Pero todo lo que Venansia
Habimana, una mujer desplazada de la parte norte de la provincia de Kivu,
tenía que decir era que anhelaba que su gobierno trajera la paz. Que eso era
lo que se les había prometido durante la mencionada campaña, y que quería
retornar a su hogar.
“Estando aquí echas de menos tu vida normal, pero todos necesitamos
ponernos a salvo”, decía Habimana a una única periodista blanca en una
estructura de madera cuadrada no mayor que un aseo portátil cubierta con las
lonas blancas y azules de Naciones Unidas. Habimana habló con la periodista
en 2007, antes de que se produjera la reciente oleada de nuevos cientos de
miles de personas obligadas a escapar.
Sin hogar y sin ingresos, la gente vive de mala manera en los
campamentos. Hay poco espacio, la dieta es escasa y no hay forma de
encontrar algún trabajo o alguna ocupación para cada día. Los IDP no son
bienvenidos en las comunidades circundantes donde intentan reconstruir sus
vidas. Se les rechaza ante el temor de que ocupen los pocos trabajos
disponibles y, lo más deprimente de todo, se ven obligados a pagar
cantidades desorbitadas para poder enterrar a los amigos y familiares que
mueren en el campo.
Teniendo en cuenta el aumento de las hostilidades –y el permanente estado
de guerra que ha devastado las vidas de millones de congoleños tan sólo en
los últimos dos años- es probable que Habimana se halle ya en la lista de
los muertos anónimos y olvidados.
Safari Majune era un representante de los IDP elegido por ellos mismos.
Dijo que aunque la gente anhelaba regresar a su propia tierra, el mayor
problema era que no había suficiente comida para todos en el campo. Hambre y
desnutrición, junto con malaria y tuberculosis provocan altas tasas de
mortalidad. Más de mil personas mueren a diario en el Congo Oriental desde
hace ya una década y sólo en el norte de la región de Kivu hay ya alrededor
de un millón de desplazados.
Majune es uno de los muchos que en 2007 estuvo durante un año en un campo
para IDP, y otro ser humano que probablemente acabará convirtiéndose en una
estadística sin valor de la larga y sangrienta guerra del Congo.
Ese campo estaba en Rutshuru, justo fuera de la “zona de seguridad”
diseñada por la Misión de Observadores de Naciones Unidas en el Congo (MONUC).
En 2007, había unos 4.250 niños, hombres y mujeres en uno de los campos.
Vivían en cabañas de hoja de platanero que parecían pequeñas tiendas
marrones de acampada.
Con los IDP abarrotando y arañando las lonas de Naciones Unidas para ver
a la “mazungu” blanca, esperando hablar con ella o conseguir algo de comida
o dinero, Habimana le contó su historia. Era una historia demasiado familiar
toda ella para las mujeres IDP del Congo Oriental. Una semana antes había
ido caminando hasta su pueblo, cerca de la frontera con Uganda, a unos 24
kilómetros.
“Había estado buscando comida y me encontré con unos soldados que me
atraparon”, dijo. “Eran cuatro pero sólo dos de ellos me violaron”.
Habimana afirmó que sus atacantes eran tropas gubernamentales, las
fuerzas armadas de la República Democrática del Congo, llamadas FARDC.
Después de algún tiempo, dijo, consiguió recuperarse y caminó hasta la
carretera donde la gente la encontró y la ayudó a regresar al campamento.
Una vez que llegó, otras personas la ayudaron a reunir algún dinero para
pagar un taxi-motocicleta hasta el hospital. Allí le dieron medicamentos e
instrucciones para que regresara después de haber tomado las medicinas para
hacerse una serie de pruebas a fin de detectar posibles enfermedades
infecciosas como el SIDA. Cuando habló conmigo aún estaba tomando la
medicación y me contó que le preocupaba que los soldados que la violaron la
hubieran infectado.
El campo en Rutshuru era uno de los tres que había en un radio de 15
kilómetros, según Bruno Matsundo, director del Centro de Intervención,
Promoción Social y Participación Asociada, una ONG sin ánimo de lucro,
encargada de coordinar los tres campos.
Todo el mundo en el área de Rutshuru y en la principal ciudad fronteriza
con Rwanda, llamada Goma, habla del derecho a tener un hogar, una tierra y
–lo más importante de todo- un país estable donde vivir.
Los últimos informes dicen que la inseguridad ha alcanzado cotas
indescriptibles. La mayor parte de la gente del campo y de los IDP de esta
región de Rutshuru ha afluido recientemente hacia Goma, caminando a pie,
cargando con lo que pueden. Mientras tanto, la anterior “zona de seguridad”,
que la MONUC había delimitado, ha acabado por desintegrarse.
Las fuerzas de la India de Naciones Unidas que se encuentran dentro de
Goma están haciendo muy poco para impedir los asesinatos y saqueos que se
suceden en la ciudad. Los cohetes de los rebeldes ruandeses destruyeron el
26 de septiembre dos vehículos blindados de la MONUC, hiriendo a varios
cascos azules. Se dice que la MONUC ha abandonado completamente la región y
el recientemente nombrado comandante de dichas fuerzas –el Teniente General
Vicente Díaz de Villegas y Herreria, de España- dimitió tras sólo tres
semanas en su puesto.
El infierno en la tierra
Para la gente que ya no vive allí, el Congo Oriental es un lugar casi
inaccesible y, según opinión de muchos, menos aconsejable aún vivir en él.
La mayoría de los periodistas internacionales describen Goma como el
“infierno en la tierra”.
Se podría integrar a la gente que logra llegar a Goma en cuatro
categorías principales:
Primera, los ricos empresarios y los tipos de la organización de la ayuda
que van y vienen una y otra vez, desde y hacia Europa y América, entre las
grandes empresas de negocios situadas en capitales como Kinshasa (República
Democrática del Congo), Nairobi (Kenia), Kampala (Uganda) y Kigali (Ruanda).
Los empresarios están implicados en los negocios de minerales, aviación,
madera, petróleo, armamento y otros productos del comercio internacional.
Segunda, los pobres, gente desplazada que va caminando por las peligrosas
y densas selvas de Uganda, Burundi o Ruanda, escapando de la inseguridad o
de la pobreza.
