Creada para indagar las
atrocidades cometidas en el marco del conflicto intercoreano de los años
’50, la Comisión de Verdad y Reconciliación surcoreana ha detectado
decenas de lugares donde las tropas de Seúl llevaron a cabo ejecuciones
masivas sumarias.
International Herald Tribune/Lanacion.cl
Después del estallido de
la guerra de Corea en junio de 1950, Kim Man Sik, un sargento de la policía
militar, recibió un llamado radial urgente del cuerpo de contrainteligencia
del ejército surcoreano: vaya a los puestos locales de policía, tome en
custodia a los sospechosos comunistas allí retenidos y ejecútelos. Kim
obedeció. Y lo que hizo y vio en esos días se clavó para siempre en su
mente.“Estaban todos atados entre sí con alambres de comunicaciones
militares. Por lo que, cuando abrimos fuego, se arrastraban unos a otros
intentando escapar”, dijo Kim, hoy de 81 años de edad. “El alambre cortaba
sus muñecas. Sus ropas blancas se cubrieron de sangre”.
Que la historia de Kim haya emergido después de medio siglo se debe a la
Comisión de Verdad y Reconciliación de Corea del Sur, un organismo concebido
igual que la comisión establecida en Sudáfrica en los ’90 para aclarar las
atrocidades y las injusticias cometidas durante la era del apartheid.
Contrariamente a la agencia sudafricana, la comisión coreana no tiene
facultades para perseguir crímenes u otorgar inmunidad. Comenzó por excavar
sitios por largo tiempo abandonados donde se realizaron ejecuciones masivas
sumarias.
Sus investigadores han descubierto restos de cientos de personas
(incluyendo mujeres y niños) que fueron muertas sin juicio hace más de 50
años. Esperan encontrar a muchos más en los que las familias de las víctimas
llaman los campos de la muerte de Corea.
Se cree que las tropas surcoreanas ejecutaron a decenas de miles de
civiles y prisioneros desarmados mientras se retiraban ante los invasores de
Corea del Norte durante la guerra.
Las víctimas eran a menudo acusadas de ser simpatizantes comunistas y
colaboradores potenciales. Pero las afirmaciones respecto de asesinatos
masivos nunca habían sido plenamente examinadas en la historia oficial de
Corea del Sur hasta que la comisión inició sus trabajos el año pasado por un
mandato del parlamento.
Doloroso trabajo
Desde entonces los investigadores han identificado mil 222 instancias
probables de asesinatos masivos durante la guerra coreana, tras entrevistar
testigos y realizar excavaciones. Los casos incluyen 215 incidentes cuyos
sobrevivientes dicen que aviones y tropas terrestres estadounidenses mataron
a refugiados desarmados.
Pero, años después de la llegada de la democracia y a pesar de dos
gobiernos liberales sucesivos que hicieron de la reconciliación con el Norte
comunista un sello de su política, excavar en la tumultuosa historia
reciente de Corea del Sur sigue siendo una tarea delicada y a menudo
dolorosa. A pesar de que el país se modernizó y es próspero, las viejas
animosidades y las luchas ideológicas siguen resonando.
En julio, los investigadores comenzaron a excavar en 4 de 160 sitios de
entierros masivos, lugares que estuvieron vedados durante las cuatro décadas
de régimen autoritario en el país tras el fin de la guerra en 1953.
Hasta ahora han desenterrado los restos de 400 personas, junto con balas,
cartuchos vacíos y ataduras. Se encontraron esqueletos apilados unos sobre
otros, con orificios de bala en los cráneos y las manos todavía atadas con
alambres de acero oxidados. Los restos confirmaron los relatos de testigos
de que la policía hizo a menudo que las víctimas se arrodillaran al borde de
una zanja, con sus manos atadas tras la espalda, antes de dispararles en las
cabezas y empujarlos al fondo, según Park Sun Joo, profesor de antropología
que encabeza el equipo de excavación.
En una mina de cobalto cerca de Daegu, en el sur del país, los
investigadores han reunido hasta ahora los restos de 240 personas. Esa es
sólo una fracción de los estimados tres mil 500 reclusos carcelarios y
sospechosos comunistas que se cree fueron arrancados de hogares y celdas de
prisión y luego ejecutados y arrojados al pozo de la mina entre julio y
septiembre de 1950.
“Todavía recuerdo a esa pobre gente, cuando las arrastraban cerro arriba
y esperaban su turno ante el pelotón de fusilamiento”, dijo Park Jong Gil,
de 67 años de edad, que presenció ejecuciones similares cerca de Cheongwon,
en julio de 1950. Hasta ahora se han encontrado 110 cuerpos en Cheongwon.
“Creo que mataron allí a siete mil personas”, dijo Park. “Todos los días,
durante siete u ocho días, vio llegar cuatro camiones en la mañana y tres
camiones en la tarde, cargados de gente”.
Atrocidades
Chung Nam Sook, de 80 años, dijo que en diciembre de 1950 soldados de la
XI división del ejército de Corea del Sur irrumpieron en su aldea de
Hampyong, en el suroeste del país, en busca de guerrilleros comunistas. Los
colaboradores de Corea del Norte ya habían huido, pero los soldados
condujeron a los aldeanos que quedaban a un campo.
“Nos dijeron que encendiéramos nuestros cigarrillos. Y luego empezaron a
disparar con sus rifles y metralletas”, dijo Chung. “Después de un rato, un
oficial anunció ‘cualquiera de ustedes que siga vivo, puede levantarse y
regresar a su casa’. Los que lo hicieron fueron de nuevo acribillados”. A
pesar de siete heridas de bala, Chung sobrevivió haciéndose el muerto bajo
un montón de cuerpos. En julio, la comisión calificó la matanza de Hampyong
como un “crimen contra la humanidad” y dijo al Gobierno que pida perdón y
construya un monumento a las víctimas.
Ambos bandos de la guerra fueron acusados de matar a grandes cantidades
de civiles desarmados y de utilizar el terror para obligar a las personas a
ser leales mientras las aldeas y ciudades a través del país caían y volvían
ser recuperadas.
Por ejemplo, la comisión dijo que elementos de la policía surcoreana
disfrazados como una unidad de Corea del Norte entraron a villorrios en Naju
en julio de 1950 y, cuando los pobladores los recibieron con banderas
comunistas, mataron a 97.
Mientras sus poblados cambiaban de mano entre los ejércitos rivales, los
aldeanos que habían perdido a familiares se apresuraban a ajustar cuentas.
Más de 50 años después, las familias todavía conservan resentimientos.
Aunque las atrocidades contra los civiles fueron cometidas por ambos bandos,
aquellos que sufrieron ataques por parte de las fuerzas derechistas
alineadas con Estados Unidos fueron obligados a guardar silencio.
Muchos fueron sujetos a vigilancia policial y considerados como
potenciales amenazas en el crispado ambiente de la guerra fría.
En la férreamente anticomunista Corea del Sur, los hijos de padres
izquierdistas se vieron estigmatizados en las escuelas y los sitios de
trabajo. Contrariamente a Kim, el ex sargento de la policía militar, pocos
veteranos han testimoniado voluntariamente ante la comisión.
Mientras tanto, los aldeanos de mayor edad temen que, si testifican,
podrían reactivarse viejas animosidades entre vecinos o volverse en contra
de ellos si elementos derechistas surcoreanos deciden callarlos.