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Parientes de una de las víctimas fatales
indias en el sepelio de su ser querido en la ciudad de Imphal. (Foto AP) |
Históricamente, ambos países fueron siempre rivales. Los ataques los
vuelven a enfrentar.
Por
María Laura Avignolo - Clarín
El atentado terrorista en Bombay y las veladas acusaciones del gobierno indio
a Pakistán van a ser un test para el entendimiento y las negociaciones de paz
entre las dos potencias nucleares del sudeste asiático, separadas por 60 años de
división, guerras, desconfianzas mutuas y profundos desentendimientos desde que
los británicos eligieron la partición para separar su colonia. Durante años,
India acusó al Servicio de Inteligencia Paquistaní (ISI) de infiltrar mujaidines
desde la frontera de Cachemira para cometer actos de terrorismo en su país. El
general indio R.K. Hooda, que dirigió la operación contra estos atentados,
afirmó ahora que los autores de los ataques venían de Pakistán .
Esta vez se vuelve a repetir el discurso pero la diferencia es que Pakistán no
es el mismo. Los cancilleres europeos fueron la vanguardia en resaltar la
diferencia entre el país de la bomba islámica de ahora y de antes.
Un inmenso cambio se ha producido a pesar de estas sospechas, inmediatamente
después del atentado: por primera vez en su historia, el gobierno paquistaní
ofreció a India para colaborar con la investigación el envío del
nuevo jefe del ISI, general Ahmed
Shuja Pasha. A ello se sumó una condena unánime, que inició el presidente
paquistaní Asif Zardari con un llamado personal y de condolencias a la líder del
partido mayoritario del Congreso indio, Sonia Ghandi y al presidente indio Sing,
y continuó con la comisión de derechos humanos paquistaní.
"Esto que han cometido estos cobardes actos de terrorismo ahora en Bombay no son
sólo los enemigos de India y su gente sino también enemigos de Pakistán y sus
amantes de la paz y tolerantes musulmanes", dijo el senador Iqbal Haider,
vicedirector de la Comisión de Derechos Humanos de Paquistán y con base en
Karachi.
Este comunicado hubiera sido impensable con este lenguaje unos meses atrás, si
el ejército paquistaní no estuviera combatiendo a los militantes talibanes
aliados de Al Qaeda en Bajur, en la zona tribal, con fuertes pérdidas entre sus
soldados y con idéntico enemigo que los indios en Bombay.
Pero tres importantes hechos le siguieron: el premier indio y el líder
paquistaní hablaron por teléfono el viernes y éste expresó su pública condena y
colaboración. Las negociaciones de paz indopaquistaníes debían iniciarse el
jueves en Nueva Delhi. El canciller paquistaní, Shah Mahmmod Qureshi, se
encontraba en la capital india para participar en ellas cuando se produjeron los
atentados.
Si el objetivo de los terroristas era torpedear este acercamiento lo han
conseguido en parte. Las históricas y viejas sospechas se han reinstalado al
menos en el discurso doméstico oficial indio. Pero hay matices que deben ser
tenidos en cuenta y marcan la diferencia: India se cuidó de mencionar al ISI
como responsable o instigador e identificó a la militancia extremista islámica,
que también hostiga al gobierno de Zardari. El copamiento de los hoteles Oberoi
y Taj Mahal y su cadena de muertos tiene su equivalente con la reciente voladura
del hotel Marriott en Islamabad.
Eso no significa que el viejo adversario indio vaya a bajar la presión sobre
Islamabad. Va a insistir con la extradición de 45 a 50 paquistaníes islamistas,
acusados de actos terroristas en India, que Pakistán no puede extraditar porque
su opinión pública se levantaría, tras años de propaganda antiindia en el país,
y forzará a Pakistán a ponerse a la defensiva.
A pesar de todo, la tensión está remontando en las últimas horas entre India y
Pakistán y los resentimientos históricos en sus nacionalistas poblaciones. El
llamado británico y estadounidense a un "inmediata contención" de ambos países
es inquietante.
La urgente convocatoria a una reunión mañana entre el canciller británico David
Milband y la secretaria de Estado norteamericana, Condoleezza Rice, para
discutir la tensión entre India y Pakistán, las dos dos potencias nucleares del
sudeste asiático, enciende un alerta que puede aumentar en las próximas horas.