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En la imagen, niños
sentados en la rama de un árbol caído en Yangón, el 5 de mayo de 2008 (Reuters)
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La concentración en los centros de
asistencia de víctimas del ciclón Nargis elevará la presión local
contra la dictadura de Birmania, según el diplomático y activista
uruguayo Ignacio Seré, que en las últimas semanas participó en
tareas de ayuda en ese país asiático.
Entrevista de Marcelo Jelen
- IPS
Seré, quien ha dedicado años de su vida al
desarrollo y apoyo de proyectos humanitarios que suele financiar con
su trabajo como experto en informática, se encontraba en el norte de
Tailandia cuando el ciclón devastó Birmania.
Por sus vínculos con la tailandesa Universidad de Chiang Mai y con
la organización no gubernamental (ONG) local URUTHAI, le propusieron
ingresar en Birmania en momentos en que todas las visas de
extranjeros eran rechazadas.
Su objetivo era explorar la posibilidad de establecer un corredor
humanitario por tierra hacia la ciudad de Thaton, a medio camino
desde la frontera de Tailandia hacia Rangún, la principal ciudad
birmana.
Ese corredor está ahora abierto y es utilizado por muchas
organizaciones humanitarias, que han preferido establecer su base en
Tailandia para evitar saqueos o requisas oficiales o semioficiales
en sus depósitos de material de asistencia.
La dictadura le concedió al activista uruguayo una visa de tres
días. Se le permitió ingresar a áreas recónditas de territorio
birmano, pero con limitaciones en cuanto al contacto con la
población. Además, se le ordenó estar permanentemente en compañía de
un representante del gobierno y de un paramilitar.
Seré ha dirigido proyectos de desactivación de minas antipersonal en
África, y también otros en Asia y en Oceanía, donde casi por
casualidad se encontró con ciclones, tsunamis y golpes de Estado. Su
lugar habitual de residencia es Toulouse, Francia, donde es
vicecónsul de Uruguay.
Seré contestó las preguntas de IPS por correo electrónico.
IPS: --La dictadura birmana aceptó ayuda de la comunidad
internacional tras el ciclón Nargis. ¿Eso implica que admita un
mayor escrutinio externo sobre su proceso político?
Ignacio Seré: --No. Lo que asume es un riesgo de contaminación que
afecte la política de aislamiento. Las ONG serán sometidas a muchos
controles y tendrán dificultades en sus operaciones. En esos
controles, el gobierno va a quedar al descubierto ante ellas y ante
la población.
La junta (dictatorial) realmente necesitará controlar si pretende
mantener su política autista. Evidentemente --es mi experiencia en
África-- cuando una ONG se instala, con sus teléfonos satelitales y
su propia conexión a Internet, no solo para los expatriados sino
también para el personal local, se establece una dinámica de
comunicación que transforma muchas cosas, más allá de los objetivos
específicos del proyecto.
El régimen birmano va a correr riesgos objetivos. Eso explica, entre
otras cosas, que haya prolongado la prisión domiciliaria de la líder
opositora Aung San Suu Kyi, quien cumplirá 63 años el 19 de este
mes.
--¿Qué garantías existen de que la asistencia internacional llegue a
quienes la necesitan?
--¿Garantías? Mmmh… Ninguna o muy relativas. Habrá que ver caso por
caso. El gobierno militar birmano es imprevisible.
Evidentemente, las agencias que dependen de la ONU (Organización de
las Naciones Unidas) tendrán más posibilidades de trabajar con
tranquilidad que las ONG. Para las pequeñas ONG, con poca capacidad
de presión, será muy difícil.
En ese nivel juega un rol importante la coordinación entre
organizaciones y sin duda, como es de uso, habrá procedimientos de
seguridad comunes y una coordinación en la materia.
Las actividades de las milicias paramilitares hacen que el trabajo
en muchas zonas sea de alto riesgo. En el viaje a Thaton pasamos por
tres "check-points" (puestos de control). Dos de ellos eran de
paramilitares.
--¿Qué argumentos usaban los representantes de la dictadura para
justificar las trabas a los extranjeros?
