La evidente tendencia al autoritarismo que viene demostrando desde 2006, que
culminó con la declaración del estado de emergencia el 4 de noviembre de 2007,
es frecuentemente vista como una simple demostración de fuerza, aunque también
se puede ver como un último esfuerzo para contrarrestar y esconder las
debilidades del sistema de poder.
El asesinato de la líder del Partido del Pueblo de Pakistán (PPP), Benazir
Bhutto, puede haber abierto un nuevo capítulo en la sensación de inestabilidad
que actualmente acucia al país, y podría convertirse en el acontecimiento
definitivo para inclinar la balanza contra su oponente político, el Presidente
Musharraf. Un creciente número de pakistaníes está finalmente comenzando a
atribuirle las múltiplas crisis que han afectado al país en el pasado reciente.
Los países occidentales, por su parte, han considerado al ejército y a su
líder como los únicos capaces de contener el riesgo de expansión de la violencia
islámica en Pakistán. El apoyo les ha sido concedido con la condición de que se
comprometan a cooperar en la guerra contra el terrorismo y de asegurar que las
áreas tribales que limitan con Afganistán no se conviertan en refugios de los
Talibán u otros terroristas islámicos.
Sin embargo, el ejército pakistaní ha conseguido poco en términos de
estabilización y seguridad en esas zonas. El principal fundamento para el apoyo
occidental, por tanto, parece ser cada vez más inválido.
En este artículo reproducido a continuación, Marco Mezzera
(*) analiza los
varios retos a los que se enfrenta el líder del país.
Subiendo puestos en el Índice de Estados fallidos
Aun teniendo en cuenta todas las precauciones necesarias al hablar de
cuantificaciones de procesos sociales, sigue resultando interesante analizar la
trayectoria de Pakistán dentro del llamado Índice de Estados Fallidos (FSI, por
sus siglas en inglés) que el Fondo por la Paz y la revista Foreign Policy
publican desde el año 2005. Si bien la puntuación total de Pakistán en 2005
situaba al país en un cómodo puesto 34º del ranking global (justo al otro lado
de la zona roja marcada por las puntuaciones de 90 y superiores), en 2006, la
situación cambió drásticamente.
Ese año, el país dio un enorme salto hacia "adelante" hasta el puesto 9º del
Índice. Según los autores del FSI, "el terremoto de octubre de 2005... [fue] el
factor decisivo para el importante salto de Pakistán"(1.),
pues éste ocasionó fuertes presiones demográficas y grandes desplazamientos
internos. Sin embargo, los autores admiten que otro indicador social (el llamado
"Group Grievance" o "paranoia de grupo") también jugó un papel significativo en
la creciente inestabilidad del país. Más concretamente, se habla de "los
enfrentamientos entre las fuerzas de seguridad del Gobierno y los militantes en
Baluchistán y la Provincia Fronteriza del Noroeste, [y] la cada vez mayor
desavenencia entre el Gobierno del general Pervez Musharraf y el poderoso
aparato de seguridad pakistaní y los líderes religiosos".
El año 2007 trajo consigo una ligera mejoría en la evaluación global del país,
reflejada en un descenso de tres puntos en la puntuación total y una posición
inferior en el Índice (pasando de la 9ª a la 12ª). No obstante, esta mejoría fue
mínima, por no decir irrelevante, y el país siguió peligrosamente cerca de los
primeros puestos de una lista cuyo objetivo principal es identificar a los
Estados más vulnerables "a [sufrir] conflictos internos violentos y el deterioro
de la sociedad"; o, en otras palabras, al fracaso del Estado.
El resultado fue algo inesperado, dado que se esperaba que la recuperación
progresiva del terremoto, que había sido en parte posible gracias a la
importante intervención de la comunidad internacional, supusiera también la
recuperación de los indicadores que habían quedado más perjudicados tras el
desastre, cercanos a los niveles de 2005. Si bien el descenso fue menor de lo
esperado, otros indicadores socioeconómicos y políticos, estrechamente
relacionados con la legitimidad del Estado, la competencia política interna y el
posicionamiento del aparato de seguridad en el amplio espectro de la
gobernabilidad, mostraron señales claras y preocupantes de degeneración e
inestabilidad. Concretamente, las ya citadas desavenencias entre el poderoso
ejército y su líder supremo, por un lado, y las autoridades e instituciones
religiosas, por otro, continuaron agravándose, a causa, principalmente, del
controvertido apoyo del general Musharraf a la guerra contra el terrorismo
liderada por Estados Unidos y sus ramificaciones de carácter represivo en
Pakistán.
