(IAR Noticias)
04-Julio-08
Los dirigentes de los países de África, incluso cuando han sido elegidos, en
primer lugar son "protegidos" de las multinacionales y las finanzas mundiales.
Así, esos países están dirigidos por personas que se alían con grandes
potencias, redes mafiosas o grandes empresas estratégicas.
Por Damien Millet -
CADTM
Traducido por Caty R.
La Francáfrica,
analizada minuciosamente por François-Xavier Verschave y la asociación Survie
(1), tiene buenos discípulos que se eternizan en el poder y sirven los
intereses de quienes les permitieron acceder a tan altos puestos: Blaise
Compaoré en Burkina Faso (verdugo de Thomas Sankara), Paul Biya en Camerún,
Denis Sassou Nguesso en el Congo (verdugo de Marien Ngouabi), Eyadema
Gnassingbé en Togo (2) (verdugo de Sylvanus Olympio), Omar Bongo en Gabón,
Idriss Déby en Chad o Zine el-Abidine Ben Ali en Túnez.
Esta red de intereses inconfesables se refuerza con algunos recién llegados,
por ejemplo François Bozizé en la República Centroafricana, Joseph Kabila en
la República Democrática del Congo o Mohammed VI en Marruecos. Otros
dirigentes están controlados por EEUU, como Paul Kagamé en Ruanda, Yoweri
Museveni en Uganda, Olusegun Obasanjo en Nigeria o Marc Ravalomanana en
Madagascar. A veces saben aparentar hábitos democráticos, pero las elecciones
regulares y el multipartidismo pueden ser, perfectamente, una simple coartada.
Siempre son los intereses económicos los que arrastran a Abdoulaye Wade en
Senegal, Amadou Toumani Touré en Malí, Mamadou Tandja en Níger, John Kufuor en
Ghana o Thabo Mbeki en Sudáfrica. Algunos de ellos, como Mwai Kibaki en Kenia
o Levy Mwanawasa en Zambia, consiguen suscitar durante algún tiempo la
esperanza de un nuevo estilo. Sólo algunas voces discordantes, que no son
habituales ni mucho menos, se oyen realmente, como la de Robert Mugabe en
Zimbabue, marginado por la comunidad internacional por haber avalado la
expropiación forzosa de grandes propiedades agrícolas de los blancos.
Generalmente, muchos de estos poderosos declaran que aman a África, que la
apoyan, que la ayudan; está de moda. Pero no debemos fiarnos porque, en el
fondo, todos traicionan a los pueblos africanos: las grandes potencias del
norte, que siempre imponen medidas que sirven a sus propios intereses
geopolíticos y comerciales; las clases dirigentes africanas que siempre optan
por pisotear el desarrollo de las poblaciones para aumentar su propio poder y
acatar la voluntad de sus protectores. Económica, comercial, medioambiental,
humana… detallamos esa traición en sus múltiples aspectos.
Las mentiras del discurso oficial
El ciudadano poco curioso que sólo tiene acceso a las informaciones
superficiales de los medios de comunicación, controlados por poderosos grupos
de prensa, está convencido de que la salud económica de los países del sur
está mejorando. Si creemos al Banco Mundial, la pobreza disminuye a toda
velocidad. Si creemos a los gobiernos de los países industrializados, la
generosidad inunda el mundo y la ayuda que se entrega a los países pobres es
considerable y beneficiosa. Si creemos al FMI, el crecimiento mundial es
ilimitado y los países del sur van a exportar cada vez más productos
tropicales a precios cada vez más interesantes. ¡Mentiras! Bajo esa parte
emergente y sesgada, el iceberg de la deuda y la pobreza permanece de forma
masiva. La traición mediática está perfectamente resumida en un artículo de
Michael Holman en el muy liberal Financial Times:
«El egoísmo y la complacencia de los gobiernos occidentales, los donantes de
ayuda y las almas caritativas, esconden al mismo tiempo la gravedad de la
crisis y la ineficacia de las políticas que se llevan a cabo para detener el
hundimiento del continente [...] ¿Qué crédito se puede conceder a los
números que presenta el Banco Mundial sobre Malí, Malawi o Mozambique, ya se
trate del número de aparatos de radio por 1.000 habitantes o de la tasa de
alfabetización? A menudo se basan en viejas extrapolaciones que datan ¡de
hace varios decenios! (…) La situación de África, estoy convencido, se sigue
deteriorando, aunque las condiciones en las que trabajan los periodistas,
diplomáticos y donantes, sin duda han mejorado. Los aviones son más
confortables, los ordenadores y teléfonos móviles facilitan las
comunicaciones, los 4x4 son más seguros y los hoteles atienden mejor
nuestras necesidades. Pero estas mayores comodidades son, exactamente, un
engaño. Si observamos a África desde este caparazón, efectivamente, podemos
tener la impresión de que las cosas van mejor» (3)
Los gobernantes de esta África sometida y mutilada no hacen más que
ejecutar las órdenes del capital internacional. Implícitamente están
encargados de marcar el paso a sus pueblos para encajarlos en la globalización
neoliberal que reina sin rival en el mundo desde la caída del muro de Berlín,
a principios de los 90. Los presidentes elegidos democráticamente no escapan
de la norma. En Malí, por ejemplo, donde la elección de Alpha Omar Konaré en
1992 y después la de Amadou Toumani Touré en 2002, se ponen como ejemplo en
todo el continente, la declaración de la ex ministra de Cultura de Konaré,
Aminata
Traoré, no deja lugar a dudas: «Si el derecho de vigilancia y control que
los miembros de las sociedades civiles africanas pretenden ejercer sobre sus
dirigentes se impugna, en primer lugar, por las dos poderosas instituciones de
Bretton Woods, la corrosión, en el ámbito local, se deja en manos de los
gobernantes» (4)
Recompensar la corrosión
La corrupción es la recompensa de esa corrosión. Los poderosos consienten las
malversaciones con ese fin. Incluso las alientan, puesto que las
multinacionales establecidas en el norte han podido beneficiarse de
deducciones fiscales por las sumas repartidas bajo cuerda a los responsables
extranjeros (5). La «Convención para la lucha contra la corrupción de
funcionarios públicos extranjeros en las transacciones comerciales
internacionales» sólo existe desde noviembre de 1997, y no entró en vigor en
Francia hasta septiembre de 2000 (6). No cabe duda de que el mismo método, que
se ha vuelto más discreto, todavía funciona y sigue alimentando las campañas
electorales del norte y las cuentas secretas de los paraísos fiscales.
