La última Guerra Fría contempló el asesinato salvaje o el derrocamiento
violento por parte de británicos, estadounidenses, belgas, franceses y
portugueses de muchos dirigentes africanos, entre ellos, Patrice Lumumba, el
Dr. Kwame Nkrumah, Luis Cabral, Eduardo Mondlane, Samora Marcel, Milton
Obote, Hamed Sekou Toure, Gamel Abdel Nasser y Ahmed Ben Bella, que fueron
tachados de terroristas o de ser simpatizantes de Rusia y China.
Los afortunados –Jomo Kenyatta, Robert Mugabe y Nelson Mandela-
padecieron largas sentencias de prisión de las que no esperaban salir vivos
jamás. En la actualidad, la estatua de Mandela se levanta como un monumento
al cinismo británico en la plaza del Parlamento, en Londres. ¡La estatua
estuvo allí durante tres años hasta que la pasada semana Estados Unidos
eliminó, finalmente, el nombre de Mandela de la lista de terroristas
internacionales!
Las heridas humanas, sociales y económicas infligidas a África por la
última Guerra Fría siguen aún abiertas. Mozambique, Angola y Namibia están
plagadas de millones de minas terrestres y otros dispositivos militares sin
explotar, que seguirán matando gente durante los siglos venideros. Argelia,
Etiopía, la República Democrática del Congo, Costa de Marfil, el Chad, la
República Centroafricana, Nigeria, Sudán y Uganda continúan con guerras
autodestructivas, mientras que Somalia, gracias a las armas occidentales,
dejó de ser un estado en 1992.
En conjunto, la última Guerra Fría dejó a África dependiendo de la
maquinaria de apoyo de la ayuda alimentaria occidental que administra el
Programa Alimentario Mundial, aunque sus dirigentes dicen de boquilla que es
preciso sanar al enfermo.
Recientemente, el Panel para el Progreso de África (APP, en sus siglas en
inglés), dirigido por el anterior Secretario General de Naciones Unidas,
Kofi Annan, publicó un informe titulado “El Panel para el Progreso de África
responde a la Cumbre del G-8 en Hokkaido” que decía:
“Los países del G-8 han hecho poco para mostrar cómo van a financiar el
déficit de 40.000 millones de dólares USA de la ayuda programable y de la
condonación de la deuda que el Panel para el Progreso de África identificó
el pasado mes… El G8 tiene que presentar ya calendarios claros que perfilen
la provisión futura de la ayuda o que permitan la transparencia necesaria
para que se mejore la calidad de la ayuda”.
Sobre la “crisis global alimentaria”, el informe decía: “El Panel da la
bienvenida, como un necesario primer paso, al compromiso de 10.000 millones
de dólares USA para apoyo alimentario y a las medidas que aumenten las
inversiones en el sector agrícola … Sin embargo, es preciso destinar más
ayudas para aumentar los suministros de alimentos a los ciudadanos del mundo
que están en situación de mayor vulnerabilidad, a la vez que deben adoptarse
medidas inmediatas para aliviar las restricciones a la exportación de
productos como el arroz”.
Sobre el comercio, decía: “El Panel da la bienvenida al compromiso de los
dirigentes del G-8 para la conclusión de un acuerdo global, ambicioso y
equilibrado en Doha… En cuanto las negociaciones de la Organización Mundial
del Comercio entren en ese período crucial, todas las partes necesitan
entender que conseguir los Objetivos del Desarrollo del Milenio depende en
gran medida en la capacidad del continente para regular sus vías para salir
de la pobreza”.
Y, en conclusión, el Sr. Annan declaraba: “Si se apoya el desarrollo
africano, el éxito del mismo no sólo se va a traducir en beneficios
tangibles para sus pueblos sino que asegurará un futuro más próspero y
seguro para el mundo. Para los dirigentes del G-8, ayudar a África a
ayudarse a sí misma no es una cuestión de altruismo, es una cuestión de
interés personal suyo”.