Asimismo, las medidas adoptadas por el Gobierno contra los grupos y las escuelas
sospechosos de extremismo islámico parecen haber desatado las tensiones con uno
de los patrocinadores tradicionales de estos grupos, los servicios de
inteligencia pakistaníes (Inter-Services Intelligence Agency, ISI). Al parecer,
el mismo enfoque estricto sobre cuestiones de seguridad interna alienó aún más
la legitimidad del Gobierno y su aceptación en las zonas fronterizas con
Afganistán, que habían disfrutado tradicionalmente de un nivel considerable de
autonomía del Estado y que ahora se habían convertido en el blanco de una
creciente militarización, sin los beneficios positivos de una mayor atención por
parte del Estado central(2.). En general, las
tendencias cada vez más autoritarias y militaristas del jefe del Estado Mayor y
jefe del Estado pusieron claramente en marcha un proceso contrario de
democratización que avanzaría aún más en 2007 y se caracterizaría por una serie
de hechos traumáticos.
El agravamiento de la crisis de legitimidad
Las principales tendencias de inestabilidad observadas en 2006
parecieron continuar en 2007, y aunque todavía no se han incluido en la
actualización del FSI, es probable que la clasificación de Pakistán haya vuelto
a empeorar. Por ejemplo, la escalada de tensión vivida en enero entre el
Gobierno y la Mezquita Roja de Islamabad, centro religioso en el corazón de la
capital, justo al lado de los principales edificios gubernamentales y militares,
y a la que se acusó de promover una rama radical del Islam. Tras meses de
acalorados intercambios de palabras y un endurecimiento de ambas posturas,
finalmente a principios de julio de 2007, la confrontación degeneró primero en
un asedio armado y, más tarde, en una intervención que terminó con las fuerzas
de seguridad pakistaníes haciéndose con el control absoluto de la mezquita, a
costa de más de 100 bajas. El enfrentamiento de carácter militar entre el
Gobierno y los clérigos y estudiantes de la mezquita fue otro síntoma de las
políticas cada vez menos populares del general Musharraf, especialmente en
relación con su apoyo a la guerra contra el terrorismo liderada por Estados
Unidos.
Mientras se desarrollaba el drama de la Mezquita Roja, otro hecho importante
trastornó el orden artificial que el jefe del Estado trataba de imponer en el
país. A pesar de no ser especialmente conocido por su independencia de la
manipulación externa, el poder judicial de repente vio en la figura del Juez
Iftikhar Mohammed Chaudhry un contrapeso al hasta entonces indiscutible poder
del Presidente y de su aparato militar aliado. No obstante, la lucha por
contener los poderes excepcionales de Musharraf duró poco, pues el Presidente
acabó por suspender del cargo al Juez en el mes de marzo. Sin embargo, la ola de
protestas que suscitó la medida, sobre todo teniendo en cuenta el hecho de que
se originó principalmente dentro de un sector, el de los abogados, que apenas
podía ser acusado de posturas extremistas, erosionó aún más la legitimidad del
Gobierno. Asimismo, aumentó la presión internacional para que se produjera una
auténtica implementación de los principios democráticos, aunque ésta no tardó en
chocar con los intereses opuestos derivados del apoyo a la legitimidad política
del general Musharraf como defensor de la lucha contra los islamistas en el país
y en el vecino Afganistán.