En tercer lugar, están los que buscan un sello en un pasaporte, esos
turistas occidentales que se jactan en los cafés y albergues para viajeros
en Kigali y Kampala de cómo cruzaron la frontera y pasaron una tarde en el
“Corazón de las tinieblas”.
Por último, tenemos a los periodistas y a los activistas por los derechos
humanos que charlan con la gente local y tratan de encontrar las barrigas
más hinchadas para hacer la correspondiente foto oportunista.
Goma es la “capital” oriental de la República Democrática del Congo y
supone un cambio drástico desde la ciudad turística fronteriza de Gisenyi,
en la frontera con Ruanda. Después de la erupción volcánica en 2002, la
ciudad está negra y sucia y todo está cubierto de roca volcánica, excepto
los grandes hoteles, restaurantes y casas de apátridas en la costa del Lago
Kivu. La ceniza cubrió la mayor parte de los edificios de la ciudad. Algunos
fueron salvados pero el segundo piso original es ahora el primero, asentado
en el suelo de rocas carbonizadas por donde la lava ardiente estuvo fluyendo
a través de las casas.
Goma se encuentra en la provincia del Norte de Kivu y está intensamente
patrullada por las fuerzas de la MONUC con sus jeep y vehículos de
transporte blindados (APCs, por sus siglas en inglés) cargados de
metralletas. Un antiguo edificio colonial se levanta en el centro de la
ciudad como hospital de la MONUC. Una vez pasado el hospital nos topamos con
la vida diaria que vive la mayor parte de la gente en la ciudad. Hay altos
muros, rematados por alambradas de espino y sacos terrores en lo alto de
cada esquina. Un cañón de fusil asoma por entre los montones de sacos
terreros y un sombrero de camuflaje aparece por encima; sólo se le permite
la entrada al personal de la MONUC.
Los tanques de Naciones Unidas patrullan hoy por Goma debido a la
reciente ofensiva militar con la que los rebeldes, apoyados por los
ruandeses, amenazaron con tomar la ciudad. La gente local está muy a
disgusto con las fuerzas de Naciones Unidas –y preocupados ante la mínima
protección que les ofrecen los cascos azules- y han protestado repetidamente
lanzando piedras a los seguros complejos de Naciones y a los APC.
Debido a la geografía y a la economía de la zona, todo lo que ocurre en
las provincias de la frontera oriental del Norte de Kivu, Oriental y Sur de
Kivu influye directamente sobre la República Democrática del Congo (RDC).
Están llenas de milicias, minerales, trabajadores de la ayuda internacional,
profesionales de la conservación de la vida salvaje y refugiados muertos de
hambre.
A quien quiera que se le pregunte, el principal problema para la RDC es
el mismo; demasiadas injerencias de demasiados países extranjeros. Todos
tienen artillería pesada y muy poca preocupación por la gente que intenta
vivir allí. Aunque todos están de acuerdo en el problema, cada uno culpa al
otro y nadie asume responsabilidad alguna. Los muy bien pagados
profesionales extranjeros no quieren decir nada oficialmente, pero todos
admiten las obvias contradicciones.
Los actores principales son Ruanda, Uganda, la MONUC y las Naciones
Unidas (con sus innumerables socios internacionales), y las organizaciones
humanitarias europeas y norteamericanas. Pero no resulta tan fácil señalar a
alguno de ellos. Todos están entrelazados con los grupos de milicias
étnicamente exacerbados y con las grandes empresas de EEUU, Europa y China.
Vital Katembo es un profesional congoleño de la conservación y personaje
socialmente destacado que vivió durante años en Goma y ha trabajado para el
Programa para el Desarrollo de Naciones Unidas y, hasta hace muy poco, para
el Instituto Congoleño para la Conservación de la Naturaleza (ICCN). Katembo
conoce a todos los que tu puedas necesitar conocer si quieres abrirte paso
entre el continuo maremagnum de conspiraciones y, lo que es más
importante, si quieres mantenerte con vida. Apunta hacia Ruanda y hacia las
organizaciones de ayuda humanitaria como responsables del conflicto perpetuo
en la RDC, especialmente en el este, rico en minerales.
“He visto intervenciones humanitarias masivas. No puedo decir que han
hecho mucho o estén haciendo mucho. Es difícil definir quién decide su
agenda”, argumenta Katembo. Katembo ha visto a muchos de los grupos de
ayuda, de derechos humanos y humanitarios ir y venir de la RDC y del antiguo
Zaire, a través de muchas transiciones políticas y siempre al servicio de
cada nuevo hombre en el poder.
Señala que muchas de las organizaciones llevan aquí ya quince años y
cuando menos cuestiona su eficacia, preguntándose cómo es que todavía pueden
seguir repartiendo ayuda de emergencia. Para él, el razonamiento es de pura
lógica: “El caos les permite también mantener sus empleos y [las
organizaciones de ayuda humanitaria] harán cuanto puedan para seguirlos
conservando. Son los maestros del caos. Nunca he visto valoración alguna de
lo logrado”, resume.
Vital Katembo ofreció este punto de vista en Goma en 2007, pero poco
después fue despedido del ICCN, amenazado, obligado a huir para salvar la
vida y a esconderse después de haber denunciado abiertamente a las
organizaciones humanitarias internacionales que actúan en el Congo Oriental.
La ayuda humanitaria en las provincias del Congo Oriental es un pulpo
cuyos tentáculos se extienden por todas partes. La Oficina de Naciones
Unidas para la Coordinación de Asuntos Humanitarios (OCHA, por sus siglas en
inglés) sirve para “movilizar y coordinar una acción humanitaria efectiva y
de principios en colaboración con los actores nacionales e internacionales”.
Esto es lo que dicen sus metas e ideales en su sede en Goma, que aparecen
colgados frente a una pared con buzones.
Nestor Yombo-Djema, Alto Oficial de Enlace, explicó que OCHA coordina a
126 organizaciones, incluyendo 10 agencias de Naciones Unidas y 50 ONG
internacionales, y decenas de donantes y ONG nacionales y estatales. OCHA
también trabaja con donantes y funcionarios gubernamentales congoleños.
Incluso con toda esa infraestructura de ayuda humanitaria, la pobreza, la
desnutrición y los abusos a los derechos humanitarios campan por sus
fueros, por no mencionar el permanente estado de guerra y los millones
de personas desplazadas, la mitad de las cuales se encuentran en el Norte de
Kivu, según el Plan de Acción Humanitaria de OCHA para 2007. Y eso es lo que
había antes de las oleadas de combates que desplazaron a otras 143.000
personas en octubre de 2007 y a los cientos de miles de nuevos desplazados
en 2008.
