La asombrosa longevidad del
comunismo chino con respecto al ciclo ideológico del siglo XX descansa
en dos pilares básicos: la eficacia económica y la exaltación del
patriotismo.
Por Frédéric Bobin -
Le Monde /
The New York Times Syndicate
China acaba de atravesar una secuencia de crisis sin precedentes desde el
inicio de la era de reformas económicas hace un cuarto de siglo. En pocos
meses, la región meridional de su territorio quedó paralizada por violentas
tempestades de nieve (febrero), las zonas de población tibetana se
sublevaron (marzo) y la provincia de Sichuán fue devastada por un terremoto
que dejó unos 85.000 muertos.
Para una nación que tiene la mirada fija en la fiesta olímpica de verano,
el golpe es muy rudo. No se necesitaba más para que aquí y allá surgieran
las interrogantes -inquietas o regocijadas- sobre la capacidad del Partido
Comunista de China (PCC) para digerir esas sacudidas. ¿Podrían éstas inducir
rupturas que, con el tiempo, socavaran al régimen chino?
Por de pronto, estas interrogantes tienen circunstancias atenuantes: los
mismos dirigentes chinos viven en la ansiedad de perder el "mandato del
cielo" y de ser arrastrados por una revuelta popular, a la imagen de los
ciclos dinásticos que han marcado la historia china desde hace más de dos
mil años.
Pero lo que no ven los agoreros de la caída final es que el reflejo de
supervivencia del régimen lo lleva a una plasticidad inédita en la historia
de los partidos comunistas mundiales. Hoy ya no se puede describir a la
directiva china como una gerontocracia arcaica, obsoleta, doctrinaria,
fosilizada en los dogmas de otros tiempos.
Si bien se mantiene como un partido único y autoritario, que amordaza sin
piedad a sus opositores, el PCC se ha convertido en un aparato reactivo,
pronto a los ajustes, casi a la autocrítica, que explora sin cesar en el
extranjero modelos de eficacia sin ningún tabú. Ha sido esta elasticidad lo
que le ha permitido proyectar a China por el camino del liberalismo
económico, enriqueciendo globalmente al país. Y consolidando de paso su
control político.
Se pueden -¡y se deben!- denunciar las violaciones de los derechos
humanos en China, sin por ello perder la lucidez sobre esta realidad de la
nueva ecuación política china: el PCC ha sabido restablecer su legitimidad a
los ojos de la población. Si no lo hubiera hecho, ya se habría derrumbado.
Contrato social
Su sorprendente longevidad con respecto del ciclo ideológico del siglo XX
no se explica más que parcialmente por su naturaleza represiva. Se la debe
también a su aptitud para establecer un nuevo "contrato social" con la
población. Este contrato se fundamenta en dos pilares.
El primero es la eficacia económica, que ha llevado al PCC a respaldarse
en las capas sociales emergentes urbanas, conectadas por la globalización.
El régimen no ha dejado de halagar a esos nuevos grupos que, si bien se les
sigue prohibiendo el activismo político, se expanden en una esfera privada
cada vez más autónoma.
En cuanto a las capas descuidadas o víctimas de la reforma económica, el
pueblo bajo brutalizado por la codicia de los aparatos locales, tan
tiránicos como corruptos, éstas pueden sublevarse por causas puntuales, pero
sería apresurado atribuirles intenciones revolucionarias. Su combate tiene
en la mira al poder local, no al central, cuyo arbitraje siempre reclama.
La relación no es binaria sino triangular y el régimen de Beijing destaca
en el arte de sancionar a sus pequeños jefes para apaciguar las cóleras del
pueblo. Esto podrá verificarse una vez más cuando el "escándalo de las
escuelas" de Sichuán, cuya incapacidad de resistir el terremoto reveló la
gravedad de la corrupción local, amplíe sus dimensiones en las próximas
semanas.
El segundo pilar de ese nuevo "contrato social" que reafirmó al PCC es el
patriotismo. O el nacionalismo, como se quiera llamar. A raíz del
traumatismo de Tiananmen (1989), que abrió una brecha abismal entre el poder
y la sociedad, el partido rehabilitó deliberadamente las temáticas
nacionales, exaltando la grandeza de la China eterna y jugando al mismo
tiempo la carta de la paranoia de las conspiraciones occidentales.
El cálculo era elaborar una ideología de reemplazo del falleciente
marxismo y encender contrafuegos al "peligro" democrático. Es de fuerza
constatar que la operación tuvo un éxito más allá de toda esperanza. La
población china, y sobre todo su elite económica e intelectual, le agradece
al Partido Comunista haber apadrinado un desarrollo económico que ha vuelto
a poner a China en el mapa mundial.
"Amor y orgullo"
Cuando echan una mirada retrospectiva a una historia reciente bastante
calamitosa, numerosos chinos no ocultan su "orgullo" por el camino
recorrido. El "amor a China" que ahora profesa la juventud china es un grito
del corazón que habría sido impensable hace veinte años, cuando los
estudiantes más bien se afligían por el arcaísmo de su país.
El PCC está confortado por estos nuevos aires. Si bien la crisis tibetana
lo desconcertó en el frente diplomático, ésta tuvo el efecto contrario en el
plano interno: la opinión pública Han, para la cual la pertenencia del
"Techo del Mundo" a China no está a discusión, más bien salió en auxilio del
poder, solidaria ante las críticas de occidente. Con un chauvinismo agresivo
en el caso del Tíbet, ese mismo "amor a China" tomó un giro positivo y
pacífico a raíz del sismo de Sichuán, en la forma de un impulso de
solidaridad excepcional en el seno de la población.
El tiempo es de celebrar a la
"China unida". Es difícil ver cómo estas evoluciones podrían fragilizar al
Partido Comunista. Ciertamente, para éste, el desafío es estar a la altura
de este nuevo civismo, cada vez más exigente. Pues tendrá que vérselas con
fuerzas sociales que de ninguna manera están dispuestas a arrojar al bebé
junto con el agua de la tina, es decir, a descartar al PCC a riesgo de
rescindir el "contrato social" del cual es portador.