¿Qué presidente de cualquier país industrializado ignoraba que Mobutu era un
dictador corrupto? ¿Cómo se puede imaginar que el presidente del Banco Mundial
o el director general del FMI ignoran que los pueblos africanos no se
benefician en absoluto de las riquezas de sus países? ¿Por qué la gran mayoría
de los dirigentes africanos perpetúan el sistema actual? ¿La corrupción es el
factor determinante? ¿Por qué no se niegan a reembolsar la deuda externa?
¿Cómo puede aceptar un jefe de Estado digno de este nombre sacrificar hasta
este punto el desarrollo humano de su país si no es, precisamente, porque
consigue un beneficio?
Si lo analizamos, es obvio que la corrupción es el sistema. La deuda, la
pobreza y la corrupción están imbricadas. La corrupción no sólo es un crimen
cometido por unas pocas ovejas descarriadas de las que bastaría con librarse.
Es inherente al sistema tal como se ha establecido, que conduce de forma
natural a la acumulación de capitales por las clases dirigentes de los países
del sur y su posterior evaporación en dirección al norte gracias a la
ingeniería de los expertos financieros y los bancos privados. El dinero de la
deuda es uno de los principales motores de esta burbuja financiera, discreta
pero efectiva. Los dirigentes africanos reembolsan la deuda porque tienen un
interés personal en que su país siga pagando. La corrupción es el aceite que
engrasa el mecanismo actual de dominación para que no se detenga. El resultado
es la pobreza.
El argumento según el cual la anulación de la deuda necesariamente
beneficiaría a los dictadores y corruptos existentes sólo sirve para
protegerlos: la anulación, junto con medidas drásticas de redistribución de la
riqueza, permitiría financiar el desarrollo sin recurrir al endeudamiento y,
bajo el estricto control de las poblaciones locales, sus organizaciones y sus
parlamentos, permitiría, por fin, luchar contra la corrupción eliminando su
motor principal. Y cortando la hemorragia de capitales se lucharía mucho más
eficazmente contra la pobreza que instituyendo los programas de ayudas que
sólo son parches, puesto que no cuestionan los mecanismos que generan la
pobreza.
Corrupción, la ventaja comparativa de Nigeria…
Algunas cifras y algunos ejemplos permiten entender mejor el fenómeno. Según
la ONG Transparency International, en un informe publicado en julio de 2003,
«sólo en el continente africano, la magnitud de la corrupción supone una
sangría de 148.000 millones de dólares al año sobre el conjunto de la
economía» (7) Así, un tercio de la renta media de los kenianos pasa por los
gastos vinculados a la corrupción.
El caso de Nigeria es emblemático. Primer productor africano de petróleo, ha
estado gobernado entre 1993 y 1998 por un dictador llamado Sani Abacha.
Mientras estuvo en el poder, Abacha exigía, especialmente para las concesiones
públicas, las comisiones establecidas en las cuentas de negociantes cómplices
a quienes reclamaba, a continuación, pagos o compras en su favor. Poco a poco
se hizo la luz. La sociedad alemana Ferrostaal es sospechosa de haber
participado en el sistema organizado por Abacha, igual que la francesa Dumez,
convertida en filial de la multinacional Vinci, que habría pagado alrededor de
8 millones de dólares. La multinacional estadounidense Halliburton,
antiguamente dirigida por Dick Cheney (vicepresiente de George W. Bush) e
involucrada en la reconstrucción de Iraq en 2004, también es sospechosa de
sobornos a favor de Abacha. El importe de las malversaciones de Abacha durante
su paso por el poder se estima en 5.000 millones de dólares. Tras su muerte,
en 1998, se llevaron a cabo investigaciones a petición de las autoridades
nigerianas. En septiembre de 2000 las autoridades suizas, milagrosamente,
localizaron alrededor de 700 millones de dólares pertenecientes a Abacha, que
aceptaron devolver a Nigeria en varias entregas. Al mismo tiempo reconocieron
«actuaciones defectuosas» en 12 bancos, entre ellos el Crédit suisse y el
Crédit Agricole Indosuez (8). Las autoridades británicas, que reconocieron que
sus bancos albergan por lo menos 1.300 millones de dólares, de momento se
niegan a devolver el dinero a su legítimo dueño: el pueblo nigeriano. Las
sumas efectivas devueltas hasta el momento por el Reino Unido, son irrisorias.