Durante el período siguiente, continuó la lucha de poder entre el poder
judicial, representado por el Tribunal Supremo, y el ejecutivo, que culminó,
finalmente, en la declaración por parte del general Musharraf del estado de
emergencia en el mes de noviembre. Si bien el pretexto empleado para justificar
una medida tan extrema fue la necesidad de frenar las crecientes amenazas a la
estabilidad, procedentes de los terroristas islámicos tanto nacionales como
internacionales, era obvio que todas las dudas sobre la constitucionalidad de su
doble función como jefe del Estado y del Ejército, así como sobre la legalidad
de su re-elección en octubre por otros cinco años, fueron despejadas de forma
muy eficaz. Al mismo tiempo, o bien porque era consciente del creciente vacío
político a su alrededor, o más probablemente, con el fin de controlar más de
cerca a una oposición política cada vez más fuerte, trató también de acorralar a
sus dos principales rivales políticos: Nawaz Sharif y Benazir Bhutto. Llama la
atención el hecho de que mientras que el primero fue expulsado del país a las
pocas horas de llegar, a pesar de la decisión adoptada en agosto por el Tribunal
Supremo que le permitía regresar del exilio, la segunda sí consiguió permanecer
en suelo pakistaní. Los rumores que circulaban sobre un posible acuerdo de
reparto del poder a puerta cerrada entre Bhutto y el General, para poder así
competir en las próximas elecciones generales, quedaron silenciados tras el
primer intento de asesinato de la candidata en Karachi en el mes de octubre,
donde murieron más de 140 seguidores de su partido.
Desde entonces, y hasta su asesinato el 27 de diciembre de 2007, Benazir Bhutto
fue bastante franca sobre su convicción de que los principales sospechosos se
encontraban entre los actores estatales nacionales y no entre los talibanes o
Al-Qaeda. Incluso a día de hoy, cuando todas las pruebas parecen incriminar a
Baitullah Mehsud, principal jefe de los talibanes en Waziristán del sur, sigue
sin conocerse toda la dinámica del ataque y lo que sucedió inmediatamente
después. A pesar de todas las dudas razonables que surgen en relación con este
suceso, parece muy claro que actualmente se está desviando toda la atención
hacia la necesidad de abordar la mayor amenaza al país: el constante
reavivamiento y el creciente arraigamiento de los talibanes en las zonas
tribales en la frontera con Afganistán. Por su parte, el peculiar cambio de
enfoque, pasando de "la tradicional amenaza externa del vecino del este, India,
a una campaña de contrainsurgencia frente a la amenaza interna de los
militantes" en las zonas tribales del oeste de Pakistán, también ha sido
bienvenido por Estados Unidos, tal como indicaba el jefe del Comando Central del
ejército norteamericano en sus últimas recomendaciones. En este sentido, la
espiral de violencia de los últimos meses, en otras palabras, "el aumento en el
número de militantes en el valle de Swat, el asesinato de la antigua Primera
Ministra Benazir Bhutto y el asedio a la Mezquita Roja de Islamabad" se acercan
convenientemente a la frontera occidental.(3.)
¿Está perdiendo fuerza Musharraf?
La evidente tendencia de Pervez Musharraf hacia el autoritarismo desde
2006, que culminó con la declaración del estado de emergencia el 4 de noviembre
de 2007, suele verse como una mera demostración de fuerza, pero también podría
considerarse como el último intento de contrarrestar y esconder las crecientes
flaquezas del sistema de poder. En este sentido, el asesinato de la presidenta
del Partido Popular de Pakistán (PPP), Benazir Bhutto, podría haber abierto un
nuevo capítulo en la creciente atmósfera de inestabilidad que vive el país,
convirtiéndose en el hecho final que inclinaría la balanza contra su principal
oponente político, el presidente Musharraf. Cada vez son más los pakistaníes que
lo asocian con las múltiples crisis que han venido afectando al país en los
últimos tiempos. Además de estos problemas de legitimidad y estabilidad, ya
discutidos anteriormente en este artículo, surgen inexorablemente nuevas
cuestiones, que están empezando a plantear serios desafíos a la capacidad de
Musharraf para gestionar los asuntos de Estado.
Por ejemplo, la escasez de energía y alimentos que ha azotado el país en los
últimos dos meses. Si bien el Gobierno no ha tardado en apuntar al acaparamiento
de suministros y al contrabando como causas del problema, su estrategia para
corregir la situación no ha sido muy bien recibida. Honrando a sus propios
orígenes militares, el general Musharraf ha decidido desplegar las fuerzas
paramilitares para monitorear la cadena de suministro de trigo en los almacenes
y los centros de producción. Pero tal como señaló un comentarista político
local, "para Musharraf, el ejército parece ser la panacea de todos los males,
cuando claramente su amplia participación en la esfera civil ha originado
insuperables problemas de seguridad e inestabilidad política, que plantean un
desafío a la integridad del Estado"(4.).