--Hacia fuera, la posición birmana era de controlar y centralizar
todas las actividades, con una presencia en el seno de cada ONG, así
como un control en el uso de fondos y distribución de ayuda.
Ni la ONU ni las ONG podían aceptar esto, dado que hubiera sido, en
los hechos, pasar a formar parte del aparato de propaganda del
Estado, así como admitir el desvío de la ayuda para, por ejemplo,
unidades militares dedicadas a la represión de minorías étnicas en
la frontera norte y este del país.
En lo interno, el gobierno armó un par de "clips" con casos de
tráfico de niños y pedofilia durante el tsunami, allí y en África,
para explicarle a la población por qué el ingreso de extranjeros sin
control del Estado era inadmisible.
--¿Usted participó, en la práctica, en la distribución de la
asistencia?
--No. La idea era explorar las condiciones de acceso y de depósito
seco sobre el terreno, así como asegurarnos lo mejor posible que el
arroz del que disponíamos no sería vendido ni requisado por el
ejército.
Además, el gobierno fue muy específico acerca de las limitaciones de
contacto con la población. En el terreno encontramos indios, chinos
y tailandeses --aceptados por los birmanos-- trabajando, sobre todo,
en los temas de agua y salud. Todos coincidían en que la
distribución al margen del aparato del Estado sería muy difícil.
Entre otras cosas, se impuso a las víctimas del ciclón la obligación
de registrar ante sus autoridades locales toda ayuda recibida, ya
sea en alimentos o en materiales de construcción.
La ONG local con la que hice contacto me confirmó que no tenían
permiso para distribuir materiales fuera de una determinada área, y
que, para llegar más lejos, debían hacerlo a través del brazo
político del gobierno, la Asociación de Solidaridad y Desarrollo de
la Unión (USDA).
--¿La información sobre las consecuencias del ciclón que les
aportaban las autoridades birmanas era fidedigna? IPS tuvo
conocimiento de que, según cálculos de la propia junta, los muertos
pueden haber llegado a 300.000.
--Tengo testimonios de los médicos tailandeses, que pueden moverse
con una cierta facilidad por la región, así como cuentos atroces de
refugiados en el templo de las afueras de Thaton, donde encontré
personas que eran los únicos sobrevivientes de una aldea. En un
caso, eran sólo tres hombres, de un poblado de 200 habitantes.
Sin intervención internacional difícilmente se sabrá exactamente el
número de víctimas. Hablar de 300.000 no es imposible, teniendo en
cuenta que la zona a la que yo tuve acceso no es la de mayor
impacto.
--¿La junta les permitió a los trabajadores de asistencia
extranjeros tener contacto o diálogo directo con la población?
--Los voluntarios asiáticos no tienen mayor problema, pero para mí
fue casi imposible. Hasta para sacar fotos había que pedir las
cámaras, y la mayoría de las veces nos negaron el permiso.
--¿Percibió un mayor grado de adhesión o de oposición a la dictadura
en su último pasaje por Birmania?
--Mi percepción es subjetiva. Encontré más gente dispuesta a hablar.
Y también mucho menos miedo que en 2001. La adhesión a la dictadura
yo creo que nunca existió. La única vez que se permitieron
elecciones bajo este régimen, con presencia de la oposición, el
partido de Aung San Suu Kyi ganó por paliza. Los militares
desconocieron el resultado y ella terminó en la cárcel.
--¿De qué forma cree que puede haber influido el desastre en el
proceso político birmano?
--La reunión de los refugiados en los templos es un elemento
altamente desestabilizador para los militares. Allí la gente habla,
se indigna, busca culpables. Allí son todos víctimas, oficialistas y
opositores.
Sin duda, va a haber una mayor presión sobre el gobierno. La presión
traerá, inevitablemente, represión. Los militares birmanos no son ni
muy originales ni tampoco más inteligentes que otros dictadores en
el resto del mundo.
Y, al final, la gente se cansa de estar sometida a dioses,
salvadores, militares, etcétera. La búsqueda de la libertad es
propia de la naturaleza humana.
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