Según la Comisión nigeriana de lucha contra los delitos económicos y
financieros, el dinero público desviado de Nigeria (incluidas las comisiones)
(9) y colocado en el extranjero, se estima en 170.000 millones de dólares
(10). Pero no debemos pensar que es una prerrogativa de la época de Abacha.
Por ejemplo, la justicia nigeriana sospecha que la multinacional francesa
Sagem pagó casi un millón de dólares a siete altos funcionarios nigerianos en
2001 para conseguir la contrata de los documentos de identidad no
falsificables, evaluada en 214 millones de dólares.
En otros lugares los ejemplos no son muy diferentes… En el pequeño Estado de
Suazilandia, donde la situación alimentaria es muy insegura, el rey Mswati III
ha derrochado 1.200.000 euros en la celebración de su aniversario; adquirió el
coche más caro del mundo, fabricado por DaimlerChrysler y vendido por 500.000
dólares sin contar los accesorios, y regaló un BMW a diez de sus esposas. Sólo
este gasto equivale al salario diario del conjunto de la población activa
(11). De Frederick Chiluba, ex sindicalista y ex presiente de Zambia
perseguido por la justicia de su país por malversaciones, a Teodoro Nguema
Obiang, hijo del presidente de Guinea Ecuatorial y ministro de Estado
encargado de las infraestructuras y los bosques, que se ha comprado el primer
Rolls Royce del país, los que están cerca del poder no dudan en aprovechar su
situación para acaparar las riquezas de sus países.
Hemorragia de capitales
Se podría creer que la miseria que reina en África se puede explicar por el
hecho de que no produce suficientes riquezas. No es el caso en absoluto. Las
riquezas existen, pero no se quedan en el continente negro, desaparecen sin
beneficiar a los africanos. Se estima que en 1999, el 70% de las fortunas
privadas nigerianas estaban invertidas en el extranjero (12). Según UNECA
(Comisión de las Naciones Unidas para la economía de África, N. de T.), la
fuga de capitales es equivalente al PIB del África subsahariana y está
vinculada directamente con la deuda:
«Según los últimos datos, referidos a 30 países, la fuga de capitales
durante los últimos 27 años (1970-1996) fue de unos 187.000 millones de
dólares. La fuga acumulada de los capitales, incluyendo los intereses
imputados, ascendía, a finales de 1996, a casi 274.000 millones de dólares.
Angola, Camerún, Costa de Marfil, Nigeria y la República Democrática del
Congo registraron las fugas de capitales más altas (…). Según los datos
disponibles, por cada dólar prestado a África, casi 80 centavos se añadieron
en el mismo año a los capitales evadidos, lo que nos lleva a pensar que la
deuda alimenta la fuga de capitales (…) Además, dicha fuga aumenta cada año
alrededor de 3 centavos por dólar, que se añaden al importe de la deuda
externa. Podemos concluir que los países africanos no se beneficiarán a
largo plazo de las estrategias para el alivio de la deuda si no van
acompañadas de medidas dirigidas a evitar un nuevo ciclo de endeudamiento
externo y la fuga de capitales» (13).
El importe total de los capitales de origen africano colocados en el
extranjero es, pues, superior a la deuda externa de África, que el Banco
Mundial evaluaba en 220.000 millones de dólares en 2003 (14). Eso significa,
desde un punto de vista global, ¡que África es un acreedor frente al resto del
mundo…! Es el colmo para el continente más pobre, pero se trata, finalmente,
del resultado de la lógica del capitalismo que le ha puesto la soga al cuello…
Las fortunas privadas africanas son colosales en relación con el continente.
Según el «Informe sobre la riqueza en el mundo 2004» (15) de las sociedades
financieras Merrill Lynch y Cap Gemini, sobre los 7,7 millones de millonarios
en dólares que se contaban en el mundo en 2003, 100.000 son potentados
africanos y el importe total de sus activos financieros se estimaba en 600.000
millones de dólares. Es el triple de la deuda pública externa de África. Un
impuesto excepcional sobre esa fortuna completaría perfectamente la anulación
total de la deuda pública externa…
Por lo tanto el sistema, en realidad, es como sigue: por la explotación de sus
compatriotas y de las riquezas naturales del continente, una pequeña minoría
de africanos se enriquece y coloca su dinero en el norte. Los economistas de
todo el mundo han tenido la brillante idea de lamentar el ahorro insuficiente
en el continente, que impide cualquier desarrollo financiado por la propia
África. Entonces, el recurso que proponen es el endeudamiento externo, que
erigen como método central de financiación para África. Por supuesto el
reembolso de dicha deuda externa se convierte rápidamente en una prioridad
para los acreedores, cuyos intereses son defendidos por el FMI y el Banco
Mundial. Cuando un país está controlado por el FMI, entonces, los inversores
extranjeros (entre ellos los africanos ricos) aceptan prestarle. Con su
trabajo diario, los pueblos permiten al Estado reembolsar, participando en el
enriquecimiento de los acreedores y en la aceleración del empobrecimiento
sobre el terreno. En su lucha contra la pobreza, los autoproclamados expertos,
con el Banco Mundial y el FMI a la cabeza, están totalmente equivocados, ya
que pretenden financiar el desarrollo africano con capitales extranjeros,
entre ellos los usurpados por las elites africanas y colocados en el
extranjero. La única solución justa para el desarrollo de África es una
auténtica redistribución de las riquezas producidas en el continente. La
actual hemorragia de capitales constituye claramente una traición financiera
de los africanos ricos a África.