Asimismo, la vacilante provisión de bienes y servicios básicos, como alimentos y
energía, ha agravado aún más la crisis de legitimidad del Estado en los
territorios en los que el ejército pakistaní ha estado llevando a cabo
operaciones contra los militantes. Por tanto, no debería resultar sorprendente
que los habitantes del valle de Swat al norte, por ejemplo, ya hayan anunciado
que boicotearán las elecciones generales del 18 de febrero si el Gobierno no les
proporciona suficiente energía para sus hogares. Este caso en concreto es
igualmente interesante porque pone de relieve la estrecha relación existente
entre la legitimidad política y la eficacia del Estado con relación a la
prestación de servicios.
Finalmente, la escasez de energía también ha empezado a dejar su huella en el
funcionamiento general de la economía pakistaní. La actual falta de fiabilidad
del suministro de energía al sector industrial (principalmente, las fábricas de
algodón y textiles) ya ha obligado a muchas de ellas a cerrar sus puertas. Tan
solo en la provincia de Punjab, han echado el cierre hasta 300 plantas textiles
en los últimos meses. Este impacto en los negocios privados también ha tenido,
obviamente, repercusiones negativas en los ingresos del Estado. Si se realiza
una comparación a lo largo de un período de un año, el cobro de impuestos ha
bajado drásticamente, cerca de un 83% entre diciembre de 2006 y el mismo mes del
año 2007. El crecimiento constante del PIB, entre el 6% y el 8%, en el último
par de años ha sido, probablemente, uno de los factores más importantes a la
hora de corregir las tendencias negativas de la fragilidad del Estado en
Pakistán. Ahora que la economía nacional también parece adentrarse en un período
de inestabilidad, incluso este último bastión de estabilidad podría desaparecer,
con todas las desastrosas consecuencias que ello tendría para el país.
Así, la supervivencia política de Musharraf parece pender de un hilo, pues cada
vez más se le asocia con todos los problemas que afligen el país, y por tanto su
salida del poder se percibe como la solución más inmediata a los mismos. Dada su
aparente incapacidad o falta de voluntad para arreglárselas democráticamente con
la cada vez más deteriorada situación interna, así como para diseñar un conjunto
sustancial de reformas políticas y económicas, la cuestión principal en este
momento consiste en las posibilidades de éxito de un enfoque militar. Musharraf
parece inclinarse por una manera más dura de afrontar las diversas cuestiones
que amenazan su posición y legitimidad, pero ¿será esto sostenible a largo
plazo? Y, ¿no surgirán finalmente otros actores dentro del aparato de seguridad
que decidirán sacarlo del poder por haberse convertido en más bien un incordio
que una herramienta útil para el sistema actual?
¿Un aparato de seguridad cohesivo?
En su intento por mantenerse en el poder, Musharraf no le ha hecho un
gran favor a la democracia. Todo lo contrario. Su cambio de dirección hacia
medidas autoritarias ha "alejado a todas las fuerzas liberales, seculares y
modernas de Pakistán, con la excepción de algunos empresarios y su propia
comunidad" de refugiados indios establecida en la provincia de Sindh. Para poder
mantener las riendas de forma efectiva sobre las aspiraciones de independencia
de algunos sectores del poder judicial, suspender la Constitución, silenciar los
medios de comunicación hostiles, y resistir a la oposición política que cada vez
deja oír más su voz, no le ha quedado otro remedio que confiar en el apoyo del
"ejército, distintos políticos feudales y algunos fundamentalistas amigos"(5.).
Las fuerzas armadas, en concreto, siguen siendo la apuesta más segura para la
supervivencia política de Musharraf. Un complejo proceso de integración e
intercambio de favores recíprocos entre el Presidente y el ejército, que se puso
en marcha tras el golpe de 1999, ha dado lugar a un sistema de gobernabilidad en
el que este último ejerce un amplio control sobre el Estado pakistaní y su
economía. Por ejemplo, los generales retirados han ocupado regularmente puestos
de autoridad clave dentro del Gobierno y las empresas nacionales. "Los intereses
empresariales del ejército ahora van desde la banca y los seguros, al cemento y
los abonos, pasando por la electricidad y el azúcar"(6).
