(IAR Noticias) 12-Junio-08
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Una mujer busca comida en la basura de una calle
de Dili (Timor Oriental)
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La tragedia en Timor Oriental y en Camboya no es que no haya suficiente
comida, sino que la comida no llega a todos aquellos que la necesitan.
Por
Shalmali Guttal (*)
Revista
Sin Permiso
“Pero incluso cuando los precios mundiales
de los alimentos caigan, a no ser que se lleven a cabo drásticas políticas
económicas y agrícolas que corrijan la situación, la escasez de comida, el
hambre y la malnutrición es improbable que desaparezcan.”
En una
conferencia de prensa del 14 de mayo en Dili, la capital de Timor Oriental,
altos cargos de las Naciones Unidas declararon que el país no estaba en
riesgo de sufrir una hambruna debido a la crisis alimentaria global. Según
el Director Nacional en Timor Oriental del World Food Programme (WFP), Joan
Fleuren, “el gobierno está trabajando para aumentar las importaciones” y
venderlas a precios subsidiados, en un esfuerzo por controlar la situación y
garantizar que no hay una crisis alimentaria (1). El Ministro de Agricultura
estima que el consumo anual de arroz en Timor Oriental se sitúa sobre una
media de 83.000 toneladas métricas, de las cuales 40.000 son producidas
domésticamente. La diferencia se cubre con importaciones que ya se sitúan en
las 50-60.000 toneladas y siguen aumentando. El enviado especial para Timor
Oriental del Secretario General de las Naciones Unidas, Reske-Nielsen,
comentó que las importaciones de arroz permiten al gobierno de Timor
disponer de tiempo para adoptar soluciones a medio y largo plazo (2).
Sin embargo, este punta de vista difiere significativamente del de muchos
analistas de Timor, que temen que el país se encuentre atrapado en una
peligrosa dependencia de las importaciones para satisfacer sus necesidades
alimentarias, y que ya muestra los primeros síntomas de una crisis
alimentaria crónica. Hará unos cuatro meses, antes de la llegada de la
crisis alimentaria, el precio del arroz estaba entre los 14 y 16 dólares por
saco (de unos 35 kg.). En estos momentos se sitúa sobre los 25 dólares por
saco en Dili, y es significativamente mayor en las zonas rurales – si es que
consigue llegar allí. Y a pesar de las recientes medidas del gobierno para
subsidiar los precios, sencillamente no hay suficiente arroz subsidiado para
cubrir las necesidades. Una gran cantidad se consume en Dili y según los
propios habitantes de la capital, una proporción significativa es luego
revendida a precios más altos por los comerciantes de arroz, especialmente
en áreas rurales. Como en muchos otros países importadores netos de comida,
Timor oriental no tiene ningún control sobre los precios de importación del
arroz o de otros alimentos y materias primas. De la misma forma, tampoco
tiene un sistema público de distribución eficaz que garantice que las
importaciones de comida lleguen a su población rural. Teniendo que confiar
en empresas privadas para la distribución, el gobierno no puede siquiera
asegurar que aquellos que más necesiten los subsidios puedan aprovecharlos.
Según Elda Guterres da’Silva de KBH, una organización de Timor dedicada a la
formación profesional (3), “el nuevo gobierno ha perdido el contacto con los
problemas de las zonas rurales; parece decidido a instaurar un sistema de
mercado y ello va a aumentar el número de pobres. Sólo aquellos que tienen
dinero pueden comprar arroz”.
El hambre es una vieja conocida en Timor Oriental. En 2004, se informó de
situaciones de hambre extrema e incluso hambrunas entre decenas de miles de
hogares de como mínimo cinco distritos, y la gente de once de los trece
distritos estaba sobreviviendo gracias a la ayuda alimentaria (4). La
mayoría del millón de habitantes de Timor Oriental (aproximadamente el 80%)
vive en zonas rurales y se dedica a la agricultura de subsistencia. La
producción nacional no es suficiente para satisfacer las necesidades anuales
de la población, estimándose en 2001 que sobre el 80% de las aldeas habían
sufrido escasez de comida en algún momento del año (5). Mientras que la
falta de comida es un fenómeno habitual y cíclico de las economías agrícolas
de subsistencia, en este caso una combinación de factores históricos y de
las últimas políticas del gobierno está reforzando lo que muchos timoreses
temen que vaya a convertirse a largo plazo en una crisis alimentaria
crónica. Aunque resulta difícil dar con estadísticas actualizadas y fiables
sobre consumo, algunos informes de las zonas rurales indican que ya no se
dispone de suficiente comida y la población sólo puede comer una vez al día.