Una bajada irregular de las cotizaciones
La traición comercial se ilustra por las injustas reglas del comercio y las
ínfimas cotizaciones de las materias primas. La tendencia a la baja se acentuó
por los planes de ajuste estructural que han agravado la vulnerabilidad
económica, especialmente al desmantelar los sistemas de protección de la
economía local y la regulación de los precios. Según el CNUCED (Centro de
coordinación de las Naciones Unidas para la integración del comercio y las
cuestiones de desarrollo en los ámbitos de las finanzas, la tecnología, la
inversión y el desarrollo sostenible, N. de T.):
«El libre juego de las fuerzas del mercado, asociado con la
liberalización y la desregulación de los precios, se ha promovido como un
mecanismo que garantizaría el reparto más eficaz de las riquezas y ganancias
socioeconómicas. De esta forma se ha resquebrajado el concepto de
estabilización internacional de los precios de los productos básicos» (16).
Así, entre 1997, año de la grave crisis económica del sudeste asiático, y
2001, las cotizaciones cayeron una media «del 53% en valores reales (…) Eso
significa que los productos básicos perdieron más de la mitad de su poder
adquisitivo en relación con los artículos manufacturados (17)». Las cifras del
CNUCED permiten afirmar, por otra parte, que el África subsahariana es
particularmente dependiente de los productos básicos, ya que suministran el
4,5% de las exportaciones mundiales de bienes primarios y únicamente el 0,6%
de productos manufacturados. La inestabilidad de la economía se multiplica
porque las cotizaciones en el mercado mundial pueden variar bruscamente:
«Para África, más que para cualquier otra región en desarrollo, la gran
dependencia de los productos básicos para sus ingresos por exportación,
significa que el continente permanece vulnerable a los vaivenes del mercado
y las condiciones meteorológicas. La inestabilidad de los precios, debida
principalmente a las bruscas variaciones de la producción y la oferta, la
bajada secular de los precios reales de los productos básicos y su
consecuencia lógica, la degradación de los términos de intercambio, acarrean
consecuencias terribles en términos de pérdidas de beneficios,
endeudamiento, inversión, pobreza y desarrollo (18)».
Los riesgos son todavía mayores con la especulación financiera que se ha
desencadenado recientemente en los mercados de las materias primas:
efectivamente, «en dos años, los fondos corrientes de inversión
estadounidenses que se han invertido sobre las materias primas, se han
multiplicado por veinte» (19).
Un «arábigo» muy negro
Tomemos el ejemplo del café, una producción muy importante en el este de
África. El análisis confeccionado por Radio France Internationale (RFI) es
esclarecedor sobre el abandono de los productores de café tras la liberación
económica exigida por las instituciones internacionales y los dirigentes de
los países más industrializados:
«Los precios del café, en este último mes de junio, están en su nivel más
alto desde hace tres años, ha declarado el director ejecutivo de la
Organización internacional del café, Nestor Osorio, en su informe mensual.
Los productores podrían gritar victoria y descorchar champán si los precios
no bajan. Hace tres años, efectivamente, la cotización mundial del café
llegó a su nivel histórico más bajo, lo que sembró la desolación en las
plantaciones de África, Asia y América Latina. Desde entonces la
recuperación es real, pero no es suficiente para garantizar a todos los
productores una renta digna. Los únicos que obtienen buenos beneficios son
los grandes tostadores, cuya parte del pastel no ha dejado de aumentar.
Desde 1989 y el fin de los acuerdos internacionales que limitaban las
cantidades exportables y estabilizaban los precios, la parte de los ingresos
del café que revierte en los plantadores no ha dejado de disminuir en
beneficio de los tostadores gigantes, Nestlé, Kraft o Sara Lee. Así, desde
hace quince años, hay una transferencia de riquezas de los países
productores, países del Tercer Mundo, hacia los países industrializados. Sin
embargo, las medidas propuestas por la comunidad internacional para hacer
frente a esta situación son mínimas. Se hacen ensayos, aquí o allá, de
enseñar a los campesinos analfabetos a especular en el mercado mundial. En
otras partes se les incita a abandonar el café por cultivos menos inseguros.
Se acepta que no se puede hacer nada que tenga un impacto inmediato y
permita una recuperación de las cotizaciones. Se ha impuesto la resignación
general y los políticos han olvidado la palabra voluntad (20)».
¿Y el algodón?
Además del precio irrisorio de las materias primas, están las reglas injustas
impuestas por las grandes potencias comerciales. Algunas se deben a la
actuación de la OMC, creada en 1995, que extiende por todas partes donde puede
políticas de desregulación económica forzosa, que consigue imponer, privando a
los países en desarrollo de las herramientas para proteger sus economías (por
ejemplo las normas de estabilización de precios de ciertas materias primas).
También es el resultado de decisiones unilaterales adoptadas por los países
ricos que subvencionan masivamente su propia agricultura (alrededor de 300.000
millones de dólares al año) y prohiben a los países pobres hacer lo mismo.
