las ONG locales pueden funcionar con permiso de los guerrilleros.
El nexo paquistaní
Los contragolpes abundan en Afganistán. El antiguo agente de la CIA,
Jalaluddin Haqqani, dirige una red insurgente basada en las regiones de la
frontera oriental de Afganistán. Durante la guerra antisoviética, EE.UU. dio a
Haqqani, considerado ahora por muchos como el enemigo más temible de
Washington, millones de dólares, misiles antiaéreos, e incluso tanques.
Responsables en Washington estaban tan enamorados de su persona que el ex
congresista Charlie Wilson una vez lo llamó “la bondad personificada.”
Haqqani fue un temprano propugnador de los “árabes afganos”, quienes
viajaron en tropel a Pakistán en los años ochenta para sumarse a la yihad
contra la Unión Soviética. Dirigió campos de entrenamiento para ellos y
después desarrolló estrechos lazos con La Base, organización armada islámica
que se desarrollo de las redes afgano-árabes hacia fines de la guerra
antisoviética.
Antes de la invasión de Afganistán en 2001, EE.UU. trató desesperadamente
de ponerlo de su parte. Sin embargo, Haqqani afirmó que no podía ver con
buenos ojos una presencia extranjera en suelo afgano y tomó una vez más las
armas, ayudado por sus veteranos benefactores en el ISI de Pakistán. Se dice
que introdujo los atentados suicidas a Afganistán, una táctica desconocida
allí antes de 2001. Funcionarios de inteligencia occidentales culpan a la red
de Haqqani, no a los talibanes, por la mayor parte de los ataques
espectaculares en los últimos tiempos – como ser un masivo coche bomba que
destrozó parte de la embajada india en julio.
A medida que restos de los talibanes y de La Base llegaban a Pakistán
después de la caída del gobierno talibán en 2001, Islamabad se sumó a la
“guerra contra el Terror” del gobierno de Bush. Fue una empresa lucrativa:
Washington suministró miles de millones de dólares en ayuda y armamento
avanzado al gobierno militar de Pakistán, mientras miraba hacia otro lado
cuando el dictador Pervez Musharraf aumentaba su férreo control del país. Por
su parte, Islamabad atacó a militantes de La Base, presentando cada unos pocos
meses a un “alto” dirigente capturado ante las cámaras, y dejaba incólume a la
dirigencia talibán en su territorio.
Aunque el establishment militar paquistaní nunca erradicó por
completo a La Base – al hacerlo podría haber detenido el flujo de la ayuda –
mantuvo suficiente presión para que los militantes árabes declararan la guerra
al gobierno. Para 2004, el ejército paquistaní había penetrado en masa por
primera vez las Áreas Tribales bajo Administración Federal, una región
semiautónoma poblada por tribus pastunes (donde se habían refugiado
combatientes de La Base), en un intento de desarraigar a esos combatientes.
Durante los próximos años, repetidas incursiones del ejército paquistaní,
junto con una creciente cantidad de ataques de misiles de EE.UU. (que a veces
[muchas] mataron a civiles), enfurecieron a las poblaciones tribales locales.
Pequeños grupos con base tribal, que se llamaban a sí mismos “talibanes”
comenzaron a aparecer; para 2007, ya había 27 grupos semejantes activos en las
tierras fronterizas paquistaníes. Los guerrilleros pronto lograron el control
de áreas en distritos tribales como Waziristán del Norte y del Sur, y
comenzaron a actuar como una versión recurrente de los talibanes.