A mediados de octubre de 2007, de 500.000 a 1,2 millones de seres estaban
internamente desplazados en el Congo Oriental; más 33.000 desplazados
congoleños recientes escapando del norte de Kivu el 25 de octubre. El
ejército ugandés ha ocupado a la fuerza parte de la provincia de Oriental,
mientras una milicia, sobre la que hay fuertes sospechas de que está apoyada
por Ruanda, está luchando con las tropas FARDC en el Norte de Kivu. El 25 de
octubre del año pasado, el Secretario General Ban Ki-Moon emitió un
comunicado de “profunda preocupación”, citando “el surgimiento de la
violencia sexual y el incremento del número de civiles obligados a
desarraigarse a causa de los combates”.
Un año después, y con cientos de miles de personas asesinadas, las cosas
sólo podían ir a peor.
Sólo para 2007, el presupuesto de la OCHA era de 686.591.107 de dólares
USA, “aproximadamente la misma cantidad que para 2006”, con una infusión de
40 millones de dólares anunciada por la MONUC en octubre de 2007. El
presupuesto final de 2008 para el Programa Mundial de Alimentos en la RDC
era de 426.878.043 dólares, con el 56% de todos los recursos alimentarios
dedicados al Norte de Kivu.
Desarrollando incompetencia
Kingasani es una ciudad situada justo al noroeste de Goma, en la
provincia de Oriental. Es allí donde Jean Dupont (nombre cambiado para
proteger su carrera como asesor internacional) trabajó desde 2003 a 2005. En
aquella época, y durante once meses, trabajó para Chemonics International
Inc, una compañía estadounidense que ayuda a los donantes a definir y
poner programas en marcha; el mayor cliente de Chemonics, cuando él
estaba con ellos, era USAID [Agencia de Ayuda Humanitaria del gobierno de
EEUU].
Dupont habla acerca de su experiencia con Chemonics como un baño
de realidad de lo que es realmente el trabajo humanitario. “Antes de ir,
piensas: la gente da 100$ y se siente feliz de que esos cien dólares vayan a
parar a alguien, en alguna parte. Pero no es así como sucede”.
Dupont arroja alguna luz sobre la causa de que tantas organizaciones
humanitarias en la RDC –y lo mismo sucede en casi toda Africa- no lleguen a
desarrollar más que incompetencia, despilfarro y muy poco beneficio.
Entiende que es posible que África sea pobre, pero no es barata. Se
espera que se pague bien a los trabajadores y a las compañías si es que
hacen bien las cosas. La constante realidad de gente –local y de fuera-
metiendo el dinero en sus propios bolsillos es otro de los elementos a tener
en cuenta.
Pero en muchas situaciones donde el dinero no está fuertemente
controlado, como sucede con la opulenta USAID, la mayor dificultad existente
es la ineficaz e inapropiada programación.
El trabajo humanitario se ha metido a sí mismo en una trampa, explica
Dupont. “Nos vimos forzados a realiza proyectos cutres para mostrar que
estábamos gastando dinero”, dice. Gastar dinero para conseguir más dinero,
financiar asignaciones en general y las políticas subyacentes fueron los
problemas que Dupont experimentó y presenció en el sector humanitario en la
RDC.
Menciona un gran proyecto con USAID en octubre de 2004. La idea era
rehabilitar una residencia de estudiantes en Kisangani, asignándosele a
USAID el proyecto tras los levantamientos estudiantiles y las protestas
políticamente motivadas. Había un partido político utilizando a los
estudiantes para presionar al otro, como Dupont señala. Dice que construir
una residencia decente para los estudiantes era la forma que tenia USAID de
intervenir en las acciones políticas.
“Mis colegas y yo intentábamos indicarles… que comprar a los estudiantes…
no era el mejor de los métodos”, relata Dupont. “Lo que USAID proponía no
era bueno, pero tuvimos que decir que sí porque al fin y al cabo se trataba
de su dinero”.
Los planes para la construcción funcionaron como se había planeado.
Dupont todavía piensa en por qué los estudiantes estuvieron de acuerdo en
convertirse en instrumentos del partido, pero las respuestas a preguntas
como ésa no sirven nunca para levantar el ánimo. “Si lo hubiera sabido,
hubiera sido posible hacer algo”, dice suspirando. Eso habría sido trabajo
humanitario de verdad.
“No obstante, hay algunas cosas buenas”, trata de tranquilizar Dupont.
“No todo es malo”.
Menciona un proyecto ferroviario en el que trabajó con USAID y muchas
otras organizaciones, incluyendo a las Naciones Unidas, en 2004. Dupont
explica que fue un proyecto local fabuloso para rehabilitar 137 kilómetros
de vías férreas e infraestructuras entre dos ciudades importantes a través
de la selva.
Dupont dice que cuando las organizaciones internacionales se implican, la
gente que ha estado trabajando a cambio de nada durante muchos años se
siente feliz de estar reconstruyendo un medio de transporte y llevando un
salario a casa.
“La gente estaba trabajando realmente para desarrollar algo”, pero el
entusiasmo de Dupont se agota cuando admite que el proyecto seguía siendo
muy político. Relata cómo el gobernador de la zona y el Embajador belga
hicieron una inauguración ceremoniosa del nuevo ferrocarril; días después
los participantes auténticos cortaron la cinta sin ningún equipo de cámaras
delante.
La rehabilitación del ferrocarril fue uno de los 26 proyectos que Dupont
hizo con Chemonics y fue uno de los muy pocos donde se sintió bien
con lo que estaba haciendo. De la mayoría dice: “Los proyectos no eran lo
que yo quería hacer como profesional humanitario”.
El Presidente de la Sociedad Civil del Norte de Kivu, Thomas d’Aquin
Muiti, se reía cuando relacionaba toda una lista de iniciativas
internacionales totalmente ineficaces, por decirlo de forma suave.
“Hay ONG que vienen aquí con proyectos preconcebidos que no responden a
nuestros problemas. Una ONG vino y construyó casas para pigmeos y los
pigmeos no entraron en las casas. Dormían contra las paredes en el
exterior”, se ríe Muiti. “Las ONG traen bicicletas y los congoleños las
venden rápidamente porque no responden a sus necesidades”.