Todas esas reglas injustas, que por otra parte se han denunciado duramente en
la Cumbre de Cancún (México), en septiembre de 2003, originan la catástrofe.
Veamos el ejemplo del algodón, que para más de 10 millones de personas en el
oeste de África es la fuente principal de subsistencia. Cuatro países
africanos que dependen de su producción (Malí, Burkina Faso, Chad y Benin),
decidieron emprender una ofensiva en este sector y han denunciado ante la OMC
las subvenciones de Estados Unidos y la Unión Europea a sus productores.
El algodón africano es más barato de producir que el algodón de Estados
Unidos. A priori, se podría pensar que el algodón africano se impone en el
mercado mundial liberalizado y que el sector del algodón estadounidense sufre…
Pero los casi 4.000 millones de dólares de subvención anual que proporciona el
gobierno estadounidense a sus productores (sin contar las subvenciones
europeas a los plantadores españoles y griegos, del orden de 1.000 millones de
dólares) mantienen los precios del algodón artificialmente bajos y el algodón
africano, de alta calidad, se tiene que malvender... En 2002, Brasil presentó
una denuncia contra EEUU ante el órgano de regulación de las diferencias (ORD),
una especie de tribunal de la OMC. El 18 de junio de 2004 el ORD consideró
ilegales las subvenciones estadounidenses para el algodón y EEUU volvió a
perder su apelación en 2005. Hay un alto riesgo de que la solución se negocie
entre Brasil y EEUU sin que los países africanos puedan influir, porque sólo
son los terceros participantes en el marco de la denuncia. Según el CNUCED,
«La pérdida de cuotas de mercado del algodón y el azúcar se debe en gran
medida a las subvenciones y el apoyo interno concedidos a los productores,
menos competitivos, de Estados Unidos y Europa. Estados Unidos es el primer
exportador mundial de algodón debido a las grandes subvenciones, que
llegaron a 3.900 millones de dólares en 2001-2002, es decir, una cantidad
que duplicaba la de 1990 y supera en 1.000 millones de dólares el valor de
la producción total de algodón de Estados Unidos para la campaña, teniendo
en cuenta los precios mundiales. Sin embargo, según las estimaciones del
Comité consultivo internacional del algodón (CCIC), el coste de producción
de una libra de algodón en Burkina Faso es de 0,21 dólares frente a 0,73
dólares en Estados Unidos. De lo que se deduce que los precios en el mercado
podrían ser un 70% más altos si no existiera el apoyo público a la industria
del algodón en 2001-2002 (…) El Banco Mundial estima que en 2002 el precio
del algodón en el mercado mundial habría subido más del 25% sin las ayudas
directas concedidas por Estados Unidos a sus productores nacionales.»
Por otra parte, numerosas estimaciones indican que en 2002 las subvenciones de
Estados Unidos y la Unión Europea a sus productores de algodón originaron un
déficit de ingresos de unos de 300 millones de dólares para África en su
conjunto, es decir, más que el reembolso total de la deuda (230 millones de
dólares) de nueve países exportadores de algodón muy endeudados del oeste y
centro de África, aprobado ese mismo año por el Banco Mundial y el FMI» (21).
El algodón de los 25.000 grandes plantadores estadounidenses, por lo tanto, se
subvenciona más del 100%, mientras los países africanos productores del oro
blanco se hunden en la miseria…
Mercados inaccesibles
También en su informe de 2003 sobre «el desarrollo económico de África»,
CNUCED plantea el problema del acceso de los productores africanos a los
mercados del norte. Señala que el sistema establecido favorece la exportación
por el sur de productos brutos, sin elaborar, privándolos de esta forma de la
mayor parte del valor añadido. También en este caso las reglas favorecen a las
grandes empresas comerciales del norte:
«El acceso a los mercados sigue siendo difícil (…) En lo que se refiere
al cacao, los derechos de aduana inciden en los productos brutos,
intermedios y (finales) que son, respectivamente, el 0,5%, 9,7% y 30,6% en
la UE, y el 0%, 0,2% y 15,3% en Estados Unidos (...) El precio que paga
finalmente el consumidor está ‘desconectado’ del pago que recibe el
productor debido la magnitud de los márgenes de beneficios de los
intermediarios en las etapas superiores de la cadena de valor. Mientras los
productores africanos vieron como disminuían sus ingresos, las empresas y
negociantes situados en los eslabones superiores de la cadena de valor
acumulaban grandes beneficios. Según la Organización internacional del café
(COI), por ejemplo, a principios de los años 90, los ingresos de los países
productores de café estaban entre 10.000 y 12.000 millones de dólares,
mientras que el valor de las ventas al por menor suponía en torno a los
30.000 millones de dólares. Actualmente, este valor es de 70.000 millones de
dólares, de los que los productores no reciben más que 5.500 millones (…) Un
estudio de la cadena de valor del mercado del café revela que, desde 1985,
los agentes económicos situados en los países importadores acaparan una
parte creciente de los ingresos totales de la cadena (…) El reparto
asimétrico del poder en dicha cadena de valor explica la desigualdad del
reparto de los beneficios» (22).