El problema no es sólo el de las importaciones, sino que el arroz mismo
también lo es. Según Arsenio Pereira de HASATIL (6), una organización de
Timor dedicada a la agricultura sostenible, “hay demasiada dependencia del
arroz. Los indonesios promovieron esa dependencia. Antes de la ocupación
indonesa, había una cierta variedad de alimentos básicos que podían comer
los timoreses, especialmente en áreas de secano o montañosas, pero los
indonesios insistieron en que todo el mundo cultivase y comiese arroz”. Este
punto de vista fue secundado por otra gente con la que hablé la semana
pasada en Dili, quienes señalaron que incluso hoy en día en las zonas
rurales se consumen otro tipo de alimentos – lo que se conoce como alimentos
tradicionales. Como explica Pereira, “el arroz es importante, pero no es el
único tipo de comida. Tenemos más de 10 variedades de alubias, 20 de maíz, y
diversas variedades de ñames, mandiocas y bananas. Pero si no se le da
importancia a estos alimentos tradicionales, se perderán y seremos
totalmente dependientes del arroz”.
Aunque las zonas rurales de Timor Oriental están en general aisladas de
los más elementales servicios de que se dispone en Dili, el hambre es tanta
en Dili como en muchas de esas zonas rurales. Los residentes de Dili
dependen casi totalmente del arroz como su principal alimento, al contrario
de las comunidades rurales para quienes los alimentos tradicionales todavía
constituyen una parte importante de su dieta.
La independencia trajo la dependencia
Pero la escasez de alimentos en Timor Oriental tienen tanto que ver, o
más, con las políticas llevadas a cabo en el país como con los problemas
productivos. Debido a la insistencia de los donantes internacionales, el
Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional, la reconstrucción del país
después de la guerra ha sido diseñada sobre una economía de libre mercado
con severas restricciones a la intervención gubernamental para proveer
servicios públicos, sostener los precios y levantar una economía nacional
fuerte mediante la inversión en infraestructuras públicas en áreas clave
como la agricultura, la seguridad alimentaria, la educación o la industria
artesanal del país. La economía ha sido liberalizada radicalmente y el
gobierno busca convertir al país en un refugio para inversores mediante
exenciones fiscales, concesiones públicas y otros privilegios. La creación
de empleo, que podía haber sido incentivada mediante la inversión pública,
ha sido dejada en manos de la competencia del libre mercado.
Al menos un cuarto de la superficie cultivable del país se ha entregado a
compañías privadas (la mayoría extranjeras con algún tipo de colaboración
local) para que cultiven biocombustibles, en concreto caña de azúcar y
jatropha. Los terrenos agrícolas también son motivo de enconadas disputas
entre quienes los reclaman o entre los granjeros y las concesionarias
privadas. Los propios timoreses informan de que los contratos para
importación de arroz u otros bienes y las concesiones económicas se dan
rutinariamente a compañías extranjeras sin mediar oferta pública alguna, y a
“proveedores únicos” que son contactos personales de los altos cargos del
país. Las comunidades rurales ni siquiera suelen saber que sus tierras – que
son su único activo – son ahora “propiedad” de una empresa privada y que
pronto se van a convertir en trabajadores asalariados en las mismas tierras
que poseyeron durante generaciones. En las tierras altas del distrito de
Ermera, las disputas siguen sin resolverse entre los productores locales de
café y Timor Global, una empresa privada que logró una concesión para
explotar durante 25 años todas las tierras productoras de café del distrito.
Según Antero da’Silva, profesor de la National University, “los planes del
gobierno se orientan a que los granjeros sean más dependientes del mercado,
de las importaciones y del libre comercio, y no hacia promover la
independencia.”
