Defensa, diplomacia y
desarrollo son las claves que la OTAN y sus aliados necesitan conjugar
para conseguir la estabilización del país asiático
Por
Daniel
Vernet -
Le Monde
Afganistán, donde desde hace siete años los Estados Unidos y sus aliados
occidentales llevan a cabo una doble guerra, contra la red terrorista Al Qaeda y contra la milicia integrista del Talibán, es un caso ejemplar de lo
que hay que hacer- y, sobre todo, de lo que no hay que hacer- para tener
éxito en la reconstrucción de un país.
Todo el mundo está de acuerdo en que la dispersión de esfuerzos, la
multiplicación de centros de decisión, la debilidad del poder autóctono y la
arrogancia extranjera son otras tantas recetas para el fracaso. Esto es más
fácil de constatar que de remediar, como lo vemos todos los días en Kabul.
La conferencia que se celebró el jueves en París que recaudó 21 mil 416
millones de dólares en ayuda a Afganistán para su reconstrucción y
desarrollo- es una tentativa loable de aunar a la coordinación de la ayuda
el aumento del esfuerzo militar, pero su objetivo es muchos más modesto que
la definición de una “estrategia global”, como quisiera Francia.
Ésta deberá tomar en cuenta tanto los aspectos militares de la defensa de
Afganistán y de la lucha contra el terrorismo, como la ayuda económica, la
actividad de las asociaciones asistenciales, la reconstrucción del estado,
la lucha contra la corrupción, etcétera.
Mando y multilateralismo
En la situación ideal, todas esas acciones deberían quedar colocadas bajo
la autoridad de una sola persona que, al lado del Gobierno local, le diera
coherencia a la intervención internacional. El riesgo, no obstante, es la
creación de un verdadero protectorado. No fue casualidad que el Presidente
afgano Hamid Karzai se negara a la designación como representante especial
del secretario general de la ONU del británico Paddy Ashdown, quien se
distinguió en Bosnia por su firmeza.
A falta de una estrategia global, el refuerzo de las tropas en el terreno
puede permitir algunos éxitos parciales, pero éstos no resuelven nada. El
Presidente francés Nicolas Sarkozy, que se decidió a enviar refuerzos para
las tropas de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), lo
sabe bien.
Cuando la comunidad internacional en forma unánime lanzó la intervención
en Afganistán en el otoño de 2001, en respuestas a los atentados de Nueva
York y Washington, el error fue creer que el compromiso sería modesto y
breve. En relación con la población, la presencia militar en Afganistán es
la cuarta parte de lo que fue en Bosnia y Kosovo y la ayuda no rebasa la
mitad.
No es sólo cuestión de medios. En la reunión anual del consejo para las
relaciones entre Italia y Estados Unidos, el fin de semana pasado, los
expertos en la reconstrucción del país enunciaron algunas reglas a respetar
para evitar el atascamiento (como los franceses y los canadienses, los
italianos quieren mantener su compromiso en Afganistán, pero se interrogan
sobre el sentido de éste).
La intervención multilateral es preferible al unilateralismo, pero eso no
debe impedir hablar con una sola voz. Hay que pasar tanto tiempo tratando de
evitar la guerra como haciéndola, planear la paz tanto como la guerra,
aprender a enviar recursos para la reconstrucción tanto como desplegar las
fuerzas militares, concentrarse rápidamente en las cuestiones económicas
para que la población sienta que tiene algo que ganar, pasar de la garantía
de la seguridad al establecimiento del imperio de la ley, darle prioridad a
la construcción de las instituciones de la sociedad civil antes que a la
celebración de elecciones.
Esas reglas pueden resumirse en las tres “D”: defensa, diplomacia y
desarrollo. Si se fracasa en un dominio, el fracaso será global. La amenaza
pesa sobre la OTAN en Afganistán, dándole sentido a la posición radical del
ex Canciller alemán Helmut Kohl, quien en un momento afirmó que “no tenemos
nada que hacer en un país que ni occidentales ni rusos han entendido jamás”.