El carácter sistémico del problema, entonces, está identificado:
«En lo que concierne a los países africanos, para los que las
exportaciones de productos básicos representan mucho más del 70% de sus
ingresos en divisas, el problema se convierte, esencialmente, en un problema
de desarrollo (…) La persistencia de los problemas creados por la
dependencia de los productos básicos a lo largo de los tres últimos
decenios, demuestra que los mercados no son capaces de resolver dichos
problemas y que no se puede contar con su capacidad. También se podría
señalar que la limitada ayuda de la comunidad internacional a los sistemas
tradicionales de mantenimiento y estabilización de los precios tiene mucho
que ver con este fracaso. Por lo tanto ya es hora de que la comunidad
internacional se dedique claramente al problema de los productos básicos en
todos los aspectos, explorando metódicamente todos los medios susceptibles
de ponerse en marcha para resolverlos» (23).
Por ejemplo, cuestionando la prohibición de cualquier forma de proteccionismo
y rechazando el método de la desregulación forzosa de la OMC…
Desde esta óptica, hay que desconfiar de las exigencias de apertura de los
mercados del norte a los productos del sur, que finalmente no hacen más que
exigir todavía más desregulación para la economía mundial. La cumbre de la OMC
de Cancún, en septiembre de 2003, fracasó porque los países emergentes
(Brasil, India, China, Sudáfrica, etc.), agrupados en el famoso G20, exigían
para sus productos una apertura comercial que no consiguieron. ¡Pero esa
reivindicación del G20 va en el sentido de una mayor liberalización! Al
contrario, exigir la posibilidad, para los países del sur, de proteger a sus
productores, especialmente para permitirles aprovisionar el mercado nacional,
así como el mercado regional en el marco de acuerdos económicos regionales
(24), desencadenaría un proceso inverso que permitiría salir del atolladero
actual. Es esencial valorar las complementaciones posibles entre los países
del continente por una parte y entre ellos y las otras regiones del mundo por
otro lado. ¿Por qué no pensar en precios preferentes para los países vecinos
sobre determinados productos y tarifas más elevadas para las grandes
potencias?
OGM: garantías oficiales manipulables…
Otro ángulo de ataque de las multinacionales del norte se refiere a los
organismos modificados genéticamente (OGM) (25). Desde hace varios años, el
sector de las biotecnologías intenta promocionar sus productos en el
continente africano. Son conocidos los colosales objetivos de los OGM, que
permiten a la sociedad que los posee vender todos los años a los campesinos,
en exclusiva, las semillas de las plantas, así como los pesticidas y
herbicidas químicos que requieren. Entonces la planta se convierte en una
esponja de productos químicos nocivos y el campesino no tiene derecho a
replantar semillas procedentes de la cosecha anterior, sólo la sociedad que
tiene las patentes de los OGM en cuestión puede suministrarlos. Los
agricultores y consumidores no son favorables a este procedimiento, que a unos
los somete a la rapacidad de las multinacionales y expone la salud de otros a
riesgos poco estudiados. Pero los beneficios previstos por el sector de las
biotecnologías, con la multinacional estadounidense Monsanto a la cabeza, son
tan grandes, que intentan introducirlos en todas las regiones donde pueden.
Los OGM, una vez plantados, pueden extenderse por decenas de kilómetros
alrededor y contaminar las plantas sanas impidiendo, por ejemplo, toda la
agricultura biológica de los alrededores. Un auténtico reguero de pólvora… En
2004, la soja, el maíz y el algodón fueron las plantas más afectadas por las
manipulaciones genéticas y países como Estados Unidos, Canadá Argentina, China
(y en menor medida Brasil y Sudáfrica) se han convertido en grandes
productores. La Unión Europea se resiste, pero no tardará en ceder. En África
se lleva a cabo la misma ofensiva.
En 2002, tras un período de hambruna en el sur de África, Estados Unidos
propuso, a través del programa mundial de alimentos (PAM) una ayuda a seis
países en forma de maíz modificado genéticamente. Deliberadamente escogió un
momento en el que dichos países estaban en una posición de debilidad para
atacar con fuerza. Swazilanda, Lesotho y Malawi aceptaron; Mozambique y
Zimbabwe pidieron el maíz en forma de harina, por lo que es imposible
plantarlo. Sólo un país tuvo la valentía de negase en redondo: Zambia. Su
presidente, Levy Mwanawasa, declaró: «preferimos morir de hambre que consumir
cualquier cosa tóxica» (26). ¡Su negativa supuso que consiguió maíz sin
manipular! Detrás del argumento de la salud también estaba la intención del
presidente de seguir presente en el mercado europeo, en el que existe una
moratoria sobre los OGM. Este año, Benín también ha adoptado una moratoria de
5 años. Durante ese tiempo Monsanto se permitirá financiar a los juristas
africanos para que elaboren leyes favorables a los OGM… Todos preparan sus
armas para la batalla que se avecina.
En abril de 2004 Sudán, a su vez, rechazó la ayuda alimentaria de Estados
Unidos debido a la presencia de OGM, y Angola puso como condición que los
cereales se molieran antes de su entrada, provocando la cólera de los
responsables del PAM. Al mes siguiente, Zambia reiteró su rechazo arguyendo
que los promotores de los OGM deberían demostrar su inocuidad, lo que no han
hecho. Pero Nigeria ha aceptado lanzarse en un proyecto biotecnológico con la
ayuda de un préstamos de 2.100 millones de dólares de Estados Unidos (27).