Muiti subraya también que hay ONG internacionales que no trabajan
pensando en la duración de las cosas: llegan, ponen en marcha un proyecto y
se van. Nadie se hace responsable, “la capacidad de construir” es el eslogan
más reciente que la mayor parte de las organizaciones utilizan para vender
propuestas y conseguir subvenciones.
Las ONG locales también tienen problemas, asegura. O carecen de
financiación o son incapaces de administrarla. Muchos proyectos y
organizaciones se desarrollan una vez que el cheque llega y poca cosa sucede
después excepto la apertura y agotamiento de una cuenta en el banco.
HEAL Africa
es un ejemplo de ayuda humanitaria que está funcionando bien. HEAL Africa
fue desarrollada por Jo y Lynn Lucy, un cirujano ortopédico congoleño y una
administradora británica de proyectos que lleva viviendo en la RDC desde
hace 36 años.
Empezando como “DOCS”, una iniciativa de formación médica y quirúrgica en
1995, HEAL Africa se expandió pronto y se implicó con la sanidad comunitaria
y social tanto como así como con la física.
Una de sus mayores proyectos es la cirugía de las fístulas, un
procedimiento de restauración para las mujeres que repara desgarros y
agujeros de la pared vaginal, de la vejiga o del útero. Los síntomas
consisten principalmente en la incapacidad para controlar los escapes de
orina o de bilis, situación que provoca el ostracismo comunitario.
La causa de esos daños es normalmente una de de estas dos: partos en
duras condiciones o un encuentro sexual violento y traumático,
principalmente violaciones. Cuando la cirugía se convirtió en una
especialidad de la misión expansiva de HEAL Africa, el 80% de los casos eran
consecuencia de violación y la mayoría de las mismas se deben a los muchos
ejércitos que hay actuando en el Congo Oriental.
De alguna manera, las mujeres habían sido expulsadas de sus comunidades
pero, afortunadamente, pudieron llegar a alguna instalación de HEAL Africa.
En 2002 se realizaron alrededor de 1.000 cirugías y en 2007 había unas 120
mujeres esperando su turno. El principal hospital en Goma está desbordado.
Hay tiendas de emergencia provisionales del ACNUR atestadas de mujeres. Al
otro lado de la calle hay todo un complejo con dos edificios de una sola
planta repletos de mujeres que ya han sido operadas y que se recuperan o
esperan para una segunda intervención en los casos más graves.
También hay un complejo de apartamentos fuera de la ciudad lleno de
mujeres ya operadas que no pueden volver a sus comunidades por miedo al
estigma social o a causa de la inseguridad de la situación.
Las operaciones de fístula realizadas en HEAL Africa son todo un éxito,
no sólo por los meros números sino debido también al buen enfoque que tienen
sus actuaciones. Se da consejo a las mujeres, se las forma para trabajar y
se les da un pequeño apoyo económico antes de que se vayan.
HEAL Africa es uno de los pocos triunfos en la desbordada marea de la
ayuda humanitaria ineficaz y fracasada.
Ahora eres ruandés
Hay mucha gente que se queja de que las grandes ONG internacionales no
hacen sino perpetuar la ingenuidad de los programas hechos de forma
apresurada, sin estudios previos y mal desarrollados frente a ONG más
pequeñas que por lo general tienen menos recursos con los que trabajar. Como
la escala es mucho mayor, las consecuencias son mucho más graves.
A lo largo de la orilla del lago de Goma se encuentra el complejo de la
Iniciativa de Naciones Unidas para el Desarme, Desmovilización,
Repatriación, Reinstalación y Reinserción (DDRRR). Está montado exactamente
igual que una base del ejército, con soldados con una toalla encima
caminando por allí y afeitándose la barba. Directamente a la derecha, a
través de las puertas de seguridad, hay un grupo de tiendas donde transcurre
todo. La DDRRR ha sido un enorme proyecto con la finalidad de desarmar y
reintegrar a los soldados.
“Esto es como un hotel de tránsito”, explica Ramone, el oficial
responsable que pide que no se utilice su nombre completo. “Aquí somos como
una especie de taxi en una zona difícil, en una atmósfera políticamente
sensible”.
Dice que las llamadas se producen normalmente por la noche o en día de
mercado, cuando a los soldados les resulta más fácil escapar. Un pequeño
equipo salta a un vehículo blindado y va a recoger a alguien que ha
desertado de su milicia. El proyecto responde a la alta tasa de secuestros
de hombres y muchachos para llevarles a realizar trabajos forzosos y
combatir con grupos rebeldes; tienen que tratar sobre todo con niños
soldados.
“Tenemos que ocuparnos de violaciones asesinatos, robos, casas quemadas.
¿Ha visto la película Blood Diamond, la parte en que cogen al niño
casi al final?, pregunta Ramone. Pues a eso es a lo que nos dedicamos”.
Cada martes y viernes, todos los desertores y fugitivos son llevados al
lado ruandés de la frontera para 6-8 semanas de entrenamiento, “donde todos
esos ‘rebeldes’ se convierten oficialmente de nuevo en ruandeses”, se burla
Ramone.
Habla honestamente y sin rodeos de propaganda promocional para Ruanda y
las Naciones Unidas, con las que la DDRRR está comprometida, mediante
folletos, entrevistas filmadas y la red de radio de Naciones Unidas, Radio
Okapi.
Pero Ramone bromea sobre el asunto principal. Muchas veces esos
‘rebeldes’, que son puestos bajo entrenamiento de la DDRRR y reciben
certificados de ciudadanía ruandesa, habían sido reclutados o secuestrados a
edades tempranas y en lugares de fuera de Ruanda. Muchos de ellos por
fuerzas como las Fuerzas Democráticas de Liberación de Ruanda (FDLR), el
grupo del que proceden, según se informa, los miembro originales de la
milicia Internahamwe, que son continuamente acusados de haber
perpetrado un genocidio en Ruanda en 1994. Está ampliamente confirmado que
las FDLR cooperan tanto con ruandeses rebeldes como con las fuerzas del FARD
en el saqueo de los recursos del Congo.
Cuando vuelven a Ruanda, dice Ramone, el gobierno ruandés garantiza la
seguridad de esos fugitivos, pero no son bienvenidos, a nivel social, de
vuelta al país.
