Con claroscuros, Beijing aceptó el desafío de organizar los Juegos
Olímpicos como una ventana para mostrar un perfil nuevo y moderno de China. Y
logró exhibir enormes avances y esfuerzos. Pero también importantes deudas
sociales.
Por Alejandra Pataro - Clarín
China. El país más poblado del globo será anfitrión estos días del mayor
evento deportivo del planeta bajo una crítica mirada internacional que --como
nunca antes-- la escrudiñará en su propio territorio.
Por primera vez en 28 años, un régimen comunista vuelve a ser sede olímpica
después de Moscú en 1980. La pregunta (casi) obligada parecer ser entonces ¿cómo
es éste gigante asiático que recibe al mundo en esta magnífica cita del deporte?
Veamos.
Por un lado está Beijing, transformada, embellecida, tras una inversión de 40
mil millones de dólares en infraestructura, con su aeropuerto faraónico, las
nuevas líneas de subte, sus flamantes rascacielos. Esa es la China que el
régimen querrá mostrar y vender a lo largo de dos semanas.
Imagen de modernidad, de crecimiento, de desarrollo, de un país que busca borrar
de la memoria colectiva mundial la masacre de Tiananmen de 1989. También querrá
reflejar sus logros en la lucha contra la contaminación a la que ha dedicado US$
17 mil millones y la plantación de cientos de miles de árboles.
China buscará enviar el mensaje de que ha hecho los deberes como sede olímpica.
Pero, tal vez, no lo suficiente. Los niveles de contaminación no logran bajar a
los estándares aconsejados por la Organización Mundial de la Salud. En el
horizonte asoman nuevas medidas de emergencia, más drásticas, para controlar la
polución. Se han cerrado industrias alrededor de Beijing y parte del parque
automotor quedó estacionado. Pero las partículas derivadas de la combustión
siguen acumulándose en el aire, triplicando los niveles deseados y entorpeciendo
la visibilidad.
El desarrollo acelerado chino, producto de las reformas de Deng Xiao Ping en
1978, explica en buena parte la contaminación rampante. "El crecimiento
--admitió meses atrás el presidente Hu Jiintao-- nos costó demasiado caro en lo
que respecta a recursos y medio ambiente".
Con 1.300 millones de habitantes, el gigante asiático es hoy la tercera economía
del planeta y propulsor del crecimiento global, con sus importaciones de
productos primarios, lo que explica, también en parte, el aumento del precio de
los alimentos; la nueva pesadilla global de estos tiempos. Consultoras, como
Ecolatina, advirtieron que la recesión en la puerta de los EE.UU. probablemente
enfríe el acelerado crecimiento chino pero en apenas medio punto respecto de
2007, de 10 a 9,5%.
La realidad es que los Juegos Olímpicos serán un renovado estímulo al
crecimiento bajo la ecuación "festival de inversión + consumo". Sólo por los
juegos, unos 600.000 extranjeros estan aterrizando en Beijing, atestando hoteles
y consumiendo.
En todo 2008, los cálculos dicen que 4,5 millones de turistas pisarán suelo
chino, con casi 5 mil millones de dólares en el bolsillo para gastar. Las
empresas de servicios, de turismo y de artículos deportivos tendrán su hora de
fama en estos juegos. Algunos pequeños fabricantes locales podrán ver sus
nombres exhibidos junto a colosos como Nike o Adidas.Pero la gran pregunta es
¿qué ocurrirá cuando la antorcha olímpica se apague?.
El desarrollo chino no se reparte en casa, se exporta. Y además no todo es
cuestión de imagen. El sistema político chino sigue siendo un lugar cerrado y de
controles.El mayor aplazo quizá sea en materia de derechos humanos. Amnistía
Internacional difundió un duro informe, a diez días de los juegos, en el que
denunciaba "el empeoramiento en la situación" en este terreno y la "traición de
los principios fundamentales del olimpismo", a saber, el juego limpio, la reglas
claras, la libre competencia...
Uno de los termómetros reales sobre la situación de derechos humanos ha sido el
Tíbet, un zona de conflicto hoy curiosamente en silencio. Cuando faltaban cinco
meses para los juegos, el Tíbet ardía y China prometía "lucha a muerte" contra
el Dalai Lama.
La represión china contra los rebeldes tibetanos fue contundente. Levantó polvo
en todo el mundo y despertó el fantasma del boicot a los juegos. El tour mundial
de la llama olímpica en su viaje a Beijing fue una carrera de obstáculos, con el
conflicto tibetano como telón de fondo.
Los derechos humanos son la espina clavada en el régimen chino. Van a parar tras
las rejas quienes se expresen de manera crítica. El periodismo tiene puestas
esposas. El gigante asiático es el país con el mayor número de hombres de prensa
tras las rejas. E internet es un lugar con límites. Ésta también es la China
sede de los juegos, aun cuando hace 7 años existió el compromiso de abrazar el
espíritu olímpico. Ese fue, entendieron muchos entonces, el acuerdo por el cual
se le daba al gigante asiático el beneficio de ser sede de los Juegos de 2008.
Hoy, con el plazo vencido, se recogen frutos, es cierto. Pero hay sabor a
promesa incumplida. Fue Hu Jintao quien, ante el XVII Congreso del Partido
Comunista Chino de octubre, admitió: "Existe una distancia considerable entre lo
que hemos realizado y lo que el pueblo espera de nosotros".