La Resolución de Naciones Unidas del 11 de julio acusaba a Robert Mugabe
de “asesinar a 100 seguidores de la oposición y de desplazar a 2.000”, y
pedía sanciones punitivas incluyendo la imposición de un embargo de armas,
una señal clara para atacar a Zimbabwe. Menos mal que China y Rusia, que no
estaban en la Conferencia de Berlín, rechazaron la resolución diciendo que
“abriría el camino para que el Consejo de Seguridad interfiriera en los
asuntos internos de los Estados miembros, lo que supondría una grave
violación de la Carta de Naciones Unidas”.
En un intento de desorganizar la Unión Africana, el Tribunal Penal
Internacional (TPI) está planeando arrestar al presidente de Sudán, Omar al-Bashir,
por “dirigir una campaña de asesinatos, violación y deportación masiva en
Darfur”. El plan va avanzando a pesar de la declaración de la UA “reiterando
su preocupación por el abuso de acusaciones contra los dirigentes
africanos”.
A propósito, el conflicto en Darfur empezó dieciocho años después del que
se produjo en el norte de Uganda que mató a unos 300.000 civiles, provocó el
secuestro de 20.000 niños y llevó a dos millones de seres a campos de
concentración. Pero el TPI no investigó nunca el papel de las tropas
ugandeses en esas atrocidades, limitándose a emitir una orden de arresto
contra Museveni.
Eso no es sorprendente. Occidente está menos interesado en los derechos
humanos en África que en justificar y montar el escenario para una nueva
Guerra Fría. La BBC informaba el 13 de julio: “Se ha encontrado la
primera prueba de que China está actualmente ayudando a nivel militar al
gobierno de Darfur”.
Sin embargo, el verdadero crimen de China [para ellos] son sus
inversiones dominantes en África, que exceden ya los presupuestos de ayuda
combinados de Gran Bretaña, USA, la UE, el Banco Mundial y el FMI.
Hace poco, el Banco Mundial confirmaba que China está financiando
proyectos de infraestructura en más de 35 países africanos, siendo Angola,
la República Democrática del Congo (RDC), Mozambique, Nigeria, Sudán, Zambia
y Zimbabwe los mayores receptores. En la RDC, China ha acordado construir
miles de kilómetros de carreteras, varios hospitales y tres universidades. A
diferencia de Occidente, China proporciona a África proyectos de calidad,
cumpliendo los plazos fijados y con costes mucho más reducidos.
En las declaraciones más directas que se recuerdan, los dirigentes
africanos dejaron oír sus puntos de vista sobre Occidente durante la Cumbre
Chino-Africana celebrada en Pekín en noviembre de 2006. En unas
declaraciones a Lindsey Hilsum, del canal británico de televisión Cuatro, el
anterior presidente de Botswana, Festus Mogae, dijo: “Lo que pienso es que
los chinos nos tratan como iguales. Occidente nos considera antiguos
sometidos (léase esclavos). Lo cual es una realidad. Prefiero, por tanto, la
actitud de los chinos a la de Occidente”.
Por su parte, el Presidente Museveni, que algunos consideran como la
querida de Occidente, declaró: “Los grupos que gobiernan Occidente son
presuntuosos, pagados de sí mismos, ignorantes de nuestras situaciones y
empeñados en convertir sus negocios en los negocios de los demás.
Dondequiera que los chinos negocian contigo, tu representas a tu país, ellos
representan sus propios intereses y tu negocias con ellos”.
Y Rusia es considerada un enemigo porque se asienta sobre inmensas
reservas de gas y petróleo y se opone no sólo a la expansión de la OTAN
hasta sus fronteras, sino también a los planes de EEUU de construir
instalaciones para sus misiles de defensa en Polonia y en la República
Checa.
Considerando la devastación causada por la última Guerra Fría, ¿no será
otra guerra de tal cariz un nuevo doble crimen contra la humanidad que va a
superar no sólo a las masacres de los alemanes contra seis millones de
judíos, sino también al genocidio cometido por los belgas en el Congo
durante el siglo pasado y al comercio de esclavos?
Los dirigentes africanos tienen frente a sí una opción muy sencilla: o
mantenerse firmes y decirle a Occidente que no toque a al-Bashir, o quedarse
callados y esperar a que los vayan eliminando uno tras otro.
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(
*) Sam Akaki es Director Ejecutivo de las
Instituciones Democráticas para la Reducción de la Pobreza en Africa (DIPRA,
en sus siglas en inglés).