A fines de 2007, los diversos grupos talibanes paquistaníes se habían
fundido en una sola unidad, Tehrik-i-Taliban, bajo el comando de un enigmático
guerrillero de unos 30 años - Baitullah Mehsud. Las autoridades paquistaníes
culpan al grupo de Mehsud, al que usualmente se refieren simplemente como
“talibanes paquistaníes”, por una serie de importantes ataques, incluyendo el
asesinato de Benazir Bhutto [aunque todos los analistas acusan a la
inteligencia paquistaní]. Mehsud y sus aliados tienen fuertes vínculos con los
La Base y siguen librando una guerra intermitente contra los militares
paquistaníes. Al mismo tiempo, algunos miembros de los talibanes paquistaníes
se han infiltrado a través de la frontera para unirse a sus compañeros afganos
en la lucha contra los estadounidenses.
Tehrik-i-Taliban resultó ser sorprendentemente poderoso, derrotando a
unidades del ejército paquistaní cuyos soldados de a pie aborrecían tener que
combatir contra sus compatriotas. Pero casi apenas había aparecido Tehrik,
surgieron grietas. No todos los comandantes talibanes paquistaníes estaban
convencidos de la eficacia de librar una guerra en dos frentes. Parte del
movimiento, que se llamaba “talibanes locales”, adoptó una estrategia
diferente, evitando batallas contra los militares paquistaníes. Además, una
cantidad importante de otros grupos militantes paquistaníes – incluyendo a
muchos entrenados por el ISI para combatir en Cachemira india – operan ahora
en las zonas fronterizas de Pakistán, donde se abstienen de combatir al
gobierno paquistaní y concentran su fuego en los estadounidenses en
Afganistán, o contra sus líneas de aprovisionamiento.
El resultado de todo esto es un ovillo enrevesado de alianzas y ceses al
fuego en los que Pakistán libra una guerra contra La Base y una parte de los
talibanes paquistaníes, mientras deja libre a otra parte, así como a otros
grupos militantes independientes, para que se dediquen a lo suyo… Eso incluye
que crucen la frontera hacia Afganistán, donde los talibanes paquistaníes, La
Base y combatientes independientes de las regiones tribales y de otros sitios
se suman a una mezcla que ha producido lo que un funcionario de inteligencia
occidental califica de “coalición arco-iris” desplegada contra las tropas de
EE.UU.
Vida en un mundo de guerra
A pesar de tales conexiones extranjeras, la rebelión afgana sigue siendo
sobre todo un asunto interno. Los combatientes extranjeros – sobre todo de La
Base – tienen poca influencia ideológica sobre la mayor parte de la
insurgencia, y la mayoría de los afganos mantienen su distancia frente a
semejantes forasteros. “Algunas veces grupos de extranjeros que hablan
diferentes lenguajes pasan caminando,” recuerda el residente de Ghazni Fazel
Wali. “Nunca hablamos con ellos y ellos no hablan con nosotros.”
La visión de una yihad global de La Base no tiene resonancia en las
escabrosas tierras altas y en los desiertos azotados por el viento del sur de
Afganistán. En su lugar, la principal preocupación en gran parte del país es
intensamente local: la seguridad personal.
En un mundo de guerra perpetua, con un gobierno depredador, bandidos
merodeadores, y misiles Hellfire [estadounidenses], el apoyo va hacia los que
pueden crear seguridad. En los últimos meses, una de las actividades más
peligrosas en Afganistán ha sido una de sus más festivas: las grandes fiestas
matrimoniales que tanto aman los afganos. Las fuerzas de EE.UU. bombardearon
una tal fiesta en julio, matando a 47 civiles. Luego, en noviembre, aviones de
guerra dieron en otra fiesta matrimonial, matando a unos 40 civiles. Un par de
semanas después volvieron a atacar una fiesta de compromiso, matando a tres
[entre muchas otras matanzas].
“Comenzamos a pensar que no deberíamos salir en gran número o celebrar
matrimonios públicos,” me dijo Abdullah Wali. Vive en un distrito de la
provincia Ghazni donde los insurgentes han ilegalizado la música y el baile en
semejantes fiestas matrimoniales. Es una vida austera, pero eso no impide que
Wali quiera que vuelvan al poder. Parece ser que matrimonios aburridos, son
mejores que ningún matrimonio.
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