n una audiencia sobre AFRICOM, celebrada recientemente por el
subcomité de seguridad nacional y asuntos exteriores, el
representante demócrata John F. Tierney planteó la preocupación de
que el nuevo comando sea otro de los brazos de la militarización de
la política exterior norteamericana. Y cuestiona a Theresa Whelan,
vicesecretaria adjunta de Defensa para asuntos africanos, quien
había manifestado que «este temor es infundado».
Pero parece que funcionarios de un mismo departamento no se ponen
de acuerdo, o como dice una frase popular, la mentira tiene patas
cortas. El secretario de Defensa, Robert Gates, había dicho que los
militares norteamericanos se habían convertido en responsables de
actividades que antes eran competencia exclusiva de agencias
civiles, lo cual preocupaba a estas instituciones que ya hablan de
una «militarización sigilosa» de la política exterior
norteamericana. Y valida la sospecha: «esto no es un sentimiento
totalmente irracional
(...) En los últimos años, las líneas que separaban la guerra, la
paz, la diplomacia y el desarrollo se han vuelto más borrosas».
Entonces AFRICOM no es la agencia humanitaria que pretende vender
el mando militar, en alianza con el corporativismo estadounidense,
ni está pensado para resolver problemas de África como la pobreza,
la seguridad, y mucho menos para eliminar a ese «enemigo común» que
es el terrorismo.
La presentación de estas presuntas misiones por parte del general
William Ward, comandante del proyecto, sobran en una audiencia en el
que todos los presentes conocen los verdaderos móviles de la
iniciativa: controlar el petróleo y otras riquezas africanas
Y una de las máscaras que tiene Bush para esconder ese ambicioso
deseo es precisamente «la diplomacia con traje de campaña» o los
límites cada vez más difusos entre la diplomacia y la falsa guerra
contra el terrorismo emprendida hace siete años.
En su afán de encontrar un enemigo que le permita justificar la
intervención militar y controlar las riquezas ajenas, Bush decidió
mirar a África, región que, según criterios expresados en la
audiencia congresionista, se está convirtiendo en «un caldo de
cultivo y en un refugio seguro para los terroristas», incluida Al
Qaeda, como mismo dijeron ocurrió en Iraq y Afganistán.
La estrategia a seguir por el Pentágono en África es el camuflaje
de la intervención militar con acciones humanitarias. AFRICOM debe
utilizar «el poder inteligente y suave» y combinarlo con «el poder
duro» (el de las armas), en una relación de equilibrio, dijo el
representante Christopher Shays.
Por el momento, los militares construyen escuelas, hacen
consultas médicas en los poblados rurales africanos, distribuyen
alimentos y medicinas, al mismo tiempo que crean las condiciones
para establecer definitivamente la sede de su cuartel, mediante la
capacitación de militares del continente y la realización de
operaciones conjuntas, la mayoría en regiones ricas en petróleo como
el Golfo de Guinea.
Este último asunto sigue complicado para Washington, pues muchos
gobiernos locales observan recelosos su absorbente presencia en
África. La única nación que abiertamente se ha ofrecido como
anfitriona del cuartel militar es la pronorteamericana Liberia, pero
no ha recibido respuesta oficial a su bondad, al parecer por la
fuerte oposición que ha tenido AFRICOM en el continente.
Esto indujo a Bush a declarar en su última gira por África que no
tenía intenciones de convencer a sus homólogos de instalar allí una
base militar, aunque no dejó de mencionar la posibilidad de emplazar
una especie de oficina, basada en lo que llamó un «nuevo concepto»,
que en esencia es el matrimonio entre el mando militar y las
agencias civiles por el que aboga el Departamento de Defensa como
una de las fórmulas para que sus operaciones tengan el éxito deseado
por la política de la Casa Blanca, que tan bien combina el poder
militar y las transnacionales.
Ante estas complicaciones, las manijas de seda con las que el
Pentágono quiere disfrazar las manos de sus militares, es un
instrumento muy eficaz para disipar las sospechas.
Esperemos a octubre. Para ese entonces, poco antes de que Bush
empaque totalmente, puede heredarle a su sucesor la
institucionalización de la guerra y el robo en el continente más
pobre del mundo, siempre con el cálido matiz del humanitarismo.