En el sector agrícola, el Banco Mundial y otros donantes bilaterales (en
particular Australia y los EEUU) se han centrado casi exclusivamente en el
arroz y en un puñado de cultivos industriales como la vainilla y el café, a
costa de otros productos básicos que constituyen los alimentos tradicionales
del país. Sin embargo, tras décadas de ocupación indonesa con una producción
de arroz intensiva y basada en el uso de productos químicos, se ha llegado a
una situación de degradación importante del suelo en varias áreas
productoras de arroz, bajando los rendimientos y dejando la tierra
impracticable para la producción de otro tipo de cultivos. “La tierra que se
dedicó a la producción de arroz durante los tiempos de la ocupación indonesa
ahora no puede utilizarse, se destruyó con el uso de demasiados productos
químicos para intensificar la producción de arroz. El suelo necesita
regenerarse”, afirma da’Silva.
Este tipo de consideraciones ecológicas no son una prioridad en el nuevo
régimen de donantes surgido tras la independencia, en el cuál las políticas
agrícolas oficiales han seguido promocionando una agricultura intensiva y
basada en el uso de productos químicos, pero bajo condiciones de libre
mercado. Durante aproximadamente los últimos seis años, la producción y el
transporte en las zonas rurales se ha hecho tan costosa que el arroz
cultivado en el país no puede competir con el de importación en precio y
calidad. Recientemente se ha reconocido que se están llevando a cabo pruebas
con semillas modificadas genéticamente en los distritos de Betano y Maliana,
gestionadas por “expertos” de una empresa australiana y en el marco de un
proyecto llamado Seed of Life (La semilla de la vida). “Los países donantes
y el Banco Mundial están intentando aumentar la producción mediante el uso
de semillas híbridas, fertilizantes químicos,…etc. No ponen el énfasis en
aumentar la seguridad alimentaria a través de la capacidad y los recursos
internos, o apoyando otros alimentos locales, sino mediante las
importaciones de arroz y comida de otros países, incluyendo la ayuda
alimentaria del WFP (World Food Programme) y la FAO”, añade Pereira.
La combinación de las disputas por la tierra, el aumento de los costes de
producción agrícola y el hambre han llevado a mucha gente de las zonas
rurales a desplazarse a Dili u otras grandes ciudades en busca de un empleo.
Pero la vida en la ciudad es una lucha tan dura, o más, como la que les
espera en caso de volver al campo. La adopción del dólar estadounidense como
la moneda nacional ha aumentado el coste de cubrir las más básicas de las
necesidades alimentarias. Y luego está también la industria de la ayuda
internacional, que abrió su sucursal en Dili inmediatamente después del
referéndum de 1999. Timor Oriental recibió unos tres mil millones de dólares
en “asistencia para la reconstrucción”, mucha de la cuál acabó sirviendo
para pagar los infladísimos sueldos y las comodidades de los “expertos”
internacionales. Siguiendo ciegamente las señales del mercado, los sectores
de la alimentación y los servicios se adaptaron para satisfacer las
necesidades de una comunidad internacional cebada de dinero para la
reconstrucción. Apareció una elite nacional de empresarios de entre aquéllos
que disponían de tierras y propiedades para alquilar a los foráneos, o
activos para invertir en restaurantes, hoteles, supermercados, seguridad
privada,…etc. El resultado de todo esto fue que el coste de la vida en Dili
se disparó muy por encima del salario medio de los timoreses – entre 30 y 60
dólares al mes. Incluso el precio “precrisis” del arroz de entre 14 y 16
dólares por saco (que ahora añoran los timoreses), era una dura carga para
una familia con hijos o mayores a los que alimentar.
La inversión extranjera prometida que se suponía que debía crear empleo
nunca llegó. Los costes para lanzar y operar un negocio en Timor Oriental
son altos, ya que el agua, la electricidad, las telecomunicaciones y el
equipamiento son todos ellos muy caros. Los propietarios de los restaurantes
y los foráneos prefieren comprar en los supermercados que venden productos
de importación en lugar de acudir a los mercados locales, esgrimiendo dudas
sobre la higiene y la calidad de los productos. La falta de inversión
pública en educación y formación profesional ha desembocado en que haya una
muy pequeña cantidad de jóvenes que sean considerados aptos para trabajar en
el sector de la ayuda internacional y sus apéndices del sector privado.