Aparentemente, este sistema de recompensas a cambio de lealtad ha llegado
también hasta los oficiales y soldados de menor rango. La promesa por cinco años
de servicio suelen ser puestos de trabajo, otras oportunidades y recompensas,
tales como tierras.
No obstante, parece cada vez más obvio que en este preciso momento político,
Musharraf necesita al ejército más que el ejército lo necesita a él. De
convertirse en un incordio también a ojos de aliados internacionales clave, como
Estados Unidos, no habría que excluir la posibilidad de que se produjeran
levantamientos repentinos dentro de las fuerzas armadas y, eventualmente, dentro
del Gobierno. En este sentido, Musharraf tendrá que saber jugar muy bien sus
cartas para apaciguar, por un lado, los intereses de Estados Unidos en la guerra
contra el terrorismo y, por otro, la probable susceptibilidad de sectores de las
fuerzas de seguridad que, a lo largo de los años, han establecido relaciones
estables con los militantes islámicos de las provincias fronterizas.
La unión de intereses y propósitos entre la élite pakistaní liderada por los
militares y las fuerzas islámicas data de los tiempos de la partición de 1947.
La religión se utilizó entonces para justificar su separación de India, dominada
por los hindúes, y poco después el Islam se convertiría en una herramienta útil
en manos de la élite gobernante civil y militar de Pakistán. En casa, el Islam
se utilizaba "para invitar y recompensar al clero de todas las sectas musulmanas
a mantener a raya a los partidos políticos democráticos seculares. Desde el
punto de vista internacional, el Gobierno pakistaní exhibió sus credenciales
islámicas para demostrar su lealtad a la causa anti-comunista"(7).
La convergencia de intereses conservadores había tenido lugar conforme a un
patrón que es aún claramente reconocible en el Pakistán actual. El partido
político de Musharraf, la Liga Musulmana de Pakistán (Q), y el sistema militar
en su conjunto, siguen buscando alianzas políticas con los partidos islámicos
(algunos de ellos abiertamente pro-talibanes) con el fin de resistir a los
desafíos a su poder por parte de los partidos más seculares, como el PPP. Como
consecuencia de esta alianza regresiva, los partidos religiosos ganaron las
elecciones y se convirtieron en el principal socio de coalición en la Provincia
Fronteriza del Noroeste y en Balochistán, respectivamente - dos provincias en
las que la "talibanización" ha hecho estragos y donde Pakistán comparte frontera
con Afganistán.
Al mismo tiempo, el Gobierno ha estado promocionando una nueva clase de Islam
moderado para ganarse una posición legítima dentro de la guerra internacional
contra el terrorismo islamista. También ha tratado cuidadosamente de mantener
por lo menos la apariencia de una democracia formal. Sin embargo, la creciente
presión por parte de Estados Unidos para que las loables declaraciones de
intenciones vayan seguidas de las acciones adecuadas ha, de cierta forma,
trastocado el equilibrio de poder que existía entre el Gobierno central y las
provincias fronterizas. Los límites evidentes de una serie de acuerdos de paz
con las zonas tribales llevó finalmente al Gobierno central a ordenar una enorme
operación militar, en la que se desplegaron ochenta mil tropas pakistaníes en
las zonas del norte y sur de Waziristán. Pero la solución militar tampoco
funcionó. Al contrario, el conflicto en estas áreas se ha hecho "cada vez más
impopular entre las fuerzas armadas pakistaníes, que son el núcleo de apoyo a
Musharraf, y que sienten estar luchando contra sus propios compatriotas bajo la
presión de Estados Unidos" (8). La escalada de este
conflicto interno presenta, por tanto, peligros potenciales para la
fragmentación del aparato de seguridad, especialmente si se tiene en cuenta el
hecho de que los pashtunes son el segundo grupo étnico más numeroso entre las
tropas pakistaníes. El audaz equilibrio impuesto por Musharraf entre los
intereses internos y la presión internacional podría llegar a un punto de
colisión que lo despojaría de su tradicional base de apoyo.
