Las revueltas de la población tibetana, duramente reprimidas por el
Gobierno chino, encuentran rasgos parecidos a los de otras reivindicaciones y
resistencias nacionales.
Por Oscar Raúl Cardoso - Clarín
En un reciente ensayo
--"Nosotros y Ellos. El perdurable ppoder del
nacionalismo étnico" en Foreign Affairs-- el historiador estadounidense Jerry Z. Muller no duda en vaticinar que ese nacionalismo calza tan bien en
"las más perdurables propensiones del espíritu humano" que será frontera de
conflicto en el futuro previsible y por mucho más tiempo del que estamos
preparados para aceptar.
Muller cree que es un error seguir aferrado a la fantasía globalizadora según
la cual hay en marcha un proceso de masificación inevitable de la raza humana.
En síntesis, comprar la misma marca de remera o beber la misma gaseosa en
cualquier punto del planeta no nos hará indistingibles uno de otro y que, más
aun, pocos de nosotros querrá serlo. Cualquiera sea el propósito que sirvamos,
no estamos en la vida para hacerle las cosas más fáciles a los gerentes de
producción y de comercialización.
Es interesante notar aquí que bastante antes de que comenzara la ola gigante
de la globalización comunicacional, Hannah Arendt tuvo una cierta epifanía de
lo que estaba por venir y escribió, en 1959, "por primera vez en la historia
todos los pueblos de la tierra tienen un futuro común (...) Cada país se ha
convertido en el vecino inmediato de todo otro país y cada hombre siente
el golpe de hechos que suceden en el otro extremo del globo".
Pero la brillante pensadora que era vio también las luces rojas que encendía
esta nueva "unidad del mundo", porque podía transformarse en un hecho negativo
si no renunciábamos a "la autoridad rígida y a la validez universal que el
pasado y la tradición siempre reclaman para sí".
Esto se podría hacer aun cuando no renunciáramos a nuestra tradición y a
nuestro pasado nacional, pero si el proceso no se completaba el pronóstico
era el conflicto inevitable.
En las pasadas semanas hemos tenido una violenta exposición del enfrentamiento
de la población del Tibet ocupado territorialmente por la República Popular
China desde 1951, que reivindica el territorio como propio y también en Europa
el proceso de independencia casi artificial de Kosovo. Dos ejemplos donde
aquel nacionalismo étnico esta presente.
Pero es el caso tibetano el más rico en rasgos definitorios y por momentos
hasta contradictorios. Para aproximarse al fenómeno hay que atravesar el
cordón de superficialidad mediática y que suele reducir todo a una vocación
independentista tibetana que, sin duda, existe pero que quizá sea menos
extensa que lo que la información sugiere y en todo caso no es sino uno de
los componentes del problema.
Primero conviene despejar el detonante para el alzamiento de civiles y monjes
budistas que tiene que ver con la oportunidad. La proximidad de las Olimpíadas
en China --una ocasión que Pekín quiere aprovechar para exhibir su estatus de
gran potencia moderna-- le ofreció al descontento tibetano una ventana de
oportunidad para poner otra vez en el centro de la atención pública
mundial sus reclamos que suelen tener mayor audiencia interesada que otros
emprendimientos chinos de dudosa calidad como sus relaciones con Sudán.
Los chinos terminaron lidiando esta vez con la más fea; las balas de sus
fuerzas de represión terminaron hallando demasiados blancos inocentes algo que
no pudieron cubrir con la propaganda de la "brutalidad" de los desafectos
--que
tampoco se apartaron de la violencia-- en ciudades como Lhasa donde el incendio
se enseñoreó durante días.
Es llamativo que ni la voz del Dalai Lama --jefe espiritual de 6.000.000
de tibetanos que es el líder en exilio-- puesta como siempre del lado de la no
violencia logró calmar ánimos. Este monje de sonrisa bonachona y de risa casi
infantil incluso amagó con renunciar al Gobierno en el exilio que preside como
incómodo huésped para la India.
Es llamativo porque la norma aceptada es que el Dalai Lama --número 14 en una
sucesión de jefes elegidos por el cielo-- cuenta con una adhesión blindada de
su gente que cualquier líder, occidental u oriental, no puede sino envidiar.
Sin embargo en esta ocasión la palabra del monje septuagenario fue --sino
ignorada desoída-- como si un sector de los tibetanos hubiese decidido
renovarle la veneración pero sin atribuirle un poder monolítico en
cuestiones terrenales después de medio siglo de vivir forzosamente en el
exterior.
El Dalai Lama es un hombre al que no es fácil entender.
Desde hace mucho ha sugerido que su investidura no tiene el origen divino que
se le atribuye, que ciertos postulados de la filosofía budista han caducado y
deberían abandonarse y hasta ha reducido su pedido a Pekín para que lo
autorice a regresar al Tibet contra la promesa de abandonar todo proyecto
independentista.
El Dalai Lama se siente cómodo repartiendo frases simples del deber ser --no a
la violencia, sí al bien-- entre líderes de estado y artistas de Hollywood
(entre los que es un eterno favorito), dando conferencias, vendiendo su
vehículo de 1966 a través de Internet (le reportó 85 mil dólares) y hasta
protagonizando un comercial televisivo para Apple. Pico Iyer, un periodista
que acaba de publicar una biografía del Dalai Lama ("Ruta Abierta, la vida
del 14ø Dalai Lama") admite que sus problemas de comunicación y sus maneras
infantiles lo presentan como "una bombita de luz que no es la más potente
del cuarto".
Sin embargo Iyer dice también que ha sabido ser puente entre un antiguo mundo
aislado y la modernidad, y comprende como ninguno la advertencia de Arendt.
Claro, todo no está a su alcance como evitar el impulso de resistencia de la
etnia tibetana al plan de desfiguración de la etnia china Huan, hoy la que
maneja el poder en el Tibet.