La repatriación forzosa contraviene el derecho internacional y facilita
graves abusos a los derechos humanos. En este caso, además de violar el
derecho internacional, para empezar, algunos de los obligados a retornar no
han sido nunca patriotas ruandeses.
Emmanuel Sebuhinja, de 18 años, fue llevado a la fuerza después de vivir
durante cinco años como huérfano en una ciudad del Norte de Kivu llamada
Walikale. Pasó un año arrastrando equipajes, cocinando y acarreando agua
para la milicia Mai Mai, una milicia congoleña que lleva años luchando
contra las influencias y los soldados extranjeros en el Congo. Los Mai Mai
consideran que su principal problema es Ruanda.
Cada vez que Sebuhinja trataba de escapar, era golpeado. Después de uno
de esos intentos, él y otros cuatro recibieron tal paliza que tres de ellos
murieron; él y el otro superviviente fueron sentenciados. Poco después,
cuando los soldados se fueron a combatir, huyó por la selva y se las arregló
finalmente para volver a Walikale.
Un amigo le dio dinero y pudo seguir adelante, caminando en solitario y
únicamente por la noche, hasta Karuba, en la siguiente provincia. Cuando
llegó allí pensó que finalmente podía seguir adelante con su vida. En vez de
eso, se encontró con los soldados de otra milicia, los hombres del General
Lauren Nkunda.
“Me quitaron el dinero, la ropa y todo lo que tenía”, dice Sebuhinja.
“Después, el ACNUR me trajo aquí”.
Sebuhinja dice que es ruandés pero que huyó al Congo en 1994, cuando
tenía 13 años. Considera que creció en el Congo y aunque dice que quiere ir
a Ruanda, no conoce a nadie allí y toda su familia ha muerto o fue
asesinada.
“Tengo miedo de ir allí porque no sé qué puede sucederme. No tengo
familia. No sé de qué voy a vivir en Ruanda”, dice racionalmente Sebuhinja.
Su voz se acelera y se eleva cuando añade que nunca fue soldado, nunca luchó
ni disparó un solo tiro, pero el ACNUR escribió que estaba alistado cuando
le recogieron, a pesar de sus objeciones.
“El ACNUR me dijo que incluso aunque hubiera tocado un arma sólo un
segundo, soy soldado”, gritó. “Si en Ruanda creen que yo era antes soldado,
será peligroso para mí”.
Otro de los fugitivos era del grupo del General Laurent Nkunda. Era el
único chico que se negó a decir nada y que incluso rechazó su afiliación
respecto al General Nkunda.
Nkunda es uno de los hombres clave en la RDC justo ahora. Está afiliado
con todo lo que está causando problemas: es el líder de una milicia que se
rebeló contra las FARDC del gobierno del Congo y que después acordó crear
una brigada medio mezclada con ellos, causando sólo más confusión y
conflicto. No pasó mucho tiempo antes de que las brigadas mixtas se
disolvieran totalmente.
La mayoría de la gente cree que Ruanda le apoya y, tras él, muchos
actores internacionales, incluidos grupos poderosos de los Estados Unidos.
Se dice que Nkunda se jacta incluso de una chapa de cristiano renacido que
lleva en el traje de combate como distintivo en solidaridad con el
Presidente Bush y muchos otros cristianos estadounidenses.
Incluso Human Rights Watch –históricamente predispuesta a favor
del actual gobierno de Ruanda- ha informado que el General Nkunda está
apoyado por Ruanda. Nkanda también recluta soldados de Ruanda, tanto niños
como adultos. Esos reclutas también forman parte de los muchos desertores de
Nkunda.
Aunque la afiliación ruandesa de Nkunda todavía no se ha admitido
oficialmente, se basa en divisiones tribales. Es un tutsi congoleño,
ampliamente conocido como Banyamulenge (en Kivu del Sur) o ruandáfono (gente
que habla kinyaruanda). Sus simpatizantes, fundamentalmente congoleños o
tutsis ruandeses, recitan su narrativa de que sólo desea sacar a sus padres
de una vida dura en los campos de refugiados y llevarlos a un trozo de
terreno seguro en el Congo; una supuesta promesa del Presidente Kabila.
Nkunda es considerado por la MONUC como la principal amenaza y causa de
inseguridad en el este de la RDC, pero la MONUC no ha hecho esfuerzo alguno
para expulsar a la insurgencia de Nkunda. Él se ha situado también en las
minas y depósitos de minerales más poderosos del país y en sus alrededores.
Las tropas rebeldes dirigidas por Nkunda tomaron la ciudad de Rutshuru el
28 de octubre pasado, y esas mismas fuerzas detuvieron su avance militar al
día siguiente a poca distancia de Goma, donde Nkunda anunció un alto el
fuego unilateral. Los rebeldes anunciaron que tomarían Goma en los días
siguientes. Goma alberga a más de 500.000 personas, incluidos decenas de
miles de desplazados por los anteriores combates.
Con las atrocidades masivas cometidas durante los avances del ejército de
Nkunda, cientos de miles de seres han sido de nuevo desplazados, dentro y
fuera del Congo, hacia Ruanda, Burundi y Uganda.
Cuanto más fina es la nariz, más listo es el hombre
En Kigali, la capital de Ruanda, Ignatius Rwiyemaho Kabagambe era en 2007
el director administrativo de The New Times, el único diario de habla
inglesa del país, de propiedad y dirección estatal. Es también un primo
primero del Presidente Paul Kagame.
La opresión a la que los ruandófonos se enfrentan en el Congo por parte
de los ciudadanos y grupos organizados congoleños como Mai Mai es muy real y
conocida; Kabagambe admite que en Ruanda serían tratados de forma distinta a
otros nacionales.
“Son hermanos y así nos sentimos con ellos. Les aceptaríamos como
congoleños de origen ruandés”, explica, señalando su parecido físico y
cultural. Dio detalles de su primo; del apoyo del Presidente Paul Kagame a
Nkunda, admitiendo que por parte de su propio país, Ruanda, lo único que
había era apoyo moral.
La región del Congo Oriental es un ejemplo perfecto del trazado
arbitrario de las fronteras coloniales según antiguas zonas étnicas. Las
potencias coloniales dividieron a las tribus en lo que ahora son el Congo
Oriental, Ruanda, Uganda y Burundi. Al tiempo que implantaban leyes
extranjeras y decidían derechos, los colonizadores continuaron moviendo esas
fronteras de acuerdo con los documentos que en Europa se firmaban.
