E
l presente análisis recorre las distintas
actuaciones estadounidenses en África durante la bipolaridad Este/Oeste,
en el período de la posguerra fría, para enfatizar el período actual o del
post 11 de septiembre, poniendo de manifiesto los acontecimientos
internacionales que han influido en su reorientación en uno u otro
sentido.
Durante la Guerra Fría, África se convirtió en un terreno de
enfrentamiento de las superpotencias, junto a la tradicional rivalidad
entre Francia y Gran Bretaña, que no renunciaron a su influencia en sus
antiguas colonias. Por lo tanto, Estados Unidos, que confió el papel de
gendarme en el continente a sus aliados de la OTAN, se limitó a
actuaciones puntuales en África para contrarrestar la influencia de la
Unión Soviética: la planificación por la CIA del asesinato del primer
ministro congoleño, Patricio Lumumba, considerado como un aliado de Moscú;
el apoyo a la UNITA de Jonas Savimbi en Angola contra el gobierno
marxista-leninista del MPLA y el cuerpo expedicionario soviéticocubano, e
incluso la colaboración con la Sudáfrica del apartheid en la lucha contra
la “amenaza comunista” en África austral.
En aquella época, en la que el continente se dividió entre
“progresistas” prosoviéticos y “moderados” prooccidentales, se procedió al
reparto de tareas entre el “imperialismo global”, asegurado por EE UU
(encargado del suministro de la logística), el “imperialismo secundario”,
asumido por Francia (a la que se confió el “papel de gendarme de África”
para llevar a cabo las intervenciones directas, por sus derechos
históricos y culturales en este continente), y el “imperialismo de
relevo”, confiado a uno u otro país africano aliado, dotado con una cierta
capacidad militar para encargarse del mantenimiento del orden
prooccidental en una región determinada del continente (Marruecos, Zaire y
Sudáfrica). De este modo, durante la Guerra Fría, EE UU apoyó las
dictaduras africanas de derechas en nombre del anticomunismo, sobre todo
tras la instalación soviética en Angola y en Etiopía.
Es preciso subrayar el inciso de la política africana
norteamericana durante la Administración Carter, reticente a las
actividades militares estadounidenses en el exterior. Inspirado en las
experiencias desastrosas y humillantes de las intervenciones externas en
Vietnam, Irán y Afganistán, el mandatario estadounidense fundamentó sus
actuaciones en África en tres principios: la preservación de la
independencia de los Estados africanos, el no traslado a este continente
del conflicto Este/Oeste, y la promoción del desarrollo así como de los
Derechos Humanos, dejando a Francia la responsabilidad del África
francófona.
El resultado fue la toma de distancia hacia las dictaduras
africanas como la de Mobutu, que se mantuvieron gracias al apoyo de
Francia y de Israel. Estas dos potencias decidieron enfrentarse a la
hegemonía comunista en África ante la retirada de la Administración Carter.
La Administración Reagan, que le sucedió en noviembre de 1980, adoptó una
actitud totalmente ofensiva y opuesta a la de su predecesor: las
intervenciones militares directas para apoyar y asegurar sus aliados
africanos, la detención del comunismo en África y la presión hacia las
potencias occidentales para asegurar la defensa común en este continente.
El resultado de esta política de retorno en África fue el apoyo
incondicional a los regímenes corruptos y represivos como el de Mobutu y
el suministro a la UNITA de Savimbi de los temibles mísiles Stinger para
luchar contra la presencia soviético-cubana en Angola.
El interés geopolítico y neoeconómico
de la posguerra fría
La operación Restore Hope en Somalia en 1993 por parte de
la Administración Bush senior, en el intento de detener al señor de la
guerra somalí, Aidid Mohamed, se convirtió en una intervención
militar-humanitaria desastrosa y humillante para los EE UU. noreste y en
el África central; Kenia y Etiopía en África oriental y el cuerno de
África, Nigeria en el Golfo de Guinea, y Sudáfrica en el África austral.
Esta política explica por qué Uganda y Ruanda han violado la integridad
territorial de la RDC, sometida a saqueos, como ponen de manifiesto los
cinco informes sucesivos de los expertos de las NN UU, sin suscitar
ninguna protesta de la Administración norteamericana ante estas graves
violaciones de la legalidad internacional.
El post 11 de septiembre
En la misma línea que los planteamientos anteriores, y a
partir de los atentados del 11-S (2001), surge la “doctrina Bush” de la
“guerra preventiva”. África entra en la estrategia global de la política
exterior norteamericana y se convierte en el terreno privilegiado de las
actividades antiterroristas, máxime cuando los EE UU sufrieron los
atentados contra sus embajadas en Nairobi y Dar es Salaam en agosto de
1998.
Estas estrategias militares tuvieron un lado económico,
con la adopción del AGOA, consistente en conceder algunas ventajas
aduaneras a los países africanos respetuosos de los principios de
democracia liberal a la norteamericana y de la economía de mercado, y
sobre todo a los que se comprometen a no atentar contra sus intereses y a
ayudarles en la lucha antiterrorista. El AGOA, adoptado por la
Administración Clinton en 1998, fue recuperado y profundizado por la
Administración de George W. Bush, que introduce la condicionalidad
política (buen gobierno, economía de mercado y lucha contra la pobreza) en
la ayuda norteamericana a África.
