Todo parece indicar que los dos mayores partidos políticos son los ganadores de las
elecciones legislativas. Aunque el escrutinio aún no ha terminado se puede
determinar que el Partido del Pueblo de Paquistán (PPP) de la asesinada ex
primera ministro Benazir Bhutto se perfila como el vencedor. El segundo lugar lo
ocuparía la Liga Musulmana de Pakistán del también ex primer ministro, Nawaz
Sharif. Le sigue a gran distancia, la agrupación política del Presidente Pervez
Musharraf, la Liga Musulmana de Pakistán Qaid-e-Azam.(1)
Posiblemente no emerja un triunfador claro entre los tres partidos
principales, y todo parece indicar que el presidente Pervez Musharraf no ha
logrado la legitimación que ha buscado en el último año, con el apoyo masivo de
Estados Unidos, para permanecer en el poder.
Incesable estabilidad
La inestabilidad política ha acompañado a
Pakistán en sus seis décadas desde
que fue creado como Estado, con una sucesión de golpes de Estado, asesinatos,
corrupción y rupturas entre los sectores civiles y los militares, entre el
secularismo y el islamismo, y entre el poder central y las etnias que dominan
diferentes provincias.
La conexión entre Pakistán y Afganistán, la pugna con India por Cachemira,
las divisiones étnicas y el crecimiento del Islam radical han situado a este
país como uno de los centros de la crisis global. "Paquistán, decía hace pocos
días un artículo en The Times of India, potencia nuclear y refugio de
terroristas se ha convertido en un problema para la región y para el mundo
entero".
Desconfianza general
El asesinato de la ex primera ministra Bhutto ha acentuado esta percepción de
gigantesco Estado frágil, que el presidente Musharaff quiere borrar con las
elecciones. De hecho, si no se hubiesen celebrado la oposición habría
interpretado que había una conexión entre la muerte de Benazir Bhutto y la
prolongación de la dictadura militar. Pero el proceso electoral se lleva a cabo
en un profundo clima de desconfianza y acusaciones de fraude. El resultado
posible es que nadie gane suficientes votos y pocos tengan confianza en el
futuro gobierno. Algunos analistas políticos tratan de ver este resultado como
una posible solución: un gobierno de coalición que saque al país del
estancamiento violento. Pero la mayor parte tiene una profunda desconfianza.
Las razones para desconfiar no son pocas. En 2007 presidente Musharaff, hasta
hace pocos meses líder de las fuerzas armadas, modificó la Constitución a su
medida, disolvió la Corte Suprema cuando le puso obstáculos para presentarse a
las elecciones, persiguió a la oposición, no garantizó la seguridad de Bhutto y
tomó por asalto violentamente una Escuela Islámica (Madrassa) desde la que los
islamistas radicales le desafiaron durante semanas. Además, el centralismo
contra las etnias y provincias, el uso de la tortura y la intimidación, el
encarcelamiento sin juicio a miembros de la oposición son prácticas cotidianas.
Estas medidas enlazan con el poder que tienen las fuerzas armadas,
especialmente el servicio de inteligencia, desde hace décadas: controlan
sectores claves de la economía y un poderoso servicio de inteligencia. Una parte
de estas fuerzas de seguridad apoyan a los islamistas radicales que controlan la
Provincia de la Frontera del Noroeste y desde donde operan en Afganistán.
Igualmente, el Área Federal de Administración Tribal, en el Oeste del país está
controlada por los Talibán de Pakistán. Las fuerzas armadas, o una parte de
ellas, también han dado apoyo a los movimientos islamistas que han operado
militarmente en Cachemira o realizado atentados dentro de la India.
Los grandes problemas
El país tiene tres grandes problemas. Primero, la crisis política. Segundo, el
déficit económico y la falta de inversiones que agudizan una situación de
pobreza y exclusión de amplios sectores de la población. Tercero, la falta de
seguridad, especialmente en la zona noroeste. Los partidos que se disputan el
poder carecen de planes concretos para esos problemas.
El Partido Popular de Pakistán, que ahora lidera el corrupto viudo de
Benazir Bhutto, funciona como una mafia jerárquica. La Liga Musulmana de
Pakistán-Q es el partido del Presidente, creado para que logre reciclarse del
poder militar al civil. Y la Liga Musulmana de Pakistan-N, del ex primer
ministro Nawaz Sharif, tampoco tienes sistemas y formas democráticas internas.
Una sociedad civil cada vez más activa, a la vez, mira con desconfianza a estos
partidos. De todos modos, la política en Pakistán es fundamentalmente local, y
se basa en negociaciones y acuerdos entre líderes regionales.
En el supuesto de que el partido de Mushararraf se hubiera alzado con la
victoria sería acusado de fraude. Un problema muy grave y que podría tener
implicaciones étnicas. La élite militar y política pertenece desde 1947 al grupo
de los Pendjabis, que representan el 45% de la población, y que es visto como
opresor por el resto de las identidades. Si no gana, como parece haber sido el
caso, habrá posiblemente un gobierno de coalición, con los militares actuando de
árbitros.
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(*)Mariano Aguirre dirige el área de paz, seguridad y derechos humanos de FRIDE.
(1) 22 -febrero Resultados escrutiño: El PPP y el MPL-N obtuvieron mayoría de 154 escaños
para la nueva Asamblea Nacional de 272 escaños, 88 el primero y 66 el segundo,
relegando a la ex gobernante Liga Musulmana de Paquistán Q (PML-Q) y su aliado
Movimiento Muttahida Qaumi (MQM), que entre los dos ganaron 48.