Según Rigoberto Monteiro, Secretario General de la Confederación Sindical de
Timor Oriental y miembro del National Labour Board, solamente hay 500
empleos disponibles anualmente en los sectores público y privado. La mayoría
de aquellos que buscan trabajo en la ciudad acaban en un sector informal
endeble e impredecible, sin una fuente de ingresos segura y suficiente.
No sorprende pues que el hambre y la malnutrición sean tan importantes en
Dili, con los mercados llenos de comida, como en los pueblos y aldeas del
campo.
En 2005 Ben Moxham, un investigador de Focus on the Global South asentado
en Timor Oriental, constató dolorosamente que "si bien el severo clima de
Timor es en parte responsable, la pregunta que urge contestar es porqué una
nación de poco menos de un millón de personas, la cuál ha recibido durante
los últimos cinco años más ayudas per cápita que ningún otro lugar del
mundo, está pasando hambre”. (7)
El capitalismo de vaqueros dirige el rancho
Un poco más al oeste, en un país que pasó por un proceso similar de
reconstrucción postconflicto 17 años antes que Timor Oriental, las
situaciones de hambrunas severas y malnutrición han ido en aumento y de la
mano de una explosión de la abundancia y concentración de la riqueza. Como
antesala de la industria internacional para la reconstrucción y la ayuda
desde 1991, Camboya también adoptó el modelo de libre mercado requerido por
los donantes internacionales, el Banco Mundial y el FMI. El resultado ha
sido una economía de capitalismo de vaqueros donde prácticamente todo se
vende al mejor postor. Pequeños reductos de abundancia consumista se rodean
de amplias regiones de escasez y privación.
El crecimiento económico se ha mantenido en una media del 11% durante los
últimos tres años, espoleado por booms en el turismo, la industria textil y
el sector inmobiliario. Pero no todos se han beneficiado de esos booms. La
agricultura y la pesca, puntales para la mayoría de la población de Camboya,
han sido sistemáticamente asaltadas por políticas de libre mercado,
privatizaciones y liberalizaciones. El sector privado ha sido agresivamente
promovido en casi todos los sectores posibles – la economía, medio ambiente,
agricultura, educación, sanidad, suministro de agua,…etc. Los acreedores
multilaterales de Camboya, el Banco Mundial, el FMI y el Banco de Desarrollo
Asiático (ADB, por sus siglas en inglés), han exigido y conseguido una
completa “desinversión” del gobierno en bienes públicos como las
infraestructuras o los servicios, y exhortado a los campesinos, granjeros y
pescadores artesanales del país a competir en un libre mercado ante el cuál
están completamente indefensos. Como resultado, la agricultura y la pesca
han ido convirtiéndose cada vez más en trabajos precarios para las familias
de las zonas rurales, llevándoles a quedar atrapados por deudas y en muchos
casos a abandonar definitivamente la agricultura.
La elite dirigente en el gobierno camboyano han dado facilidades para un
frenesí de apropiación de tierras tanto en áreas rurales como urbanas,
despojando a la población de tierras y de sus hogares a una escala jamás
imaginada por los propios camboyanos, quiénes realmente creyeron que habían
llegado tiempos mejores. Se ha renunciado a vastas extensiones de fértiles
tierras agrícolas y ricos bosques (de entre 10.000 y 300.000 hectáreas), al
convertirse en concesiones administrativas por períodos de 99 años y a
empresas extranjeras, para la plantación industrial de árboles, actividades
agropecuarias, complejos turísticos, campos de golf y otras instalaciones de
ocio. Las concesiones para actividades económicas se extienden a las zonas
de pesca, pantanos e incluso las costas o islas del país. Una rica y
floreciente clase media nacional se ha subido al vagón de cola, comprando
tierras a los pequeños campesinos o pescadores que no pueden hacer frente al
aumento de los costes en la producción agrícola y en la sanidad. Muchos de
los poderosos aliados bilaterales del país (por ejemplo China, Vietnam,
Tailandia y Singapur) han pedido también su parte del pastel de la
prosperidad, mediante contratos exclusivos y concedidos discrecionalmente en
los sectores de las infraestructuras, la energía, la minería o el petróleo y
el gas.