Se adoptó también el African Crisis Response Initiative (ACRI),
convertido en 2002 en ACOTA (African Contingency Operations Training
Asistance), destinado a fortalecer la presencia militar estadounidense en
el continente. El objetivo declarado es la ayuda a los ejércitos africanos
para hacer frente a las crisis. La realidad es que EE UU, al igual que los
demás importadores de petróleo, ha ofrecido la ayuda financiera y militar
a los gobiernos de los países productores de petróleo, para conseguir la
estabilidad que le facilite la explotación del petróleo, cerrando los ojos
ante la violación de Derechos Humanos por dichos gobiernos generalmente
antidemocráticos. Es lo que se viene llamando la “maldición del petróleo”
para las poblaciones africanas (conflictos nacidos de las rivalidades
entre las potencias extraafricanas, inestabilidad política, corrupción de
las clases gobernantes, mal gobierno).
Para conseguir todos estos objetivos, EE UU destaca por
iniciativas de presencia física en la zona: la instalación de una base
militar en Yibuti y la creación del task force en junio de 2002, que
agrupa a 9 países de la región (Yibuti, Etiopía, Eritrea, Kenya, Uganda,
Sudán -recuperado-, Tanzania, Somalia y Yemen), para controlar el Cuerno
de África, el Mar Rojo y Yemen; el PAN-Sahel, creado a finales de 2002 y
que agrupa a 8 países ribereños del Sahel (Argelia, Malí, Marruecos,
Mauritania, Níger, Senegal, Chad y Túnez), para impedir que la franja
sahelo-sudanesa se convierta en zona de nadie, de la que puedan
aprovecharse los terroristas para atentar contra los intereses
estadounidenses y de sus aliados. En fin, EE UU proyecta la creación de
una gran base permanente en el Golfo de Guinea con un sistema de
vigilancia radar en el espacio marítimo de Santo Tomé y Príncipe, para
asegurar su provisión de petróleo en la costa occidental del continente y
controlar el África central. De hecho, las importaciones norteamericanas
de petróleo procedentes del Golfo de Guinea representan del 12 al 20 por
ciento de su aprovisionamiento total y podrían alcanzar el 35 por ciento
en 2020.
Poniendo de manifiesto su voluntad de controlar económica
y militarmente África, EE UU crea el Mando Militar Unificado para África (Africom),
anunciado por George W. Bush en febrero de 2007 y que entró en
funcionamiento el 1 de octubre de 2007.
La instalación del cuartel general de Africom en África
está prevista en octubre de 2008. El mando de este centro ha sido confiado
al general afroamericano William E. Ward. Tiene como principal tarea
coordinar y racionalizar todas las actividades militares y de seguridad en
la zona, desde Argel hasta Pretoria. Actividades todas ellas disfrazadas
de aspectos civiles y humanitarios. Existe una reticencia por parte de los
países africanos para acoger dicha sede, ya que además del temor de atraer
en el continente a los terroristas en su lucha global contra los intereses
norteamericanos, consideran al Africom como el instrumento comercial de
Estados Unidos para conseguir varios objetivos: contrarrestar en el
continente la influencia de Francia y Gran Bretaña, contener la ofensiva
comercial china, disuadir a los países emergentes que proyectan instalarse
en este continente como India o Brasil, luchar contra Al Qaida
fortaleciendo la iniciativa PAN-Sahel y la lucha contra los Tribunales
Islámicos en Somalia a partir del territorio etíope, y asegurar la
explotación del petróleo africano con el fin de reducir su dependencia de
Oriente Medio.
Los estrategas norteamericanos, poderosos hombres de
negocios con importantes intereses petroleros y allegados a las ideas de
Samuel Huntington (la “teoría del choque de las civilizaciones”) y Francis
Fukuyama (la “teoría del fin de la Historia”), consideran que el petróleo
africano forma parte de la estrategia de seguridad nacional
estadounidense, para preservar su estatus de única potencia mundial
mediante la eliminación de todos los rivales por todos los medios, en
particular a través de las acciones militares preventivas o unilaterales.
George W. Bush se dio este objetivo desde su llegada a la Casa Blanca en
2001, inspirándose en la “doctrina Wolfowitz”, uno de los neoconservadores
del entorno de Bush y uno de los artífices de la guerra de Irak con la
política mundial de control de la oferta energética.
La política africana de Estados Unidos, a manos de Barack
Obama o Hillary Clinton o de John McCain, es una incógnita. La “revolución
democrática del mundo” de George W. Bush conocerá un claro retroceso, más
con Hillary Clinton o Barack Obama, sensibles a una cierta dosis de
ultilateralismo y de multipolaridad, menos con McCain, partidario del
unilateralismo político, económico y militar. En ambos casos la conquista
económica de África seguirá más su curso más allá de su conquista militar.