Dieudonne Amani es un ruandófono de 24 años que ha sentido en sus carnes
las duraderas consecuencias del arbitrario gobierno colonial. El problema,
explica, es que los ruandófonos no son aceptados como auténticos congoleños
y son rechazados dentro de la RDC porque son de la misma tribu y cultura que
los que están mayoritariamente en Ruanda. Pero Ruanda, afirma, también les
rechaza. Son un pueblo sin patria, asegura Amani, que está sistemáticamente
perseguido por el gobierno congoleño, por los grupos de milicias y por
Ruanda.
“Las autoridades envían a veces a gente a que investigue el origen de las
personas”, dice. “Los ruandófonos son una minoría, los no ruandófonos son
mayoría. Y desean agradar a la mayoría”.
La razón por la que a otras tribus no les gustan los ruandófonos, afirma
Amani, es por una combinación de esculpida mentalidad política moderna y
envidia.
“Pienso que los hutus no están tan educados como los tutsis. Si los hutus
no están educados no es culpa de los tutsis ni de nadie más, es porque son
estúpidos”, dice Amani con total descaro. “Durante 34 años tuvieron el
control de su país (Ruanda), ¿qué fue lo que hicieron? Los refugiados tutsis
enviaron a sus hijos a que se educaran. La gente dice que los tutsis son tan
inteligentes como el hombre blanco”, pontificó Amani lanzando al aire su
dedo índice.
Estas afirmaciones son extremadas y, en parte, ignorantes de los sistemas
de empleo y estructuras educativas que siguieron las divisiones tribales
establecidas por los dirigentes coloniales y que favorecieron a los tutsis.
Por desgracia, se escucha con frecuencia ese argumento de que los tutsis son
mejores como administradores financieros, en el gobierno y en tareas de
desarrollo, que incluso repiten los expatriados internacionales. Es una
explicación que se usa habitualmente para justificar y explicar la
conversión de Ruanda, después de 1994, en un puerto del negocio
internacional de África que ignora hechos importantes, como son el
militarismo de Ruanda y la explotación del Congo.
Modeste Makabuza Ngoga es un hombre muy poderoso de Goma. Oficialmente,
es el director general de Jambo Safari, una compañía que proclama ocuparse
de guiar a los extranjeros blancos en un trekking por una zona donde
hay gorilas. Equipado con acceso a aeropuerto, Jambo Safari parece una
cobertura para los negocios de minerales de Makabuza en el este de la RDC,
quizá el escenario más volátil y rico del mundo en relación al tráfico de
minerales.
Makabuza es también un ruandófono que comparte los razonamientos del Sr.
Armani sobre la persecución. Ambos apoyan firmemente a Laurent Nkunda,
proclamándole buen representante de su clase y de su causa. Al igual que
Amani, Makabuza preconiza la antigua historia colonial y tribal para
explicar derechos casi divinos y división tribal. Asimismo, sus argumentos
se hacen políticamente densos cuanto más se acercan a la situación actual.
Afirmaciones como que el Presidente Kabila tiene acuerdos con el gobierno
francés para armar y apoyar a los Interahamwe y a las Fuerzas para la
Liberación Democrática de Rwanda (FDLR), les sirven para seguir matando
tutsis. Afirma que Kabila fue elegido por el hombre blanco y que es el chico
malo de la situación por no mantener la promesa que le hizo a Nkunda de
traer a su familia al Congo.
El general en su laberinto
“Kabila pidió a Nkunda que le ayudara con la guerra. Nkunda accedió al
acuerdo para que sus padres que estaban en los campos de refugiados de
Ruanda pudieran venir a vivir en las colinas. Kabila rompió su promesa”,
vuelve a contar Makabuza. “Todo lo que Nkunda quiere es que su familia deje
de pasar hambre en los campos de refugiados y se venga aquí. Estoy feliz de
que Nkunda esté allí con la misma cara [que yo] pero no estoy de acuerdo con
todo lo que está haciendo”.
La razón por la que Makabuza no apoya todo lo que Nkunda hace es porque
es malo para los negocios.
Nkunda tiene el control de los inmensos territorios mineros situados al
norte de Kivu, incluida la mina Lueshe, justo en las afueras de Rutshuru,
que utiliza como base y hangar de sus soldados. Varios oficiales poderosos
refuerzan el control de Nkunda en la zona circundante. Por ejemplo, Nkunda
ocupa la zona principal en la provincia de Masisi, justo al sur de la mina,
y sus compinches controlan la ciudad de Rutshuru. Soloman Nkujima, jefe de
la ciudad de Kiwanja –situada justo fuera de la mina- estuvo con Nkunda
antes de establecerse allí y sigue siendo un alto gestor del partido de
Nkunda, el Congreso Nacional para la Defensa del Pueblo (CNDP).
En 2007, Makabuza aseguraba que la mina Lueshe no estaba operativa.
Porque el pirocloro y ferroniobio no pueden refinarse en África debido a la
carencia de tecnología adecuada, insiste. Pero incluso aunque esto fuera
posible, defiende que no puede venderlo, debido al apodo de mineral
sangriento que Occidente le ha puesto.
“Se les llama minerales sangrientos porque los gobiernos dicen que si los
soldados rebeldes están en lo alto de la colina [la mina Lueshe], eso
significa que les estás financiando”, Makabuza detalla las penas de su
negocio mientras tamborilea con sus dedos la mesa de madera de su despacho.
“Cuando produzcan pirocloro, querrán venderlo en el mercado internacional,
pero nadie se lo comprará porque se ha dado en llamarlo mineral sangriento”.
“Los minerales están por todo el mundo y por todo el mundo la gente
apunta con sus armas a las cabezas de los otros para conseguir esos
minerales, pero sólo en África van y los denominan minerales sangrientos”,
exclama Makabuza.
Su tiro final va contra el “hombre blanco” y contra la desigualdad que
proclama que, como africano, tendrá siempre que enfrentar en el mercado
internacional sin que importe qué mineral tiene en la mano. Dice que
llamarlo “mineral sangriento” sólo empeora el problema porque impide que los
africanos puedan conseguir dinero en condiciones de igualdad. En vez de eso,
el hombre blanco le arrincona bajo la mesa y arrambla con los beneficios.
