Con los Juegos Olímpicos de Beijing en pleno, la provincia de
Xinjiang, de mayoría musulmana, padeció una serie de ataques violentos contra
objetivos gubernamentales y personal de seguridad.
Tres hechos violentos se intercalaron en los últimos 10 días y se lanzaron
amenazas contra el torneo olímpico en dos vídeos. También igual número de
oficiales de un puesto de control fueron asesinados a cuchilladas el martes en
el último de esos ataques cerca de la ciudad fronteriza de Kashgar.
"Desde principios de año vemos el despliegue de nuevas tácticas insurgentes",
indicó el profesor Chu Shulong, jefe del Instituto de Estudios Internacionales
Estratégicos, de la Universidad de Qinghua.
"Ya no atentan contra civiles poniendo bombas en los autobuses como hacían en
los años 90. Ahora atacan a funcionarios del gobierno, del ejército y de la
policía para ganarse la simpatía de la población", apuntó.
Es difícil hacer una verificación independiente, pero los incidentes revelan un
alto grado de coordinación e instalan un clima de intranquilidad en Xinjiang.
Policías de Kashgar fueron embestidos por un camión ocupado por dos personas que
luego fueron muertos a cuchilladas y granadas caseras. El saldo fue de 16
personas muertas.
Varios días después hubo otro ataque contra 17 objetivos, incluidos la comisaría
y una construcción del gobierno en la ciudad Kuqa. Ninguna organización se
atribuyó hasta ahora ese atentado.
La autoridad china en materia de terrorismo, Li Wei, responsabilizó al
movimiento Turquestán Oriental, involucrado en actividades separatistas, según
Beijing, con el objetivo de crear un estado independiente.
Sin embargo, los vídeos de amenaza contra los Juegos Olímpicos, divulgados por
Internet, fueron atribuidos al Partido Islámico de Turquestán, una rama del
movimiento secesionista, que según especialistas está vinculado con la red
islamista Al Qaeda.
El resentimiento contra el gobierno chino se acumula desde hace años. Muchos de
los ocho millones de uigur, el pueblo túrquico que constituye la mayoría
musulmana de la región, sueñan con recrear el legendario Kashgaria.
El efímero reino surgió tras una prolongada rebelión musulmana contra la
dinastía Qing a mediados del siglo XIX. Pero luego los gobernantes manchú
reconquistaron la región y en 1884 crearon la provincia de Xinjiang (nueva
frontera, en lengua mandarín).
Salvo por la breve existencia de dos repúblicas de Turquestán Oriental, una a
mediados de los años 30 y la otra tras la Segunda Guerra Mundial (1939-1945),
por lo general los uigur han luchado por su identidad nacional a espaldas de la
comunidad internacional.
Tras los atentados del 11 de septiembre de 2001 en Nueva York y Washington,
China sostuvo que Al Qaeda entrenó a más de 1.000 miembros del Movimiento por la
Independencia de Turquestán Oriental, región que se corresponde con la provincia
china de Xinjiang.
Beijing logró poner a ese movimiento en la lista de organizaciones terroristas
elaborada por Estados Unidos y aplicó mano dura para terminar con los
disturbios.
Mediante propaganda y amplias medidas de seguridad, las autoridades lograron
acabar con las explosiones de resentimiento étnico. Pero los últimos atentados
hacen temer que la política severa no haya hecho más que empujar a muchos
desafectados hacia filas del movimiento islamista internacional.
"El éxito de China en la lucha antiterrorista les complicó la existencia y
muchos optaron por entrenarse en el extranjero", señaló Chu.
"En 2001 pudo ser prematuro decir que el Movimiento Islámico de Turquestán
Oriental integraba la yihad (guerra santa) mundial", indicó John Harrison, del
Centro Internacional de Investigación en Terrorismo y Violencia Política, con
sede en Singapur.
"Pero ahora que muchos de sus integrantes han pasado demasiado tiempo en las
áreas tribales de la frontera de Pakistán, no se puede decir realmente cuál es
la causa que defienden", añadió.
Sin embargo, los últimos ataques coordinados contra símbolos del gobierno chino
muestran un cambio de táctica similar a las empleadas por la insurgencia
tradicional.
"Yo diría que hay menos radicalización que antes", opinó Harrison. Los
insurgentes "tratan de mostrar que sus acciones están dirigidas contra el que
consideran su principal oponente: el gobierno chino".
La violencia permanente pone de manifiesto el eterno problema que representan
para China las minorías étnicas descontentas de regiones alejadas de Beijing,
como Xinjiang y Tíbet.
Los líderes chinos se jactan del desarrollo de las regiones fronterizas, pero la
mano dura empleada por Beijing en esas zonas en todo lo ateniente a las
minorías, incluidas cuestiones de fe y de identidad cultural, crearon
resentimiento.
La campaña "hacia el oeste", iniciativa para controlar la provincia de Xinjiang,
rica en recursos naturales, estimuló la inversión y propició un aluvión de
chinos de la etnia han, que agobió a los uigur.
Cuando el Partido Comunista llegó al poder en 1949, los uigur constituían 90 por
ciento de la población de Xinjiang. Hoy son menos de la mitad de los de más de
19 millones de habitantes de esa provincia.
Esta semana, el gobierno defendió su campaña en la provincia. El comisionado de
la administración regional, Mu Tielifuhasimu, señaló que la mayoría de los uigur
están contentos en Xinjiang y gozan de libertad de culto.
"La situación general es extremadamente buena", declaró en conferencia de
prensa.
Mientras, en Beijing, el consejero estatal Meng Jianzhu se reunió con el asesor
del primer ministro pakistaní para asuntos internos, Rehman Malik, para pedir
más apoyo a Islamabad en la lucha contra el terrorismo.
El presidente de Pakistán, Pervez Musharraf, había reconocido anteriormente que
algunos rebeldes uigur de Xinjiang se entrenaban en las áreas tribales de su
país.