Estados Unidos está lanzado en su ofensiva con un nuevo aliado en el
continente africano: Burkina Faso (28). Desde 2003, Monsanto y la firma suiza
Syngenta llevan a cabo experimentos de algodón transgénico en el país
gobernado por Blaise Compaoré. En junio de 2004, Estados Unidos organizó en
Uagadugú una «Conferencia ministerial interafricana sobre explotación, ciencia
y tecnología para aumentar la productividad agrícola en África», en la que
reunió a quince países del oeste de África para convencerlos. Aunque se
mostraron prudentes, los jefes de Estado de Malí, Ghana y Nigeria se
declararon favorables a los OGM. A pesar de la resuelta oposición de los
movimientos sociales, el ministro de Agricultura burkinés, Salif Diallo,
declaró: «Si tenemos que comer los OGM y morir dentro de 20 años, así será
(29). Plantear así la elección entre el hambre y los OGM es una inmoralidad:
se puede luchar contra el hambre eliminando las desigualdades de repartición
de la producción y aumentando la productividad de África sin tragar con las
biotecnologías. El punto fundamental está en la soberanía alimentaria y, al
contrario, los OGM anuncian una nueva dependencia del oeste de África, ya que
los agricultores no pueden utilizar libremente las semillas de un año para
otro y acaban, de hecho, totalmente sometidos a la firma que se las vende.
El instrumento para obtener esa dependencia suplementaria está listo. Según el
subsecretario de Estado de EEUU encargado de la agricultura en el extranjero,
Hohn Penn (que estaba presente en Uagadugú), «cualquier rechazo de productos
derivados de la biotecnología es una violación de las reglas de la OMC (30)».
Así se ve mucho mejor la necesidad de incapacitar a la OMC…
Emigrar para huir de la miseria
Por otra parte, el horror económico que ha padecido África desde los años 80,
constituye, para las poblaciones del sur, una profunda incitación a la huida:
por necesidad y por la supervivencia de familias enteras. La prueba de la
motivación económica de las emigraciones está dada por una cifra del Banco
Mundial: las sumas enviadas todos los años por los emigrantes africanos a sus
países de origen. En 2003 se elevaron a 4.100 millones de dólares, una suma
colosal para todos esos trabajadores que economizan pacientemente cada
céntimo. Y esa suma sólo incluye los envíos oficiales a través de empresas de
transferencias de fondos, se calcula que las transferencias informales son más
altas. Según el Banco Mundial en abril de 2004, todas esas transferencias de
los emigrantes se han convertido «en una fuente principal de financiación
externa del desarrollo para muchos países en desarrollo» (31). Al contrario de
la ayuda pública al desarrollo, (APD) que incluye además los salarios de los
cooperantes del norte y los viajes y misiones de expertos, esta suma llega
íntegramente a su destino (después de restar los gastos de transferencias
cobrados por organismos como Western Union, de más o menos el 20% del total
para pequeñas sumas y alrededor del 8% para importes del orden de 400 euros).
Lejos de favorecer la libertad de circulación e instalación de dichos
emigrantes que juegan un papel esencial en las economías de los países del
sur, los países del norte, en primer lugar los de la Unión Europea, establecen
políticas de inmigración a la vez restrictivas (controles en las fronteras,
represión) y utilitarias. En efecto, parece conveniente escoger a los
extranjeros «buenos»: sistemáticamente se favorece que vengan al norte los
médicos, ingenieros e informáticos, aceptando incluso financiar una parte de
sus estudios superiores si es necesario (que entonces se contabiliza como
ayuda pública al desarrollo, como en Francia, Alemania, Austria y Canadá),
pero se rechaza firmemente a aquellos que sólo pueden ofrecer sus brazos y su
angustia. Así, de los 600 médicos formados en Zambia desde la independencia,
en 1964, sólo 50 ejercen en el país. En ese sentido, hay más médicos de Malawi
ejerciendo en la ciudad inglesa de Manchester que en el propio Malawi (32).
Solo los mejores del sur tienen derecho a huir.
En 2004, la UNESCO publicó un informe sobre la fuga de cerebros de África:
«Por una parte, los países en desarrollo, cada vez con menos recursos,
forman personal cualificado que va a trabajar a los países desarrollados, y
por otro lado, los diplomados nacionales que se quedan en el país se
enfrentan al paro mientras los proyectos financiados por los socios del
desarrollo reclutan para dichos proyectos, y a precios muy altos, ¡a los
expatriados! Como ejemplo, podemos recordar la situación descrita por el
Programa de las Naciones Unidas para el desarrollo (PNUD) en Burkina Faso,
donde trabajan 800 expertos internacionales mientras un elevado número de
diplomados nacionales está en el paro» (33)
Desde 1992, los acuerdos de cooperación incluyen cláusulas de control de las
migraciones por los propios países del sur, así como su participación en la
gestión de los flujos migratorios, el reforzamiento de controles de las
fronteras o el derecho de readmisión en sus territorios de los ciudadanos de
dicho país procedentes de Europa. Una de las puertas de salida de África hacia
Europa es Libia. Desde el viraje pro occidental del coronel Gadafi, Italia
empujó a Europa a levantar el embargo sobre las armas con destino a Libia, que
ha obtenido en octubre de 2004, con el fin de colaborar en el terreno militar
(34). Italia, Alemania y Gran Bretaña enseguida expresaron el deseo de crear
en Libia campos que servirán, sin duda, para seleccionar a los africanos
candidatos al exilio y para bloquear a un gran número de ellos antes de que
puedan cruzar el Mediterráneo. Por su parte, también en 2004, Libia aceptó
controlar rigurosamente sus fronteras y proceder a la devolución de los
emigrantes del África subsahariana a sus países de origen. Se fletan aviones
con destino al África subsahariana y ya han repatriado a unos 40.000
clandestinos en pocos meses (35). Así, ahora Europa delega el trabajo de
guardia en los países africanos. La ayuda y la deuda autorizan cualquier
deriva. La deuda, por la hemorragia de capitales que impulsa, constituye el
principal obstáculo para la satisfacción de las necesidades humanas
fundamentales y explica, por lo tanto, los flujos migratorios de «refugiados
del hambre» de los países en desarrollo hacia los países más industrializados.