Makabuza tiene razón cuando dice que las ventas dependen del mercado
internacional. En ningún lugar de África se disfruta de los productos
obtenidos a partir de esos minerales: máquinas MRI [siglas en inglés de
imágenes de resonancia magnética] para hogares y electrónica para el tiempo
libre, reproductores de DVD, estéreos, videojuegos, reproductores mp3,
gafas, materiales resistentes al calor, motores de avión, acero inoxidable,
algunas medicinas, productos aeroespaciales y de defensa, nanotecnología,
comunicaciones y aplicaciones biotecnológicas. Sería quedarse corto decir
que hay mucha demanda internacional de los minerales del norte y sur de Kivu
–niobio, tantalum, ferroniobio, casiterita o coltán-. Quienquiera que
controle las provincias de Kivu controla el potencial de mayor riqueza e
influencia del mundo, mucho mayor que la suma del potencial de varios de los
países más ricos.
La compañía que controla las minas de niobio de Lueshe es la Mineral
Society of Kivu (SOMIKIVU), una compañía formada en 1982 entre la
compañía alemana GfE Nuremberg (Gesellschaft fuer
Electrometallurgie GMBH) y la antigua República del Zaire (nombre
anterior de la RDC). Desde entonces, se han cambiado los nombres y el
acuerdo ha vuelto a redactarse. GfE Nuremberg posee el 70% de
SOMIKIVU, pero hay problemas con la propiedad porque el acuerdo no se
redactó con el actual gobierno de la RDC.
La mina de Lueshe es una de las tres minas de niobio que hay en el mundo
–en Brasil, Canadá y en la RDC (Lueshe)- y se mantiene intencionadamente
cerrada para inducir artificialmente su “escasez”. Todos los tres depósitos
de niobio están controlados por una empresa, de nombre Arraxa, que es
propiedad de la compañía estadounidense Metallurg Inc. de Nueva York:
GfE Nuremberg es 100% una filial. A su vez, Metallurg Inc. es
filial de Mettallurg Holdings de Pensilvania, una de las muchas
compañías de la cartera de inversión del Safeguard International
Investment Fund de Filadelfia, Frankfurt y París.
“Es una mina muy grande, su potencial es inmenso”, dijo en una entrevista
realizada en 2007 David Bensusan, un comerciante de minerales con despachos
en Ruanda y Europa y antiguo director ejecutivo de Eurotrade
International. Bensusan descartó la idea de que los alemanes tengan
Lueshe cerrada para controlar los precios. “Está cerrada porque hay una
disputa sobre quién tiene la propiedad y está ubicada en una zona donde
tienen lugar combates. La cuestión es la seguridad”.
El profesor Kisangani, vicegobernador del Norte de Kivu, explica la
situación del tráfico de minerales del este del Congo a través de la
analogía de un niño infeliz. Expresa que los nacionales congoleños se
sintieron históricamente disgustados y empezaron un comercio internacional
ilegítimo (sobre todo de armamento y minerales). Una ‘ventana’ o ‘puerta
abierta’ al país y a sus minerales se cerró completamente con esos niños
infelices de las guerras congoleñas y de la RDC desde 1996 hasta el
presente, que han implicado, al menos, a Namibia, Ruanda, Uganda, Zimbawe,
Sudán, Libia, Tanzania, Burundi, Sudáfrica y Angola, con las potencias
occidentales como aliadas con esos países o detrás de ellos.
“Son mayoritariamente rumores, nadie puede ofrecer un relato veraz de lo
que ocurrió”, David Bensusan mira hacia atrás a lo que ahora se considera
como el tiempo de guerra, a pesar del hecho de que ha continuado.
Obviamente, se saquearon las materias primas del Congo, añade. Ese elemento
llevó a Bensusan a adoptar una tono mucho más bajo cuando advirtió del
estado de volatilidad en que estaba la RDC Oriental. “Se va deslizando hacia
una guerra muy grave. El país tiene que desarrollarse. Creo que la vía es
mediante los minerales, pero hay que hacerlo bien”.
La sugerencia de que nadie puede ofrecer un relato veraz de lo sucedido
refleja la ofuscación permanente de los medios de comunicación occidentales
en relación con las realidades del Congo: aunque se puede nombrar fácilmente
a la gente implicada, y aunque muchos permanecen activos en el saqueo actual
del Congo, las décadas de explotación (1960-1996) anteriores a la actual
etapa de guerra perpetua se descartan siempre con una sola palabra: Mobutu.
Sin embargo, la teoría de la soberanía completa y el control de las riquezas
minerales de la RDC es algo que muchos comparten. Principalmente el pueblo
congoleño, incluido Vital Katembo.
La analogía del profesor Kisangani acerca de los niños infelices se acaba
convirtiendo en “mafia” y milicias rebeldes que siguen trepando por las
abiertas puertas y ventanas. “Y toda esa gente está siendo apoyada por otra
gente en el mundo, que puede darles armas para destrozar nuestro país”, dice
Kisangani.
Las relaciones diplomáticas son la respuesta, insta, mencionando que la
RDC está intentando controlar el tráfico de sus minerales y obtener dinero
de ellos. El problema, dice, es que es más fácil escaparse por la ventana y
por la puerta.
El Vicegobernador Kisangani confía en que si el gobierno tuviera los
medios, podría controlarse la situación. “Tienen hambre y no son
suficientemente fuertes”, dice del gobierno y de las fuerzas militares de la
RDC. “Los países ricos están apoyando a los tipos de las selvas [milicias],
pero podrían intervenir y decirle a los ejércitos y a la MONUC que se
vayan”.
Hay unos 100.000 soldados de las FARD que necesitan sueldos y demasiados
directivos y generales saqueando. Dice que no hay forma de pagarles a todos
y por tanto de tener autoridad sobre ellos.
