akistán está en guerra. Lo ha reconocido su presidente, Ali Asif Zardari.
Más allá de la batalla contra la insurgencia en las zonas fronterizas con
Afganistán, está en juego su identidad como país. Los ocho años de dictadura de
Pervez Musharraf, la incompetencia de las élites políticas y la miopía de EE UU
en la región han dejado a los paquistaníes divididos. Ahora que un civil retoma
las riendas del Estado, la confusión paraliza las instituciones.
El ambiente es sombrío en Islamabad. No se trata tanto de los puestos de
control policiales y las barreras de hormigón que salpican la ciudad tras el
último atentado, como de la sensación de vulnerabilidad de los paquistaníes ante
un Estado que, como describe Khalid Aziz, "apenas es capaz de ofrecer seguridad,
justicia, participación o desarrollo humano". Aziz sabe de lo que habla porque
durante tres décadas ha trabajado tanto en el Gobierno central paquistaní como
al frente de la Provincia de la Frontera Noroccidental, desde donde se gobiernan
las áreas tribales en las que hoy están puestas todas las miradas. De allí
salió, según el ministro interino de Interior, Rehman Malik, el suicida que
destruyó el hotel Marriott el 20 de septiembre.
"Ha sido nuestro 11-S", se apresuró a acuñar Najan Sethi, director del
semanario Friday Times. Sin embargo, el horror de 54 muertos y 250
heridos por la detonación de 600 kilos de explosivos en el centro de la capital
no ha generado la indignación que se podía esperar, ni en la gente, ni en los
dirigentes. Muchos paquistaníes critican que, pocas horas después del atentado,
el presidente Zardari se fuera a Nueva York con sus principales ministros, en
lugar de quedarse aquí a explicar la situación; tampoco lo hicieron el resto de
los líderes políticos.
Buena parte de los paquistaníes perciben la lucha que su Ejército libra
contra los terroristas de Al Qaeda y sus simpatizantes locales como una guerra
de Estados Unidos, con la que su país no tiene nada que ver y de la que sólo
paga las consecuencias (11.129 muertos y 800.000 desplazados desde 2001). Bajo
esa perspectiva, atentados como el del Marriott no son más que la merecida
respuesta a las operaciones represivas de los uniformados. Una vez más, se ha
puesto en evidencia la polarización del país entre liberales modernizadores e
islamistas radicales.
"Rechazamos lo evidente. Todo lo atribuimos a una conspiración (de EE UU, de
India, de los servicios secretos). Cualquier cosa para evitar nombrar a los
verdaderos culpables, los militantes [islamistas radicales]", declara Zahid
Hussain, reputado comentarista político y autor de Frontline Pakistan: the
struggle with militant islam, un libro en el que analiza el ascenso del
extremismo islámico en Pakistán y los vínculos entre los principales grupos
yihadistas, Al Qaeda y el ISI, el poderoso servicio secreto militar. Hay
políticos y analistas que defienden que si los estadounidenses se van de
Afganistán, el problema desaparecerá.
"A menos que se aclare esa confusión y el Gobierno sea capaz de transmitir la
amenaza a la que hacemos frente, al margen del papel que Estados Unidos pueda
tener en ello, la situación no va a resolverse por sí sola", subraya el general
retirado Talaat Masood, uno de los escasos analistas locales que utiliza la
palabra insurgentes en vez del eufemismo militantes. Masood, que admite la
necesidad de ayuda exterior ante la dimensión que ha adquirido el conflicto,
subraya también que las incursiones estadounidenses en la frontera les están
poniendo las cosas difíciles. "No permiten una solución autóctona y están
alentando el antiamericanismo", advierte.
"Que no esperen simpatías de los paquistaníes después de que hemos sufrido a
un dictador al que ellos respaldaban", señala por su parte Nusrat Javeed,
conductor de un popular programa de televisión en la cadena privada Aaj cuyas
críticas a Musharraf motivaron la suspensión de sus emisiones el pasado febrero.
"Nos sentimos desamparados. Nadie nos escuchaba cuando durante los ocho años de
dictadura denunciábamos que los talibanes y los militantes [islamistas] se
estaban reforzando; ahora finalmente [los occidentales] se enteran y pretenden
que Zardari acabe con ellos de un plumazo. Fue elegido el 9 de septiembre, ni
siquiera ha pasado un mes", se queja.
Los propios paquistaníes empiezan a estar impacientes con la inactividad del
Gobierno que se formó tras las elecciones legislativas del pasado febrero.
"Siete meses después de las elecciones, no tenemos un Gobierno que funcione, no
hay rumbo ni en la economía, ni en la lucha contra el terrorismo, la gente ha
perdido la confianza", resume Hussain.
"Se ha desperdiciado el capital de entusiasmo que se generó entonces", resume
Tarek Fatemi. Este antiguo embajador que ahora ejerce de consultor privado y
analista político, se encontraba entre el coro de voces que pedían el retorno a
un Gobierno civil. Ahora no esconde su desilusión.
"Con su astuta manipulación, Zardari ha logrado desbancar a [el líder de la
oposición, Nawaz] Sharif y hacerse con la presidencia, sin cumplir su pacto de
reinstaurar a los jueces y renunciar a los poderes extraordinarios que se arrogó
Musharraf enmendando la Constitución", afirma.
Aun admitiendo que ha demostrado un inesperado instinto político, pocos fuera
de su partido confían en que el viudo de Benazir Bhutto tenga la estatura
necesaria para unir al país y emprender los profundos cambios, políticos y
sociales, que son necesarios para hacer frente a la amenaza que los insurgentes
terroristas plantean al Estado. Y el tiempo apremia.
"Esto es un desastre. No tiene una solución fácil. Sólo puede resolverse con
un compromiso a largo plazo y un montón de asistencia. El problema es saber si
Washington, Londres y Bruselas tendrán la paciencia de esperar", concluye Javeed.