La prosperidad de las elites domésticas (básicamente urbanas) y de las
compañías extranjeras que poseen tierras ha generado un grave impacto
negativo entre los colectivos pobres tanto de las ciudades como del campo, e
incluso entre las clases medias, resultando en mayor vulnerabilidad y
pobreza. La inflación es importante (casi un 11% según fuentes oficiales,
aunque la población autóctona dice que en realidad es mayor) y el coste de
la comida y otros productos básicos ha aumentado mucho, creando una crisis
simultánea de hambre y malnutrición. Según Boua Chanthou, director de PADEK,
una ONG camboyana que trabaja en desarrollo integrado y comunitario en más
de 500 aldeas pobres de Camboya, “un elemento crucial en la cuestión de la
comida es la tierra, los campesinos camboyanos no son propietarios de
suficientes tierras. Un estudio reciente muestra como el 60% de los
granjeros camboyanos o no son propietarios de tierra alguna o disponen de
menos de media hectárea. ¿Cómo van a poder producir suficiente comida para
alimentarse ellos mismos? Una familia de cinco personas necesita al menos 2
hectáreas de tierra para poder producir suficiente comida. Es necesario que
el gobierno actúe rápidamente para llevar a cabo concesiones sociales de
tierras y redistribuirla a los granjeros”.
El problema pues no es la falta per se de comida, sino la falta de acceso
a la comida y a los medios para producirla, con un rápido aumento del número
de gente que es sistemáticamente desprovista de medios para alimentarse
ellos mismos. Si bien es cierto que mucha de la agricultura de Camboya
(incluyendo la industria pesquera) es de reducida dimensión y vulnerable a
las condiciones climatológicas y al mal tiempo, Camboya es exportadora de
arroz y comida y hasta hace muy poco, era el sexto mayor exportador de arroz
de Asia. Grandes empresas agropecuarias como la Thailand's Charoen Pokphand
(CP) se han establecido en Camboya para producir alimentos para animales y
llevar a cabo actividades de ganadería con cerdos y pollos. Empresas
tailandesas tienen contratos para la producción de arroz camboyano de alta
calidad en la parte occidental del país, mientras que Vietnam compra el de
baja calidad cultivado en la parte oriental. El pescado del Gran Lago de
Camboya, el Tonle Sap, se exporta a los países vecinos así como a los
numerosos restaurantes e instalaciones que sostienen a la industria
turística.
Y aún así, la gente que produce esta comida es pobre y está hambrienta y
malnutrida. Debido a que la producción agrícola no genera suficiente comida
para todo el año, ni les proporciona suficientes ingresos, no disponen del
efectivo para comprar arroz y comida en los mercados rebosantes de ella.
Otra de las fuentes importantes de recursos para las familias de las áreas
rurales son las zonas comunales, como bosques, pantanos, ríos y lagos de los
que obtienen comida y plantas medicinales. Pero la privatización y el cierre
de estos espacios, así como su degradación debida a la sobreexplotación, ha
acabado con el último recurso que les quedaba a las comunidades para obtener
comida y alimento.
Un Atlas de la Seguridad Alimentaria que fue lanzado en febrero de 2008
por el WFP muestra altos niveles de malnutrición y hambre en el país,
especialmente en regiones infestadas de apropiaciones de tierras,
concesiones administrativas para la explotación económica o actividades
industriales extractivas. Entre el top 10 de provincias consideradas con
mayor inseguridad alimentaria se encuentra Siem Riep, hogar de los famosos
templos de la época Angkor y la meca turística de la región del Mekong. Los
habitantes de la provincia dicen que el boom en el sector turístico se ha
convertido en una especie de gigantesca bomba de succión, llevándose los
recursos de las poblaciones locales y dejándolas pobres, hambrientas y
vulnerables.
Según indica Chanthou, "el sistema de libre mercado para exportar arroz
no está beneficiando a los pobres, que no disponen de suficiente dinero para
comprar comida cuando suben los precios. En consecuencia, el gobierno debe
intervenir. Recientemente ha tomado algunas medidas positivas, pero debería
hacer más”.
