En París, el éxito parcial de la protesta que logró apagar por un rato la
simbólica llama, que está viajando 137.000 kilómetros hasta la sede de los
Juegos, hizo que el operativo planificado desde hace un año y que incluyó a
más de 3.000 policías orillara el fracaso.
Como consecuencia del impacto de los activistas, que protestan por las
políticas represivas del régimen chino, pero en especial el castigo de las
protestas en Lhasa, Tíbet, de mediados de marzo pasado, varios líderes han
comenzado a tomar distancia de los Juegos en China.
Nicolas Sarkozy, presidente francés, anunció que aún no ha decidido viajar a
Beijing para la ceremonia inaugural, y el primer ministro de Australia, Kevin
Rudd, ya dijo que no estará presente cuando la llama pase por su país, el
próximo en el itinerario.
Este es el costado de pesadilla para el régimen chino que ha pensado en esta
versión de los Juegos Olímpicos como la confirmación de que el país tiene
pleno estatus internacional de potencia de primer orden, al igual que Estados
Unidos o la Unión Europea. Una ausencia múltiple de líderes mundiales sería
el primer resultado negativo del emprendimiento propagandístico.
Hay más de una vuelta de tuerca en este posible futuro de descontento. De
acuerdo con lo que los propios funcionarios de la seguridad china dicen, su
principal preocupación no son los posibles ataques violentos a los Juegos,
opción que se considera improbable (los expertos occidentales coinciden con
esta apreciación).
El fantasma más temido es el de los suicidas que puedan inmolarse ante el
ojo público. La autoinmolación mediante el fuego es una antigua
herramienta de protesta en China y en el sudeste asiático en general. Dos de
los posibles focos de activismo contra los Juegos, la oposición tibetana y los
miembros del culto Falun Gong —duramente reprimido por el gobierno— tienen
este método extremo entre sus herramientas.
Los budistas lo usaron con eficiencia propagandística en Vietnam a partir de
un monje que se inmoló allí en junio de 1963 para protestar por las
limitaciones a esa religión que imponía el gobierno. En China se han
registrado episodios similares en 2001, 2003, 2004 y 2006. Los actos
individuales de sacrificio extremo son aún más difíciles de detectar
previamente que los trabajos colectivos de células, aseguran los expertos.
Esta forma de oposición suele convocar la atención internacional, poner en
alto nivel de evidencia las razones del suicida y despertar mucho menos
condena pública, porque no ocasionan daño a inocentes. Es la clase de ícono
del que aborrece Beijing en instancias de escrutinio internacional, como ésta
de los Juegos.
Quizás ayude a explicar algunos cambios de importancia en las tácticas de las
fuerzas represivas. Si antes la vigilancia era producida por agentes que
procuraban permanecer ocultos a los ojos de la sociedad, ahora el régimen
chino organiza el envío de mensajes masivos a celulares recordando las
inconveniencias de "no respetar la ley". En resumen, otra de las formas de
omnipresencia que imaginara George Orwell en 1984.