Las mesas del Flower Street Café están vacías pese a su agradable estufa en
un Kabul nevado. Desde el atentado contra el hotel Serena en enero, la capital
afgana no es la misma. El terrorista suicida se llevó consigo, además de ocho
vidas, la relativa confianza con la que se movían por la ciudad diplomáticos y
cooperantes. Desde entonces, Kabul lucha contra el miedo.
Si el miedo se impone habrán ganado quienes desean abortar el proceso de
modernización de Afganistán. El martes, sin ir más lejos, lograron el primer éxito
con el cierre sin fecha de la Embajada de Noruega por "amenazas terroristas". Su
ministro de Exteriores, Jonas Gahr Store, se encontraba con una delegación en el
hotel Serena el día del ataque y una de las víctimas mortales fue un periodista
noruego que seguía la visita. Pero, más allá del efecto del atentado, Al Qaeda
ha señalado directamente a ese país en dos ocasiones recientes por su despliegue
en Afganistán y su presencia previa en Irak. Además, un documento del Ministerio
del Interior afgano del pasado 20 de enero incluía la legación noruega y el
Serena entre 15 objetivos potenciales en la capital.
"Los enemigos planean lanzar una serie de ataques suicidas, explosiones y
actividades dañinas en Kabul; con ese propósito, su primer plan es atacar
algunas de las infraestructuras más vulnerables de la ciudad", asegura el texto
filtrado a la prensa. La amenaza es consistente con la nueva estrategia de los
talibanes quienes, según su portavoz, han puesto en el punto de mira a los
civiles y quieren llevar su caos a los sitios donde se reúnen los extranjeros.
Un comunicado firmado por el clérigo Omar, líder del movimiento talibán,
explicaba que su objetivo "sólo es expulsar a las tropas extranjeras de
Afganistán". El temor se acrecienta ante los entre 80 y 90 suicidas durmientes
que, según fuentes diplomáticas europeas, los servicios secretos han detectado
en la capital.
Así que tras anunciar el pasado viernes que aumenta de 500 a 700 los soldados
que tiene asignados a la ISAF (la Fuerza Internacional de Asistencia a la
Seguridad), el Gobierno de Oslo ha sentido el peligro. Todo el personal de su
embajada ha sido evacuado a un lugar seguro que nadie en la comunidad
diplomática quiere identificar, probablemente la base de ISAF en Kabul.
El Serena, por su parte, ha reforzado su seguridad tanto interior como
exterior. Además de los policías del portón de acceso y de los guardias de
seguridad en la entrada al vestíbulo, varios agentes patrullan sus alrededores.
Todo es insuficiente para devolverle la aureola de oasis de tranquilidad que
proyectaba sobre los expatriados en una ciudad que, a pesar de las mejoras,
sigue siendo un villorrio polvoriento.
En seguida, los responsables de seguridad de la ONU prohibieron las salidas
en Kabul a los funcionarios. La medida, imitada por varias ONG, priva de la
mayoría de su clientela a los pocos restaurantes bautizados como
"internacionales" por el solo hecho de servir alcohol. "Están todos vacíos",
comenta un joven diplomático de un país nórdico que recién llegado a Kabul se ha
dedicado a recorrer la escasa oferta local. "Si esto sigue así no creo que
tarden mucho en cerrar", añade.
L'Atmosphère, uno de los más populares por su comida, su servicio y su
piscina de verano, ya lo ha hecho, lo que significa que sus camareros, ayudantes
de cocina, limpiadores y guardias de seguridad, se quedan sin empleo. Poco
consuela que vaya a reabrir dentro del recinto ISAF, una posibilidad que, junto
a los rumores de establecer una Zona Verde, al estilo de Bagdad, confirma el
fracaso de la comunidad internacional.
"Y Kabul está mejor que las provincias", asegura un afgano en la zona
comercial de Shahr-i Now, donde a pesar de las bajas temperaturas, el trasiego
de compradores o simples curiosos continúa. Las tiendas de música y películas se
han integrado en el paisaje junto a un moderno supermercado, el Hamidi, y una
enorme sucursal del paquistaní Habib Bank.
La misma sensación de normalidad junto al castillo de Bila Hissar donde, al
sol del mediodía, los chavales juegan al fútbol. "Son supervivientes", afirma el
diplomático antes citado, a quien le preocupa que la comunidad internacional
haya caído en la trampa de los terroristas. "Cuando tras el ataque al Serena, un
portavoz de la ONU dijo que si hay otro atentado similar se retiran, está
entrando en su juego", lamenta. De vuelta en el Flower Street Café, Mohamed
Amín, un profesional que comprende el miedo de los expatriados, asegura que "si
las fuerzas extranjeras se van, el actual Gobierno no dura ni un día".
El martes fue secuestrado el embajador paquistaní en Afganistán, Tariq Azizudin,
poco después de cruzar en coche el legendario paso fronterizo de Khyber, el que
utilizó Alejandro Magno. El diplomático venía de la boda de su hijo en Pakistán
y se dirigía a Kabul.
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