Crónicas sobre crisis predecibles
Tanto en Timor Oriental como en Camboya, las raíces del hambre, la
malnutrición y la inanición se plantaron mucho tiempo atrás. En el caso de
Timor Oriental, se pueden rastrear hasta el colonialismo portugués y la
imposición de una agricultura de plantaciones allí dónde hubo un sistema
agrícola tradicional y basado en varios tipos de cosechas. Pero lo que vemos
hoy en día en ambos países no son simplemente fantasmas de un distante
pasado colonial. Ha habido importantes (y dramáticos) sucesos durante las
últimas décadas que han consolidado la privación alimentaria entre los
ciudadanos inocentes.
El informe del Committee for Truth and Reconciliation (CAVR) titulado
Chega! documenta cómo las hambrunas fueron introducidas en Timor Oriental en
19977-78 por las fuerzas militares indonesas de ocupación y en el marco de
la lucha contra las fuerzas independentistas timoresas (8). Durante ese
tiempo al menos 80.000 personas murieron de hambre o de enfermedades
relacionadas con ello, al ser para las fuerzas ocupantes más importantes los
objetivos militares que las vidas de la población civil. En el mismo periodo
en Camboya, millones de camboyanos fueron recluidos hasta morir de hambre
por los Jemeres Rojos, en campos de trabajo que eran levantados,
irónicamente, para cosechar arroz para los propios Jemeres Rojos y su mayor
aliado, China. En ambos países, los sistemas agrícolas y alimentarios fueron
militarizados y fracturados, de modo que la comida misma se convirtió en un
arma que fue de hecho utilizada.
Tras las transiciones a la independencia tanto de Camboya como de Timor
Oriental, la situación “postconflicto” en esos países no desembocó en el fin
del hambre para la mayoría de su población. Es cierto que hubo mejoras en
muchos aspectos – sociales, económicos y políticos – pero esas mejoras no
fueron compartidas equitativamente por todos, ni incluyeron la
reconstrucción de la capacidad de las familias y las comunidades de
alimentarse por ellos mismos. Por el contrario, los planes económicos
diseñados por los donantes de ayuda y los prestatarios ponían el acento en
los cultivos industriales en lugar de los alimentarios, y dejaron a los
productores y trabajadores locales a merced de unos mercados en los que no
tenían influencia ni espacio para maniobrar. El Banco Mundial, el FMI y el
Banco Asiático de Desarrollo estuvieron más pendientes de si los mercados de
bienes funcionaban eficientemente y de si se habían creado “ambientes”
adecuados para el sector privado, que no de si la gente tenía bastante para
comer.
Hoy, todas las tendencias globales de alza de precios de los alimentos se
reproducen a escala local en Timor Oriental y en Camboya: el aumento de los
costes del petróleo y otros productos esenciales, la duplicación del precio
de las materias primas, desvío de los cultivos de grano hacia los
biocombustibles o el forraje para ganado, la conversión de tierras agrícolas
en complejos industriales, urbanos o turísticos, el acaparamiento y la
manipulación de la oferta de alimentos por parte de los intermediarios,
beneficio de los especuladores con el comercio de futuros,…etc. Y como en
todo país en vías de desarrollo, el aumento de los precios del arroz, el
trigo, la soja, el maíz y otros alimentos básicos no se han traducido en
mayores ingresos para los pequeños y medianos productores o en una mayor
seguridad alimentaria. Al contrario, son los intermediarios, comerciantes,
especuladores y empresas agropecuarias quienes se están forrando.
Pero incluso cuando los precios mundiales de los alimentos caigan, a no
ser que se lleven a cabo drásticas políticas económicas y agrícolas que
corrijan la situación, la escasez de comida, el hambre y la malnutrición es
improbable que desaparezcan. “Ahora podemos ver los efectos negativos del
libre mercado”, dice Mateus Tilman del Kdadalak Sulimutuk Institute (KSI),
una organización que trabaja para la reforma agraria en Timor Oriental.