Con el fin de remediar estas profundas disfunciones, las Naciones Unidas han
redactado una «Convención para la protección de los derechos de todos los
trabajadores emigrantes y los miembros de sus familias» (36), que entró en
vigor el 1 de julio de 2003 y en abril de 2005 fue ratificada por 28 países.
Pero entre los 28 países que se han comprometido en la protección de los
emigrantes, no aparece ninguno de los más industrializados (37).
Traición financiera de los africanos ricos que desvían sumas considerables y
las llevan lejos del continente; traición comercial de las grandes potencias
que manipulan los precios de las materias primas e imponen, a través de la OMC,
una desregulación forzosa; traición medioambiental a un sur convertido en
vertedero e insertado en el centro de la batalla de los OGM, vigorosamente
promovidos por las multinacionales del agro negocio; traición humana por el
destino previsto para los emigrantes que intentan, justamente, huir de la
miseria. La lista es muy larga. Esta traición multiforme a los pueblos
africanos es la responsable absoluta de la situación actual del continente
negro. Es imprescindible incapacitar a los responsables.
******
Notas
(1)
www.survie-france.org
(2) Durante la mascarada electoral de junio de 2003, Jacques Chirac felicitó a
Eyadema por su reelección, incluso antes de la proclamación oficial de los
resultados…
(3) Citado por Jeune Afrique/L’Intelligent,
1 de febrero de 2004.
(4) Traoré Aminata, Le Viol de l’imaginaire, Actes Sud/Fayard, 2002.
(5) Abramovici Pierre, «Les jeux dispendieux de la corruption mondiale», Le
Monde diplomatique, noviembre de 2000.
(6) OECDE:
www.oecd.org
(7) Citado por Libération el 4 de julio de 2003.
(8) Le Monde, 6 de septiembre de 2000.
(9) Comisiones que revierten en el país donde la sociedad que paga la comisión
tiene su sede.
(10) Libération, 3 de agosto de 2004.
(11) Jeune Afrique/L’Intelligent, 17 de abril de 2005.
(12) Jeune Afrique/L’Intelligent, 25 de julio de 2004.
(13) UNECA, «Informe económico sobre África 2003». Ver también: Boyce James
K., Ndikumana Léonce, «Is Africa a Net Creditor?: New Estimates of Capital
Flight from Severely Indebted Sub-Saharan African Countries, 1970-1996»,
Working Papers from Political Economy Research Institute, University of
Massachusetts, 2000,
www.umass.edu
(14) Banco Mundial, «Global Development Finance 2004».
(15)
www.ml.com
(16) CNUCED, «El desarrollo económico en África. Resultados comerciales y
dependencia desde el punto de vista de los productos básicos, 2003».
(17) CNUCED, op. cit.
(18) CNUCED, op. cit.
(19) Cifras del banco Barclays de Londres citadas por RFI, 12 de enero de
2005.
(20) RFI, «Crónica de las materias primas», 19 de julio de 2004.
(21) CNUCED, op. cit.
(22) CNUCED, op. cit.
(23) CNUCED, op. cit.
(24) Como la Unión económica y monetaria del oeste africano (UEMOA), la
Comunidad económica y monetaria de África central (CEMAC), la Comunidad de
desarrollo del norte de África (SADC), etc.
(25) Ver
www.infogm.org
(26) Libération, 22 de agosto de 2002.
(27)
www.ictsd.org
(28)
www.ictsd.org
(29) Informe AFP, «Conferencia sobre los OGM en Uagadugú: el gobierno
estadounidense ‘satisfecho’», 24 de junio de,
www.agripress.be
(30) Informe AFP, ibid.
(31) Banco Mundial, «Global Development Finance 2004».
(32) Le Gri-gri international, 9 de diciembre de 2004.
(33) UNESCO, La fuga de cerebros del África francófona. Situación de las
zonas, problemas y estudio de las soluciones, 2004.
(34) RFI, 12 de octubre de 2004,
www.rfi.fr
(35) Jeune Afrique/L’Intelligent, 24 de octubre de 2004.
(36)
www.unhchr.ch
(37)
www.december18.net
Original en francés:
http://www.cadtm.org/spip.php?article3458
Caty R. pertenece a los colectivos de Rebelión, Cubadebate y Tlaxcala. Esta
traducción se puede reproducir libremente a condición de respetar su
integridad y mencionar al autor, a la traductora y la fuente. |