El trasfondo de la crisis que vive Tailandia es una brecha entre la
población rural.
"Todos los políticos roban, pero al menos Shinawatra hacía algo por
nosotros".
Al lograr aislar el país por aire los manifestantes tienen el triunfo
muy cerca.
Por David Jiménez -
El Mundo, España
Desde Castro a
Corazón Aquino, el a menudo fallido manual de la revolución aboga por devolver
la voz al pueblo y acabar con los privilegios de las clases dominantes.
Tailandia le ha dado la vuelta al concepto para mostrar al mundo que también se
puede hacer a la inversa: una rebelión de las clases privilegiadas destinada
a limitar el poder de los pobres.
Los manifestantes que
han tomado los dos principales aeropuertos de Bangkok, atrapando a miles de
turistas y poniendo al Gobierno contra las cuerdas, forman parte de un peculiar
movimiento que mezcla a las élites conservadoras aglutinadas alrededor del
Ejército, la monarquía y las grandes fortunas de la capital, todo ello aderezado
con demócratas liberales y sectores de la clase media.
La Alianza del Pueblo para la Democracia (APD) fue
fundada en 2005 por Sondhi Limthongkul después de que el magnate local
se enfrentara a su antiguo amigo y ex primer ministro Thaksin Shinawatra. Lo que
comenzó como una plataforma para luchar contra la corrupción y el nepotismo ha
ido degenerando en un movimiento con fines políticos que contradicen el nombre
elegido para la causa. 'Pueblo' y 'Democracia' no están en su lista de
objetivos.
Sondhi ha pedido que en adelante sólo un 30% de los asientos del parlamento
sean elegidos por votación directa y que el restante 70% se complete con
personas elegidas 'a dedo' por grupos profesionales. Las dos principales
instituciones del país que tradicionalmente han escapado al control de los
Gobiernos civiles, la monarquía y el Ejército, deberían tener un papel
más activo en el Gobierno, según su modelo. "Es obvio que sus
propuestas son claramente antidemocráticas y que ya no creen en los políticos
elegidos por el pueblo", asegura Supinya Klangnarong, de la Campaña para la
Reforma de los Medios, un grupo prodemocrático tailandés.
Los manifestantes de la APD alegan que los políticos se aprovechan de la
falta de educación y la pobreza de las zonas rurales para comprar votos, una
acusación que quedó confirmada en las últimas elecciones: el 70% de los
electores aseguraba en una encuesta estar dispuestos a cambiar su voto por algo
de dinero e incluso sacos de arroz. Aldeas enteras se decantaron por uno u otro
candidato según la cantidad de ganado que recibieron.
Los tailandeses mantienen la creencia de que todos sus políticos están
corrompidos y han aprendido que su situación difícilmente variará con unos u
otros. ¿Por qué no lograr al menos algo material de ellos una vez cada cuatro
años?
En 2001 el ex policía convertido en magnate de la
comunicación Thaksin Shinawatra ofreció una novedad. Aparte de
enriquecerse personalmente y legislar a favor de sus negocios, el entonces nuevo
primer ministro implementó políticas populistas que incluyeron
la concesión de créditos a los campesinos y la creación de sanidad pública.
"Todos roban, pero al menos él hacía algo por nosotros", dice Pipat, que trabaja
como peón en la construcción de un bloque de apartamentos del centro de Bangkok.
Thaksin aprovechó su popularidad para acumular poder, debilitar las
instituciones democráticas y acosar a la prensa independiente. Su ambición y
populismo fueron vistos como una amenaza por la influyente monarquía y las
élites conservadoras, temerosas de que se impusiera un nuevo modelo de sociedad
que les haría perder sus privilegios.
Las élites encontraron su brazo armado -y revolucionario-
en la Alianza del Pueblo para la Democracia (APD) que estos
días mantiene
bloqueados los aeropuertos de Bangkok. Los últimos tres años de lucha, sin
embargo, no han logrado evitar que el clan populista de Thaksin vuelva una y
otra vez al poder, sobreviviendo a ofensivas judiciales, un golpe de Estado y el
exilio de su mentor.
El trasfondo de la crisis que vive Tailandia es una brecha cada vez más
amplia entre las poblaciones de las zonas rurales, sobre todo en el norte del
país, y las clases medias y altas de Bangkok. Los límites de la APD han quedado
en evidencia al no haber podido congregar a más de 10.000 manifestantes en los
últimos meses de revuelta en una ciudad de siete millones de habitantes como
Bangkok, sin llegar nunca a extender su movimiento más allá de la capital.
Tampoco importa, porque la suya nunca fue una rebelión de las masas.
La clave no está en cuánta gente sale a la calle, sino en un Ejército que les
apoya y protege, una monarquía que vería con buenos ojos la caída de un
Gobierno corrupto pero elegido democráticamente, jueces dispuestos a saltarse
las leyes y familias con el dinero para financiar la causa. Es la revolución a
la inversa y, al lograr aislar el país por aire, sabe que tiene el triunfo al
alcance de la mano.