n los últimos días
la actividad diplomática y política tras el telón paquistaní ha sido muy
intenso y en ese oscuro escenario parece que se habría estado gestando una
salida para el hasta la fecha presidente del país, todo ello con la
supervisión y el apoyo de Estados Unidos y Arabia Saudita. En ese sentido,
algunas fuentes locales, en medio de la especulación que siempre preside
este tipo de acontecimientos, señalan que tras la dimisión, “Musharraf
podría abandonar el país rumbo a la capital saudita, donde permanecería al
menos durante tres meses”, hasta que la situación se aclare un poco en
Pakistán.
Desde hace varios meses la situación en aquel país asiático no
atraviesa por sus mejores momentos.
La frontera noroeste con
Afganistán está cada día más en manos de las milicias locales talibanes, que
prestan apoyo a sus vecinos afganos en los ataques de éstos contra las
tropas del gobierno de Kabul y sus aliados occidentales. Al mismo tiempo en
esa conflictiva región, la ley que impera es la que impulsan los talibanes
paquistaníes, y la presencia gubernamental brilla por su ausencia. Los
intentos militares por acabar con esa situación no han hecho más que
debilitar aún más las posiciones del gobierno central ante las tribus
locales.
Junto a todo ello el país está haciendo frente a otras crisis de hondo
calado estructural. La economía está sufriendo su peor situación desde hace
décadas, con un aumento de la inflación anual, pérdidas de los valores
mercantiles y con un enorme receso de las inversiones extranjeras, lo que
unido al aumento de la inseguridad política no anticipa buenos tiempos para
el conjunto del país.
Además los precios están disparándose, sobre todo en el sector de los
alimentos, los cortes de luz y agua son cada día más largos (en la ciudad de
Karachi son cada día más los que no tiene agua durante la mayor parte del
día), lo que hace que la población más pobre sea la que más sufra las
consecuencias de este abanico de crisis.
Otro factor preocupante en ese ya de por sí complejo escenario es la
vuelta de la tensión entre Pakistán e India. El reciente ataque con bomba
contra la embajada india en Kabul y el auge de las intermitentes
hostilidades entre ambos estados en torno a la Línea de Control en
Cachemira, tras cinco años de relativa calma, son dos ejemplos claros de ese
nuevo rumbo que podrían estar alcanzando las tensiones en la zona, unid sin
duda alguna a los movimientos que desde Washington se estarían impulsando.
La participación de actores extranjeros en esta ecuación es
evidente.
El principal actor, Estados Unidos, lleva varios meses
maniobrando para lograr acuerdos estratégicos con India, algo que desde
Islamabad se ve con mucho recelo. Hasta la fecha, el aliado clave de la
política estadounidense en la región ha sido Pakistán, y su personaje clave Musharraf, sin embargo ese aparente giro de la política exterior de la Casa
Blanca habría incitado a determinados protagonistas locales (el ISI) a
actuar para evitar lo que se estaría gestando. En este contexto llama la
atención la acusación de la CIA contra sus otrora aliados de los servicios
secretos paquistaníes, a los que públicamente identificó como partícipes del
atentado de Kabul. Mientras que otras medidas, como el incremento de la
ayuda económica (no militar) de Washington se acaba de multiplicar por tres,
y desde Arabia Saudita se baraja perdonar la deuda del petróleo.
El reciente viaje del primer ministro Gilani a EEUU se interpreta como el
intento del gobierno de convencer a los dirigentes estadounidenses de que la
“guerra contra el terror seguirá con el apoyo de su país tras la marcha de
Musharraf”.
La actitud del ejército volverá a ser clave.
En estos
momentos la institución militar tiene demasiados frentes abiertos (India, EEUU, el gobierno, la insurgencia local y las diferencias internas), y su
popularidad no goza de sus mejores momentos (lo que puede llevarle a
centrarse en recuperar su maltrecha imagen). Además, algunos informes
señalan que el descontento hacia el general Ashfaq Kayani va en aumento, y
dentro de sus propias filas se le percibe como un peón de los intereses de
EEUU dentro del ejército.
En esa misma línea habrá que ver cuál es la reacción de los poderosos
servicios secretos (ISI) que lleva meses manteniendo un pulso muy duro con
los partidos del gobierno, dispuestos a hacerse con el control de los mismo,
algo que no han logrado de momento.
El futuro del propio gobierno, y del conjunto del escenario político
paquistaní sigue siendo una incógnita. Hay dudas de que la coalición
gubernamental pueda continuar tras la marcha de Musharraf, y hasta la fecha
han sido incapaces de aportar soluciones a las graves crisis que afronta el
país, más allá de su política de deshacerse como sea del hasta ahora
presidente.
Como señalaba recientemente un prestigioso medio occidental, “hay más
preocupaciones que Musharraf”. La incertidumbre sobre Pakistán ante este
nuevo escenario se incrementa cada día que pasa. El descontento popular ante
las sucesivas crisis, que soportan mayoritariamente las clases más
desfavorecidas de la sociedad, es otro factor a tener en cuenta en los
próximos meses. Ganarse la confianza de las mismas puede ser un factor para
que unos actores u otros maniobren para poder mantener sus privilegios o
volver a recuperarlos.