as primeras conversaciones serias entre el gobierno afgano y los talibanes
tuvieron lugar hace diez días en La Meca bajo los auspicios del rey Abdullah
de Arabia Saudí. Durante las discusiones, todas las partes acordaron que la
guerra en Afganistán va a ser resuelta por el diálogo y no mediante
combates. El líder talibán Mullah Omar no estuvo presente, pero sus
representantes dijeron que ya no está aliado con al-Qaeda.La admisión
durante el fin de semana de un importante general británico, Mark Carleton-Smith,
de que una victoria militar absoluta en Afganistán es imposible ha sido
sobrepasada por las conversaciones en La Meca. “Si los talibanes estuvieron
dispuestos a sentarse al otro lado de la mesa y a hablar de una solución
política, es precisamente el tipo de progreso que concluye insurgencias como
ésta,” dijo el general Carleton-Smith. “Eso no debiera causar que la gente
se incomode.”
Suena como si la última aventura militar británica en Afganistán va a
terminar en una retirada sin que ninguno de sus mal definidos objetivos haya
sido logrado. En EE.UU. han tardado más en comprender la verdadera situación
en el terreno. John McCain y Barack Obama siguen hablando como si unas pocas
brigadas más de soldados estadounidenses enviadas para perseguir a los
talibanes por las montañas del sur de Afganistán fueran a cambiar el
resultado de la guerra.
La política de EE.UU. en Iraq después del derrocamiento de Sadam Husein
ha sido constantemente denigrada como una receta para un desastre
auto-infligido. Pero la política del presidente Bush en Afganistán después
de la caída de los talibanes también fue un error catastrófico. En ambos
países la agenda del gobierno estuvo orientada sobre todo a utilizar la
victoria militar para asegurar que los republicanos ganaran elecciones en el
interior del país.
Los talibanes siempre han dependido manifiestamente de Pakistán y del
servicio de inteligencia militar paquistaní (ISI). Fue el ISI el que impulsó
al poder a los talibanes en los años noventa y dio secretamente un refugio a
sus militantes después de su retirada de Afganistán en 2001, posibilitando
que se reagruparan y contraatacaran.
Pero justo cuando esto tenía lugar Bush alababa al gobierno paquistaní
del general Pervez Musharaf, que había auspiciado a los talibanes, como gran
aliado de EE.UU. en su guerra contra el terror. En EE.UU. no se han dado
cuenta del desatino contraproducente de esa política, en la medida en la que
lo hicieron respecto a la debacle en Iraq, a pesar de que es obvio que los
talibanes nunca serán derrotados mientras tengan una vasta zona montañosa en
el interior en la cual establecer sus bases,. La presencia de tropas
extranjeras fue siempre más popular en Afganistán que en Iraq. Los afganos
sienten un profundo desprecio por sus señores de la guerra. Pero ninguna
fuerza de ocupación extranjera sigue siendo popular durante mucho tiempo,
particularmente si se basa en ataques aéreos mal dirigidos e involucrados en
los combates. Esto es particularmente verdad si las tropas, en los hechos,
no logran generar seguridad.
Mientras tanto, su presencia significa que los combatientes talibanes
pueden presentarse como patriotas que luchan por su país y su fe.
El derrocamiento de los talibanes en 2001 nunca fue lo que parecía. Poco
después de que renunciaran a la lucha, conduje de Kabul a Kandahar por una
de las carreteras peor construidas del mundo. Los talibanes estaban
cambiando hábilmente de lado o yéndose a casa mientras se elaboraban
acuerdos locales. Las víctimas de ambos lados eran felizmente bajas. En la
antigua ciudad de Ghazni un acuerdo al terminar el poder de los talibanes
sólo fue retrasado por un desacuerdo sobre cuantos coches del gobierno
podrían conservar. En una aldea afuera de Kandahar pregunté a un dirigente
local si podía juntar a algunos ex talibanes para que me reuniera con ellos
y en media hora la casa de huéspedes se llenó de combatientes seguros de sí
mismos y de aspecto peligroso. Pensé que no les costaría mucho volver a la
escena.
Sin embargo, no hubieran podido hacerlo sin los disparates de la Casa
Blanca y del Pentágono. Al invadir Iraq, convencieron al general Musharaf
que era seguro dar de nuevo apoyo a los talibanes. Había suficientes tropas
extranjeras en Afganistán como para deslegitimar al gobierno afgano, pero no
suficientes como para derrotar a sus enemigos. La persecución de los
combatientes talibanes por el interior, año tras año, sólo llevaría a una
expansión de la insurgencia.
Las conversaciones en Arabia Saudí están lejos de ser negociaciones pero
son una señal de que el actual callejón sin salida podría estar comenzando a
abrirse. La admisión abierta del general Carleton-Smith de que no puede
haber una victoria militar categórica también muestra realismo. La mejor
ruta para Gran Bretaña y EE.UU. en Afganistán es tener objetivos modestos y
alcanzables, combinados con el reconocimiento de que en su lucha por la
supervivencia el gobierno afgano debe librar y ganar sus propias batallas.