Y así es, en efecto, la República Democrática del Congo tiene los
depósitos más puros y grandes de minerales estratégicos, incluyendo oro,
coltán, niobio, cobalto, heterogenita, columbita, cobre y hierro. Cada mes,
las exportaciones de heterogenita procedentes del Congo se valoran entre 260
millones de dólares (a 20$ la libra [1 libra= 453,59 grs.]) y 408 millones
de dólares (a 30$ la libra). Eso supone entre 3.100 y 4.900 millones de
dólares al año. Los diamantes entrañan anualmente otros mil millones de
dólares. Durante décadas, se ha estado bombeando el petróleo de la Costa
Atlántica, pero ahora se están explotando los depósitos de gas y petróleo de
los grandes lagos de la región fronteriza: Lago Kivu (gas metano) y Lago
Alberto (petróleo) y en las profundidades de la provincia de Ecuador. Y
luego están las oscuras maderas de las selvas tropicales, de las que se
venden miles al mes a unos precios que varían entre 6.000 a 12.000 dólares
el tronco.
Aunque no se les paga –a menos que el saqueo y las violaciones puedan
considerarse como un sueldo, que lo son- los soldados de las FARDC son aún
extremadamente patrióticos. Los soldados congoleños –a los que los expertos
internacionales, las ONG y los medios occidentales culpan rápidamente de
todo- son también víctimas de la rapacidad del comercio internacional que se
ha apropiado del Congo.
“Amo mi país. Debo proteger mi país de todas las fuerzas que puedan
agredirlo”, dijo el Mayor Chicko Tshitambue de la “Brigada Charlie” de las
FARDC.
“Los combates aquí, en el Este, tienen tan sólo por objeto proteger a los
dirigentes de Ruanda”, dijo Chicko. “Pienso que Nkunda trabaja para Ruanda.
Pero Nkunda es un pobre hombre, no puede hacer nada. Tiene miedo del Mayor
Chicko”.
Chicko puso fin a su monólogo de orgullo nacional, arrogancia e
intimidación internacional dejando descansar a sus puños y se puso a
escribir su dirección de correo y debajo de ella, las palabras:
“Mercenario/Militar privado= contactos”. Chicko quiere ser mercenario e
imaginó que la periodista blanca con la que estaba hablando bien podría
hacer que todo sucediera. (No se ha oído nada del paradero o estatus del
Mayor Chicko desde que la periodista salió del Congo).
Lo triste es que el Mayor Chico estaría mejor combatiendo para una
milicia privada, donde al menos ganaría más dinero. Los mercenarios en
África y especialmente en la RDC son las más eficaces y exitosas
organizaciones internacionales en liza. Según Vital Katembo, la MONUC es uno
de los menos eficaces.
“Son parte del engranaje total: si no hay caos, no hay trabajo. Tienen
todas las habilidades militares pero algunos han estado aconsejando a los
que están en la selva; están ayudando a Nkunda”, dice Katembo.
Aunque esas acusaciones no se han probado, el historial de la MONUC no le
cae bien al pueblo congoleño.
M’Hande Ladjouzi fue una vez el director de la oficina de la MONUC en el
Norte de Kivu. Dos miembros de la Sociedad Civil, incluido el presidente
Thomas d’Aquin Muiti y un actual empleado del MONUC (que desea permanecer en
el anonimato) que ya trabajaba allí cuando Ladjouzi estaba, confirmaron los
rumores.
“Fue cuando el conflicto con Ruanda y el FDLR”, empezó Muiti. Se decía
que Ladjouzi tenía una novia ruandesa. Que tuviera una novia de origen
ruandés carece de importancia. El término era un argot para decir que, al
parecer, intereses ruandeses estaban sobornando a Ladjouzi.
Cuando la Sociedad Civil se dirigió ante la MONUC con informes y
testimonios sobre soldados ruandeses cometiendo atrocidades contra el pueblo
congoleño, Ladjouzi les apartó y envió informes a los cuarteles en Kinshasa
diciendo que las acusaciones no eran ciertas. Después de mucho cabildeo de
la Sociedad Civil en el Norte de Kivu, finalmente Naciones Unidas trasladó a
Ladjouzi a Kinshasa.
El historial de la MONUC sigue estando manchado. “Encontramos un soldado
de la MONUC que había violado a una muchacha”, dice Muiti. La Sociedad Civil
pidió que se le llevara ante los tribunales en Francia y, según Muiti, así
lo hicieron. Pero hay numerosas acusaciones de que los componentes de la
MONUC, tanto civiles como soldados, han violado a mujeres congoleñas.
La oficina de relaciones con los medios de la MONUC publicó también
recortes de prensa informando del escándalo del batallón paquistaní de la
MONUC en la provincia de Oriental. Se informó que los soldados cambiaban
armas por oro con los líderes de las milicias.
En mayo de 2007, los enfadados habitantes de Kanyola, en el Sur de Kivu,
atacaron a los funcionarios de la ONU y a las tropas de la MONUC que
llegaron después de que al menos dieciocho de sus ciudadanos hubieran sido
masacrados. “Había barricadas en las carreteras. Había muchedumbres
indignadas. Los niños estaban lanzando piedras. Tuvieron que dar un rodeo”,
dijo un funcionario de la ONU, que pidió no ser identificado.
En octubre de 2008, los civiles de Goma y otros lugares atacaron las
tropas de la MONUC y los complejos de Naciones Unidas; hay informes creíbles
de que las tropas de la MONUC dispararon y mataron a algunos civiles. Hubo
muchas protestas civiles contra la misión de la MONUC y venganzas por parte
de ésta, que se produjeron sin que los medios las recogieran ni informaran
de ellas.
La mayoría de los ciudadanos congoleños está de acuerdo en que la razón
de la inestabilidad del Congo radica en la injerencia internacional dentro
de sus fronteras. Algunos señalan al tráfico de minerales. Algunos a
“hechos” tribales e históricos. Otros, como Vital Katembo, afirman que es
obvio que la gente hace daño cuando no se consigue aquello para lo que están
trabajando –en referencia a la ayuda humanitaria y a los sectores dedicados
a la conservación-, especialmente cuando tienen los recursos necesarios para
cumplir su misión.
No importa dónde se señale ni por qué razón, la RDC es un patrio de
recreo internacional lleno de juguetes extremadamente peligrosos y de
irresponsables compañeros de juegos. Muchas veces, saber dónde señalar
depende sencillamente de cuán peligroso sea señalar hacia los responsables.
******
(*)Roxy Stasyszyn es una periodista canadiense que
ha trabajado en Tanzania, Ruanda y la República Democrática del Congo.
Escribe también un blog para “Make Poverty History Canada”, donde pueden
consultarse los comentarios y puntos de vista sobre su trabajo en el Congo.