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ASIA  

 

Una singular mezcla de autoritarismo y flexibilidad

La reactiva versatilidad del Partido Comunista de China

 
 

(IAR Noticias) 12-Junio-08

La asombrosa longevidad del comunismo chino con respecto al ciclo ideológico del siglo XX descansa en dos pilares básicos: la eficacia económica y la exaltación del patriotismo.

Por Frédéric Bobin -
Le Monde /
The New York Times Syndicate

China acaba de atravesar una secuencia de crisis sin precedentes desde el inicio de la era de reformas económicas hace un cuarto de siglo. En pocos meses, la región meridional de su territorio quedó paralizada por violentas tempestades de nieve (febrero), las zonas de población tibetana se sublevaron (marzo) y la provincia de Sichuán fue devastada por un terremoto que dejó unos 85.000 muertos.

Para una nación que tiene la mirada fija en la fiesta olímpica de verano, el golpe es muy rudo. No se necesitaba más para que aquí y allá surgieran las interrogantes -inquietas o regocijadas- sobre la capacidad del Partido Comunista de China (PCC) para digerir esas sacudidas. ¿Podrían éstas inducir rupturas que, con el tiempo, socavaran al régimen chino?

Por de pronto, estas interrogantes tienen circunstancias atenuantes: los mismos dirigentes chinos viven en la ansiedad de perder el "mandato del cielo" y de ser arrastrados por una revuelta popular, a la imagen de los ciclos dinásticos que han marcado la historia china desde hace más de dos mil años.

Pero lo que no ven los agoreros de la caída final es que el reflejo de supervivencia del régimen lo lleva a una plasticidad inédita en la historia de los partidos comunistas mundiales. Hoy ya no se puede describir a la directiva china como una gerontocracia arcaica, obsoleta, doctrinaria, fosilizada en los dogmas de otros tiempos.

Si bien se mantiene como un partido único y autoritario, que amordaza sin piedad a sus opositores, el PCC se ha convertido en un aparato reactivo, pronto a los ajustes, casi a la autocrítica, que explora sin cesar en el extranjero modelos de eficacia sin ningún tabú. Ha sido esta elasticidad lo que le ha permitido proyectar a China por el camino del liberalismo económico, enriqueciendo globalmente al país. Y consolidando de paso su control político.

Se pueden -¡y se deben!- denunciar las violaciones de los derechos humanos en China, sin por ello perder la lucidez sobre esta realidad de la nueva ecuación política china: el PCC ha sabido restablecer su legitimidad a los ojos de la población. Si no lo hubiera hecho, ya se habría derrumbado.

Contrato social

Su sorprendente longevidad con respecto del ciclo ideológico del siglo XX no se explica más que parcialmente por su naturaleza represiva. Se la debe también a su aptitud para establecer un nuevo "contrato social" con la población. Este contrato se fundamenta en dos pilares.

El primero es la eficacia económica, que ha llevado al PCC a respaldarse en las capas sociales emergentes urbanas, conectadas por la globalización. El régimen no ha dejado de halagar a esos nuevos grupos que, si bien se les sigue prohibiendo el activismo político, se expanden en una esfera privada cada vez más autónoma.

En cuanto a las capas descuidadas o víctimas de la reforma económica, el pueblo bajo brutalizado por la codicia de los aparatos locales, tan tiránicos como corruptos, éstas pueden sublevarse por causas puntuales, pero sería apresurado atribuirles intenciones revolucionarias. Su combate tiene en la mira al poder local, no al central, cuyo arbitraje siempre reclama.

La relación no es binaria sino triangular y el régimen de Beijing destaca en el arte de sancionar a sus pequeños jefes para apaciguar las cóleras del pueblo. Esto podrá verificarse una vez más cuando el "escándalo de las escuelas" de Sichuán, cuya incapacidad de resistir el terremoto reveló la gravedad de la corrupción local, amplíe sus dimensiones en las próximas semanas.

El segundo pilar de ese nuevo "contrato social" que reafirmó al PCC es el patriotismo. O el nacionalismo, como se quiera llamar. A raíz del traumatismo de Tiananmen (1989), que abrió una brecha abismal entre el poder y la sociedad, el partido rehabilitó deliberadamente las temáticas nacionales, exaltando la grandeza de la China eterna y jugando al mismo tiempo la carta de la paranoia de las conspiraciones occidentales.

El cálculo era elaborar una ideología de reemplazo del falleciente marxismo y encender contrafuegos al "peligro" democrático. Es de fuerza constatar que la operación tuvo un éxito más allá de toda esperanza. La población china, y sobre todo su elite económica e intelectual, le agradece al Partido Comunista haber apadrinado un desarrollo económico que ha vuelto a poner a China en el mapa mundial.

"Amor y orgullo"

Cuando echan una mirada retrospectiva a una historia reciente bastante calamitosa, numerosos chinos no ocultan su "orgullo" por el camino recorrido. El "amor a China" que ahora profesa la juventud china es un grito del corazón que habría sido impensable hace veinte años, cuando los estudiantes más bien se afligían por el arcaísmo de su país.

El PCC está confortado por estos nuevos aires. Si bien la crisis tibetana lo desconcertó en el frente diplomático, ésta tuvo el efecto contrario en el plano interno: la opinión pública Han, para la cual la pertenencia del "Techo del Mundo" a China no está a discusión, más bien salió en auxilio del poder, solidaria ante las críticas de occidente. Con un chauvinismo agresivo en el caso del Tíbet, ese mismo "amor a China" tomó un giro positivo y pacífico a raíz del sismo de Sichuán, en la forma de un impulso de solidaridad excepcional en el seno de la población.

El tiempo es de celebrar a la "China unida". Es difícil ver cómo estas evoluciones podrían fragilizar al Partido Comunista. Ciertamente, para éste, el desafío es estar a la altura de este nuevo civismo, cada vez más exigente. Pues tendrá que vérselas con fuerzas sociales que de ninguna manera están dispuestas a arrojar al bebé junto con el agua de la tina, es decir, a descartar al PCC a riesgo de rescindir el "contrato social" del cual es portador.

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