Organizaciones sociales y ambientalistas de talla mundial están preocupadas
por el impacto negativo de la crisis económica sobre la agenda social y
ambiental. Se piensa que con la crisis, por ejemplo, el tema del cambio
climático será relegado a segundo plano. Tienen razón de preocuparse.
Por Alejandro Nadal - La Jornada, México
En
política, para desaparecer un tema de la lista de prioridades, lo primero
que hay que hacer es hablar mucho de él. Por eso, en los documentos de la
reunión del G-8 en Hokkaido, África y el cambio climático se anuncian como
temas centrales. No hay que engañarse: es una cortina de humo.
Esta retórica le funciona bien a los centros de poder económico y
financiero. El mensaje subliminal es que todo marcha bien en los países
ricos y que la “globalización sigue su marcha” como factor positivo. Lo
único que hay que resolver para que ya todo esté perfecto, es el pequeño
problema de la pobreza en África y la cuestión del cambio climático. Y para
eso, los líderes del Grupo de los Ocho, en su generosidad y extraordinaria
visión de estadistas, se reúnen en Hokkaido.
Lo que sí pasa a segundo plano con este acto de magia es la crisis
económica mundial. Por eso el documento sobre economía no contiene
referencias a la peligrosa situación de estancamiento con inflación que
amenaza con desencadenar una muy fuerte recesión a escala mundial. Claro,
como los orígenes de esta crisis están en 30 años de liberalización
financiera y apertura comercial, tantas veces promovida por el G-8, lo que
menos se quiere es llamar la atención sobre este gigantesco fracaso.
Había una vez una cosa que se llamaba “armonización de políticas
macroeconómicas” y eso era el platillo central de las reuniones de líderes
de los países más poderosos. Hoy todo eso se acabó.
En la hechicería del G-8 se ignora el espinoso problema de la
inconsistencia de políticas macroeconómicas que hoy existe entre Estados
Unidos, la Unión Europea y China, por ejemplo. Mientras Washington deja caer
el dólar y exige a China revaluar el renminbi, el Banco Central Europeo
(BCE) mantiene altas tasas de interés y sigue apostando a la apreciación del
euro. Si esta tendencia continúa, la depreciación de los activos denominados
en dólares va a intensificarse brutalmente y el pánico no tardará en
desatarse. Comparada con la estampida que le acompañará, la corrida de la
San Fermín en Pamplona parecerá un plácido paseo en el parque.
El número de prestidigitación del G-8 permite evadir el gran problema de
estos tiempos neoliberales: ¿cuánto más va a durar un sistema basado en el
colosal déficit en cuenta corriente de Estados Unidos y en la acumulación de
reservas de China, los países exportadores de crudo y de las llamadas
economías emergentes?
Hoy que la principal potencia militar del mundo es también el deudor más
grande, todos se hacen la misma pregunta. Para nadie es un secreto que el
desequilibrio que sostiene este sistema implica un riesgo creciente de que
la transición a otro esquema se realice de manera explosiva.
El déficit estadunidense es insostenible, lo mismo que su posición de
endeudamiento porque cada vez más ese déficit está siendo financiado con
reservas de bancos centrales de otros países. Por eso el influjo de capital
hacia Estados Unidos ya no consiste en inversión directa o de cartera. El
sector privado se niega a financiar el déficit estadunidense y en 2007 casi
todo el financiamiento provino de los bancos centrales de las naciones con
excedentes. Esto conlleva un crecimiento insostenible de la deuda externa y
hace más necesario el ajuste mediante la depreciación del dólar. ¿Qué tan
brusco será el ajuste de cuentas?
En los años 70 se sentaron las bases de la megacrisis de la deuda que
estalló en 1982 y de la cual, en más de un sentido, el mundo todavía no se
ha recuperado. Hoy los paralelismos con aquellos años son sorprendentes.
Pero la crisis que se está cocinando tiene ingredientes nuevos que la harán
mucho más violenta y duradera.
Pero, ¿por qué preocuparse de todas estas cuestiones si se puede gozar de
un rico banquete a orillas del lago Toya? Parece que los jefes del G-8 se
han dejado convencer por las tesis de Washington de que lo peor de la crisis
ya pasó y ahora viene la recuperación. Sólo hay que sacar el conejo del
sombrero: África y el cambio climático, importantes prioridades. Cómo no.
******