La pobreza crece y la inflación sigue en alza. Alertan sobre posibles
riesgos de rebelión social.
Por
María Laura Avignolo -
Clarín
Los dátiles en una canasta, las bananas colgaban del árbol en medio
de un zumbido de moscas como si fueran un inalcanzable caviar, los duraznos
eran un imposible objeto de deseo. Con una "niqab" severa y negra que sólo le
dejaba libres los ojos, Shabnum apretaba sus 300 rupias y trataba de hacer las
compras en un mercado de Islamabad. Miraba toda las frutas y verduras y su
pequeño presupuesto de esposa de un chofer paquistaní que gana 5.000 rupias
mensuales no le alcanzaba para nada.Tres manzanas por 70 rupias fue todo lo
que estuvo a su alcance .
"La mayoría de los días vengo y sólo miro. A veces puedo comprar alguna fruta
o un vegetal para mezclar en el curry. Pero la mayoría de los días me voy sin
nada. La vida es cada día más difícil para nosotros. El año pasado, una bolsa
de 10 kilos de harina, que usamos para el pan, costaba 120 rupias y ahora
escasea a 500 rupias", explicó esta mamá de 35 años y cuatro hijos.
Los precios astronómicos de los alimentos, una inflación mensual del 32 por
ciento y los sistemáticos cortes de luz han transformado la vida de la clase
media y los pobres de Pakistán en una pesadilla, que puede finalizar en una
insubordinación social porque la corrupción de la elite ignora sus demandas.
Si se suman los cortes regulares de luz por falta de electricidad, la falta de
agua en pleno Ramadán cuando es indispensable para sus abluciones antes de la
oración y la falta de esperanzas para una vida mejor, la crisis económica y no
el terrorismo talibán es la mayor amenaza a la estabilidad del gobierno del
presidente Asif Ali Zardari y su Partido del Pueblo, que asumirá hoy.
La clase media y los más pobres están desprotegidos ante la crisis. La pérdida
de su calidad de vida es rápida y, por primera vez, muchas familias no tienen
que comer en Pakistán. Los vegetales y las frutas han al menos duplicado su
valor: el aceite subió de 67 a 140 rupias y un kilo de durazno cuesta al menos
80 rupias en los mercados más pobres.
"He perdido el 50 por ciento de mis clientes", asegura Mustashe Hussan en su
pequeño almacén. "Abrí crédito y anoto lo que llevan en una libreta. Pagan a
fin de mes y me devora la inflación".
Para enfrentar el mayor déficit fiscal y sus desbordadas cuentas públicas, el
gobierno va a anunciar dos feriados a la semana y las estaciones de servicio
no venderán gasolina los viernes para reducir el consumo.
Pakistán recibió una ola de dinero después de los atentados del 11 de
septiembre, cuando los paquistaníes en el exterior decidieron evadir el
escrutinio de los banqueros estadounidenses y europeos en "la guerra contra el
terror" de sus cuentas bancarias. Esa inyección fue fundamental para el
desarrollo de la economía paquistaní y después llegaron las inversiones
directas. Pero no se previeron mecanismos durables para controlar la
inflación, que se disparó en los últimos 6 meses.
"Es difícil predecir el futuro, pero será de insubordinación social. No hay
solución posible para la economía. Va a seguir muy mal antes de
estabilizarse", diagnosticó a Clarín Mohamed Zubair Khan, ex ministro de
Comercio paquistaní y ex funcionario del FMI.
Según su opinión, "lo único que está frenando una revolución, una insurrección
social en Pakistán es la fe en el islam. La religión se convierte en un
control social en estas circunstancias. La gente se ha desencantado de los
talibanes, los pobres han rechazado su liderazgo. Se han dado cuenta de que
sólo producen muerte y no se preocupan por las necesidades de la población.
Pero todo el país ha empezado a rebelarse, en cada región, con reclamos
propios o autonómicos".
Rearmar el presupuesto, reducir y volver a dirigir los gastos drásticamente,
aumentar los impuestos de los más ricos, subir las tasas de interés y
conseguir créditos en el sector privado. Ésta debe ser la prioridad del
gobierno del presidente Asif Ali Zardari si quiere demostrar capacidad para
conducir una crisis cada día más peligrosa, una economía bajo stress severo en
un país en guerra.