Asimismo, la presión cada vez mayor de Estados Unidos para perseguir a los
talibanes y otros grupos terroristas que operan en suelo pakistaní, podría
alejar a los elementos más nacionalistas de las fuerzas armadas. De hecho, "[se
dice que] los oficiales, sobre todo en los niveles medios e inferiores, que, en
general, aprecian la imagen machista y fuerte [de Musharraf], están descontentos
cuando lo ven inclinarse ante la presión extranjera".(9)
Asimismo, dentro del ejército crece la desconfianza sobre la sostenibilidad de
las relaciones entre Estados Unidos y Pakistán. Muchos creen que Estados Unidos
abandonará Pakistán una vez alcance sus objetivos en Afganistán.
Una de las agencias de seguridad que, tradicionalmente, ha sido más susceptible
a alegaciones de apoyo a los extremistas islámicos de la región (principalmente,
en Afganistán y Cachemira) es la conocida ISI. En el pasado, ha habido diversas
alegaciones con relación a su autonomía frente al resto del aparato de
seguridad. Y dado el reciente endurecimiento de la postura del Gobierno hacia
los talibanes y sus seguidores en las zonas tribales de Pakistán, han surgido
varias dudas sobre su lealtad al Presidente. No obstante, según algunos
expertos, Musharraf aún "ejerce un control firme sobre su agencia de
inteligencia". Por otro lado, "con un personal declarado de 10.000 miembros, la
ISI es apenas monolítica" y muchos de sus "agentes tienen vínculos étnicos y
culturales con los insurgentes afganos, y naturalmente, simpatizan con ellos"(10).
Una agenda contradictoria para Occidente
En un oportuno intento por mejorar su decreciente popularidad en el
extranjero, Musharraf se embarcó a finales de enero de 2008, en una
contraofensiva diplomática por toda Europa, con la que ha tratado de proponer
una agenda contradictoria. Mientras que, por un lado, profesaba su compromiso
para con la transición democrática que se inauguraría con las próximas
elecciones generales; por el otro lado, también confirmaba su lealtad a la
guerra global contra el terrorismo. Desafortunadamente, Musharraf ha utilizado
la segunda promesa en demasiadas ocasiones en los últimos años para justificar
toda clase de políticas represivas.
La declaración del estado de emergencia en noviembre de 2007 es tan solo uno de
los últimos ejemplos más reveladores de tales medidas. Desde el inicio de su
intervención en Afganistán, los países occidentales han visto al ejército
pakistaní y a su líder como los únicos actores capaces de contener el riesgo de
una expansión de la violencia islamista a Pakistán. Se les ha proporcionado
apoyo bajo la condición de su compromiso de cooperar en la guerra contra el
terrorismo y asegurar que las zonas tribales fronterizas con Afganistán no se
conviertan en santuarios para los talibanes y otros terroristas islámicos que
entran y salen del país. Como hemos visto anteriormente, el ejército pakistaní
no ha tenido muchos logros en cuanto a la estabilización y seguridad de estas
zonas. Todo lo contrario: el enfoque militar ha alienado cada vez más a la
población local y, probablemente, ha incluso re-encendido las viejas divisiones
étnicas y políticas entre las tierras tribales semi-autónomas y el resto del
país.
Por lo tanto, la principal razón del apoyo occidental a Musharraf parece ir
perdiendo su significado. Aun más, si consideramos el hecho de que la primera
fuerza detrás de la creación de una supuesta amenaza islámica en Pakistán ha
sido el propio ejército. Tal estrategia, como hemos visto anteriormente, fue
concebida con el fin de consolidar el control del poder por parte del ejército.
Por ello, son las propias fuerzas armadas y su posición destacada en la sociedad
las que plantean la mayor amenaza a la estabilidad de Pakistán. Así, si
Occidente está realmente interesado en evitar que el Estado fracase en Pakistán,
debería considerar formas de abordar este factor desestabilizador. Uno de los
objetivos debería de ser la rigurosa desmilitarización de la vida política de
Pakistán, con múltiples centros de poder anunciando una nueva transición
democrática que no se limitaría simplemente a la celebración de elecciones.