Según Tilman y Pereira de HASATIL, resolver los conflictos por las tierras e
invertir en infraestructura rural son pasos críticos que hay que dar si se
quiere abordar el problema de la escasez de alimentos y el hambre. “Nuestro
sueño es tener una reforma agraria comprehensiva que refuerza la posición de
nuestros granjeros. La tierra debe permanecer en manos de los granjeros”
añade Tilman. KSI trabaja conjuntamente con HASATIL, cuyos miembros están
promoviendo la soberanía alimentaria como solución de largo plazo para la
crisis que sufre el país. “Necesitamos plantar más tipos de cosechas
locales, conseguir la independencia alimentaria y reducir la dependencia de
semillas y abonos importados. También debemos promover el conocimiento entre
los granjeros – utilizar y fomentar nuestro propio conocimiento y también
ampliarlo; y debemos proporcionar información a los granjeros sobre el
cambio climático, el comercio internacional y demás cuestiones relacionadas
con ello”.
Lamentablemente, hay pocos de esos visionarios en Camboya. La mayoría de
ONG’s dedicadas al desarrollo se muestran reacias a desafiar a las
estructuras de poder que conforman las elites del país y definen las
políticas económicas que están acelerando la crisis de recursos y tierras y
generando la crisis alimentaria. Sin embargo, las comunidades indígenas de
granjeros y pescadores se están organizando y federando en un intento de
unir sus voces a escala nacional.
Al igual que ocurre en muchos otros sitios, la tragedia en ambos países
no es que no haya suficiente comida, sino que la comida no llega a todos
aquellos que la necesitan. Incluso en estos momentos de escasez de comida,
hay comida disponible en regiones y países vecinos, y si el gobierno
interviene a tiempo se pueden evitar las crisis alimentarias más graves.
Pero como se ha hecho evidente a lo largo de este último año, el mundo puede
alcanzar un nuevo récord en la producción de grano como ya ocurrió en 2007
(2,3 billones de toneladas) y aún así puede que haya gente que se empobrezca
debido a la subida del precio de los alimentos (9). Los enormes beneficios
que en 2007 han registrado las grandes compañías agropecuarias y los
inversores en futuros sobre los alimentos muestran cómo la comida se ha
convertido en una mercancía para la especulación y la obtención de réditos.
Mientras que los gobiernos de los países en vías de desarrollo,
especialmente aquellos que son importadores netos de alimentos, han
finalmente empezado a tomar medidas para proteger sus economías y sus
reservas de alimentos, no está claro que vayan a tener el valor para
apartarse de la ortodoxia económica del libre mercado predicada por el Banco
Mundial y el FMI, y comprometerse a llevar a cabo las drásticas
transformaciones de las políticas económicas y agrícolas que son necesarias
para construir una seguridad alimentaria auténtica y perdurable.
Es imperativo que empecemos a reconstruir la capacidad de nuestras
comunidades y sociedades para alimentarse por ellas mismas. El paradigma
propuesto por la Via Campesina sobre la soberanía alimentaria ofrece la
mejor y más adaptable estrategia para lograr esto. Para Timor Oriental y
Camboya, la soberanía almentaria de la gente puede garantizar que la
independencia, la reconstrucción nacional y la paz encuentren una expresión
perdurable y adecuada a nuestra sociedad.
******
(*)Shalmali Guttal es una activista de Focus on the Global South.
Notas
1. Ver UNMIT Weekly número 42:
http://www.unmit.org/unmisetwebsite.nsf/p9999/$FILE/42.weekly.english.190508.pdf
2. ibid.
3. KBH es el acrónimo de Knua Bua Hatene, una ONG timoresa que
proporciona educación profesional a jóvenes y grupos vulnerables para
ayudarles a encontrar un empleo y mejorar la seguridad alimentaria.
4. East Timor: a Tiny Half Island of “Surplus Humanity”. Ben Moxham, 18
de febrero de 2005.
http://www.counterpunch.org/moxham02182005.html
5. ibid.
6. HASATIL es el acrónimo de Hametin Agricultura Sustentavel Timor
Lorosai, que significa 'Reforzando la Agricultura Sostenible en Timor
Oriental’ en tetum, una de las lenguas oficiales de Timor Oriental.
7. East Timor: a Tiny Half Island of “Surplus Humanity”. Ben Moxham, 18
de febrero de 2005.
http://www.counterpunch.org/moxham02182005.html
8.
http://www.cavr-timorleste.org
9. Making a Killing from Hunger. Against the grain, abril 2008, GRAIN. http://www.grain.org/atg/
www.focusweb.org, 29 mayo 2008.
Traducción para sinpermiso.info: Xavier Fontcuberta Estrada
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